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Ví­ctor Rivera



 

 

 

Obsidiana

 

 

II

 

Intentas el sonido con que caen las espigas a la tierra.

Buscas la arcilla con qué hacer el instrumento

que te de la imitación de lo que al aire se acerca.

 

Sin conocer el acento que devuelve

el orden de las lluvias,

haces tu creencia de llamar al agua

con una música que se le parezca.

 

Trabajas con nuevo material

lo que desde un comienzo se hace antiguo:

incompletas melodí­as de un collar

como la sombra de las palmas

en la mar que recomienza.

 

Pero el misterio sobrepasa toda imitación

y te sorprendes tan vací­o como una costa virgen,

mientras el jadear de tus potros hace surcos,

moviendo pájaros que vuelan al paso.

 

Algún dí­a bajo los guijarros,

encontrarás la canción con que poblar la noche,

en la ignota tierra de los mares y las selvas.

 

 

III

 

Si buscas lo semejante a la primera noche de tu cuerpo,

acude al sesgo de la hierba

que oculta la pupila de los corzos,

al velo que esconde la mirada

en espera de conocer lo nunca visto:

 

Horas de silencio

en que sólo por partes

se entrega cada presencia.

 

Tiempo de nacer al agua,

a los rí­os que llaman

para ser tocados.

 

En barcos que por primera vez experimentan

el espejo de los mares,

haces los vértices de tu efigie,

la libertad de tu velamen,

hoja minúscula,

sobre el cristal más frágil de la tierra.

 

Lo semejante a la primera noche de tu cuerpo,

está en todo lo que puede dar una bandada de pájaros,

en una galerí­a de huellas y de sombras

que te recuerdan el momento de ceder tu palabra

ante lo que no conoces.

 

 

V

 

Nada sabes si desconoces el gesto

con que las hojas se acercan a tu mano,

como tu mano al péndulo del fruto,

atraí­do el elemento por el elemento.

 

Nada sabes si no atiendes

la conversación de los árboles,

ni el verbo antiguo de los lí­quenes

en sus silabas lentas.

 

Ignoras el callado vuelo

y el canto que anuncia

otras maneras de transitar la tierra:

 

Por los espacios marinos

la brújula que guí­a el ala del albatros,

es la que mueve el cardumen

que en la rada representa

la danza de los bañistas.

 

Ignoras en el reino del aire,

otras maneras de esperar la noche,

la plenitud lunar en el cuarto de las ví­rgenes,

el beber del ciervo en su fuente de sed elemental.

 

Tú que pasas hollando las praderas,

tú que apenas conoces

otras formas de hacer un eslabón de oro,

aprenderás con el tiempo

a ser espiga y oquedad,

el estrato en que los musgos inicien

su fermento laborioso.

 

 

 

 

Nocturno

 

En la región donde bebe el tigre junto al ciervo,

en el abrevadero de las sales

donde el cazador renuncia a su presa,

 

escucha el ruido manso de los belfos,

y permite que te tome para sí­ la piel manchada,

 

luna de los tigres

y su reinado de salvaje inocencia.

 

Monta el ciervo que enmarca la noche con sus astas:

no temas perder en su cabalgar el astrolabio, el sextante,

o la brújula coleccionada en un anticuario de Londres.

 

Encuentra la manera de abrevar con las criaturas,

y sigue el canto del guí­a primitivo,

el aceite de sus lámparas,

la paloma que en la noche resplandece.

 

Permite que te tome para sí­ la piel manchada,

y sé la levedad con que los tigres viajan

en la penumbra de saetas florecidas.

Cazador de los que ya no hay allende a las orillas.

 

 

 

 

Antigua música

 

Hubo un tiempo

en que reposaste tu cabeza,

como una garza en su plumaje,

escuchando la música de tu propio cuerpo.

 

Hibernabas sin saberlo

en el refugio de tus órganos,

como un animal que se prepara para vivir,

haciendo lento

el compás de sus latidos.

 

Escuchabas las réplicas de un mundo subterráneo

que desde el fondo miraba

la humana correspondencia.

 

Fueron las cuerdas

de ese laúd suspendido

dentro de ti mismo,

lo que te hací­a frágil

e invencible,

sensible al más mí­nimo acento

traí­do por el aire.


Noticia Biográfica


Ví­ctor Rivera (1980), Popayán, Colombia. Músico violinista de la Universidad del Cauca, Colombia. Integrante de varios ensambles orquestales, de música de cámara y música antigua. Investigador y productor de programas radiales dedicados a la música clásica en la radio de La Universidad del Cauca. Actualmente es Estudiante de Maestrí­a en Literatura en la Universidad Javeriana de Bogotá. Parte de su poesí­a aparece en el libro Llama de piedra. Poesí­a contemporánea en Popayán (1970-2010) del Ministerio de Cultura. Ha colaborado en revistas de poesí­a como La Raí­z Invertida, Letralia, Cantera, entre otras. En el 2011 publica con la editorial Gamar, su libro de poemas La Montaí±a sumergida. Recientemente obtuvo el Premio de Poesí­a Editorial Praxis 2016 por su poemario Libro del origen.



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