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Ricardo Heredia De La Cruz



IV

 

Busco algo parecido a la muerte de Joaquí­n

porque Joaquí­n murió entre ángeles,

quién sino él para morir entre ángeles al amanecer.

 

Busco algo parecido a la muerte mí­a,

a la soñadora apariencia

de un cielo despojado de Dios.

 

Busco algo parecido a la muerte

                                               (parecido nada más)

que me lleve a la música tuya,

me acompañe hasta la puerta

o a la muerte misma.

 

 

 

 

VIII

                                                            a Fredy Yezzed

 

A propósito del terror, vi caer mis hombros

en otros hombros que no eran mí­os,

y ese ser tan intrépido

en la agoní­a de la luz

o lo que es igual,

la humana figura de una mosca en la pared

muere al partir cada silencio.

 

Quizá requiera de otros cristales,

la ventana que heredé

no alcanza a recorrer en plenitud

los horizontes.

Es rara esta lejaní­a.

No suelo ser pesimista

ni llorar en las despedidas,

pero es probable

que ante los temblores de una doble puerta,

quede suspendido en las tristes alegorí­as de tu infancia.

 

Apuesto a que soy hombre de poca fe,

al recuerdo que me arrancaron de una paliza.

 

En los dí­as me resguardo del viento

y repito en los oí­dos que parió mi madre,

en los oí­dos que parió mi madre repito:

tengo miedo de mis entrañas

de esta amargura que se nos cae de la lengua y su infinita responsabilidad en los corazones

de los muertos.

 

 

 

 

IX

 

De los que abarcan la tierra,

dí­ganme si los peores años

no tienen el color de la huida,

esa otra forma de ser humano.

 

Dí­ganme si los carteles rebelan mi nombre,

si los placeres dominan el paraí­so de los caí­dos.

 

Aquella maní­a nuestra de robarles a los pájaros

su inocente trazo de aire,

o la perfecta irrelevancia de nuestra mirada

en el camino que ensayan

me convencen de lo artificial de mi voz.

 

Para no complicarte la vida

me permito seducirte los brazos,

y en la tardí­a elaboración de un pan

acelero los trámites de una vida que nos sirva.

 

Para no complicarme la existencia:

carne y aliento en la cena.

 

Para no ahogarte

con lo gris de mi saliva,

he querido no mentirte sobre la tarde.

 

 

 

 

X

 

Prometí­ responderles a los hombres

del porqué de mi boca vací­a,

son las dos menos veinte en mis párpados.

Ya no vuela sobre mí­

el verano de los sueños ni la alegrí­a de mis hijas.

 

Me encantarí­a regalarles una respuesta

pero aún juego a la eternidad sobre los tejados.

 

La luz se aproxima,

la horizontalidad de los hechos

me demuestra que malgasto los dí­as

sonriendo a los semáforos.

 

Puede ser que mantenga mis deudas impagas,

lo confieso, así­ también,

ya no me importa el latido de los pájaros,

sólo esa mano que mantiene de pie mis ojos

en la tormenta que me debo.

 

Suelo no pagar mis deudas,

es verdad,

y me pesa.

 

 

 

 

XII

 

Callo, debo admitirlo.

Mi voz, esa rara mezcla de agoní­as ajenas a mi voluntad,

corre violentada por las calles.

 

A esta mañana se acercan los universos a dormir.

Quedo ante la falta de armoní­a de los humedales demasiado expuesto,

algo nuestro se destaca, comprendo a los seres de cabeza humana.

 

Comprendo también a los padres del terror en nuestras bocas.

¿Serí­a demasiado pedirte que te quedaras?

Serí­a demasiado pedirme, otra vez, que te quedaras.

 

Creo en el silencio como herramienta de trabajo,

creo en la soledad de tu discurso,

creo en vos como ese alguien parecido al dios de mis egos.

 

Callo, debo exigí­rmelo.

Mi voz, es una rara mezcla de palabras tuyas.

 

 

 

 

XXVIII

 

Como la eternidad,

esa falta de motivos para morir,

el camino se nos recuesta sobre la frente.

 

Es que anduve en la búsqueda estéril

de los pasos que perdimos

y cual niños jugando entre la maleza de un jardí­n,

la razón de los dí­as grises

se presentó ante el parabrisas de un corazón

por demás golpeado.

 

Pero esta boca mí­a pide un receso

a los mediodí­as que me vienen de golpe,

uno tras otro sin descanso

y vos,

en esa calma que te incompleta

tomaste la sal de mis bolsillos.

 

Como a la eternidad,

ahora comprendo al silencio

y su mano inflexible sobre mis labios.

 

 

 

 

Vea también: la poesí­a de Lorena Huitrón.


Noticia Biográfica


Ricardo Heredia De La Cruz nació en Lima, Perú, en el aí±o de 1983. Es poeta, editor y crí­tico literario. Fue miembro fundador de “Manto Gris, Circulo Literario, o algo así­â€ con quienes publicó sus primeros poemas. Está radicado en la ciudad de Neuquén, Argentina, desde hace diez aí±os. Actualmente cursa estudios de la Licenciatura en Historia en la Universidad Nacional del Comahue. Sus poemas fueron incluidos en la antologí­a “Poetas argentinos del Nuevo Milenio” (Buenos Aires, 2014). Sus poemas y reseí±as han aparecido en revistas y diarios de Perú, Chile, Argentina y Espaí±a. Recientemente formó parte del 26º Festival Internacional de Poesí­a de Medellí­n. Tiene un libro publicado “A la izquierda de mis pasos, tres grados”(Buenos Aires, 2009).



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