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Ocho poemas de Diana Carolina Daza



                                                            De Incendiario

 

 

Carta a Alejandra Pizarnik

 

El hastió por un padre, una madre y una hermana, condenados a los buenos modales. Demonio oculto bajo un rostro agrietado por la juventud, ángel incomprendido buscando la libertad en una habitación cubierta de sombras y fotografí­as.

 

Sartre y las anfetaminas. Sasha, Flora, Buma, Blumita o Blí­mile, todas juntas desangrándose en las páginas. Una cajetilla tras otra consumida a escondidas. Olga, Liz, Julio y Bretón. El reposo en un pecho de cuarenta, el deseo ausente en una boca de veinte, el amor como naufrago, la soledad como gobierno.

 

Alejandra, tu nombre ensordece, puedes estar tranquila, dejaste de ser esa pregunta tartamuda, rebotando en un abismo.

 

 

 

 

Carta a Dacia Maraini

 

Tus noches de fin de año llegaron como el verbo que conjugaba el tiempo en el que viajábamos en casa. Fue difí­cil escapar de ese cuadro que pintabas con tus palabras. Ese espacio blanco cubierto de agua rota y cuellos torcidos.

 

Llegaste con tus noches de fin de año y tu dragón de oro, para recordarnos que estos últimos dí­as han sido un largo y sostenido gemido de dolor. La música de mi madre y su cáncer, con su colección de cajas de hidromorfona y dextrosa. Ella que ya no habla, no se mueve, no mira con amor.

 

Mi madre, esa herida en la que todos hemos ido cayendo.

 

 

 

 

Carta a Pina Bausch

 

Tú, sí­ que supiste Pina, aprovechar el aleteo de las extremidades, ese temblor que nos quiebra las rodillas frente al miedo, la diferencia entre caminar por caminar, correr por correr, correr y caminar, la vida trastornada por la música. Tú, sí­ aprendiste que el cuerpo, este rompecabezas de huesos y músculos que parece a veces desencajacarse con los dolores de la voluntad y de la carne, se hizo para volar.

 

Nunca una pantera deseo ser mujer y ninguna serpiente lloró por no tener pies, hasta verte Pina, verte girar, elevarte, extenderte sobre la piel de un teatro con la fuerza de toda la naturaleza junta, así­ como yo nunca amé tanto los dedos de mis pies, al sentirlos tan independientes y juguetones.

 

Te veo romper el café Mí¼ller y pienso en el tiempo que perdemos recorriendo las esquinas de siempre, buscando lirios y azulejos bajo los escombros, canciones estériles escritas con el cuerpo.

 

 

 

 

La Singer

 

Abatida por el frí­o que envuelve la casa

la vieja Singer olvidó contar historias

los niños no creen que su pedal es un barco

ni su rueda un timón que dirige los sueños.

 

Sus dedos ya no cosen

la fatiga de andar un dí­a tras otro

los uniformes para el colegio

el dobladillo del pantalón

el vestido de domingo de la muñeca.

 

Nadie escarba entre sus cajones

buscando el hilo que remiende el paisaje

de una generación de pequeños animales

mezcla entre panteras

pájaros y hormigas

con corazón de ballena azul.

 

El ojo de su aguja

afectado por el juego cotidiano de la vida

dejo de respirar.

 

Como un cí­clope enfermo

se oculta en la soledad de la casa.

 

 

 

 

Triste canto el de las chicharras

 

Cantan con angustia las chicharras

para prolongar la música de su luz

estrellas condenadas al adiós

grito de sombras

que no encuentran reflejo en el rí­o.

 

Se quebranta y sangra

el canto de las chicharras en las tardes del campo

sacrificio que nos recuerda la despedida del sol

Un viaje sin pista de aterrizaje para los sueños

dí­as tan tristes

como el canto de las chicharras

que revienta de emoción al nacer.

 

 

 

 

La muerte es la única brisa que visita mi ventana

he aprendido a reconocer la desesperación

en la punta de sus tacones

el deseo estancado en las orillas de su boca.

 

La invito a atraparme en un beso

se niega

y quizás no lo hace

sabe de la tristeza que carcome esta carne

y de la falta de fe que hoy la alimenta.

 

Huérfanas

ella de ganas

yo de todo

como niñas asustadas

contemplamos los globos reventados sobre el andén de los dí­as

la perdida luz

de la emoción sobre las cosas.

 

 

 

 

Pedro cree que la tierra es cuadrada

y repudia la esquina que sabe de memoria

en cambio, creo que es un cí­rculo

con puertas y telarañas.

 

Él quiere morirse detrás de la madrugada

yo quiero girar

agotar los errores

escalar las telarañas

poner a temblar las puertas.

 

Pedro, antí­poda de mi conciencia

recuerda que llegará el dí­a

en que alguno de los dos caiga vencido

por la sed de sus sueños

alivianándole la carga al sobreviviente.

 

 

 

 

Ebrias por Pachabell las copas caen frente a la chimenea

se quiebran

último respiro del baile.

 

Los cristales molidos se incrustan en los pies de los amantes

dibujándoles una cicatriz en forma de brújula

signo de una pesadilla

que al encontrarse despierta

decide ser trazo

tinta diluida de un poema profano

escrito con desconsuelo

en el espejo de un baño

testigo de tantos desencuentros.

 

 

 

 

Vea también:De noche un pájaro: Miguel Tejada Sánchez


Noticia Biográfica


Diana Carolina Daza Astudillo. Bogotá 1980. Redactora creativa y promotora cultural. Textos suyos han sido publicados en revistas de creación literaria y suplementos de Colombia, Ecuador, Chile, Venezuela  y  México. Ha sido invitada a encuentros de creación literaria en Colombia, Venezuela y Ecuador. En el 2003 publicó con la colección AQUí ESTAMOS DECENA de la editorial Funcreta, el poemario el abrazo de los dí­as grises, en el 2010 participó en la publicación colectiva: Domingo, vendedor de globos con el laboratorio de escritura de las Américas. Actualmente dirige el proyecto editorial independiente PIEDRA DE TOQUE. En el aí±o 2013 editó el poemario el Nacimiento de la Gargolena con la colección estampillas poéticas y en el 2014 su poemario Los demonios y la lluvia fue editado por el proyecto Pirata Cartonera.



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