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Bécquer, la poesí­a y tú: Ensayo de Américo Ferrari



En un ensayo intitulado “Darío o la innovación”, en su obra Las palabras de la tribu, refiriéndose a un grueso libro en dos volúmenes, Cincuenta años de poesía española (1850 – 1900), de don José María de Cossio, autor también de una enciclopedia sobre los toros, dice José Ángel Valente que “[e]se libro, de alucinante lectura, es como una inmensa guía de teléfonos, interceptados, cuyos abonados se llamasen todos Fernández, por ejemplo, salvo Rosalía y Bécquer.”; sólo habría pues según Valente dos auténticos poetas en la España decimonónica; sin embargo aunque es verdad que hubo un largo eclipse de la poesía en España después del siglo XVII, España no es una excepción y dicha verdad ha de ser relativizada si comparamos los avatares de la poesía europea y después americana desde, digamos, el siglo XIII hasta el fin de nuestro siglo XX. El hecho es que la historia de la poesía se desarrolla en el continente europeo con sus diversas lenguas a través de apariciones y desapariciones y, desde el siglo XVII, en el nuevo continente también. Los poetas o, digamos mejor, los versificadores abundaban en la América colonial; ya a mediados del siglo XVII dice un español radicado en México: “En este país hay más poetas que estiércol…”; pero también es verdad, por ejemplo, que en México, en todo lo que va del siglo XVI al siglo XIX hay sólo una gran figura de la poesía, Sor Juana Inés de la Cruz, y un dramaturgo, Juan Ruiz de Alarcón, que se estableció en España y eso parece ser todo para el norte del continente, mientras que en el sur se dan sobre todo versificadores o medianos poetas satíricos; habrá que esperar hasta más que mediado el siglo XIX para que surjan en América algunos poetas importantes como José Hernández con su Martín Fierro publicado en 1872 en Argentina, y algo más tarde en Cuba la poesía de José Martí (1853-1895).

 

En España sucede casi lo mismo: es ahora Becquer la presencia poética casi aislada en la España decimonónica; pero España en Europa no es una excepción , pues en los países llamados latinos desde principios del siglo XVIII hasta mediados o finales del XIX, tanto en Europa como en América, hay un largo período en que los poetas auténticos brillan por su ausencia después del llamado siglo de oro, aunque para España con las dos notables excepciones a las que se refiere Valente; pero hay que decir que ese eclipse de la poesía en el siglo XVIII y los primeros tres cuartos del siglo XIX no se da sólo en España, sino también, por ejemplo, en el siglo XVIII francés y, después del Renacimiento, en Italia donde Giacomo Leopardi (1798 – 1837) es el único poeta italiano de la primera mitad del siglo XIX con excepción quizá de Ugo Foscolo, en medio de un espacio ocupado por versificadores eruditos y clasicistas, como Giuseppe Carducci; pero igual en España se produce ese vuelco con Unamuno primero, Villaespesa y los de la llamada generación del 98 después; (recordemos a este respecto que Gerardo Diego en su antología Poesía española contemporánea, incluyó también al nicaragüense Rubén Darío [1867 – 1916] que en su juventud escribió rimas a la manera de Bécquer); mientras tanto en Ámerica aparecían otras figuras importantes de la poesía como en Cuba el ya citado José Martí (1853 – 1895), en el Perú Manuel González Parada (1844 – 1918), en Colombia, algo más tardíamente, José Asunción Silva (1859 – 1895), en México Manuel Gutiérrez Nájara (1859 – 1895), casi todos coetáneos de Becquer: la poesía renace y es en este período de renacimiento cuando surge en España, al lado de la obra poética en Español y en gallego de Rosalía de Castro, una voz queda pero que se va a escuchar mucho en las dos orillas del océano: la voz de Gustavo Adolfo Bécquer en sus dos libros que se van a difundir ampliamente tanto en España como en América, las Rimas y las Leyendas que constituyen toda su breve obra poética y narrativa: el primero poemas en verso en el sentido estricto de la palabra; el segundo relatos en prosa y difícilmente se podrá considerar que esos textos narrativos en el sentido exacto del término, reunidos y designados como Leyendas, sean propiamente poesía, en la acepción en que solemos entender este vocablo, y eso por más que la narrativa de Bécquer sea a menudo “poética” en sentido lato, es decir con la definición que da del término la Academia de la Lengua: que participa de las cualidades de idealidad, espiritualidad y belleza propias de la poesía. Luis Cernuda en un ensayo sobre “Bécquer y el poema en prosa” ha estudiado este asunto con mucha penetración.

 

Mientras tanto en Alemania surgía, (y hay que tener en cuenta que la poesía alemana influyó también en América en parte a través de Bécquer y en parte directamente) digo, con una fuerza extraordinaria la poesía lírica y dramática encarnada en poetas como Goethe, Novalis, Hölderlin y otros líricos algo más tardíos, entre ellos Heinrich Heine (1797 – 1856), el poeta alemán que sobre todo nos interesa aquí y a quien se ha atribuido una influencia sobre la poesía de Bécquer (y que influyó también directamente en algunos poetas hispanoamericanos de la segunda mitad del siglo XX); pero habría que desconfiar cuando se habla de “influencias” en un poeta de la estatura y con la personalidad del poeta andaluz: siempre, o con mucha frecuencia, se establece un diálogo o una relación de simpatía entre un poeta joven y poetas mayores de su misma lengua o de otra lengua, una visión del mundo y de los seres compartida por ambos: dos voces que se encuentran y se reconocen, tal sería la “influencia”. Sin extenderme sobre el tema, o diría mejor “la tema” de la “influencia” me parece necesario observar que Heine, hasta en algunas de sus poesías líricas suele ser marcadamente irónico, e incluso en la vida aparte de la poesía lírica; valga una anécdota: ya en su lecho de muerte preguntaron al poeta alemán si quería que llamaran a un sacerdote; –Y para qué, dijo Heine– para que Dios le perdone sus pecados. –Dios me perdonará, es su oficio– respondió el poeta. Esta ironía se nota, por lo general algo velada, en algunas Rimas de las Bécquer pero, desde luego, no aparece nunca para nada en las Leyendas, textos nocturnos e inquietantes impregnados de misterio al borde siempre de un velado más allá. Es claramente irónica por ejemplo la Rima XXVI y la irónica concierne a la poesía misma y quien la hace, el poeta:

 

 

Voy contra mi interés al confesarlo,

Pero yo, amada mía,

Pienso cual tú que una oda sólo es buena

De un billete del Banco al dorso escrita.

No faltará algún necio que al oírlo

Se haga cruces y diga:

“¡Mujer al fin del siglo diecinueve,

material y prosaica!…” ¡Bobería!

¡Voces que hacen correr cuatro poetas

Que en invierno se embozan con la lira!

¡Ladridos de los perros a la luna!

Tú sabes y yo sé que en esta vida

Con genio es muy contado el que la escribe;

Y con oro cualquiera hace poesía.

 

 

Los versos citados forman parte de un grupo de rimas en que la poesía de Bécquer tiene por tema la poesía y su –por debajo, diría yo– problemática definición: poemas importantes por buenos y porque al mismo tiempo en cierto modo aclaran y en cierto modo también oscurecen el sentido y el alcance del vocablo “poesía”; el primero que vendrá a la mente de cualquier lector es la Rima XXI, muy conocida, en que el poeta “define” la poesía de una manera, podemos decir, aparentemente simple pero en el fondo de una complejidad casi indescomplejable:

 

 

¿Qué es la poesía? –dices mientras clavas

En mi pupila tu pupila azul–

¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?

Poesía… eres tú.

 

 

Los puntos suspensivos después de “Poesía” en el verso final deben estar ahí para indicar un lapso entre la pregunta y la respuesta que podría necesitar unos segundos de reflexión…; y, en efecto, a primera vista parece como si al poeta le costara definir algo tan aparentemente indefinible como es el término “poesía” si se lo saca de los casilleros que el diccionario de la academia define en siete acepciones: “1. Manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de l palabra, en verso o en prosa”, hasta “6. Idealidad, lirismo, cualidad que suscita un sentimiento hondo de belleza, manifiesta o no por medio del lenguaje, y “7. Arte de componer obras poéticas en verso o en prosa”. Conclusión: el término “poesía” es tan poco definible que requiere siete acepciones diferentes. La única que aparentemente falta sería: 8. Poesía eres tú: la más importante, suponemos, para la receptora del mensaje becqueriando, o sea tú, o sea ella, o sea, al fin y al cabo y, para terminar, a través de ella nosotros, receptores del poema en ambos lados del océano ya que, al fin y al cabo, un poema sin recepción ni receptores es un poema no nato hasta que a alguien se le ocurra leerlo, y quién sabe si la señorita de pupila azul lo habrá leído.

 

Me permito ahora aclarar que no se trata de hacer aquí un chiste tonto, o podrá ser tonto pero no es exactamente un chiste, sino que va en serio, en la medida en que revela que, dentro del campo de la poesía, el vocablo “poesía” no es definible sino por medio de insuficientes sinónimos que refieren a algo escrito o cantado que no se definiría sino refiriendo al indefinible texto “poético” o sea a la poesía de un poeta y, en el poema de Bécquer comentado, a la receptora que es una señorita que resulta ser ella misma la poesía objeto de la definición.

 

Hago un paréntesis y, para recalcar si es necesario recalcarlo, la hondura y la complejidad de la poesía en voz baja y de lo poético cuando se trata de definir algo en gran parte indefinible, cito un poema algo altisonante del vate modernista mexicano Salvador Díaz Mirón, que pretende definir elocuentemente la poco definible poesía:

 

 

La poesía, pugna sagrada,

Tres heroísmos en conjunción:

El heroísmo del pensamiento,

El heroísmo del sentimiento

Y el heroísmo de la razón.

 

 

Ninguno de estos “heroísmos” se da en la poesía de Bécquer, gracias a Dios. Tan sólo un musitar tan quedo que casi podría evocarse para él unos versos del gran poeta peruano:

 

 

Poesía no dice nada

Poesía se está callada

Escuchando su propia voz.

 

 

Este silencio que se oye tras los versos de los más auténticos poetas de América y España es, me parece a mí, uno de los signos más importantes del renacimiento de la poesía en lengua española; y me parece también que es la poesía de Martín Adán la que, en esta óptica, está más cerca de aquella del poeta andaluz …. Leyendo estos versos a uno, o sea a mí, le viene en gana dejar toda lectura en voz alta de la poesía y leer una rima de Bécquer en silencio, en ese silencio donde nace y perdura el poema.

 

Volvamos al poeta sevillano y a su definición/indefinición de la poesía: “Poesía eres tú”, la amada que inquiere sobre la poesía y no sabe que la poesía es ella: pero este tú es móvil, más bien indefinido y sobre todo cuanto más el poeta en su poema lo aborda definiéndolo más lo indefine: “tú” y “yo” reaparecen precisamente en la Rima xv, en unas definiciones que podríamos llamar “indefinidoras”:

 

 

Cendal flotante de leve bruma,

Rizada cinta de blanca espuma,

Rumor sonoro

De arpa de oro,

Beso del aura, onda de luz,

Eso eres tú.

 

 

Y arranca de nuevo: Tú :

 

 

“sombra aérea, que cuantas veces

Voy a tocarte te desvaneces,

Como la llama , como el sonido,

Como la niebla, como el gemido

Del lago azul”;

 

 

y frente a ese tú evanescente, un yo tan evanescente como el tú:

 

 

“En mar sin playas onda sonante,

En el vacío cometa errante,

Largo lamento del ronco viento,

Ansia perpetua de algo mejor,

Eso soy yo ¡(…) Yo,que incansable corro, y demente,

Tras una sombra, tras la hija ardiente

de una visión!”;

 

 

un cometa errante que corre en el vacío tras una sombra aérea que se “desvanece como un sonido”: el poeta y su amada… En este plano tú mas yo = dos sombras que se mueven en el vacío. Una sombra la amada; la otra sombra el poeta: pocas veces se habrá dado en poesía una amada y un amante tan incorpóreos y evanescentes … En el poema de Bécquer la poesía eres tú: una sombra aérea, la perseguida: el poeta soy yo: otra sombra aérea, el perseguidor que, en el círculo mágico que describe esta poesía es el amante perseguido por la sombra incesante de la amada a su vez perseguida por el perseguido… total: dos sombras que sin embargo en la poesía de Bécquer son verdaderas presencias casi como dos personas de carne y hueso que se desintegraran o se desvanecieran en el vacío. El vacío sin duda ha atraído siempre mucho a los poetas.

 

Para cerrar esta digresión sobre la poesía encarnada en la descarnada amada de algunas rimas de Bécquer me parece importante subrayar que en el fondo –e incluso en la superficie de los versos– poesía es, o puede serlo todo, independientemente, además, del poeta que la escribe: todo aquello que toque la sensibilidad de un ser humano, y es lo que dice en buena cuenta Bécquer en la relativamente larga Rima IV de la que leo como muestra y para recordarla unas cuantas estrofas:

 

 

“No digáis que agotado su tesoro

De asuntos falta enmudeció la lira;

Podrá no haber poetas, pero siempre

Habrá poesía”;

 

 

y el poeta enumera las diversas encarnaciones de la desencarnada poesía:

 

 

“Mientras el aire en su regazo lleve

Perfumes y armonías, .

Mientras haya en el mundo primavera, ¡Habra poesía!

 

Mientras la ciencia a descubrir no alcance

Las fuentes de la vida,

Y en el mar o en el cielo haya un abismo

Que al cálculo resista;

 

Mientras la humanidad, siempre avanzando,

No sepa a dó camina; /

Mientras haya un misterio para el hombre,

iHabrá poesía! (…)

 

 

Y, última estrofa y quizá la más expresiva en este poema de la musa de Bécquer:

 

 

“Mientras sentirse puedan en un beso

Dos almas confundidas;

Mientras exista una mujer hermosa,

¡Habrá poesía!”;

 

 

son cinco de las nueve estrofas del poema que viene seguido sin transición por la Rima v, ya no relativa sino absolutamente larga (19 estrofas), que define indefinidamente a la poesía o “espíritu sin nombre” y “perfume misterioso de que es vaso el poeta”. Leo, para situarnos, las dos primeras y las dos últimas estrofas:

 

 

Espíritu sin nombre

Indefinible esencia,

Yo vivo con la vida

Sin formas de la idea,

 

Yo nado en el vacío,

Del sol tiemblo en la hoguera,

Palpito entre las sombras

Y floto con las nieblas. (…)

 

Yo, en fin, soy ese espíritu,

Desconocida esencia,

Perfume misterioso,

Del que es vaso el poeta

 

 

O sea: el poeta es el receptor del misterio y conector de la idea y de la forma que la expresa y el médium por cuya boca habla el espíritu: no “definición” de la poesía que es, sobre todo en Bécquer, indefinible, sino un acercamiento a lo que en la lo que en la obra del poeta, incluida la prosa de las leyendas, es presencia evanescente y visión oscura de un otro lado de la llamada “realidad”, término que, como todo el mundo lo sabe, viene de la palabra latina que significa “cosa”: (res, re) y no es precisamente el mundo de las cosas o “realidad” el que interesaba a Bécquer sino más bien aquello que acabamos de citar: el espíritu, la esencia ignota que en él reside; importa recordar a este respecto las Rimas XI y XV. En la primera tres evanescentes figuras femeninas se ofrecen al poeta en tres estrofas: la primera, la morena, “símbolo de la pasión”:

 

 

Yo soy ardiente, yo soy morena

Yo soy el símbolo de la pasión;

De ansia de goces mi alma está llena;

¡A mi me buscar? –No es a ti; no”;

 

 

la segunda, la rubia:

 

 

“Mi frente es pálida; mis trenzas de oro (…)

Yo de ternura guardo un tesoro;

¿A mí me llamas? -No; no es a ti”;

 

 

la tercera y buena, la transparente, incorpórea e intangible:

 

 

“Yo soy un sueño, un imposible,

Vano fantasma de niebla y luz;/

Soy incorpórea, soy intangible; /

No puedo amarte. -¡Oh, ven; ven tú!”.

 

 

Tal parece ser lo que podríamos llamar “la mujer ideal” ideada en la poesía de Bécquer (no digo en su vida que es cosa aparte y se sabe que su matrimonio con la mujer no ideal fue un fracaso): esta visión de una amada metafísica que trasciende y en buena cuenta desecha a la mujer hecha de carne y hueso, se afirma o se remacha en la Rima xv, donde el poeta proyecta la doble imagen de la mujer aérea y etérea y del varón demente corriendo tras una sombra o inasible visión: recordemos el poema que cierra con un broche hecho de imágenes la visión/descripción de la pareja amada/poeta: Ella, la amada incorpórea:

 

 

Cendal flotante de leve bruma

Rizada cinta de blanca espuma,

Rumor sonoro

De arpa de oro,

Beso del aura, onda de luz,

Eso eres tú

 

 

Y después “yo”:

 

 

¡Yo, que a Lusojos en mi agonía,

Los ojos vuelvo de noche y día;

Yo, que incansable corro, y demente

Tras una sombra, tras la hija ardiente

De una visión.

 

 

Tal parece ser la mujer poética o la que habita en la poesía de Bécquer aunque naturalmente no aparezca tan descarnada en todas las rimas, como por ejemplo la Rima XXIX que glosa el episodio de Francesca di Rimini en el “Infierno” de Dante, que el poeta y su amada leen juntos:

 

 

“Y nuestros ojos se hallaron,

Y sonó un beso”:

 

 

Quel giorno più non vi legemmo avanti” (Aquel día no seguimos leyendo) es el verso de Dante que cierra el episodio en la Divina Comedia y aparentemente también en la rima que evoca o repite la escena dantesca: podríamos concluir que las mujeres de Bécquer son medio etéreas pero no seres meramente aéreos o intangibles; y se puede observar que en las rimas las almas, como si fueran cuerpos, se abrazan y se besan incendiariamente, tal en la Rima XXIV:

 

 

“Dos rojas lenguas de fuego

Que, a un mismo tiempo enlazadas,

Se aproximan, y al besarse

Forman una sola llama”;

 

 

como si en esta poesía alma y cuerpo constituyeran un solo ser poético en que el cuerpo resulta ser a menudo tan etéreo como el alma y las almas se tocan y se acarician como cuerpos. Sin embargo, en realidad hay una doble visión de la mujer en las rimas: la amada, tan etérea en algunos poemas, surge de pronto como mujer real y carnal en la que cuenta sobre todo la belleza física, como en la Rima XXXIX:

 

 

“Sé que en su corazón, nido de sierpes,

No hay una fibra que al amor responda:

Que es una estatua inanimada…

pero… ¡es tan hermosa!”;

 

 

y también la atracción abiertamente sexual como en la Rima xxv que evoca el orgasmo de la amada:

 

 

“Cuando enmudece tu lengua

Y se apresura tu aliento,

Y tus mejillas se encienden,

Y entornas tus ojos negros;

Por ver entre tus pestañas

Brillar con húmedo fuego

La ardiente chispa que brota

del volcán de los deseos,

Diera, alma mía,

Por cuanto espero,

¡La fe, el espíritu,

la tierra, el cielo!”

 

 

Recordemos la Rima XI: “¿Qué es poesía?” –preguntada, y el poeta le da la definición lacónica de la poesía: “Poesía … eres tú”; pero resulta que si volvemos los ojos al resto de la obra poética, poesía para Bécquer es mucho más y también otra cosa que “tú”; en la importante Rima IV que evoca todo aquello que para el poeta es poesía, la mujer hermosa y el beso de dos almas confundidas, la mujer y el beso en que se sienten confundidas las dos almas ocupan sólo las dos últimas estrofas de las nueve que tiene el poema; el poema dice o sugiere ante todo que la poesía es independiente del poeta que la escribe y está en o es sucesivamente (en las estrofas del poema) las ondas encendidas por el beso de la luz , el sol que viste a las nubes de fuego y oro el aire que lleva en su regazo perfumes y armonías, la primavera, la incapacidad de la ciencia para descubrir las fuentes de la vida, todo aquello que es abismo resistente al cálculo, el misterio, la alegría y el llanto íntimos del alma, la batalla entre el corazón y la cabeza, y finalmente la mujer hermosa con sus ojos reflectores y sus labios que responden suspirando al labio que suspira; en suma, todo lo indefinible que la sensibilidad del ser humano capta por intuición y sentimiento: mientras todo aquello se habrá poesía aunque no quede ya ningún poema ni ningún poeta … profesional, si podemos decir; la poesía sería, pues, o estaría en una multitud de estados u objetos de la naturaleza y de la vida que eventualmente son captados por un ser humano calificado de poeta, y finalmente transcritos y metidos, ya transformados en poema, en la páginas de un libro .

 

“Suspirillos germánicos”: así calificó con marcado desprecio el excelso vate Gaspar Núñez de Arce la humilde poesía de Bécquer, refiriéndose claramente a una supuesta influencia de la poesía alemana, de Heinrich Heine, en especial, sobre la poesía del andaluz. Los comentadores de Bécquer, Luis Cernuda entre otros, en España y en el siglo XX, y Manuel González Parada en el Perú y en el siglo XIX han notado también y comentado, naturalmente sin la malignidad de Núñez de Arce, puntos de contacto entre las Rimas y los poetas románticos alemanes, pero no creo que debamos hablar propiamente de influencias, sobre todo en las Rimas. La poesía de Heine está más de una vez impregnada de ironía, ironía que existe poco en Bécquer salvo en uno que otro texto como la Rima XXVI que ya he citado, o bien el poeta alemán adopta formas narrativas, como en el libro de poemas intitulado muy hispánicamente Romanzero, aunque por los temas poco inspirado en el Romancero español; y la ironía con la que Heine a veces se refiere a la mujer es evidente: así en el poema “Das Hohelied” (El cantar de los cantares):

 

 

“El cuerpo de la mujer es un poema

Que el señor Dios ha escrito

En el gran libro de la Naturaleza

Cuando el espíritu lo impulsó.

El cuerpo de la mujer es

El más alto canto entre los cantos;

 

Y son estrofas encantadoras

Sus blancos y delicados miembros,

 

Los botones de rosa de sus pechos

(…)

Es indeciblemente encantadora

la raya

que separa los dos pechos

(…)”.

 

 

Podemos observar en relación con las presencias femeninas en los dos poetas que Bécquer no habla nunca, o muy raramente, de la mujer (sobre todo para describir sus partes); la mujer que aparece en las rimas es siempre una mujer determinada en el poema aunque no se la nombre; así que si uno se pone a buscar analogías entre Bécquer y los poetas alemanes pienso que habría que buscarlas más bien en la atmósfera fantástica que impregna casi todas las leyendas del poeta andaluz y que envuelve también los relatos de más de un poeta alemán del siglo XIX como, por ejemplo Von Arnim y Hoffmann.

 

La poesía alemana (poemas, cuentos, leyendas) cundía mucho en Europa en el siglo XIX, y ejerció por ejemplo una influencia evidente en algún gran poeta francés como Gerard de Nerval quien fue seguramente uno de los primeros en traducir el Fausto de Goethe; pero lo que sucedía entonces en Europa repercutía en América y la poesía alemana se propagó bastante en el nuevo continente a través de traducción es francesas o directamente de poeta a poeta cuando el poeta hispanoamericano sabía el alemán y podía leer directamente en esta lengua a Goethe, Schiller, Von Arnim o Heine. Tal es el caso del poeta y escritor peruano Manuel González Prada (1848-1918), aunque por la edad menor que Bécquer (1836-1870) casi coetáneo de él: el poeta peruano tenía 22 años cuando murió el andaluz y seguramente Prada, lector impenitente, ya había leído las Rimas y las Leyendas de Bécquer como también la poesía de Goethe, Schiller, Heine, Chamisso y otros poetas alemanes que él tradujo al español.

 

González Prada indudablemente admiraba a Bécquer y simpatizaba mucho con su poesía en la que encontraba ecos de sus poetas alemanes favoritos, y en su libro Páginas libres, hace precisamente hincapié en que “Bécquer va germanizando la poesía castellana, como Meléndez Valdés, Cienfuegos y Quintana la afrancesaron, como Boscán y Garcilaso la italianizaron. Con sus ideas sencillas, con sus sentimientos sinceros i particularmente con su espresión parca y hasta económica, se levanta como un revolucionario para reaccionar contra la intemperancia verbosa de los poetas españoles”; y a Bécquer se refiere probablemente Prada en otro pasaje de su obra cuando dice que “los que interpretan magistralmente a los alemanes imprimen el cuño español en el oro del Rhin”, y en su libro El tonel de Diógenes es sin duda de nuevo al poeta andaluz a quien se refiere Prada sin nombrarlo cuando dice: “Escribir en estilo de los alemanes, con el sentimiento alemán y con la sátira agridulce de los alemanes, no habiendo estudiado la literatura alemana, ni saber una sola palabra del idioma alemán, es una ocurrencia bastante original”; y dice a renglón seguido: “Las composiciones de Bécquer se parecen a las rimas de sus imitadores como un collar de perlas a una sarta de secas y endurecidas pelotillas de migajón”; y, siempre en su libro Páginas libres, se refiere de nuevo a Heine para hablar de Bécquer: “Pasar de Heine a Bécquer vale ir de maestro a discípulo que funda escuela. El pintor i poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer murió en la plenitud de la vida, sin haber podido encerrar en la tela ni en el libro todas las creaciones fantásticas que revoloteaban en su cerebro”, dice Prada recordando de paso que el poeta andaluz era también pintor, lo que no carece de importancia si tenemos en cuenta la relación a menudo sub yacente entre artes plásticas y poesía.

 

La admiración que profesa Prada a la poesía de Bécquer es evidente y desde luego sincera pero lo curioso es que al mismo tiempo parece admirar a nadie menos que al insigne Núñez de Arce, el de los “suspirillos germánicos” como éste calificaba las rimas de Bécquer: lo erige, a Núñez de Arce, en “verdadero portacetro de la poesía”[que] marcha seguido por legiones de incipientes versificadores que desean escribir su “Idilio”; pero después lo pone por los suelos por haber cometido un poema largo intitulado “Luzbel”: contradicciones de los poetas metidos a críticos; y más y peor aún: Prada manifiesta la misma admiración por los versos de don Ramón de Campoamor donde se descubre, dice, “la flexibilidad germánica, y el poder soberano de infundir vida i movimiento a la frase poética” y cita con admiración unos versos campoamorianos para respaldar su juicio. Dicen estos versos:

 

 

“En este mundo traidor

nada es verdad ni mentira,

todo es según el color

del cristal con que se mira”;

 

 

modelo de lírica que Bécquer ciertamente hubiera podido envidiar… Desde luego el criterio en que puedan descansar ciertos juicios tajantes de Manuel González Prada sobre poetas españoles más o menos coetáneos suyos no resulta muy claro … pero sí es de retener en todo caso el entusiasmo, la sinceridad y la solidez de sus juicios sobre el poeta sevillano.

 

El otro poeta hispanoamericano importante, más o menos coetáneo de González Prada, que, por lo menos en sus primeros versos, presenta afinidades con Bécquer y sus rimas  es el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), que escribió también él un breve cuaderno de poemas intitulado Rimas, obra de su juventud visiblemente bajo la influencia del poeta sevillano (recordemos que Bécquer murió a los 34 años en 1870 cuando Darío cumplía 3 años…): tanto la forma de los versos en algunos de estos poemas como su inspiración recuerdan en efecto la poesía de Bécquer; dos ejemplos: la Rima 3 de Darío:

 

 

En la cálida tarde se hundía

el sol en su ocaso

con la faz rubicunda en un nimbo

de polvo dorado

 

 

o la rima 10:

 

 

En tus ojos un misterio;

en tus labios un enigma.

Y yo, fijo en tus miradas

y extasiado en tus sonrisas.

 

 

Si estas Rimas del poeta principiante las escribió, marcadas por el sello de Bécquer, están aún bien lejos de la excelencia del Darío maduro a quien Antonio Machado el último homenaje:

 

 

“Nadie esta lira pulse si no es el mismo Apolo,

Nadie esta flauta suene si no es el mismo Pan”,

 

 

estas rimas sin embargo son el mejor testimonio de la marca que dejó Gustavo Adolfo Bécquer, más allá deEspaña, al otro lado del océano y cabe decir que si las rimas del joven Darío están bien lejos de la excelencia de las rimas de quien las inventó, son, en todo caso, un testimonio importante de la marca indeleble que dejó Gustavo Adolfo Bécquer sobre lo que solemos llamar la posteridad, y la posteridad de Bécquer sigue siendo en poesía, diría yo, siempre el presente; en este presente, lugar infiniblemente móvil entre el mañana y el ayer la voz de Bécquer sigue resonando en innumerables lectores a través de sus rimas y leyendas, o de poetas de lengua castellana, lectores también ellos, en cuyas obras se podría detectar más de una vez un eco de las rimas.

 

Hay algo como una voluntad heroica subyacente en toda auténtica poesía, una fuerza que presiona desde el fondo del poema, una música que apenas suena, es asonante, pero hace presión sobre los versos del poema y, casi muda, se deja oír, se impone al oído: la música callada, la soledad sonora de San Juan de la Cruz: todo lo contrario de la altisonancia y, a veces, la verbosidad de más de un poeta nuestro; una poesía que suena para adentro, así que lo que oye el lector es como el eco de una voz que emergiera desde lo más hondo del sonido y el sentido; yo siento que en la poesía de Bécquer hay eso: rompe el molde y el molde es único y nadie lo podrá reutilizar con éxito. Lo que vale decir que, en realidad, no hay molde: lo que hay es una lucha dura entre la palabra y el silencio, y todo lector puede percibirla directamente en la sobriedad, la fuerza y la extrema concisión de las Rimas.

 

Después la poesía en América como en España enderezó por nuevos caminos en parte autóctonos, en parte bajo la influencia de movimientos poéticos europeos u orientales (simbolismo, surrealismo, haikus de José Juan Tablada, indigenismo en México y los países andinos, etc.); pero eso no quita la perennidad de la poesía de Bécquer: sus Rimas y Leyendas, tan sobrias y despojadas de ornamentos, están siempre presentes en todos nosotros, lectores y autores de poesía; el camino de Gustavo Adolfo Bécquer es uno: podemos recorrerlo pero no multiplicarlo, y se podría decir que esta breve obra poética rompe el molde: hemos visto como un poeta tan innovador como el joven Darío, a quien acabo de referirme, le rindió en sus Rimas un homenaje de poeta a poeta y después pasó a crear una obra íntima y personal que es la mejor o la única manera como un poeta puede rendir homenaje al maestro que admira: quienes vinieron después fue cada cual por su camino pero seguramente en casi todos nosotros ha estado presente en un rincón de la memoria intelectual y afectiva la obra del poeta andaluz: pienso que en cierto modo, ocultamente, quizá muchos de nosotros nos hemos referido más de una vez a Bécquer al hablar del amor o de la poesía, de la vida o de la muerte en un diálogo tácito y subconsciente con él desde el fondo de nuestros poemas.


Noticia Biográfica


Américo Ferrari  (1929 – 2016). Poeta, traductor y ensayista peruano. Realizó estudios universitarios en la Universidad de San Marcos de Lima y en La Sorbona, Parí­s. Doctor en Filosofí­a y Literatura en ambas universidades (1963 – 1972) y profesor en la Universidad de Ginebra. Jubilado en dicha universidad. Publicó, entre otros, los libros: El silencio de las palabras (Málaga, 1972); Espejo de la ausencia y la presencia, Cuadernos de Marí­a Isabel (1972); Las metamorfosis de la evidencia (Lima, 1974); Tierra desterrada (Lima, 1980); La fiesta de los locos (Barcelona, 1982); Para esto hay que desnudar a la doncella –Obra Poética– (1949-1997) (Barcelona, 1998); Casa de Nadies (Lima, 2000), y Visita de otro lado (Buenos Aires, 2005). También publicó los volúmenes de ensayo El universo poético de César Vallejo (Caracas 1983); El bosque y sus caminos (Valencia, 1993), La soledad sonora. Voces poéticas del Perú y América (Lima 2003). Entre sus traducciones se encuentran las que virtió del alemán de los poetas Novalis y Georg Trakl. El texto Bécquer, la poesí­a y tú fue leí­do por su autor en el ayuntamiento de Sevilla en el acto de inauguración de la Semana de la Poesí­a organizada por la Casa de los Poetas de Sevilla y fue cedido especialmente para el número CC de Golpe de Dados.



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