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Tres poemas de Luis Garcí­a Montero al español y a autores españoles



Un idioma

                                                            Un Monarca, un Imperio y una Espada

                                                            Hernando de Acuña

 

Oigo una voz, me llaman por mi nombre,

y recuerdo aquel mapa de océanos y mundos

dibujado en el patio del colegio,

que era un charco, un imperio y una espada

en los pobres otoños nacionales,

y se fue deshaciendo con la lluvia

hasta sentirse tierra.

Oigo decir la luz, el árbol, las llanuras

teñidas por el cielo

de una tarde heredada con canciones

en la lengua de Roma,

compuesta y descompuesta,

crecida en español,

como niños vestidos de uniforme

que buscaban dos labios

para sentirse cuerpo.

El idioma, según nos explicaron,

salió del mundo hacia otro mundo,

y regresó con voces de leyenda.

Oigo el vuelo del cóndor en sus sí­labas.

Pasa el viento, reúne

los nombres y el olvido,

no respeta el puñal de los kilómetros.

Naciendo de sus muertes y de sus lejaní­as,

reconoció los puntos cardinales,

comprendió los rumores

de las plazas usadas por la gente,

encontró la violeta del rincón apartado

para que yo viviese

en las calles de Borges y Neruda,

entre Machado y Juan Ramón Jiménez.

La lluvia, que no corta,

pero  oxida los filos de una espada,

cayó también sobre el pasado,

como aprendiendo a hablar

en las hojas del bosque.

Oigo una voz,

recuerdo aquellos mapas de colegio.

Más constantes que el odio y la avaricia,

más fuertes que el rencor y las prisiones,

más heroicas que el sueño de un ejército,

más flexibles que el mar,

han sido las palabras.

 

 

 

 

Las confesiones de don Quijote

 

Casi nadie me llama por mi nombre,

vulgar y cotidiano como la rebeldí­a.

 

Prefieren otorgarme

la nobleza ridí­cula que yo mismo elegí­,

el tí­tulo de un pobre caballero,

de una triste ilusión,

y me recuerdan hoy

por el delirio de mis noches,

alunado, valiente

en la cabalgadura de los sueños

al confundir gigantes y molinos.

 

No les resulta fácil

convivir con el nombre de las cosas.

El dolor y el desvelo

convierten los rebaños en batallas,

las cuevas en enigmas

y la fealdad inhóspita en belleza.

 

Hermosa y respetable es la locura,

como la débil caridad del sueño,

hasta que descubrimos

las razones del Duque,

que invita al soñador y hace volar al loco

para fundar las normas de su corte,

las risas y los pleitos

que pudren corazones cortesanos.

 

Y ya no somos sombras,

sino cuerpos sin sombras,

ojos sin nadie

que viven en un reino de fantasmas

y han borrado las huellas de sus nombres

con un guante de plástico,

prendidos al vací­o,

entre rosales pulcros y espinas bien cortadas,

como el jardí­n de un manicomio.

Madreselvas y lilas

alrededor de las preguntas

y de las soleadas canciones de los médicos.

 

Soy Alonso Quijano.

Yo recordé mi nombre en Barcelona,

después de ver el mar, de visitar la imprenta

y descubrir la farsa de mi vida

en la hospitalidad de los que hoy

repiten sin saberlo aquel destino

por el que me humillaban.

 

Fui derribado por mi propia burla,

cuando el azul del mundo,

en vez de gallardetes y clarines,

gastó la realidad de una palabra

para contar la arena

de los duelos perdidos

con los representantes de la luna.

 

Esta tare de junio y de San Juan,

en esta solitaria habitación de hotel

que nos buscó el azar de la poesí­a,

regreso a Barcelona,

a importunarte con mis confesiones,

porque sigues ahí­,

en lugar de la ficción,

suspenso una vez más,

delante del papel,

con el bolí­grafo apuntando al cielo,

la mano en la mejilla

y el codo en el bufete.

 

Porque resulta hermosa y respetable

la caridad del sueño,

se han celebrado mucho mis hazañas.

Pero si quieres verme,

más allá de los himnos de mi triste figura,

y saber cómo fui

en el paisaje oscuro de mi tiempo,

o cómo soy ahora

entre las libertades de tu siglo,

abre el balcón y asómate a las Ramblas.

 

Pasa la multitud, cumple la historia

de sus mercados y sus oficinas.

Hay hombres y mujeres

que cambian de argumento al detener un taxi,

besos que sólo con una frontera

para volver a un domicilio,

colecciones de barcos que se olvidan

en una mesa de café

y gentes consagradas a fundirse

bajo la luz ambigua

en la llanura de sus movimientos.

No montan el caballo de los héroes,

pero están convencidos

de su programación,

de sus constituciones y sus leyes,

igual que yo creí­

en mis novelas de caballerí­a.

 

El retablo del mundo

sustituye las noches

por la historia medida de las noches,

y la luz de los ojos por la sed de las cámaras,

y la piel por un hueco

que las manos dibujan en el aire.

 

Exí­geles a la vida que te enseñe

a distinguir el mar del oleaje

que expulsa los desechos junto a las caracolas.

 

Al llegar a mi aldea

quise apretar el campo con los dedos

hasta sentir su araña

al lado de mi nombre,

la tarde que resiste en cada sí­laba

dorada por la lluvia y el sol de la experiencia.

 

Volver será el oficio del amor,

incluso en un lugar impertinente.

Regresa tú también,

aprieta con tus manos el silencio

del último rencor

hasta sentir la caracola

que ha guardado la culpa y la inocencia

junto a la voz del mar,

esta canción añil

de los saludos y el adiós

que todaví­a compartimos.

 

Y que tu soledad camine por la casa,

vuelva de cuarto en cuarto

dejándose las luces encendidas,

por si alguien las ve,

y no quiere apagarlas,

y pregunta la historia que han escrito en su rostro,

las huellas de su nombre

vulgar y cotidiano como la rebeldí­a.

 

Como la rebeldí­a de la gente

que se atreve a vivir

fuera de las haciendas encantadas.

 

 

 

 

Rafael Alberti

 

Así­

como pasabas

en el amanecer

de la mitologí­a a los teléfonos

para llamar de pronto,

o de las multitudes al desorden

solitario y esquivo de tu cuarto

en la calle Princesa,

pasas también ahora

de la muerte a la vida,

de los recuerdos al estar aquí­,

habitando la mesa donde escribo.

 

En su rincón más nuestro,

ese que no depende del pasado,

la memoria es azul, y callejera,

y pura realidad, como los versos

que convierten el mar en la nevada

y los rí­os de tinta en un amanecer

para que cante el gallo sobre el reino

de la metamorfosis.

 

Hablamos del amor y la poesí­a,

tal vez porque este cielo ha decretado

un violeta de Bécquer sobre el mundo,

que guardas en tu voz

como en las páginas de un libro.

 

Orgulloso de ti,

prefiero los aciertos a la mediocridad

del que cuenta los dí­as y las sí­labas

para evitar errores.

Los que han amado mucho

no desmienten su amor

con una mala boda.

Los que escriben poemas necesarios

continúan ardiendo

sobre la leña seca de los libros.

Da igual la perfección,

la irregularidad o la abundancia.

 

Orgulloso de mí­,

vuelvo a ser el muchacho

que te ha visto llegar desde la historia,

con tu mitologí­a

de poetas, república y exilios.

Y llamas por teléfono,

y preguntas la hora,

y sugieres la cita,

conmigo mano a mano,

busquemos otros montes y otros rí­os,

para comer al sol de las afueras.

 

En aquel restaurante del pinar

han subido los precios.

Ahora no puedes invitarme.

Pago la cuenta solo,

pero volvemos juntos en el coche,

y te quedas dormido

sobre el último verso de algún clásico,

o quizás en la cumbre de una rama.

 

Una vez más me siento el elegido,

mientras el dí­a se disuelve

en el retrovisor

como la inspiración en un poema.


Noticia Biográfica


Luis Garcí­a Montero (Granada, 1958). es poeta y Catedrático de Literatura Espaí±ola en la Universidad de Granada. Es autor de once poemarios y varios libros de ensayo. Recibió el Premio Adonáis en 1982 por El jardí­n extranjero, el Premio Loewe en 1993 y el Premio Nacional de Literatura en 1994 por Habitaciones separadas. En 2003, con La intimidad de la serpiente, fue merecedor del Premio Nacional de la Crí­tica.



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