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Poemas de Ramón Cote. Selección de su libro "Colección privada"



Virgen de la anunciación

Antonello da Messina

 

 

I

 

Deja

        suspendida

por un momento

                más

tu mano

        en el aire

ahora que siento

en mi pecho

        -igual que tú-

batir

        desde el fondo

                        una paloma.

 

 

II

 

Y llamé

        Ave de Alivio

a ese pliegue que interrumpe

en la mitad de tu frente

el recorrido de tu manto

lapislázuli.

 

Y llamé

        Ave de Alivio

a ese dulce pájaro solitario

que parece anticipar

en el borde dividido de tu velo

la noticia alada de la Anunciación.

 

Entonces te llamé

        Ave de Alivio

y desde tu frente

        viniste volando

a compadecerme

        por mis ojos ateos.

 

 

 

 

Ginevra Benci

Leonardo da Vinci

 

Hay algo superior

al amor

                  y es el olvido

porque silenciosamente

va limando

                  puliendo

                           despojando

todo lo que por pasión

o soledad

consideramos alguna vez eterno.

 

Un dí­a cualquiera lo advertimos

cuando al querer recordar la cara

de una mujer mil veces besada,

en lugar de repasar sus párpados,

extraviarnos en la profundidad de su boca,

recuperar el doble salto de corza de sus cejas,

para nuestro desconcierto encontramos

solamente

                  un óvalo

balanceándose en el aire del pasado

como una fruta solitaria.

 

Entonces la memoria

en una desesperada maniobra de rescate,

emplea palabras verdes

como enebro

                  enredadera

                           boscaje

y se vale de una mandolina

como música de fondo

para lograr su restitución.

 

Pero el veredicto del tiempo es inapelable.

Y traicionero el trabajo del olvido.

 

Ahora te comprendo

dolorida Ginevra Benci,

cuando en la oscura sala de un museo

norteamericano miras hacia nadie,

sin esperanza, como una lámpara encendida

en pleno dí­a,

soportando impasible

las parejas que pasan de largo sin detenerse a mirarte,

los cumplidos que hacen de otras madonnas.

 

De nada te ha valido tener la cara más perfecta,

la más delicada salida de manos de Leonardo,

porque cargas como una maldición

la marca indeleble

del óvalo

                  del olvido.

 

 

 

 

Res desollada

Rembrandt

                                                            Para Antonio López Ortega

 

Cómo sabes que me corrompe el aire.

 

Por qué te enamoraste de mi ahora que cuelgo

y enumeras cada una de mis costillas,

y con detenimiento observas los nudos de mis tendones

como si me hubieras visto alguna vez pastar entre los campos.

 

¿Acaso te reconoces en mis heridas?

 

Si esto llegara a ser cierto, hermano mí­o, entonces

déjame abrirme en carne viva

para mostrarte mi fragante entrada a la muerte.

 

Termina de una vez por todas, pintor de cara triste,

mira que muy pronto me llamarán pestilente

y me convertiré en la atracción de todas las moscas

de este matadero de Amsterdam.

 

 

 

 

La joven de la perla

Vermeer

 

Suplicantes me miran tus ojos

como las olas que en alta mar

preguntan entre espumas por sus islas

 

porque ese beso prohibido que todaví­a aturde

las vocales de nuestros labios

me ha condenado para siempre

a amarte a distancia y a ti,

a permanecer en dolorosa lejaní­a.

 

Antes de iluminar con tu perla

la sombra que te reclama y te castiga

te detienes para mirarme por última vez

 

pidiéndome que te haga compañí­a,

como si yo, impedido a este lado del tiempo,

pudiera acompañarte,

 

como si tú, atrapada en un cuarto

de la vieja ciudad de Delft,

hubieras olvidado por completo

que únicamente existes

 

para despedirte.

 

 

 

 

Katia leyendo

Balthus

 

No existe mayor placer en la vida

Katia, que espiarte

 

en las tardes de los sábados

cuando en tu cuarto lees solitaria

 

ese libro de pastas amarillas.

 

Por cada página que pasas

deslizas como un gato angora

 

las plantas de tus pies sobre la alfombra,

mientras tus piernas que suben

 

que bajan que se encogen que se estiran

van descorriendo poco a poco tu falda,

 

milí­metro a milí­metro,

hasta aproximarse peligrosamente a tu sexo,

 

a tu bahí­a secreta, a tu pócima mágica,

a tu jardí­n incluso por tí­ desconocido.

 

No existe otro placer en la vida

como éste, Katia, de los sábados

 

cuando espiándote detrás de una pared

esperamos el momento en que reconozcas

 

que la edad de la inocencia

ha llegado a su fin,

 

que por todo tu cuerpo una serpiente

te ofrece la más tentadora de las manzanas

 

y decidas entonces desnudarte y descubrir

con tus dedos y ante nuestros ojos

 

esa llama oculta que arde de deseo,

y mires desafiante con pavor y placer

 

el mundo al que ahora perteneces.

 

 

 

 

El mundo de Cristina

Andrew Wyeth

 

Es poco lo que sabemos de ti: que tu provincia se reduce a una casa de madera y a un granero situados en lo alto de una colina, que en los veranos tienes por costumbre contemplarlos a tres pájaros de distancia, apoyando tus brazos sobre la tierra como un templo al que se le hubieran torcido las columnas de los extremos, que allí­, entre los tallos de trigo, no te visitan ángeles sino cientos de saltamontes, que tienes polio y que te llamas Cristina.

 

Si estos datos parecen suficientes, entonces por qué nos equivocamos durante tantos años creyendo que el dí­a en que nos dejaras ver el color de tus ojos revelarí­amos tu misterio, en lugar de pensar que las contadas cosas que miras detenidamente levantando la cabeza como una corza en la colina, te bastan de sobra para vivir.

 

 

 

 

Alejandro Obregón

Visitación en Cartagena (In memoriam)

 

Quizás fuera la precisa resonancia de la tarde,

el sol entre las hojas o el agua de oí­das

lo que detuvo al Angel.

Tal vez hallara favorable la penumbra

para atreverse a cruzar el umbral.

Allí­ lo estaban esperando las cosas

impacientes de silencio.

 

Entonces apretó las frutas. En los enormes cubiertos

descubrió el constante trabajo de la sal.

Subió las escaleras y en el estudio

se entretuvo

imaginando la mano semejante

que pintaba animales voraces, lunas cegadoras,

jardines de hojas ponzoñosas, infinidad

de mujeres color violeta

y atardeceres atrapados en el tiempo

por el pico de un alcatraz.

 

Fue entonces cuando sintió

un resto de nostalgia humana,

cuando recordó la dulce

caducidad de las posesiones

y la momentánea eternidad que da su uso.

 

Descalzo sobre las baldosas frescas

el Angel se dirigió hacia el umbral

y antes de abrir las alas

se despidió para siempre de aquel que le dejó al mundo

lo que rabiosamente amaron sus ojos.


Noticia Biográfica


Ramón Cote Baraibar (1963). Ha publicado los libros: Poemas para una fosa comúnInforme sobre el estado de los trenes en la antigua estación de deliciasEl confuso trazado de las fundacionesBotella papelColección privada (Premio Casa de América), Los fuegos obligados (Premio Unicaja de Poesí­a), Como quien dice adiós a lo perdido y la antologí­a Hábito del tiempo.

Además, es autor de los libros de cuentos Páginas de en medio y Tres pisos más arriba, y de la biografí­a Goya, el pincel de la sombra. Sus artí­culos sobre arte y literatura han aparecido en diversas revistas nacionales e internacionales.



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