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Memoria lí­rica: Eduardo Castillo



Primera página

 

Libro triste y fugaz en el que tanto

sueño feliz mi corazón inhuma,

de cada verso tuyo se rezuma

una a manera de humedad de llanto.

 

Nada vales tal vez pero el encanto

de ser siempre sincero te perfuma

que antes de darle forma con la pluma

viví cada poema y cada canto.

 

Libro que de mis lágrimas naciste

habrás cumplido tu misión secreta

si logras consolar un alma triste.

 

¿Qué importa lo demás? la gloria es mito,

y el verso más hermoso del poeta

queda en el agua y en la arena escrito.

 

 

 

 

Sensación matinal

 

Ávido de la luz de la mañana

azul, abro con manos presurosas

la ventana que da sobre las rosas

y se me entra el jardín por la ventana.

 

Como para una esta, se engalana

el limonar de nieves aromosas,

y parecen sentir seres y cosas

que ya la primavera está cercana.

 

El mundo se me ofrece de improviso

con candor primordial de paraíso

y siento ante las aves y las ores.

 

Y el agua inquieta que la luz zafira

el júbilo de un párvulo que mira

un libro con estampas de colores.

 

 

 

 

Otro libro

 

Otro libro… otra copa en que he vertido

–noble licor en límpidos cristales–

el vino de mis viñas otoñales

todo en oro y en púrpura encendido.

 

Otro libro fugaz, entretejido

con hilos de mis bienes y mis males;

los consagro a los númenes fatales,

a las noches, al silencio y al olvido.

 

Libro sin vanidad, libro de octubre:

con pompas de arte tu dolor se cubre,

ni el llanto exhibes, ni con ira imprecas…

 

Rómpete el viento cual fragante pomo,

o que los cierzos te arrebatan como

arrastra el huracán las hojas secas.

 

 

 

 

Serenidad

 

He olvidado los bienes y los males

que los hombres me hicieron, y serena

como un atardecer, mi alma se llena

de densas placideces otoñales.

 

Hasta el recuerdo de tu amor, ya ido

es como esas fragancias indistintas

que guarda un esenciero envejecido,

o como un cuadro, ya descolorido

que desfallece en vagas medias tintas.

 

Tras el amor y su guerrero estrago

y el inútil rodar de los caminos,

en mi pequeño huerto, y al halago

del tibio atardecer, respiro el vago

olor de los rosales septembrinos.

 

En el azul se encienden las estrellas

y a la luz del crepúsculo, ya escasa,

miro ante mí, radiosamente bellas,

–mas sin tender las manos hacia ellas–

la gloria que huye y la mujer que pasa.

 

 

 

 

Oración a satán

 

Satán yo tuve un alma tan alba como el lino

o como el armiñado toisón de los pascuales

corderos, y las santas Virtudes Teologales

nevaron de azucenas de gracia mi camino.

 

Más exprimí tus uvas y me embriagué con vino

de tu lagar; fui príncipe de rojas saturnales

y cultivé la flora malsana de los males

en un envenenado jardín luciferino.

 

Hoy, solo en mi soberbia e indiferente al mundo

de flores y de danzas y músicas circundo

mis horas, con el ansia secreta de olvidar.

 

Más, oh Satán, oh príncipe rebelde; me quebranta

la pena que te atrajo la compasión de Santa

Teresa: la congoja de no poder amar.

 

 

 

 

Nocturno trágico

 

En la noche que cierra

se difunde un encanto

de quietud, sobre el llanto

y el dolor de la tierra

 

Sobre mí, en las regiones

del orbe estelar, veo

el débil parpadeo

de las constelaciones

 

Y ésos astros sin nombres

vasta clave no escrita

dicen de la infinita

orfandad de los hombres

 

Ni ante los golpes de Ella,

la pálida que trunca

dichas y vidas, nunca

palidece una estrella

 

 

 

 

Respuesta

 

A los que te dicen: –Poeta, la vida te veda

la entrada a sus claros jardines de gracias y encanto:

eres como pluma que flota en el viento,

como hoja que rueda

y de tus auroras de oro y zafiro ya nada te queda,

–No importa –responde– me queda

la magia del canto.

 

A los que te dicen: –La gloria te niega sus dones,

te niega sus ínclitos lauros; tu lírico manto

al cierzo cortante de invierno ya ota en girones,

y Amor te rehusa sus dulces, divinas fruiciones,

–No importa –responde– me queda

la magia del canto.

 

A los que te dicen: –Contigo se ensaña la suerte;

la noche invencible, la noche de duelo y espanto

sobre tu camino su sombra enigmática vierte,

y a ti, con pisar sigiloso se acerca la Muerte,

–No importa –responde– me queda

la magia del canto.

 

 

 

 

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Noticia Biográfica


Eduardo Castillo. Poeta colombiano, nacido en Zipaquirá el 5 de febrero de 1889, hijo de Alejandro Castillo y Clementina Gálves. Fue el mayor de cinco hermanos, autodidacta, llegó a dominar varios idiomas como el portugués, francés, inglés e italiano y a traducir a grandes escritores clásicos. Perteneció a los poetas líricos de la generación centenarista que lo tiene como uno de sus mayores representantes junto con Porfirio Barba Jacob y José Eustasio Rivera. Dejó escritos textos sobre Edgar Allan Poe, José Asunción Silva, Estefan Mallardi, Amado Nervo, Anatole France y Rubén Darío, entre otros. Tradujo a Oscar Wilde, Baudelaire, D’Annuncio y Verlaine. Fue secretario privado por 14 años del poeta Guillermo Valencia con quien lo unían lazos familiares. Desde su más temprana juventud llevó una vida de bohemia.

Fue colaborador del Nuevo tiempo y de la revista Cromos por más de 20 años. En compañía de Ángel María Céspedes publicó su libro El Duelo Lírico en 1918. Fue nombrado académico de la lengua por la Real Academia Española en 1930. Dentro de sus obras están: El Árbol que Canta, Los Siete Carrizos, Tinta Perdida y Cuentos Inéditos. Falleció en 1938 en Bogotá, a los 49 años víctima de la morfina.



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