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Un poema de C. L. Andrada



Matadero, 1957

 

Durante esa época

en mi garganta se mantenía una afilada

intuición que de severa arraigaba,

incapaz de formar esa palabra, esa sombra.

De vieja, se esfumó. Me hablan

de una calma más grande que la vida.

Ahora recuerdo en estar yendo al matadero, cruzar

el Guadiana por el puente nuevo.

¿No te es familiar el gemido del párpado

al recibir el primer sol?

Como víscera chispea en la córnea.

 

Amo el amor de la nueva carne,

tripas de animales recién leídas

—indiferente, llaga, hueso, ciego, error, inmóvil—

a mí, me vale: corriente en la firma de los hombres.

Vi el alfabeto siendo migaja, un ápice más, hartazgo.

Vi la tiranía del momento como pellejo doblándome,

haciéndome trizas con apego,

aún codiciando el agobio del desdén.

 

(Si hubiera atravesado toda la carne.

Si hubiera estrujado mis debilidades,

estrujado con todas mis fuerzas,

devorando recuerdos.

 

             Pero no fue así.)

 

 

Vea también:Viviana Abnur: poesía argentina


Noticia Biográfica


­ C.L. Andrada (Mérida, 1984). Licenciada en Filología Hispánica. Ha sido editora adjunta del fanzine cultural Sara Mago. Ha publicado en la antología Sangrantes (Origami, 2013). Es autora de Morfina añeja (Ediciones en Huida, 2016).



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