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Dos poemas de Álvaro Miranda



Poema para reivindicar las carnes asadas que me he comido en la vida, poema que es un acto de fe parecido a las costillas de vaca que don Francisco de Goya ingiriera de prisa al momento de enterarse cómo su modelo, la señorita Pepita Tudó, era la amante del primer ministro del reino, y como éste, en celo, lo buscaba en rabia, por lo que el artista pintase de prisa y en disimulo, la maja vestida con el objeto de ocultar la desnuda, pues bien sabido es que en ese momento el í­nclito funcionario llegaba con un tostado de ternera en boca a la casa del hombre de los pinceles mágicos y con frailes dominicos del santo oficio, siempre prestos a encender la hoguera por su amor a los santos, ví­rgenes y arcángeles del cielo.

 

La vaca ojona, la señora achí­s,

Se fue para siempre, se marchó al fin

¿Quién mató la vaca, quien le hizo pum, quien le hizo chis?

 

Está bocarriba como una perdiz

Para el matadero la llevan partida,

La vaca bife, la vaca churrasco,

La de suela para zapatos, la de cuernos para dados,

La vaca que en el potrero era emperatriz.

 

 

 

 

Poema para alabar la base de mi cerebro donde en hamaca de sueños duerme mi primivito reptil, reptiliano hipotálamo por el cual marco territorio, apaciento un rebaño de miedos en mi habitación, me arrastro servil ante sumajestades y prí­ncipes, le saco la basenica a los jueces y sobre todo, me oculto en la hojarasca a escribir mi poema

 

Hay un secreto en mi cerebro,

el lapislázuli de una lagartija en mis ancestros,

una totuma encantada de donde salen mis cantos a cuatro patas,

Hay de mí­, hay de ti, hay de todos:

panza al sol y la mirada al miedo acelerada.

Yo voy y fui tras la reptiliana luna,

la luna que en la hojarasca me llena de luz,

de tinta amarilla como oro, oro del rocí­o

tras la lluvia.

 

En mi cerebro el reptil aún mueve su masa gris,

el equinoccio de una estrella primaria que me llena de miedos,

de ganglios basales, y el diencéfalo,

el divino  hipotálamo que en impulsos sexuales

hace coronas rojas de rosas,

que me llena de vino y sed,

de apetito y nidos de plata para dormir de tarde en tarde.

Desde la prehistoria de mi vida tengo

un cerebro de lagarto, lagartija que cruza el arcoí­ris

lagartija veloz que se asusta cuando afuera

alguien me cobra la cuenta de la luz, del agua o del teléfono.

 

 

 

Vea también: 4 poemas de El movimiento de la tierra de Santiago Espinosa


Noticia Biográfica


ílvaro Miranda nació en Santa Marta, Colombia, en 1945. Poeta, novelista, historiador, ensayista, editor y director de revistas literarias. Licenciado en Filosofí­a y Letras de la Universidad de La Salle. Su primer libro de poemas Indiada, aparece en 1971. En 1982, en ocasión de recibir el Premio Nacional de Poesí­a, la Universidad de Antioquia edita Los Escritos de don Sancho Jimeno. Su novela, La Risa del Cuervo, escrita en 1983, obtuvo el primer premio en Buenos Aires y fue publicada al aí±o siguiente por la universidad de Belgrano. Reescrita durante varios aí±os y editada nuevamente en Bogotá (Thomas de Quincey Editores, 1992), es galardonada por Colcultura con el premio Pedro Gómez Valderrama. Su trabajo ha sido traducido al inglés, al ruso y al catalán. Su obra está concentrada en un constante interés por la conquista espaí±ola. Es, en el decir del poeta mexicano Marco Antonio Campos: “muy estructurado siguiendo el modelo del Mí­o Cid antiguo, pero volviéndolo intensa y admirablemente colombiano”. Emprende, de esta manera, la vigorosa empresa de la creación, escarbando las raí­ces históricas de América en un lenguaje que se asemeja al espaí±ol antiguo y se mezcla con el trópico, manejando con gran habilidad su fina ironí­a, contagiada del húmedo calor caribeí±o. Sus rimas reproducen la musicalidad del mestizaje de estas tierras, contándonos episodios ignorados de la historia. Cargada de mucha sonoridad y ritmo, realza la fuerza erótica entretejida en la palabra.



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