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Marí­a íngeles Pérez López: poesí­a española



Mientras

 

Mientras estoy subida sobre ti

y juntos arqueamos la bóveda del cielo

solo puedo escuchar el rumor de mi sangre

golpeando los poros, la pared de la piel,

el tambor de cristal de la sangre bombeando

varios litros espesos por minuto.

Cuando estoy sobre ti no pienso en casi nada,

solo siento una zona de sol que me conduce

al amarillo hueco del calor,

al lugar en que tiemblan las espigas

antes de su recolección para la hoguera.

Porque tiemblo y escucho la pulsión de la sangre

como si fuese tierra que se estuviese haciendo

en el horno inicial del corazón del mundo,

escucho su rumor subiendo de volumen

antes de su erupción en lava y en ceniza

y su anverso es el génesis pero tiene también

transustanciado el rostro de la muerte.

Y es que mientras estoy subida sobre ti

me llegan otros ecos de desastres,

lo del desplome azul de las casas de Oriente

que alguien cuenta en la radio, no le tiembla la boca:

Afganistán es nombre de tristeza

si ha habido un terremoto y no era de placer.

Por eso continúo subiendo por tu pene

y así­ estoy conjurando la caí­da del tiempo,

la caí­da devastada de la gente en Tajar,

la redención –que es falsa– del sufrimiento horrible

porque atrapo un instante nuestra gloria insensata.

 

                                                            (de Carnalidad del frí­o)

 

 

 

 

Dos piernas

 

Dos piernas, dos rodillas, dos tobillos,

los dedos diminutos de los pies

que son tan parecidos unos a otros

y suman sus falanges en parejas,

los huesos semejantes, sucedidos

y su contadurí­a vertebral

para escribir el peso o el fulgor

son nómina y carbón en papel copia,

perfecta simetrí­a con que el cuerpo

busca no estar tan solo y se consuela

del lunes y su abrazo envenenado.

Por eso se acompasa en paridad,

escruta sus meninges, sus alardes,

su tiempo entristecido y concluyente

y cuenta sus costillas mientras gime,

porque es inmensa la llanura sola

y el sol está tan lejos como el mar.

El dí­a en que nos faltan los afectos,

palabras olvidadas como trébede,

justicia, lapicera o resplandor,

cuando estalla la flor de la torpeza

y aroma los manzanos al troncharse,

el cuerpo se conforma como puede,

busca su concordancia, su acomodo

para la ley de las compensaciones

y balancea su peso duplicado

por el estrecho beso de lo dual.

Tan sólo los impares desiguales

–el sexo, el corazón o la cabeza–

revientan en su plomo solitario,

reclaman con ardor para la sed

y exigen de algún modo compañí­a,

un canto en que se enreden otras voces

haciendo más liviano el universo.

 

                                                            (de La ausente)

 

 

 

 

Islotes

 

Hasta el poema llegan, como islotes

de óxido y de plancton celular,

los restos silenciosos del naufragio

en que quedan los barcos y los hombres

tras el amor intenso, el oleaje

que levanta su proa y la sumerge

al fondo de la mar y sus caballos.

Las caracolas guardan su rumor,

la lentitud sombrí­a en que los peces

desnudos se acomodan a morir

y vuelven cristalina su belleza

de fósil, su armadura transparente,

su vertical caí­da hasta el silencio

en que el fondo del mar guarda la espuma

que levantó el deseo y las mareas.

En su abisal distancia deslenguada,

amor y mar comparten varias letras

y la raí­z mojada por la sal

empapa cada signo tras su empeño

por la coloración y el frenesí­.

La boca humedecida, la entretela

del cuerpo y sus humores ablandados,

las veintinueve letras rezumadas

por la lí­quida masa del amor

después se vuelven piedra quebradiza,

astilla y fósil blanco en su rescoldo,

su agalla enrojecida en el vivir.

 

                                                            (de La ausente)

 

 

 

 

La mujer pinta sus pies de verde

 

La mujer pinta sus pies de verde y se sube a ellos.

De los talones nace el odio del asfalto,

su ennegrecida capa de petróleo

embetunando pájaros y niños,

forma de aminoácido esencial

que desgasta las alas, la llovizna,

las caracolas blancas peleando

contra el rencor viscoso de la brea.

Con una brocha grande, la mujer

pinta el verdor oscuro de las aguas

en las que se deslizan los arenques

y sus anillos de aire livianí­simo,

también los hipocampos, las ballenas,

los moluscos marinos que retozan

en praderas de posidonias vivas

y se aparean en nombre del amor.

Igualmente la hierba de los prados,

el musgo cariñoso y los helechos

comienzan en los dedos desiguales

de los pies y remontan las rodillas

como salmones tibios desovando

a la altura feliz de las caderas.

Para el negro sudario del benceno

que atrapa las gaviotas y las lanza

contra la arena triste, enrarecida

del tiempo y el esfuerzo alquitranados,

la mujer se encarama en sus dos pies

y suelta el corazón como una tórtola.

 

                                                            (de Ataví­o y puñal)

 

 

 

 

Los ciervos

 

La mujer espera la llegada de los ciervos.

Se sienta en la cuneta y se descalza.

Con la uña más pequeña de su pie

rasca la tierra blanda y enmohecida

hasta arrancar un árbol de raí­z.

Con un dedo invisible en su estatura,

remoto soberano primordial

empuja los nogales, los gomeros,

las hayas y los robles, los manzanos.

Después, bajo la lluvia, se arrepiente

mientras le late el pánico en la ropa.

El dedo mutilado es como el odio

del árbol mutilado, en la mujer

que se pinta en los labios treinta y dos

piezas dentales blancas, esmaltadas

con las que no morderse los pezones

ni llorar por los árboles caí­dos

y que suben despacio, en sus alveolos,

como subió cada árbol a su copa.

Del tronco descuajado, vuelto torre

gemela de otras torres neoyorquinas

caen los pájaros muertos, las personas

como estorninos muertos, el ramaje

como chicharra muerta, los tablones

como féretros muertos para Irak.

La mujer entretanto se avergí¼enza,

guarda el dedo y su uña, sus dolores,

el esponjoso hueco de la encí­a

en que ató cada diente su raí­z

y levantó una torre mineral.

A su lado, los árboles reposan

su tiempo de madera, griterí­o

de perros y de niños clausurados,

los brazos y las piernas como ramas

taladas con dolor contra la tierra.

Los animales huyen espantados.

Los ciervos se disculpan y no vienen.

 

                                                            (de Ataví­o y puñal)

 

 

 

 

Como los elefantes

 

Como los elefantes, la mujer

se inquieta ante los huesos de su especie,

mueve nerviosamente la cabeza,

se extraví­a y tropieza en su dolor.

Los esqueletos largos, mascarones

que arrojaron el mar y el pleistoceno

para dormir, lavados por el agua

hasta volverse láminas de luz,

son una herida abierta y silenciosa

que los grandes mamí­feros levantan

con tal delicadeza, con colmillos

en su arabesco y su melancolí­a.

Porque los elefantes, la mujer,

elevan la osamenta de los suyos

y los acunan con sus grandes dientes,

los mecen con pasión y con trastorno.

Como los elefantes, la mujer

cubre su piel de arena y de termitas,

arroja a sus costillas, su espaldar

la tierra de sus muertos, se recubre

de su aspereza seca, ventolera

o ráfaga de tiempo calcinado

y canta lentamente una canción

que en su baja frecuencia, solo escuchan

congéneres lejanos, primordiales.

Cuando pinta sus dientes de marfil,

dentina opaca y blanca, romboidal

que prestigia su boca y su alegrí­a,

la mujer talla en ellos la aflicción

preciosa, endurecida como laja

que atraviesa la luz y la somete.

 

                                                            a Esteban Peicovich, por “El otro amor”

 

                                                            (de Ataví­o y puñal)

 

 

 

 

El pecho muerto

 

Sobre su pecho muerto, la mujer

pinta una gran ventana para el aire.

El corazón, en su áspera alegrí­a,

asoma al sur su sala octogonal

por el hueco del seno que extirparon

la enfermedad, la mano, el bisturí­.

Sobre su pecho muerto, la mujer

raspa cualquier recuerdo doloroso

y colorea el soplo y el zumbido

del arrebato rojo de quedarse.

El hospital se borra en su blancura,

esa sala de espera es no lugar,

la habitación sin lágrimas ni olivos

es también no lugar, los lavatorios

y ascensores que nunca se detienen,

el pasillo alargado como el miedo

de biopsia en biopsia es no lugar.

La madre le cosió dos grandes senos

con hilo destrenzado del cordón

que la anudaba al tiempo y sus asomos.

Ahora un médico serio, preocupado

descose uno de ellos, lo retira

en silencio, y la extensa cicatriz

que corre por el tórax como el frí­o

abrasa los paisajes de la tundra.

Pero sobre su pecho, la mujer

sombrea un árbol negro, transversal

por la ira de perderse en el otoño.

También nubes y niños anhelantes

en su transpiración y su ajetreo

para mojar la tarde y las palabras.

El viento que entra en tromba la despeina

y su risa es un pájaro veloz.

 

                                                            (de Ataví­o y puñal)

 

 

 

 

Bello, implacable animal

 

La mujer es un bello, implacable animal

que se pinta con nieve el corazón.

Una osezna que hiberna largamente

pero pare a sus crí­as en el frí­o,

un animal feroz, sobrepasado

por su propia pasión, temperatura

que derrite la escarcha y los desaires.

Mientras el oso duerme, merodea,

mastica con desgana los recuerdos

y rebaja su tasa metabólica,

ella desgasta el tiempo del glaciar

como hielo que vive su tormenta,

su estallido feliz, cristalográfico

que le devuelve el modo más flexible

y lí­quido, también nombrado amor

o arroyo que le corre por las patas

y hace bajar al hijo, a los oseznos

hasta el suelo en que habrán de levantarse.

Entonces toma nieve y se calienta

el corazón blanquí­simo y ardiendo

en su aterida cueva silenciosa.

A nada temerá, con sus dos manos

arranca sus criaturas, sus pesares,

baja vida caliente de sus ingles,

de sus huesos inmensos y esponjosos

que se abren con dolor mientras hiberna.

Las lágrimas de esfuerzo y de alegrí­a

pintan de sal su pelo entumecido

y al caer sobre el hielo lo disuelven.

Con el perfecto blanco sobre blanco,

la floración arisca del invierno

reverdece al igual que la mujer.

 

                                                            (de Ataví­o y puñal)

 

 

 

 

Plomo

 

La mujer pinta de plomo sus pezones.

Le pueden los corajes, las heridas,

el dedo con que aprieta contra el aire

un lamento de plomo, un grito largo

que se quedó descalzo y sin pendientes.

Al caminar furiosa contra el viento

que ensucia sus caderas de hojas muertas

y trozos de ramitas embarradas,

sacude a manotazos la cal viva

con que la dictadura habí­a borrado

sus pies y sus apremios, la belleza.

Entonces aparecen los diez dedos,

media suela aterida de un zapato

que caminó ruidoso sobre el mundo,

restos blandos de tela indescifrable

y un grito que revienta en su metal

porque hay pelo adherido a ese dolor

y la mujer camina arrebatada

con su roja claví­cula en la mano

para escribir su nombre en las paredes

y en la calcinación de la caliza.

Del reverbero le arden los pezones

pero al llegar la tarde se consuela:

la tibia, el peroné de su esqueleto

apagan el rencor blanco de cal

y disuelven el óxido y el talco,

el miedo, las fracturas, los manteles,

el agua endurecida por el odio.

Y cuando duerme, olvida que en Oswiecim

guardan el pelo humano en una nave.

En el sueño, además, hay una niña

que duerme acomodada por completo

sobre un sol acabado y circular

como una mandarina luminosa.

 

                                                            (de Ataví­o y puñal)

 

 

 

 

La palabra sosiego

 

La mujer no conoce la palabra sosiego.

Se sabe el diccionario completito

pero nunca aparece esa palabra

en su nómina larga y prodigiosa

de dí­as y pesares y razones.

Así­ le va, no hay horas suficientes

para pintar grafitis en su cuerpo

como pared de adobe no horadada

porque ella también puede, yes we can,

ella también pintarrajea un sol

sobre su piel flexible, oscurecida

y la felicidad es el tornado

de saberse viviendo en la mitad

exacta de su vida, en los cuarenta

que han traí­do a raudales las palabras

para decir que sí­, que yes we can,

que hay formas no menores de alegrí­a

en las sí­labas blancas sobre el cuerpo,

sobre el duro cemento del paí­s.

 

Aes tónicas, la eme, súper uve,

letritas que se ponen a crecer

en el patio con niños de la boca,

en su chiquillerí­a y sus hierbajos,

su percentil, su tabla de planchar,

su voto y su pelea de justicia;

las letras diminutas que se bañan

como las nadadoras, las atletas

en el azul intenso de la boca,

se ponen a crecer, se hacen mayores,

salen al mundo, duelen, se estremecen

y escriben la alegrí­a, el abandono,

las redes de agujeros sobre el cuerpo

como una tapia rota y demolida

que se deja querer por las palabras.

No hay forma de poderle a ese festejo.

 

                                                            a Mª Victoria Atencia, por “Nadadora”

 

                                                            (de Ataví­o y puñal)


Noticia Biográfica


Marí­a Ángeles Pérez López (Valladolid, España, 1967). Poeta y profesora titular de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca. Ha publicado los libros Tratado sobre la geografí­a del desastre (1997), La sola materia (Premio Tardor, 1998), Carnalidad del frí­o (Premio de Poesí­a Ciudad de Badajoz, 2000), La ausente (2004) y Ataví­o y puñal (2012), así­ como las plaquettes El ángel de la ira (1999) y Pasión vertical (2007). En Catorce vidas (Poesí­a 1995-2009) se recogieron todos sus libros hasta 2010. Antologí­as de su obra han sido publicadas en Caracas, México, Quito, Nueva York, Monterrey y Bogotá. Está en prensa una antologí­a de su obra en La Habana.

Poemas suyos están publicados en numerosas revistas y antologí­as, y varios de ellos han sido traducidos a diversos idiomas (gallego, inglés, francés, italiano, neerlandés y armenio). También ha sido jurado de destacados premios literarios, entre otros, Premio Reina Sofí­a, Premio Miguel de Cervantes, Premio José Donoso y Premio de Poesí­a Iberoamericana de Tegucigalpa.



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