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Siete poemas al jazz



                                                            Poemas tomados del libro La música callada la soledad sonora: antologí­a de poemas al jazz

 

 

 

 

Gonzalo Rojas

 

(Chile 1917 – 2011)

 

Latí­n y jazz

 

Leo en un mismo aire a mi Catulo y oigo a Louis Armstrong, lo reoigo

en la improvisación del cielo, vuelan los ángeles

en el latí­n augusto de Roma con las trompetas libérrimas, lentí­simas,

en un acorde ya sin tiempo, en un zumbido

de arterias y de pétalos para irme en el torrente con las olas

que salen de esta silla, de esta mesa de tabla, de esta materia

que somos yo y mi cuerpo en el minuto de este azar

en que amarro la ventolera de estas sí­labas.

 

Es el parto, lo abierto de lo sonoro, el resplandor

del movimiento, loco el cí­rculo de los sentidos, lo súbito

de este aroma áspero a sangre de sacrificio: Roma

y ífrica, la opulencia y el látigo, la fascinación

del ocio y el golpe amargo de los remos, el frenesí­

y el infortunio de los imperios, vaticinio

o estertor: éste es el jazz,

el éxtasis

antes del derrumbe, Armstrong; éste es el éxtasis,

Catulo mí­o,

¡Tánatos!

 

 

 

 

José Marí­a Fonollosa

 

(España, 1922 – 1991)

 

West 52nd Street

 

El jazz se está muriendo. Agonizante

aún da lecciones, mientras los siniestros

grupos de blancos buitres le rodean

y hunden su pico en la carne aún viva.

 

Los negros le abandonan. Tienen prisa

en llegar al despacho, profesiones,

cargos ejecutivos o al Senado.

Se sienten importantes en su empleo

pues pisan un terreno antes prohibido.

 

Y el jazz se está muriendo sin su ayuda.

Y los blancos aguardan el relevo.

 

Os quitarán el jazz. Y sin “swing”, preso

en el papel pautado, asomará

su esquelético cuerpo entre las rejas.

 

Le integrarán, como a vosotros, negros,

en su sólida cárcel de sonidos.

 

Habrí­a que hacer algo. Deberí­a

alguien romper el vidrio de la alarma

y alertar a la gente. La elección

entre el dolor de un pueblo y la obra de arte

excepcional, no ofrece duda alguna.

 

Se nos está muriendo el jazz, la música

despreciada y amada. Humana. Mágica.

El oscuro milagro de este siglo.

La gran creación del negro de Norteamérica.

 

 

 

 

Jorge Eduardo Eielson

 

(Perú, 1924 – Italia, 2006)

 

A un pájaro de nombre Charlie

 

                                                            A todos aquellos que, como yo;

                                                            aman el jazz y las estrellas.

 

Si alguna vez confundes

Tu corazón con tu sexo y tu sexo

Con un saxofón que llora

En una calle oscura

O si derramas amor a manos llenas

Sin que nadie lo reciba

Y asustado como un niño te despiertas

Y ya no hay caricia

Ni desayuno tibio

Ni vestido viejo ni vestido nuevo

Y ni una sola gota de materia

Que te recuerde el universo entero

Sino tan sólo

Un saxofón que no te da tregua

Un saxofón que no te da tregua

Es porque Charlie respira

¿Recuerdas cuando tocaba

Round about midnight o Perdido

Y toda Nueva York se arrodillaba

Como si hubiera visto a Dios

En traje oscuro y saxofón de fuego?

Y si descubres el rocí­o

En el Central Park o Washington Square

Después de haber tomado tanto

Porque ya no tienes lágrimas ni saliva

Para besar a nadie

Cuando quisieras besar a todos

Si olvidas todo  huyes de todo  pierdes todo

Pero conservas en quién sabe qué bolsillo

La perla atroz de la belleza y la locura

Si lo que llamas vida es solamente

El vino añejo de un instante

El minuto que desaparece cada dí­a

Por el water-closet y regresa transformado

En un pájaro amarillo

Si el café negro y el whisky puro

Se parecen tanto al cabello rubio

De una muchacha que solloza amargamente

Entre tus brazos. Si tu álma frágil

Y tu cuello de basalto  tu cigarrillo

Igual a un lucero siempre encendido

Tu pantalón y tu camisa

Siempre en la silla  si todo eso

Y muchas otras cosas todaví­a

Te recuerdan la tristeza y el fulgor

De Harlem bajo la lluvia

Es solamente porque existe

Un saxofón que no te da tregua

Es porque Charlie respira

Porque en sus labios se enciende y se apaga

Una galaxia que no nos aniquila

Como un pensamiento o una cifra aciaga

¿Acaso la música no es la medida

La suma total de cuanto existe

Y nuestra propia vida sólo el sonido

De una orquesta que se afina noche y dí­a?

¿Recuerdas las manos de Bud en el piano

Volando como pájaros vivos

Sobre cascadas de luz y cristales hirvientes?

¿Y la trompeta de Dizzy en la noche

Que todo lo volví­a incandescente

Y hasta el Empire State se derretí­a

Como si fuera de oro puro?

¿Y cuando Max tocaba la baterí­a?

¿Recuerdas sus manos armadas

De millares y millares de centellas

Que él lanzaba a tus oí­dos

A tu corazón y a tu ombligo?

(Todo era ritmo entonces

Tambor el cielo entero

Tambor la luna llena

Y todo lo que nos rodeaba

Tambores solamente

Porque de ritmo somos

Y hasta de ritmo

Aunque de falta de ritmo

Morimos. Con nosotros

Nace el ritmo

Que no es tiempo ni sentido

Ni tampoco alborozo

Sino más bien latido

Tambor de piel humana

Que se quema

Huesos que no son huesos

Sino vací­o

Infinitas flautas

De oxí­geno divino

Que tampoco es nada

Sino ritmo

Luz que rebota

De nota en nota

En nuestro oí­do

Disfrazada de sonido)

Y si alguna vez

Lejos de caos de nuestro origen

Del insondable gorila que se asoma

Tristemente en tu mirada

Lejos del tiempo y la rutina

De nuestro amor lleno de trapos

De miserables botones  faldas y pantalones

Que se arrugan fácilmente

Si de tanto correr tras de la luna

Bajo cipreses que igualmente corren

Sin darte nunca la mano

No te queda sino el ritmo de las cosas

El resplandor de los objetos

Un tambor en la cabeza

Una botella entre los brazos

Si después de tanto goce y tanto llanto

Tanto inmóvil viaje hacia la nada

El rayo violeta de Saturno

Baña tu cuerpo y tus sábanas sucias

Y ya cercano al fin arrojas

La inútil perla al tacho de basura

O como un perro escondes

Tu viejo saxofón debajo de la cama

Si tus costillas  tu cráneo  tu sonrisa

Tu pasta de dientes con sabor a tierra

Te recuerdan que la vida

Es sólo harina pan para el gusano

Si la sublime rosa suelta

Sus últimos protones en lugar de su perfume

O el cubo de la luz se apaga para siempre

Si te parece que no sabes nada

Porque no puedes decir nada

Ni sobre el amor ni sobre el ritmo

Si en vez de la fórmula sagrada

De la imposible nota jamás escuchada

Encuentras sólo silencio  oscuridad  entropí­a

Las calles lluviosas de Harlem

Más lluviosas y frí­as aún

Si tu cuarto de hotel en penumbra

Se ilumina como un hotel cuando miras

Una vieja fotografí­a de tu madre joven

Extrañamente azul y sin calzado

Y suena y suena en tu pecho cansado

Un saxofón que no te da tregua

Un saxofón que no te da tregua

Si todo eso no es bastante todaví­a

No te olvides que Charlie es un pájaro herido

Y que su grito es tu propio grito

Cuando abrazas lleno de rabia

Una extraviada muchacha de cabellos rubios

Y te duelan más que nunca las estrellas

En tu pobre corazón de niño

Y en tu glande estremecido

 

 

 

 

Félix Grande

 

(España, 1937 – 2014)

 

Por los barrios del mundo viene sonando un lento saxofón

 

Mientras que William Faulkner

halla los agrios del lenguaje,

hoza en Yoknapatawpha

levantándola hirviéndola

cuida la construcción feroz

de una nueva novela y cuida

su innegable talento epilepsí­aco;

mientras que William Faulkner

irrumpe en el conflicto negro

con un relincho ambiguo, ahí­to

de tradición, desprecio al Norte,

discurso estéril e insensato orgullo,

los negros, muchos negros,

algunos negros, inflamados de

la horrible historia del Mississippi,

con la memoria chorreando

por el sudor del algodón

y varios siglos de negros abuelos

retumbando a sus pies bajo el tiempo y la tierra,

cantan, vense impelidos

a seguir componiendo

música entre paréntesis:

negro spirituals.

 

Mucho de lo que vimos

es vida entre paréntesis.

Blancos segando arroz en Tarragona

con el agua a los muslos,

las sanguijuelas de los arrozales

alimentándose de ellos.

Periódicos occidentales

informando de blancos muertos

en el frente, o de hambre,

o bajo un viejo caserón derruido.

Blancos en paro. Blancos en exilio.

Blancos dando betún

sobre sus cartucheras.

Blancos bebiendo el vino

de la derrota disfrazada.

Blancos buscando

la propia estimación en los burdeles.

Blancos meditativos, ingresando,

amargura sobre amargura,

en el cinismo, esa

sublimación para los faltos de recursos.

 

Del Sena al Plata,

del Támesis al Rin,

un rumor blanco busca desperdicios

y hurga en la realidad hostil

y en su razón, dispersa e inarmónica

de parietal a parietal.

Siglos también de abuelos blancos

entre jornadas de trabajo tensas,

fruta difí­cil, carne retorcida,

el barro insomne de las botas

de los soldados, el capote

de campaña, la emisora que menciona

el Mississippi blanco,

el blanco linchamiento con bala,

la actividad enfebrecida

del ginecólogo oficiando

sobre el mantel que el tirón de la guerra

arrojará en el suelo

quebrando su momentáneo contenido;

los tugurios en donde

blancos desconcertados

se pliegan y se venden, borrachos

de vino y blancura injuriada,

siglos también de abuelos blancos

con sus ingenuos hospitales,

su herencia pavorosa, sus bolsillos

llenos de migas o sus sienes

llameantes de lucidez o de torsión,

hacen pensar en una música

con paréntesis, con incisos,

con bárbaros interrogantes,

con desconcierto, con corcheas de ojos,

mordentes de sarcasmo,

calderones de confusión,

accelerados de vasto gruñido:

blanco spirituals.

 

(Tú lo sabes, James Baldwin:

no es sólo tu color.

Esa es la lenta trampa

que quisieran hacer reinar.

Tú lo sabes, James Baldwin:

te necesitan negro para odiarte,

para sobrevivir bajo su miedo

mediante el odio. Pero,

tú lo sabes, James Baldwin:

también te necesitan

desclasado, desocupado, disponible

para usarte los brazos

a bajo precio. *Extiendes

tu mirada en los barrios de Europa,

oteas los indios sudamericanos,

te achicharras sobre la India,

te sumes en las periferias

de las ciudades industriales

y ves hermanos de otras razas

discriminados, repudiados

en la otra piel del hombre: el sueldo,

en la otra piel del hombre: la cultura,

en la otra piel del hombre:

la libertad.

Tienes hermanos de otras razas,

todo sudor es familiar,

toda miseria lleva

escupitajos en la piel.)

 

De Charlie Parker a Edith Piaf

un diluvio de negro spirituals

y de blanco spirituals llueve

sobre la civilización;

llueve piaf; llueve parker, llueven

Manolo Caracol, Louis Armstrong empapa

Discépolo, John Coltrane, Billie Holliday.

Es un agua que se introduce

por las fisuras de los Parlamentos,

por las rendijas de los programas,

por los agujeros de la ONU,

empapada la estrategia, moja

a la inmortalidad y la encoge,

hincha las oscuras maderas

de los ataúdes y congela

todo el grandioso fuego de vivir.

Llueve toda la tarde, llueve

toda la noche: y tras la ventana

en que repiquetea la lluvia

ese diluvio es observado

por un blanco o un negro

mientras que suena un saxofón

y llueve.

 

 

 

 

Eugenio Montejo

 

(Venezuela 1938 – 2008)

 

Adiós al siglo XX

                                                            a Alvaro Mutis

 

Cruzo la calle Marx, la calle Freud;

ando por una orilla de este siglo,

despacio, insomne, caviloso,

espí­a ad honorem de algún reino gótico,

recogiendo vocales caí­das, pequeños guijarros

tatuados de rumor infinito.

La lí­nea de Mondrian frente a mis ojos

va cortando la noche en sombras rectas

ahora que ya no cabe más soledad

en las paredes de vidrio.

Cruzo la calle Mao, la calle Stalin;

miro el instante donde muere un milenio

y otro despunta su terrestre dominio.

Mi siglo vertical y lleno de teorías…

Mi siglo con sus guerras, sus posguerras

y su tambor de Hitler allá lejos,

entre sangre y abismo.

Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios

por un trago, por un poco de jazz,

contemplando los dioses que duermen disueltos

en el serrí­n de los bares,

mientras descifro sus nombres al paso

y sigo mi camino.

 

 

 

 

Oscar Hahn

 

(Chile, 1938)

 

San Juan de la Cruz escucha a Miles Davis

 

I

San Juan en el calabozo (Toledo, 1577)

 

La trompeta flamea serpentea relampaguea

Su quejido metálico

 

se hunde y difunde exclama y reclama

un no sé qué que queda balbuciendo

 

Es el Arcángel San Gabriel dice el Santo

Es el Arcángel que me llama desde el futuro

 

Es el Arcángel cuya piel es más negra que la noche

y brilla como las heridas de mi alma

 

Es el sonido de la trompeta como un cauterio suave

 

 

II

Miles Davis en el calabozo (New York, 1959)

 

Los tornados me dan el viento que necesito

para tocar mi trompeta

 

Oh toque delicado que a vida eterna sabe

 

Y vi que por la ventana del calabozo

entraba un halo de luz y que en el aire

flotaba una Aparición fulgurante

 

(Son alucinaciones de la droga Dios mí­o)

 

Para ahuyentar al espectro tomé mi trompeta y toqué

 

Y mientras tocaba el rostro de la Aparición

tení­a una expresión como de éxtasis y dijo:

 

“La música callada la soledad sonora”

 

Sentí­ que me crecí­an alas en la espalda

y empecé a levitar

 

Entonces apareció un graffiti en lo alto de la pared

que decí­a:

 

Qué bien sé yo la fuente que mana y corre

aunque es de noche

 

Y la sangre que manaba de mi cabeza

por los golpes que me dio el policí­a

iluminó la celda y dejó de correr

 

alrededor de la medianoche

 

 

 

 

Eduardo Langagne

 

(México, 1952)

 

Ejecuciones

                                                            (Esta vez para Pablo Reyes,

                                                            componiendo “Baile de máscaras”)

 

 

en los saxofones anida un ave rara

picotea las llaves del instrumento

provocando

melodí­as extrañamente dulces

rechaza la vieja embocadura

argumentando olores rancios

y la cambia por un trozo de bambú

en el que viene escrita

la partitura que ejecuta por las noches

y el ave rara comienza a enceguecerse

cuando descubre que los ciegos

inventaron la música

y repite la misma melodí­a

sólo que más lento

tanto como su vuelo posterior hacia el paraguas

donde el ave decide que no llueva

para dormir como un cadáver terco

mientras los saxofones salen a la calle

a encajarle a la ciudad en plena cara

una música vieja

que recuerda el olor de las tabernas


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