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Daniel Calabrese: poesí­a de Argentina



El regresador

 

Aquello que terminó

está sucediendo todaví­a.

 

Aquel amor que fue regresa.

Porque todo lo que lleva sangre o música

tarde o temprano se reanuda.

 

Pero cuidado.

Mi carne te conoce,

mis dedos caminaron ya cien veces

en la luz dormida de tu cuerpo.

 

Y no es agua la sed.

 

No es suficiente

clavar un puñal en el cielo

para desatar una tormenta.

 

 

 

 

Ceda el paso

 

Hay que tener cuidado con las señales.

Este es un pueblo chico y siempre

ocurren algunas historias sencillas.

 

No falta el que bebe, como cree

que beberí­a Dylan Thomas si viviera,

y luego llega a su casa a medianoche

con los zapatos raspados, apuntando

una llave temblorosa con la mano.

 

Va dejando así­ una marca de luz

que permanece hasta que la borran

los faros de un automóvil

o simplemente se diluye en la humedad.

 

No falta el que bebe y después dice

que leyó completo En busca del tiempo perdido,

sí­, completo, las siete novelas,

y que lloró al amanecer

frente a un mapa de Londres.

 

Tengan cuidado,

en la ruta de la entrada

suele cruzarse a veces un caballo,

algún rencor,

un árbol perdido.

 

Esto no es más que un pueblo chico,

aburrido y violento.

 

 

 

 

La enumeración

 

Once amigos y un traidor.

 

Un rí­o extraño:

tal vez más ancho que largo.

 

Miles de calles cruzándose

y buscando el infinito

(sin embargo era una sola

y regresaba al origen).

 

Buena sangre,

para que circule la memoria.

Mala sangre,

para que además de circular

la memoria te haga luchar por algo.

 

Doscientas viejas cúpulas

y hasta ahí­ alcanzaban mis ojos

en esos años en que no sabí­a

alzar la vista.

 

Diez horas de ceguera

y los ciegos llenos de mi piedad relojera.

Un sombrero arrugado y vací­o.

Una mesa, un paño,

un hombre encarcelado por la luz,

soñando con la brasa de una palabra lejana.

 

Agua, aire, tierra y fuego:

el ladrillo tiene los cuatro principios

(podemos construir,

estamos aptos para la escritura).

 

Mucha lluvia, todo el año,

así­ la ciudad que uno toca y oye

metido en el óxido

pueda verse cada dí­a.

 

Once músicos, un traidor.

 

Una fosa.

Dos bolsas de huesos encontrados con las manos.

Un perro que entiende los ojos del hombre

y la tristeza del rí­o que se trepa en la mirada.

 

Una mujer de hierro en cada plaza,

y que la lluvia tarde siglos

en llegarle al corazón.

 

Una mujer de hierro al costado de la ví­a.

esperando de su amor un fuego irreal,

con dos guantes de amianto.

 

Treinta libros viejos,

la mitad leí­dos, la mitad hecha pedazos.

Una rueda de hombres ocultos

tratando de encerrar el tiempo.

 

Once poetas, un traidor.

Cuatro estrellas y una cruz: el Sur.

La mitad redonda de la naranja.

El tratado de Piazolla sobre la ciudad,

y un cielo para las cosas: la tierra,

porque todo ahí­ es verdad.

 

El movimiento indiscutible de las piedras,

los mares y los zapatos.

Los surcos en la cara de los viejos.

 

La permanencia, que hasta ahora

no se mezcla entre los hombres.

 

El zapatero y los que puedan

ver las cosas con su propia luz.

 

Dos cuerpos: dos y dos

el que traemos puesto

el que llevamos para el impacto,

el otro, el otro,

y cuando se junten esos cuatro

sean dos (y dos en el espejo), dos

subiendo la escalera tomados de la mano

metidos en un cuerpo solo, cuatro piernas,

dos cabezas (ese monstruoso amor).

 

 

 

 

Voces de mando

 

A orillas del rí­o Negro me dijeron

«traidor a la patria».

A la patria no.

Solo porque anduve en esos fondos de la noche

donde habí­a luces rojas y pequeñas.

¿O acaso el paí­s no llega

hasta el borde de los campamentos,

hasta esos cuerpos

que aparecen al encender un fósforo?

 

Cualquier cosa menos traidor.

Si llevé nada más que una radio,

una linterna,

y dormí­ bajo un árbol, sin permiso,

en la zona verde del paí­s.

 

Traidor al sueño tampoco.

Y eso que soñé con las manos oxidadas

de mi madre aferrando un arma.

 

Y le digo más, la patria estaba llena

de mujeres que ni luz en los ojos tení­an,

que ni frente, ni perfil,

y que habí­a que darle unos tragos

para que no fueran fantasmas.

¿O no?

 

 

 

 

La carrera

 

Era la tierra.

Una simple expresión del alimento

con las cruces, los árboles,

sus pájaros migratorios,

el carbón escondido en la maleza.

 

Todos los años nos sentábamos

en un bote abandonado a la orilla del campo

y remábamos un rato,

todos los años,

cada dí­a primero de noviembre.

 

El bote no avanzaba mucho

sobre el camino de greda.

Apenas unos metros, con esfuerzo,

y entonces nos sentí­amos tan cansados,

listos para olvidarnos del amor, de las llagas,

de los perros que ladran en el pecho.

 

Dimos muchas vueltas alrededor del sol

en ese rí­o de barro trajinado

contra una luz espesa.

 

Ahora eché raí­ces en el tiempo.

Ahora estoy quieto y es mejor que sigas

viajando hacia atrás

como viajan los postes, como viajan

las piedras oscuras de la orilla.

 

Mejor que te quedes tranquila

porque va muy lento el horizonte

y cuando por fin entiendas la carrera

estaremos listos,

fugados del terreno pegajoso,

donde sufren los ojos y se apagan las manos.

 

 

 

 

El tanque australiano

 

El viento golpeó toda la tarde

en las paletas del molino que arrancaba

el agua turbia de las napas.

 

Se fue llenando así­ un estanque de latas curvas,

hasta que casi desbordó

y, con mi padre, nos quedamos

hechos unos estúpidos mirando el agua revuelta

como si viéramos el mar.

 

Al girar la bóveda, comenzó a llegar la noche.

Ya no se extrajo el agua, se apagó el viento.

Algunos puntos de luz brotaron

en su espejo negro.

Se oyeron los grillos del verano,

un ladrido agónico a lo lejos.

 

Ésa es «La Cruz del Sur», me dijo y señaló

despacio, como si temiera espantarla

con su brazo suspendido sobre el agua.

Y aquella formación: «El Puñal de la Mazorca».

Los ladridos se multiplicaron.

 

Yo pensaba en el rostro de mi madre.

Pensaba en sus ojos ya enterrados.

 

Me despedí­ de todo y entré.

Estaba muy frí­a el agua

y poco a poco fue embebiendo mi ropa

hasta que dejé de flotar.

No sé cuántos dí­as transcurrieron mientras

me hundí­a en el silencio.

Recordé que en el «Paraí­so» del Dante

no se describen sonidos,

pero eso qué podí­a importar.

 

Era un mundo sin horizonte:

por más que buscaba alrededor,

el horizonte no aparecí­a.

 

Desaparecieron, finalmente,

la luz y el tiempo.

 

Hasta que las aspas del molino

giraron de nuevo.

Cada succión del agua de la tierra

traí­a, como un golpe de remo, los recuerdos,

uno tras otro:

la bicicleta, el camino de tierra,

la puerta quejumbrosa de la casa

las veredas del pueblo desbordadas por la grama.

El motor de algún camión sobre la Ruta Dos

ahogaba unos minutos el coro de las ranas.

 

Todo era redondo: el horizonte

no aparecí­a.

 

Y tuve que emerger después de muchos años.

 

Las cosas siguen igual pero nadie me reconoce.

 

Ahora voy por el parque, junto al cementerio,

a visitar sus ojos ya enterrados.

 

Es muy grato caminar al sol

después de estar metido en el agua tanto tiempo.

 

 

 

 

Una carrera con Platón

 

Antes de hablar alzaba una mano

para sujetarse el pecho,

a riesgo de hacerlo en un estilo trágico,

y de siete pitadas agotaba un cigarrillo.

 

Esa tarde encendió el motor

de su viejo automóvil

y se acostó en el pasto a escucharlo

una y otra vez.

 

Un alambre coincidí­a con el horizonte

donde se posaban unos pájaros enormes

y el hilo de la tierra se encorvaba.

Cuando alzaban vuelo, de repente,

el alambre subí­a y bajaba, entre el cielo y el suelo,

en eso que llaman la marcha dialéctica.

Y nadie era capaz de seguirlo.

Siete pitadas feroces: otro cigarrillo

 

El motor hablaba espesamente del silencio,

como si lo más oscuro del ser

encendiera con una llave de contacto.

 

Un viejo automóvil

detenido en el mejor momento de su vida.

 

 

 

 

Obra

 

Esta clase de estructura es muy compleja.

Nunca se construyó algo parecido

y ya sentimos la presión por terminar a tiempo.

 

El dios de la muerte sigue acumulando muerte.

El dios de la risa sigue acumulando risa.

 

Iba a ser de hierro, de tungsteno,

con los balcones caí­dos

como las tetas de una perra vieja

y con algunas plantas amarillas por aquí­,

por allá.

 

Iba a ser de nada, o tal vez apenas

más concreta: de luz

con ausencia de martillazos y un soporte

que dudamos sublimar entre la música

y los suicidios con gas.

 

No hubo mejor amor que el de la psicodelia,

pero llegamos a destiempo,

ligeramente niños.

 

El dios del miedo nos vendió los seguros.

El dios del absurdo sigue acumulando gente.


Noticia Biográfica


Daniel Calabrese nació en Dolores, Argentina, en 1962. Publicó: La faz errante (Premio Alfonsina, Mar del Plata, 1989), Futura Ceniza (Barcelona, 1994), Escritura en un ladrillo, (espaí±ol/japonés, Kyoto, 1996), Singladuras (espaí±ol/inglés, Fairfield, 1997), Oxidario (Premio del Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires, 2001), y Ruta Dos (Premio Revista de Libros, Santiago de Chile, 2013, y nominado al Premio Camaiore Internazionale, italiano/espaí±ol, Roma, 2015). Traducido al inglés, italiano, y japonés. Fundador y director de í†rea, Anuario Hispanoamericano de Poesí­a. Reside en Santiago de Chile desde 1991.



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