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Edición 34

Verde que te quiero verde: Federico Garcí­a Lorca



Romance sonámbulo

                                                            A Gloria Giner y Fernando de los Ríos

 

Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas.

El barco sobre la mar

y el caballo en la montaña.

Con la sombra en la cintura

ella sueña en su baranda

verde carne, pelo verde,

con ojos de fría plata.

Verde que te quiero verde.

Bajo la luna gitana,

las cosas la están mirando

y ella no puede mirarlas.

 

Verde que te quiero verde.

Grandes estrellas de escarcha,

vienen con el pez de sombra

que abre el camino del alba.

La higuera frota su viento

con la lija de sus ramas,

y el monte, gato garduño,

eriza sus pitas agrias.

¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde…?

Ella sigue en su baranda,

verde carne, pelo verde,

soñando en la mar amarga.

Compadre, quiero cambiar

mi caballo por su casa,

mi montura por su espejo,

mi cuchillo por su manta.

Compadre, vengo sangrando

desde los puertos de Cabra.

 

Si yo pudiera, mocito,

este trato se cerraba.

Pero yo ya no soy yo,

ni mi casa es ya mi casa.

Compadre, quiero morir

decentemente en mi cama.

De acero, si puede ser,

con las sábanas de holanda.

¿No veis la herida que tengo

desde el pecho a la garganta?

Trescientas rosas morenas

lleva tu pechera blanca.

Tu sangre rezuma y huele

alrededor de tu faja.

Pero yo ya no soy yo.

Ni mi casa es ya mi casa.

Dejadme subir al menos

hasta las altas barandas,

¡Dejadme subir!, dejadme

hasta las altas barandas.

Barandales de la luna

por donde retumba el agua.

 

Ya suben los dos compadres

hacia las altas barandas.

Dejando un rastro de sangre.

Dejando un rastro de lágrimas.

Temblaban en los tejados

farolillos de hojalata.

Mil panderos de cristal,

herían la madrugada.

 

Verde que te quiero verde,

verde viento, verdes ramas.

Los dos compadres subieron.

El largo viento dejaba

en la boca un raro gusto

de hiel, de menta y de albahaca.

¡Compadre! ¿Dónde está, dime?

¿Dónde está tu niña amarga?

¡Cuántas veces te esperó!

¡Cuántas veces te esperara,

cara fresca, negro pelo,

en esta verde baranda!

 

Sobre el rostro del aljibe,

se mecía la gitana.

Verde carne, pelo verde,

con ojos de fría plata.

Un carámbano de luna

la sostiene sobre el agua.

La noche se puso íntima

como una pequeña plaza.

Guardias civiles borrachos

en la puerta golpeaban.

Verde que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas.

El barco sobre la mar.

Y el caballo en la montaña.

 

 

 

 

La aurora

 

La aurora de Nueva York

tiene cuatro columnas de cieno

y un huracán de negras palomas

que chapotean en las aguas podridas.

 

La aurora de Nueva York gime

por las inmensas escaleras

buscando entre las aristas

nardos de angustia dibujada.

 

La aurora llega y nadie la recibe en su boca

porque allí no hay mañana ni esperanza posible.

A veces las monedas en enjambres furiosos

taladran y devoran abandonados niños.

 

Los primeros que salen comprenden con sus huesos

que no habrá paraísos ni amores deshojados;

saben que van al cieno de números y leyes,

a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

 

La luz es sepultada por cadenas y ruidos

en impúdico reto de ciencia sin raíces.

Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes

como recién salidas de un naufragio de sangre.

 

 

 

 

Tres ciudades

                                                            A Pilar Zubiaurre

 

Malagueña

 

La muerte

entra y sale

de la taberna.

Pasan caballos negros

y gente siniestra

por los hondos caminos

de la guitarra.

Y hay un olor a sal

y a sangre de hembra

en los nardos febriles

de la marina.

La muerte

entra y sale

y sale y entra

la muerte

de la taberna.

Barrio de Córdoba.

 

 

 

 

Tópico Nocturno

 

En la casa se defienden

de las estrellas.

La noche se derrumba.

Dentro, hay una niña muerta,

con una rosa encarnada

oculta en la cabellera.

Seis ruiseñores la lloran

en la reja.

Las gentes van suspirando

con las guitarras abiertas.

 

 

 

 

Baile

 

La Carmen está bailando

por las calles de Sevilla.

Tiene blancos los cabellos

y brillantes las pupilas.

¡Niñas,

corred las cortinas!

En su cabeza se enrosca

una serpiente amarilla,

y va soñando en el baile

con galanes de otros días.

¡Niñas,

corred las cortinas!

Las calles están desiertas

y en los fondos se adivinan

corazones andaluces

buscando viejas espinas. ¡Niñas,

corred las cortinas!

 

 

 

 

Elegia del silencio

                                                            Diciembre de 1918 (Granada)

 

Silencio, ¿dónde llevas

tu cristal empañado

de risas, de palabras

y sollozos del árbol?

¿Cómo limpias, silencio,

el rocío del canto

y las manchas sonoras

que los mares lejanos

dejan sobre la albura

serena de tu manto?

¿Quién cierra tus heridas

cuando sobre los campos

alguna vieja noria

clava su lento dardo

en tu cristal inmenso?

¿Dónde vas si al ocaso

te hieren las campanas

y quiebran tu remanso

las bandadas de coplas

y el gran rumor dorado

que cae sobre los montes

azules sollozando?

 

El aire del invierno

hace tu azul pedazos,

y troncha tus florestas

el lamentar callado

de alguna fuente fría.

Donde posas tus manos,

la espina de la risa

o el caluroso hachazo

de la pasión encuentras.

Si te vas a los astros,

el zumbido solemne

de los azules pájaros

quiebra el gran equilibrio

de tu escondido cráneo.

 

Huyendo del sonido

eres sonido mismo,

espectro de armonía,

humo de grito y canto.

Vienes para decirnos

en las noches oscuras

la palabra infinita

sin aliento y sin labios.

 

Taladrado de estrellas

y maduro de música,

¿dónde llevas, silencio,

tu dolor extrahumano,

dolor de estar cautivo

en la araña melódica,

ciego ya para siempre

tu manantial sagrado?

 

Hoy arrastran tus ondas

turbias de pensamiento

la ceniza sonora

y el dolor del antaño.

Los ecos de los gritos

que por siempre se fueron.

El estruendo remoto

del mar, momificado.

Si Jehová se ha dormido

sube al trono brillante,

quiébrale en su cabeza

un lucero apagado,

y acaba seriamente

con la música eterna,

la armonía sonora

de luz, y mientras tanto,

vuelve a tu manantial,

donde en la noche eterna,

antes que Dios y el tiempo,

manabas sosegado.

 

 

 

 

Poema de la soleá

                                                            A Jorge Zalamea

 

Tierra seca

Tierra seca,

tierra quieta

de noches

inmensas.

 

(Viento en el olivar,

viento en la sierra.)

 

Tierra

vieja

del candil

y la pena.

Tierra

de las hondas cisternas.

Tierra

de la muerte sin ojos

y las flechas.

 

(Viento por los caminos.

Brisa en las alamedas.)

 

 

*****

 

Pueblo

Sobre el monte pelado,

un calvario.

Agua clara

y olivos centenarios.

Por las callejas

hombres embozados,

y en las torres

veletas girando.

Eternamente

girando.

¡Oh, pueblo perdido,

en la Andalucía del llanto!

 

*****

 

Puñal

 

El puñal

entra en el corazón,

como la reja del arado

en el yermo.

 

          No.

No me lo claves.

          No.

 

El puñal,

como un rayo de sol,

incendia las terribles

hondonadas.

 

          No.

No me lo claves.

          No

 

*****

 

Encrucijada

 

Viento del Este;

un farol

y el puñal

en el corazón.

La calle

tiene un temblor

de cuerda

en tensión,

un temblor

de enorme moscardón.

Por todas partes

yo

veo el puñal

en el corazón.

 

*****

 

¡Ay!

 

El grito deja en el viento

una sombra de ciprés.

 

(Dejadme en este campo,

llorando.)

 

Todo se ha roto en el mundo.

No queda más que el silencio.

 

(Dejadme en este campo,

llorando.)

 

El horizonte sin luz

está mordido de hogueras.

 

(Ya os he dicho que me dejéis

en este campo,

llorando.)

 

*****

 

Sorpresa

 

Muerto se quedó en la calle

con un puñal en el pecho.

No lo conocía nadie.

¡Cómo temblaba el farol!

Madre.

 

¡Cómo temblaba el farolito

de la calle!

Era madrugada. Nadie

pudo asomarse a sus ojos

abierto al duro aire.

Que muerto se quedó en la calle que con un puñal en el pecho

y que no lo conocía nadie.

 

* * ***

 

La soleá

 

Vestidas con mantos negros

piensa que el mundo es chiquito

y el corazón es inmenso.

 

Vestida con mantos negros.

 

Piensa que el suspiro tierno

y el grito, desaparecen

en la corriente del viento.

 

Vestida con mantos negros.

 

Se dejó el balcón abierto

y el alba por el balcón

desembocó todo el cielo.

 

¡Ay yayayayay,

que vestida con mantos negros!

 

*****

 

Cueva

 

De la cueva salen

largos sollozos.

 

(Lo cárdeno

sobre el rojo).

 

El gitano evoca

países remotos.

 

(Torres altas y hombres

misteriosos

 

En la voz entrecortada

van sus ojos.

 

(Lo negro

sobre el rojo).

 

Y la cueva encalada

tiembla en el oro.

 

(Lo blanco

sobre el rojo).

 

*****

 

Encuentro

 

Ni tú ni yo estamos

en disposición

de encontrarnos.

Tú… por lo que ya sabes.

¡Yo la he querido tanto!

Sigue esa veredita.

En las manos

tengo los agujeros

de los clavos.

¿No ves cómo me estoy

desangrando?

No mires nunca atrás,

vete despacio

y reza como yo

a San Cayetano,

que ni tú ni yo estamos en disposición

de encontrarnos.

 

*****

 

Alba

 

Campanas de Córdoba

en la madrugada.

Campanas de amanecer

en Granada.

Os sienten todas las muchachas

que lloran a la tierna

soleá enlutada.

Las muchachas

de Andalucía la alta

y la baja.

Las niñas de España

de pie menudo

y temblorosas faldas,

que han llenado de luces

las encrucijadas.

¡Oh, campanas de Córdoba

en la madrugada.

y oh, campanas de amanecer

en Granada!

 

 

 

 

Romance de la luna, luna

                                                            A Conchita García Lorca

 

La luna vino a la fragua

con su polisón de nardos.

El niño la mira, mira.

El niño la está mirando.

En el aire conmovido

mueve la luna sus brazos

y enseña, lúbrica y pura,

sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.

Si vinieran los gitanos,

harían con tu corazón

collares y anillos blancos.

Niño, déjame que baile.

Cuando vengan los gitanos,

te encontrarán sobre el yunque

con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,

que ya siento sus caballos.

Niño, déjame, no pises

mi blancor almidonado.

 

El jinete se acercaba

tocando el tambor del llano.

Dentro de la fragua el niño,

tiene los ojos cerrados.

 

Por el olivar venían,

bronce y sueño, los gitanos.

Las cabezas levantadas

y los ojos entornados.

 

Cómo canta la zumaya,

¡ay, cómo canta en el árbol!

Por el cielo va la luna

con un niño de la mano.

 

Dentro de la fragua lloran,

dando gritos, los gitanos.

El aire la vela, vela.

El aire la está velando.

 

 

 

 

Oda a Walt Withman

 

Por el East River y el Bronx

 

Los muchachos cantaban enseñando sus cinturas,

con la rueda, el aceite, el cuero y el martillo.

Noventa mil mineros sacaban la plata de las rocas

y los niños dibujaban escaleras y perspectivas.

 

Pero ninguno se dormía,

ninguno quería ser el río,

ninguno amaba las hojas grandes,

ninguno la lengua azul de la playa.

 

Por el East River y el Queensborough

los muchachos luchaban con la industria,

y los judíos vendían al fauno del río

la rosa de la circuncisión

y el cielo desembocaba por los puentes y los tejados

manadas de bisontes empujadas por el viento.

 

Pero ninguno se detenía,

ninguno quería ser nube,

ninguno buscaba los helechos

ni la rueda amarilla del tamboril.

 

Cuando la luna salga

las poleas rodarán para tumbar el cielo;

un límite de agujas cercará la memoria

y los ataúdes se llevarán a los que no trabajan.

 

Nueva York de cieno,

Nueva York de alambres y de muerte.

¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?

¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo?

¿Quién el sueño terrible de sus anémonas manchadas?

 

Ni un solo momento, viejo hermoso Walt Whitman,

he dejado de ver tu barba llena de mariposas,

ni tus hombros de pana gastados por la luna,

ni tus muslos de Apolo virginal,

ni tu voz como una columna de ceniza;

anciano hermoso como la niebla

que gemías igual que un pájaro

con el sexo atravesado por una aguja,

enemigo del sátiro,

enemigo de la vid

y amante de los cuerpos bajo la burda tela.

Ni un solo momento, hermosura viril

que en montes de carbón, anuncios y ferrocarriles,

soñabas ser un río y dormir como un río

con aquel camarada que pondría en tu pecho

un pequeño dolor de ignorante leopardo.

 

Ni un sólo momento, Adán de sangre, macho,

hombre solo en el mar, viejo hermoso Walt Whitman,

porque por las azoteas,

agrupados en los bares,

saliendo en racimos de las alcantarillas,

temblando entre las piernas de los chauffeurs

o girando en las plataformas del ajenjo,

los maricas, Walt Whitman, te soñaban.

 

¡También ese! ¡También! Y se despeñan

sobre tu barba luminosa y casta,

rubios del norte, negros de la arena,

muchedumbres de gritos y ademanes,

como gatos y como las serpientes,

los maricas, Walt Whitman, los maricas

turbios de lágrimas, carne para fusta,

bota o mordisco de los domadores.

 

¡También ése! ¡También! Dedos teñidos

apuntan a la orilla de tu sueño

cuando el amigo come tu manzana

con un leve sabor de gasolina

y el sol canta por los ombligos

de los muchachos que juegan bajo los puentes.

 

Pero tú no buscabas los ojos arañados,

ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños,

ni la saliva helada,

ni las curvas heridas como panza de sapo

que llevan los maricas en coches y terrazas

mientras la luna los azota por las esquinas del terror.

 

Tú buscabas un desnudo que fuera como un río,

toro y sueño que junte la rueda con el alga,

padre de tu agonía, camelia de tu muerte,

y gimiera en las llamas de tu ecuador oculto.

 

Porque es justo que el hombre no busque su deleite

en la selva de sangre de la mañana próxima.

El cielo tiene playas donde evitar la vida

y hay cuerpos que no deben repetirse en la aurora.

 

Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.

Éste es el mundo, amigo, agonía, agonía.

Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades,

la guerra pasa llorando con un millón de ratas grises,

los ricos dan a sus queridas

pequeños moribundos iluminados,

y la vida no es noble, ni buena, ni sagrada.

 

Puede el hombre, si quiere, conducir su deseo

por vena de coral o celeste desnudo.

Mañana los amores serán rocas y el Tiempo

una brisa que viene dormida por las ramas.

 

Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,

contra el niño que escribe

nombre de niña en su almohada,

ni contra el muchacho que se viste de novia

en la oscuridad del ropero,

ni contra los solitarios de los casinos

que beben con asco el agua de la prostitución,

ni contra los hombres de mirada verde

que aman al hombre y queman sus labios en silencio.

Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,

de carne tumefacta y pensamiento inmundo,

madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño

del Amor que reparte coronas de alegría.

 

Contra vosotros siempre, que dais a los muchachos

gotas de sucia muerte con amargo veneno.

Contra vosotros siempre,

Faeries de Norteamérica,

Pájaros de la Habana,

Jotos de Méjico,

Sarasas de Cádiz,

Apios de Sevilla,

Cancos de Madrid,

Floras de Alicante,

Adelaidas de Portugal.

 

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!

Esclavos de la mujer, perras de sus tocadores,

abiertos en las plazas con fiebre de abanico

o emboscadas en yertos paisajes de cicuta.

 

¡No haya cuartel! La muerte

mana de vuestros ojos

y agrupa flores grises en la orilla del cieno.

¡No haya cuartel! ¡Alerta!

Que los confundidos, los puros,

los clásicos, los señalados, los suplicantes

os cierren las puertas de la bacanal.

 

Y tú, bello Walt Whitman, duerme a orillas del Hudson

con la barba hacia el polo y las manos abiertas.

Arcilla blanda o nieve, tu lengua está llamando

camaradas que velen tu gacela sin cuerpo.

Duerme, no queda nada.

Una danza de muros agita las praderas

y América se anega de máquinas y llanto.

Quiero que el aire fuerte de la noche más honda

quite flores y letras del arco donde duermes

y un niño negro anuncie a los blancos del oro

la llegada del reino de la espiga.

 

 

 

 

Vea también: De noche un pájaro: Miguel Tejada Sánchez


Noticia Biográfica


Federico García Lorca (1898-1936). Federico del Sagrado Corazón de Jesús García Lorca nació en Fuente Vaqueros (Provincia de Granada, Andalucía – España) el 5 de Junio de 1898, en el seno de una familia culta y acomodada. Estudió filosofía y derecho en la Universidad de Granada (1914-1918), trasladándose a Madrid en 1919. Entre 1920 y 1934 Lorca desarrolló al máximo su potencial al lado de otros hombres de todas las artes como: Jorge Guillen, Rafael Alberti, Manuel de Falla, Salvador Dalí, Luis Buñuel, entre otros notables. Lorca se interesó vivamente en la conservación de las tradiciones musicales y poéticas populares del cante jondo y la España gitana. Por su labor literaria, fue una figura clave en la Generación del 27. Su actividad como reconocido dramaturgo y poeta le llevó a viajar por Estados Unidos, Cuba y Sur América. Lorca participó, activamente, en la política cultural de la segunda República Española, promocionando y dirigiendo el teatro ambulante denominado “la barraca”, cuyo propósito era popularizar el teatro clásico español en la provincia. Iniciado el levantamiento de los nacionalistas contra la República, bajo el mando de Francisco Franco, y con éste la guerra civil española, Lorca es capturado en Granada, su tierra natal, por las fuerzas falangistas rebeldes, el 16 de agosto de 1936, asesinado a tiros de fusil dos días después, en la madrugada del 18 de agosto de 1936, a la orilla de una carretera rural que comunica las poblaciones Andaluzas de Viznar y Alfacar.



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