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Lucí­a Estrada



El aire se abrió lentamente con el sonido de las campanas,

y en los cuartos, cada cosa ocupó su lugar y su nombre.

Todo era posible bajo esa luz de invierno en la que

señalaste un jardí­n cerrado,

un estanque vací­o esperando por mis ojos. Era preciso

mirarlo con atención antes de que se diluyera en la sombra.

Estábamos inmersos en el paisaje, y las voces del jardí­n

vení­an desde adentro,

y las formas encontraban entre sí­ su correspondencia.

Algo dijiste del vací­o, y a lo lejos,

la fuente brilló en su penumbra.

Esto es lo que soñamos. Hundirnos en la transparencia

y en el movimiento de la luz. Ella recorre paciente

lo que para nosotros ha perdido su misterio. Aquí­

están todas las cosas recién descubiertas,

y el mundo, cada vez más pleno de sí­ mismo,

cada vez más verdadero.

Puedo escuchar el rumor de las puertas que se abren

para conducirnos a otro silencio, y cómo cavamos en él

aunque las cuerdas de la voz se hayan debilitado.

El estanque se cubrirá de agua. Puedo presentirla.

Es oscura y asciende hasta tus ojos llenándote de extrañeza.

Pero delante de ti nada perderá su claridad.

Deja que tu corazón entable cercaní­a con la muerte,

que allí­ también encontrarás presencias luminosas.

Será entonces como si nunca

te hubieras apartado del camino: “El resistir lo es todo“.

 

                                                            (De La Noche en el Espejo)

 

 

 

 

¿Quién me habla con las voces del viento?

¿Quién a través del polvo, bajo la herrumbre,

en la frí­a superficie de las cosas?

 

Todo cuanto he olvidado se resiste a la muerte

y abre con suavidad los pliegues del aire para rozarme

con sus dedos.

 

¿Qué silencio me rescata en esa orilla?

¿Qué pequeño aguijón me descubre lo invisible?

 

Secreto laberinto que despierta en la palma de la mano.

 

                                                            (De La Noche en el Espejo)

 

 

 

 

Ahora que tu cuerpo se dispone a cruzar la frontera

más solitaria, dime:

¿a qué grito, a qué palabra te aferras?

¿Qué silencio abres en la semilla que mañana

será tu sustento?

 

Las piedras que guardas en tu memoria

son las ruinas de un altar construido

para que alguien más ofreciera en él su corazón.

Pero ya nadie se detiene bajo los árboles

que se han despojado de su sombra.

Sin amor, el paisaje incierto de otras tierras

los arrebata definitivamente de nosotros.

 

Queda entonces el vací­o donde resuenan mejor

nuestros pasos,

oscuro rumor que nos obliga a permanecer despiertos.

 

¿Quién vigila más allá de ti mismo el movimiento

de tu sangre?

 

Cada noche te prepara un abismo

en el que te dejas caer sin espanto

pues en ti llevas tu lámpara,

esa que también te ha descubierto la intemperie

y el esquivo secreto de su nombre.

 

Un canto de sirenas te guí­a en el blanco laberinto de la rosa.

 

¿En qué antiguo reino se apoya tu mirada?

 

                                                            (De La Noche en el Espejo)

 

 

 

 

Todas las voces están huérfanas de sí­,

y en esa orfandad se asisten, se acompañan.

 

Ahí­ está el misterio. El que no podemos tocar,

para el que no existen las manos.

Las manos,

esa región desconocida que nos acerca y nos aleja al mismo tiempo.

 

Me pierdo en la penumbra de lo que quisiera gritar

y no puede.

 

El deseo nos rescata del abismo,

pero también se yergue lo que no admite consuelo.

 

Palabras como pájaros en la soledad del aire.

 

                                                            (De La Noche en el Espejo)

 

 

 

 

Nos han dejado solos en medio del agua,

de su noche grave y espesa.

 

No en la superficie,

no en el fondo,

entre los pliegues.

 

Y allí­ soñamos las formas,

peces que se devoran entre sí­,

sustancias y sales y fuego

en su primera altura.

 

Pero hay un arriba y un abajo, decimos,

y somos parte del secreto.

 

Lo que nos mantiene es no saberlo con certeza,

intuir que somos las columnas y el corazón único

de ambos reinos.

 

                                                            (De La Noche en el Espejo)

 

 

 

 

XXXIII

 

Redimir la noche, mezclar su escritura y comprender. No es posible huir luego de haber iniciado la cacerí­a mayor, brazos y ojos señalados por el fuego de la búsqueda. El dedo que fijó la página, el agua que vemos resplandecer en el poema. Todaví­a, ese leve gesto se repite. La luna del comienzo no declina ni se oculta.

 

Un instante: se descifra el movimiento de la llama.

Otro: el humo que asciende.

Ahora se prueba el fluir de la sangre, un cí­rculo de correspondencias.

El silencio explora su laberinto. La estela de ese otro sol se mantiene. El rito de la noche no termina. Viejos hombres deambulan hoy bajo su antorcha.

 

                                                            (De Maiastra)

 

 

 

 

Djuna

 

Pregunto por el sueño

 

              y en respuesta

lentos animales

de la noche

              rodean mi casa.

 

                                                            (De Las Hijas del Espino)

 

 

 

 

XXI

 

Cuánto silencio cabe en las manos de un hombre

cuando las palabras huyen confundidas

como guerreros vencidos antes de la batalla.

 

Acaso el corazón comprenda estas cosas

y abra en su noche un lugar para la muerte.

 

Blanco es el instante que nos representa

 

Manchas oscuras que suben hasta los labios para decir no

para invocar por última vez el nombre de una verdad

que ya no nos pertenece.

 

                                                            (De Cuaderno del íngel)

 

 

 

 

XXII

 

La sombra de tu mano cuando escribe: ceniza que el viento recorre

y empuja más allá de las ruinas de tu deseo.

 

Vací­o que no se alcanza, ciego rumor que se aleja

como una señal imposible,

como palabras que se rompen contra el cerco de unos labios

y ya nada significan.

 

El árbol que nombras – su oscuro pálpito

en la sangre – es el exilio

aunque sus raí­ces te hundan en la tierra,

aunque sus hojas te acerquen el aire,

aunque su silencio te hable una vez más

de la incertidumbre de tus pasos,

de la permanencia.

 

                                                            (De Cuaderno del íngel)

 

 

 

 

XXIII

 

Y si esta piedra fuese nuestro pan

          y esta palabra sombra

                  la única luz que nos asiste al terminar el dí­a

 

y si la luz fuese la prueba de nuestro abandono

                   y si el abandono fuera nuestra más firme certeza

 

y si la certeza fuésemos nosotros mismos

                   en manos de la muerte

 

y si la muerte se abriera como el exilio de un cuerpo

                 que se resiste a la nada

 

y si la nada fuese nuestra mesa

                 y la copa en que bebemos un vino amargo y lejano

 

y si la lejaní­a se agolpara de pronto

                en la terrible inocencia de permanecer

con los ojos abiertos

 

y si los ojos fuesen las puertas de nuestra derrota

 

y si la derrota trazara el mapa del destino

como el pájaro enfermo la grieta

                de su soledad en el aire

 

y si el destino cayera sobre nuestra página en blanco

y barriera las hojas de lo que un dí­a

fue nuestro árbol primero

 

y si el árbol se inclinara sobre las ruinas del amor

y las cubriera de musgo y hundiera en ellas sus raí­ces

 

y si las raí­ces fueran el cielo y el vací­o de unas manos

que nunca han de aferrarse a cosa alguna

y sin embargo escriben en la piedra

y siguen el curso de su noche cerrada

 

y si la noche no fuese otra cosa que la noche

 

intemperie

 

verticalidad de un hombre solo

en su caí­da.

 

                                                            (De Cuaderno del íngel)

 

 

 

 

XXIV

 

Tras el muro que guarda el jardí­n

el sendero se abre como prueba

de que otros han transitado ya

esta región desolada, húmeda, inestable.

 

Huellas sin tiempo envuelven tus pasos

haciéndolos más confusos

hundiéndolos en la extrañeza.

 

Cada palabra que oscureció bajo el rayo

se adelanta y camina junto a ti

como una hermana que no reconoces

porque también su rostro

fue deshecho por la tormenta.

 

Sólo quien ha resistido

el golpe seco de la sombra advierte

la hendidura que acerca el horizonte

y nos exime de la muerte.

 

“El ardor, el color, el dolor…”   Desde allí­ se alzarán acaso

con mayor í­mpetu, y te devolverán el pálpito

el miedo, la incertidumbre.

 

Este camino a nadie pertenece

ni la tierra huérfana que tus pies

traen de regreso.

 

                                                            (De Cuaderno del íngel)


Noticia Biográfica


Lucí­a Estrada (Medellí­n, Colombia, 1980). Ha publicado los libros de poesí­a Fuegos Nocturnos (Medellí­n, 1997); Noche Lí­quida (Colección del Ministerio de Cultura, San José de Costa Rica, 2000), Maiastra (Ed. El Tambor Arlequí­n. Medellí­n, 2004), Las Hijas del Espino (1º Edición: Cobalto Ediciones. Medellí­n, 2006// 2º Edición: Hombre Nuevo Editores, 2008), El Ojo de Circe (Antologí­a – Colección Un libro por centavos de la Universidad Externado de Colombia, 2006); El Cí­rculo de la Memoria (Selección de poemas – Lima, 2008; San José de Costa Rica, 2008); La Noche en el Espejo (Fundación Gilberto Alzate Avendaí±o, Bogotá, 2010); Cenizas de Pasolini (Editorial Pequeí±a Alejandrí­a, Medellí­n, 2012); Cuaderno del íngel (Sí­laba Editores, Medellí­n 2012) y Continuidad del Jardí­n (Colección Palabras Rodantes, Medellí­n, 2014).

Textos suyos han aparecido también en varias antologí­as y publicaciones del paí­s y del exterior tales como Seis Voces Celestes –Antologí­a de Poetas Latinoamericanas (Espaí±a, 2004); Posdata – Antologí­a de poetas jóvenes colombianos (Universidad de Nueva León, México, 2009); Punto de Partida – Doce Poetas Colombianos (Universidad Autónoma de México, 2007); Palabras de Agua – Antologí­a Poética (Colombia, 2002); Ellas escriben en Medellí­n – Antologí­a (Secretarí­a de Cultura –Alcaldí­a de Medellí­n, Colombia, 2008); Párrafos de Aire (Antologí­a del poema en prosa en Colombia. Editorial Universidad de Antioquia, 2010) y en las revistas literarias Luvina (México); Fronteras (Costa Rica); Lí­nea Imaginaria (Ecuador); Alhucema (Espaí±a); Eskéletra (Ecuador); Poetry International (Página Virtual); La Otra (México); Revista Casa Silva, Prometeo, Revista Universidad de Antioquia, Luna de Locos, Clave, Mascaluna, Hojas Sueltas, Luna Nueva, Golpe de Dados, Punto Seguido, y El Libro de las Celebraciones (Colombia), El Canon Abierto: última poesí­a en espaí±ol (Visor, Espaí±a, 2015), entre otras. Así­ mismo sus poemas han sido publicados en varias antologí­as virtuales de México, Argentina, Brasil, Espaí±a y Estados Unidos y han sido parcialmente traducidos al inglés, francés, japonés, italiano y alemán.

Invitada a diversos encuentros literarios en el paí­s y en el exterior entre los que pueden destacarse el Festival de Poesí­a de Berlí­n (Alemania); VIII y XVI Festival Internacional de Poesí­a de Medellí­n; Encuentro de Poetas del Mundo Latino (México); Feria del Libro de Santiago de Chile; IV Festival Internacional de Poesí­a Eskéletra (Ecuador); III Festival de Poesí­a de El Salvador; Festival Internacional de Poesí­a de Costa Rica; Festival Internacional de Poesí­a de Rosario y Buenos Aires (Argentina, 2010); VIII Bienal de Literatura Mariano Picón Salas (Mérida, Venezuela, 2009); Feria del Libro de Trujillo (Perú, 2012); Salón del Libro de Parí­s (Francia, 2014). Reseí±as de su obra aparecen en revistas y periódicos tales como Diario El Comercio (Ecuador); Casa de Poesí­a Silva, Revista Número, Revista Arcadia, Revista Universidad de Antioquia, entre otras.



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