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Poesí­a chilena: Maximiliano Dí­az



En las plantaciones de cobre

 

Hay que esperar algunos dí­as antes de buscar

a los trabajadores abatidos por un derrumbe en la mina.

El terreno se vuelve

      inestable

y nadie quiere que se repita.

 

Me gustarí­a decir que lo sé:

cómo hacer funcionar un cuerpo muerto.

Pero la verdad es que ni siquiera

los he visto tan de cerca.

Y es especialmente difí­cil

saber qué hacer

con los que mueren de hambre

en el entierro prematuro de los metales preciosos.

 

Tal vez por la posibilidad

(aún no medible en números)

de que el sujeto haya sido aplastado.

 

No digo que no haya que intentarlo:

escarbar el terreno con las mismas

cucharas plásticas que se entregan en servicios

de urgencia y patios de comida.

 

Pero la pregunta es otra:

Cómo obtener el resto:

             piel huesos páncreas enredaderas de pelo o una humilde vértebra

(por la ilusión

del diálogo

con el cerebro

ahí­ contenido).

 

Me atreverí­a a decir que no hay

que pensar en sacarlos vivos,

 

pero qué podrí­a ofrecerle yo

a la composición inexacta del cuerpo desenterrado. Siendo

galopado por restos de cobre y gravilla;

 

Sacudir al cuerpo como alfombras en el jardí­n

si es que las ganas de no abandonar la búsqueda

fueron tan fuertes.

 

Pero lo mejor serí­a ignorar mis consejos.

Si ni siquiera me acerco a ellos

ya maquillados a través del vidrio pulido

en cajones de madera.

 

 

 

La justicia de las caravanas

 

Aunque los caballos me asustan,

me gusta pensar que todo

deberí­a seguir siendo así­:

 

una familia

que corta el desierto en una caravana,

se detiene en un lugar aleatorio

y enterrando un objeto simbólico sobre la tierra,

afirma que ese será su hogar.

 

Algunos dicen que más del ochenta por ciento

de la tierra tiene dueños.

Me pregunto si cuando se pueble

por completo este planeta

volveremos a oí­r el susurro

de las balas en cada calle

 

yo creo que no.

Las ganas de pagar

nos quitaron el misterio

                                         innecesario

del revólver

(el único que yo he visto

está bajo la cama de mis abuelos.

Era del padre de mi abuela, y ella

no lo lleva a manutención

por temor a que se lo quiten. Sus disparos

casi recorren las generaciones

cuando mi primo mayor

dijo que lo usarí­a para matarse).

 

Ya no podemos reclamar nada como nuestro.

Esos espacios están ocupados.

Tal vez es por eso que yo fantaseo con el poder

adquisitivo de futbolistas y

guionistas de grandes cadenas.

Afuera, mientras tanto,

los sujetos de la construcción ponen su bandera sobre un baldí­o

y un letrero fresco sale de la fábrica

ofreciendo departamentos

de treinta metros cuadrados.

 

 

 

Lluvia en el sector jardí­n de la ferreterí­a

 

El viaje a la ferreterí­a está pensado como un inverso

al del bosque,

sin barro en los zapatos, tipos

de insectos sobre hojas silvestres

ni manchas de luz

sobre el techo del auto: sol interrumpido por los árboles

 

esto, si se entiende al bosque

como un centro nostálgico

(a pesar de que ese espacio

no haya pertenecido a nadie).

 

Hoy, sin embargo, llueve en el sector

jardí­n de la ferreterí­a más grande de mi ciudad,

y el patio a cielo abierto

parece un estadio olí­mpico abandonado.

 

Aquí­ no llegan entomólogos

a descubrir moscas sobre los tomates.

 

Solo las plantas. Saber

que cada una de ellas

tiene una arquitectura única

para depender a su manera

del agua o la luz del sol,

y resistir a los dientes

de orugas especí­ficas,

(pero nuestro criterio de selección

funciona por su capacidad de comprenderse

con los muebles o elementos del jardí­n).

 

En un rato

cierra la ferreterí­a,

y en las noticias dijeron que llueve

hasta mañana en la mañana.

 

Asumo que

cuando las nubes aceleren su paso

alguien volverá

dispuesto a comprar una manguera, herbicidas

(quizás también una fuente pequeña con un buda

vertiendo agua sobre las piedras),

 

y plantará tallos nuevos en su casa

según los colores que más le acomoden.

Después de todo, es eso,

o mirar cómo el pasto crece

según el pulso irregular de las lluvias

sobre el cielo abierto

de los patios.

 

 

 

El criadero de pingüinos silvestres

 

Si yo fuese a contar esto en otro tiempo,

nadie me lo creerí­a,

por eso te lo cuento a ti

(porque aun vivimos,

supongo,

en el mismo tiempo y en el mismo lugar):

 

que la gente encontró

el escondite de los pingüinos

en las costas del sur

Las playas están pobladas

de camionetas y artesanos

vendiendo aves de madera

 

Llegan a las islas en pequeños botes

atados a la costa

Para que no se mojen las piernas

suben a la gente a unos carritos

y entre tres hombres

con botas y jardineras de pescador

son remolcados hasta la nave

En el fierro para apoyar las manos

el tarro de las propinas

El viaje dura 40 minutos

y no puedes tocar a los pingüinos

Luego se regresa a la costa

los niños en sus bicicletas

amansan la dureza de la arena

Al borde del mar

especies coloridas de algas.

 

 

 

Mi papá

 

de joven, quiso ser cineasta.

Pero él creí­a

que no podí­a hacerse

cine en Chile.

Por no conocer

a Raúl Ruiz

a Cristian Sánchez

o a otros

que no voy a mencionar

 

porque yo

tampoco los conozco

él fue quien me contó

que Star-Wars

estaba inspirado en westerns

y pelí­culas de samuráis

sin conocer a Kurosawa

ni a John Ford

 

pero no pudo ser cineasta

se quedó en Rancagua

y comenzó a trabajar en combustibles

se conformó

con ver pelí­culas conmigo

en un computador

fin de semana por medio

 

fue feliz

con un dvd de Akira

y un modelo a escala del DeLorean.


Noticia Biográfica


Maximiliano Dí­az nació el aí±o 1994 en Rancagua y el 2012 llega a vivir a Santiago para estudiar Literatura en la Universidad Diego Portales. Fue becario de la Fundación Pablo Neruda durante el 2015, y a fines de ese mismo aí±o terminó su pregrado. Actualmente trabaja en la librerí­a Metales Pesados y sigue escribiendo y editando sus poemas.



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