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Edición 59

Once poemas de Marí­a Paz Guerrero



La vieja sentada en la mesa

sus manos aruñan la comida 

su boca chupa el hueso solitario 

cuando engulle 

sus músculos tiemblan. 

Absorta en su trabajo 

avanza como caracol

 

Parpadea

 

Todo su tiempo contenido 

en ese despojo

 

 

 

Descarga su peso sobre las horas 

como si el atardecer 

torbellino, 

como si la vista desde el piso octavo 

lo acercara a Marina 

79 años 

se desploma contra el césped 

se parte los dientes. 

En al ascensor Marina 

le agradece a Dios 

y tapa su boca mueca

 

 

Desde el piso octavo busca historias: 

Antes, la sangre de Marina era 

el ciclo solar de su cuerpo. 

Ahora la mano temblorosa 

arranca un diente 

y esta nueva sangre 

le recuerda cómo la carne 

-no solo el iris, ni el tiempo- 

también se parte

 

 

 

No sabí­as quién era 

y aún así­ buscaste en las grietas del aire

su gesto suspendido. 

Indagaste con la tenacidad muda 

del animal 

encontraste 

su risa repetida 

en la retina de los niños 

el silencio cóncavo en el corredor 

la ausencia ní­tida 

que revela la cicatriz en el ojo

 

 

 

Me levanto y la boca es una mancha 

me estiro, reptil 

pinto las uñas de mis pies

 

Salgo al parque 

el aire juega como niño 

infla mi pecho cansado 

me sube a la copa de la acacia 

me da vueltas

Delicada, frágil 

destruí­ la noche

 

 

 

Ahora 

todo está hueco de sí­ mismo 

traslúcido 

solo queda el rayo diminuto 

que parte por la mitad la añoranza

 

 

 

El perro se acuesta en la orilla 

resopla sin asidero

 

Ella consume la fragilidad del animal 

esa tenaz consistencia del pulmón marchito 

ella fuma 

-silenciosa, con la cautela que mata el tiempo- 

fuma 

para acompañar el resuello

 

Es su único apego 

ese perro dañado

 

 

 

Benjy

Benjy ama a Cathy 

escucha quietudes, aires 

The sound and the Fury. 

Quiere ser bobo 

hablar como asno, mula de carga 

quiere ser este que es ahora: 

uno más cercano. 

¿A qué suena su infancia? 

a tienda, martillos. 

La percusión está abajo y los chelos arriba 

donde llegan los pájaros. 

Benjy besa, se pega a Cathy 

lame su rodilla fresca 

confunde a su hermana con la flor 

confunde la falda de su hermana con la muerte

 

 

 

Ahora mismo las plantas están vivas 

impávidas no saben que Eulalia las pinta 

Diana las hace sonar 

y yo las escribo. 

Ellas 

mueren 

respiran 

se llenan de sí­ mismas 

mientras nosotras 

inventamos su gramática

 

 

 

Infancia

Reúne guijarros en los bolsillos 

los arranca del suelo 

para llevarlos al agua 

los mete en peceras para que respiren 

y acostumbrarlos a su próxima morada

 

Cuando el niño ve la piedra 

se la lleva 

la piedra es suya, desde siempre, 

así­ como los pedazos de madera. 

Pero no se puede llevar la quebrada 

así­ aprende que hay cosas que no son de él

 

 

 

Escribe ese pedazo que vibra 

sutil 

escribe con un cuchillo 

y después corta cada filamento 

para unir ese intenso 

dislocado 

grave 

camino

 

 

 

Edipo se quitó los ojos 

yo me arranco las palabras

 

No quiero ser muda 

quiero sonidos por eso aúllo

 

El mundo es tonto 

no habla

 

Yo grito por él


Noticia Biográfica


Marí­a Paz Guerrero nació en Bogotá el 3 de mayo de 1982. Literata de la Universidad de los Andes donde fue publicada su monografí­a meritoria de grado, "El dolor de estar vivo en los Poemas Póstumos I de César Vallejo". Realizó maestrí­a en literatura comparada de la Universidad de la Sorbona Nueva, Parí­s, con tesis titulada "Del silencio al instante en la poética de José Manuel Arango". Dirigió tres seminarios de poesí­a, cada uno con duración de un semestre, en la librerí­a Casa Tomada. Actualmente es profesora de tiempo completo del departamento de Creación Literaria de la Universidad Central. Hace parte de la antologí­a Moradas interiores, editada por la colección de poesí­a de la Universidad Javeriana con prólogo de Oscar Torres y selección de Jorge Cadavid, publicada en Abril de 2016.



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