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Juan Carlos Olivas: Premio internacional Poesí­a en Paralelo Cero



Crónica en vilo

                                                            Solamente los muertos reconocen el reverso de las piedras

                                                            Olga Orozco

 

Primero olvidaré mi nombre.

Luego las gazas que se acumulan

en el vaho de esta noche.

Después reiré ante los objetos

que llegan al acecho

como verdugos entre las comarcas.

Repasaré los viejos manuscritos de la desesperanza

y pensaré en la erosión de los dí­as perdidos,

el azogue del látigo en las mí­ticas batallas.

Diré en voz alta el verso

que los gladiadores decí­an antes de morir

y dejaré en la arena un sí­mbolo

que escribiré con la punta de mi lanza.

Iré retrocediendo entre las sombras

como un antiguo sueño atado al porvenir,

ya no escucharé gritar la muchedumbre,

sus rosas volar desde la graderí­a

ni a la mosca que llega a posarse

sobre mi sangre seca.

Pido perdón a los que vienen conmigo,

perdón también a aquellos a los que no pude seguir.

Solamente los muertos conocen el reverso de las piedras

y solo esta piedra reconoce mi nombre.

 

 

 

 

En honor del delirio

 

Una mujer va subiendo por mi sangre

en ese instante previo al disparo.

Muy al fondo de la página en blanco

he visto las catedrales caladas,

las huestes de la perforación

en un vaso de vino,

todas las vicisitudes que me he prohibido

y hoy desfilan para hacerme caer

en el momento justo

en que la luz deviene de la pólvora.

Atrás dejé el ruido de los naufragios,

abolí­ la visión de un cuerpo de cristal,

desterré al regimiento

que hací­a ronda en las madrugadas

para sodomizar mi ángel,

y vi cómo en la noche

los pescadores enterraban una granada

en el centro de la luna.

 

Nada de esto fue gratuito

ni hizo que mermara mi fiebre.

Pasaron junto a mí­ los gatos de la lascivia,

sus lenguas eran dunas opresivas,

llevaban sobre sus lomos mis visiones,

la gracia que después pidió limosna

a las puertas del palacio de un emperador invisible.

 

Nunca más veré el dí­a claro,

el trigo de la estepa,

nunca más sortearé

la costumbre de los mundos vací­os.

 

A mi diestra caerán

miles y diez miles

invocando al Dios del Caos.

 

El poema será el cuerpo que toque

                                         y haga mí­o

antes de que el disparo nos acabe,

antes de contemplar en vida

el rí­o de mi sangre,

mancille con la voz

mis manos navegantes

y construya con mi dolor

la barca de Caronte.

 

 

 

 

La leyenda del volcán

                                                            Nos desnudamos tanto

                                                            que los dioses temblaron,

                                                            que cien veces mandaron

                                                            sus lavas a escondernos.

                                                            Fabio Morábito

 

 

Solí­amos dormir dentro del cráter de un volcán.

Íbamos en vacaciones a recoger arbustos,

a picar con guadañas la piedra del azufre.

 

La niebla se travestí­a en los muros naturales,

era una muchedumbre en las palabras frágiles

mientras tú y yo hilábamos la música del páramo,

nos daba por perdernos entre las fumarolas

hasta volver de noche a la misma tienda de campaña.

 

Ahí­ hací­amos el amor

hasta masticar la sangre,

hasta tenernos miedo y apartarnos

y la ceniza que éramos –no el polvo-

se mezclaba en el tiempo de otras fluctuaciones;

nos dejaba impregnados de una sal milagrosa,

nos desnudaba tanto hasta petrificar

lo que ahora llamamos memoria.

 

Fuimos dueños de lo voraz

y de la gracia trémula

de alguien que vuelve intacto a su niñez

y trae noticias de sus vidas pasadas,

un trozo de madera preciosa,

una punta de lanza

que se incrusta en la piel

de los animales muertos,

una rama de olivo

que se meció en los picos de las aves.

 

Desde aquí­ ya no hay rastro del diluvio;

sin embargo, al verte

la lluvia se te escapa

y cuando pones tu mano en mi pecho

tu puño es la piedra que se hunde

en medio del estanque

y desciende en zigzag,

más su sonido no lo puedo describir: es la poesí­a.

 

Su verbo es tan real

como el magma que habita bajo nuestros pies

y que ya viene a mudarnos la vista en el paisaje,

a invitarnos a ser parte del volcán y perecer,

o salvarnos

        en el misterio de los cuerpos

                                                 que son uno

y viven para contar su historia.

 

Un dí­a hablaré de ti y no me creerán,

un dí­a dirás mi nombre

                     y se echarán a reí­r.

Pero vendrán las lavas

y todos moriremos,

pero vendrán las lavas

y de nuevo tus ojos

me harán creer

en la ceniza.

 

 

Donde nace la niebla

 

Uno sale de casa cada mañana

con la certeza de que va a morir.

 

Atraviesa la ciudad,

saluda a duras penas,

esquiva el sol

porque es algo indecente,

compra el primer periódico y lee:

Una vez los poetas

poseyeron cualidades sagradas

y entre los suyos eran considerados profetas.

 

Y entonces empieza el mal de estómago,

cierras el periódico y lo tiras,

tratas de no hacer ruido

pero el asco es enorme.

 

Llegas tarde a trabajar

y siempre la misma frase inútil,

buenos dí­as, qué tal, ahora almorzamos.

Y recuerdas el sonido de la máquina de escribir

de aquel vecino retirado

que le dio por escribir poemas.

 

Piensas en las teclas,

en el humilde orificio de un disparo en la sien,

en ese pensamiento,

en esa mí­sera unión de sí­labas

que escaparí­a de los sesos y la sangre.

 

Quizás ahí­ está la salvación

                               pero desistes,

y almuerzas pí­ldoras y tragos de estricnina

y sonrí­es a las muchachas

que pasan despeinadas;

llueve, miras tu reflejo amorfo

en la gasolina que arrastra el pavimento,

un zapato de niño en la basura.

Piensas que no hay verso que redima

la invención del mundo

(un poema no es un manual de instrucciones)

y pasa la vida, tu propia vida

como una página fermentada por el fuego.

 

Sabes que todo puede acabar

de un momento al otro

y aun así­ olvidas toda luz,

tomas un taxi

y cuando el chofer te pregunta

¿A dónde vamos? le dices:

Llévame al lugar

donde nace la niebla.

 

 

 

Vea también: Jorge A. Gómez Valdez: premio nacional Poesí­a en Paralelo Cero 2017


Noticia Biográfica


Juan Carlos Olivas (Turrialba, Costa Rica, 1986). Ha publicado los poemarios La Sed que nos Llama (Editorial Universidad Estatal a Distancia; 2009) Premio Lisí­maco Chavarrí­a Palma 2007; Bitácora de los hechos consumados (Editorial Universidad Estatal a Distancia; 2011) por el cual obtuvo el Premio Nacional Aquileo J. Echeverrí­a de poesí­a 2011 y el Premio de la Academia Costarricense de la Lengua 2012; Mientras arden las cumbres (Editorial Universidad Nacional; 2012), libro que le valió al autor el Premio de Poesí­a UNA-Palabra 2011, El seí±or Pound (Instituto Nicaragí¼ense de Cultura, Nicaragua; 2015, y reeditado en Costa Rica por Editorial Universidad Estatal a Distancia; 2015) acreedor del Premio Internacional de Poesí­a Rubén Darí­o 2013, Los seres desterrados (Uruk Editores; 2014), Autorretrato de un hombre invisible (Antologí­a Personal) (Editorial EquiZZero, El Salvador; 2015), El Manuscrito (Editorial Costa Rica, 2016) libro ganador del Premio Eunice Odio de Poesí­a 2016 y En honor del delirio (En íngel Editor; 2017) Premio Internacional de Poesí­a Paralelo Cero 2017 en Ecuador.



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