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Poemas de la poeta puertorriqueña Kattia Chico



Los habladores

 

Hay hombres que son muy elocuentes antes del amor

pero la cama los enmudece.

Tras sus pequeños textos

suelen sufrir epí­logos de nieve.

En fin, la flor de los oximorones.

 

También están los otros

los que se vuelven narrativos sólo después de amar

y van haciendo de dormir un verbo hipotético.

Improvisan biografí­as a tu nombre:

-Yo siempre te esperé (para que me adoraras)

Esos pequeños dioses

cargan su ego ad-herido en un back-pack

como los moluscos terrestres

son lentos y pesados

y dejan una resplandeciente estela

-de baba-

tras su andar.

 

Hay hombres que hablan bien mientras están conduciendo.

Te miran a intervalos, pero sus ojos son inatrapables.

Nunca se entregan por completo

y no ameritan más de un polvo o cuatro versos.

 

Están los que necesitan un prolegómeno cuadrado

con platos, flores, copas

y discusiones polí­tico-filosóficas.

Son, por lo general, buenos amantes

se saben la poesí­a de Neruda

y conocen técnicas orientales.

En fin, la flor de la cultura.

 

También existen los que sufren

un sí­ndrome de pelí­cula francesa.

Necesitan ser dramáticos, brillantes

producir las mejores carcajadas, las mejores lágrimas.

Irradian la tarifa de un poema

si viajas en su cuerpo.

Son buenos idilios, pero muy fugaces.

 

Y los malabaristas de la bruma

ejercen los más extraños verbos

para [decl]a(m)a{r}se feministas

discursan posmodernos y abusan del paréntesis.

Suelen ser polí­ticamente correctos

hasta que la abyección de la palabra amor

les asalta el desvelo

y pretenden administrarte las acciones

y hasta los pensamientos.

En fin, la flor de la ironí­a.

 

Y los poetas,(!qué contar de esos

especí­menes resúmenes de lo que estoy diciendo!)

Hábiles diccionaristas

pertrechados de palabras como para una guerra

te toman por asalto, te invaden, te acribillan.

Perversos

te acosan cada célula

hablándote de amor.

En fin, flores de perdición.

 

 

 

 

Nombre de pila

 

Tú deberí­as llamarte Dagoberto

tener un ojo menos

lucir alguna tara de advertencia

y no saber besar

hablar como en graznidos

tener por piel en vez de terciopelo

todo un muestrario de microcultivos

de una vez dedicarte a carnicero

deberí­as

oler como los muertos

y a tu paso

hacer que las pupilas se arrojaran de los ojos

y los niños volvieran a sus vientres

espantados

Dagoberto

y no joder así­

 

mi corazón.

 

 

 

 

El palacio de la luz

 

Yo estuve en el palacio de la luz, doy fe

la que me quede

pues sus luciérnagas me recibieron

y cierto firmamento de lunares

se hizo legible en tu espalda

en medio de los flashes de la cámara de Dios

conmovido hasta el relámpago.

 

Doy fe de la poesí­a de sus rincones

venida de todas partes, de todo parto

escrita desde lo más incandescente de la espera

nacida para encender

este esplendor de azucenas y de lirio.

 

Doy fe de la fosforescencia de tus manos

y de la leve mariposa iridiscente

que aleteó su fulgor entre mis labios

hasta hacerme estallar.

 

Yo estuve en el palacio de la luz

comprobando el neón de tus caderas

enredada en marfiles

opalescente de ti

y juro por el láser con que miras

que eres la más perfecta escultura del sol

y que ando ciega

venerando la luz

la luna en tus ventanas

las chispas, los cometas

el algodón, los velos

la sal y la neblina

los manteles, las páginas

la cama de los hechos

los silencios

lo más secreto de la llama

para dar fe de tu imposible oscuridad

de tu ignición de alba

de tu incendiario corazón.

 

Yo estuve en el palacio de la luz

y estoy

iluminada.

 

 

 

 

Canción del ahogado

 

Bajo el mar

la telaraña de luz se fue elevando

y en el zigzag de los cardúmenes

un árbol de espejos sueltos

dispersaba sus ráfagas de plata.

 

En los fantasmas de coral reconocí­

la sangre más superflua

la sangre ausente de la ausencia

la naturaleza esqueletal de todo intento

y toda la nada que no es mar:

toda la Nada.

 

La breve cópula de las estrellas

me recordó una mano latiendo dentro de mi mano

para siempre fugaz.

Probé la tierna carne de los peces

que leyeron en mi lengua su destino de Jonás

para que todas mis ví­sceras

asumieran la armadura de la escama

y ya no dolí­a Nada.

 

En medio de mi oscuridad

las medusas danzaron la escarcha de sus lámparas

vi la mano de Dios

deslizarse secreta como un calamar gigante.

 

Y no quise volver.

 

 

 

 

Un hombre desnudo es un paisaje bienvenido

                                                            es la salud retomando mi cuerpo

                                                            que al fin te olvida.

                                                            Edgar Ramí­rez Mella

 

Los hombres desnudos son criaturas de flama

erizos que de súbito girar prenden el aire

con voces de su luz cutánea y ágil.

Son hologramas del sueño

generosos abrevaderos

escarchas que se quedan en las manos.

 

Los hombres desnudos son medicinales

antidepresivos, analgésicos

y buenos argumentos en contra del suicidio

o para cuestionarse la Ley de gravedad.

Por sus virtudes í­gneas le imprimen a las sábanas

su firma corporal (así­ pasó en Turí­n,

Magdalena lo sabe).

Son dulces y angulosos, son archivos históricos

alfabetos en célula, cisnes de cuello impune

casas donde vivir

criminales absueltos.

 

Nadie se ofenda si digo que son buenas camas

que no hay almohadas sin su vientre

que soy toda una ví­ctima del terciopelo.

Porque un hombre desnudo es como un libro

gusto palpar su lomo

examinar al azar su piel de página

letra por beso, abrazo por palabra

y respirarlo como si fuera hecho de oxí­geno.

Es una dicha estética

una inevitable filmación de la pupila

también una copa de nostalgias previas.

Y sus dedos, sus dedos un incienso

que nunca se consume.

 

Hermosos son los hombres si desnudos

si visibles cuando la oscuridad.

Por sus lunares nacen nuevas mitologí­as

y le ocasionan nombre a las estrellas.

Hermosos si caminan, si están quietos

más aún si dormidos

para mirarte mejor

querido lienzo.

 

 

 

 

Cirujana

 

porque era pelirroja y cirujana

prolí­fica en heridas y suturas

guardaba bóvedas y bóvedas de lágrimas

sacaba de sus sales los cristales

para hacer laminillas

que bajo el microscopio

revelaran las fotos de familia

 

después limpiaba todo con desinfectante

 

arrancaba las rayas de las cebras

para montar fracturas en las placas

arrojaba costillas

sobre los ceniceros

y exorcizaba balas

con tal respeto

que los burdeles naturales de la lengua

hací­an silencio

 

sabí­a armar y desarmar muy frankestana

con manos lindas de diosa reciente

ojos sobre occipucio

orejas –tres por cabeza-

gato en el muslo

lenguas a partir de axilas

fémures en los í­ndices

pezones en las pupilas

omóplatos por mejillas

uñas por párpados

lápices para el resto;

un amasijo lejos de lamentos

que podí­a caminar

 

porque era pelirroja y cirujana

discreta en sus heridas y suturas

usaba el bisturí­ para tallar en hueso

lo que serí­a legible solo a los rayos X

en una autopsia de las más completas

sabí­a que la sed que da el desangramiento

es como si nadie hubiera dicho antes la palabra sed

con sed

con esa que no cede

ni se sabe.

 

 

 

Abecedario para olvido

                                                            Cuando volví­ a verte

                                                            no habí­a nadie en tus ojos.

                                                            Mairym Cruz-Bernal

 

Ahora que no estás,

que el bromurante burdel de la vida por fin te borró los ojos;

crece un carámbano, cancerosamente

desde el dolor donde solí­a guardarte, que hoy es sólo

eco que engendra ecos y se pierde hasta el silencio.

Frugal fue tu hambre, roedor de la fibra de la fuga,

gentil gusanito de las ganas ahogadas.

Hermosí­simo animal, ya no me hiere

la incandescencia que vas regando como incienso.

Juro que jamás vuelvo a tu piel de jaspeado jaguar,

kilómetros y kilómetros de olvido cruzo sintigo.

Las lámparas lunares no volverán a hablarme de tus labios.

Molusco mí­nimo, más vale no pensarte;

no sea que la nuca nocturnal vuelva a mirarme.

Ñandú,

cuando las oquedades del ónix te abracen en sus ondulaciones,

serás lo más perdido: un permanente pésame perplejo,

un extirpado quiste sin quimeras, sin quebrantos,

rumiando su rutina,

sin mí­, sin saber de esta

teratológica tristeza, tan Trilce, tan mezquina.

Un dí­a, ahora que no estás,

vendrá la muerte

williamshakespeareanamente, vendrá

de la Xerox con que Dios nos hace,

y yo no sabré ya si tu amor fue un estruendo

o un zumbido.

 

 

 

 

Historia de un diamante

                                                            What is better than diamonds? Colored diamonds.

                                                            (de un anuncio en una revista)

 

Una mano

 

En esta fina fiesta de alfileres

miremos cuánto brilla

el diamante linterna en su falange

para dejarnos ciegos

por virtud de su alhaja, su trofeo.

No se distingue bien dónde termina

la manga de su traje,

la misma blanca piel de seda

que luce por y para los gusanos.

Cuántos ojos quedaron cautivos en su mano

errando en las esquinas

del laberinto de cristal

corola de la envidia

engarzado sin garzas,mas con vuelo

tan alto que dan ganas

de besarla y tenerla para siempre

y admiración de todos

en un museo de cera.

 

Dos manos

 

Miremos cómo esculpe

el tallador maestro, carcelero del rayo.

Con movimientos sepia

va amputándole extremos al cristal

develando octaedros.

Es lisa, esplendorosa su academia.

Conoce el golpe exacto

para atrapar la cúspide el fuego.

ama la transparencia,

trafica con la luz, su desenfreno.

A veces se pregunta

por qué en su delantal

hay unas manchas rojas

-¡qué extraña esta reacción de minerales!-

(piensa mientras empaca

la acabada corola luminosa)

sin sospechar la mano y sus letales

dedos que signarán algún tratado

revestidos de piedra.

 

Tantas manos

 

Miremos más allá, las vidas invisibles.

Hay una mano negra y en su extremo

un niño de diez años

cercenado del seno de su madre

por dos resplandecientes machetazos.

No todo lo que brilla es diamante.

 

En otra parte del mundo, los chiquillos

(no en Burundi, no en Congo, no en Liberia)

juegan con rifles de madera

pero estos, paradójica inocencia

posan con armas reales

y su única medalla, su diploma

es la cabeza ajena, la tala de otras manos.

 

Defienden, sin saber, la ruta del diamante

ese que para ellos no relumbra

ese que solo es sombra

solo sangre, violencia

ni una sola gota de belleza

 

Andan casi desnudos

y las agencias noticiosas

denuncian su barbarie

sin mencionar jamás

otro canibalismo de etiqueta;

esa falange atroz de la princesa

que ignora el sufrimiento que fue a dar a sus dedos

que ignora cuántas manos

tuvieron que rodar desamparadas de sus cuerpos

para que la suya ostente esta cajita de luz,

cuántas aldeas ardieron

por su ataúd de fuego.

***

Ella lo mira y piensa:

Diamonds are forever.

Diamonds are a girl’s best friend.

 

 

 

Vea también: una antologí­a de la poesí­a ecuatoriana desde César Dávila Andrade.


Noticia Biográfica


Kattia Chico. Puerto Rico, 1969.  Poeta y escritora. Tiene un grado de maestrí­a en Estudios Hispánicos y se desempeí±a como profesora en la Universidad de Puerto Rico. Su poesí­a ha sido laureada y publicada en varias antologí­as poéticas, diarios y revistas en Puerto Rico y el extranjero Su libro Efectos secundarios fue publicado por la Editorial Terranova. La crí­tica se ha referido a su producción poética como “auténtica, rara flor en medio del alboroto, de imaginación arriesgada y controlada, a la vez; con pasión, humor y seí±orí­o sobre el lenguaje”. Actualmente reside en Puerto Rico.



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