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Tres poemas a la música y a la pintura por tres poetas colombianos



                                                            Juan Felipe Robledo

 

Poema-ofrenda a Alexander Borodin

 

El mundo, esa terca suma de aceite y rostros turbios,

se deshace en las ondas de una música que es gozoso llamado,

esperanza sin duelo ni azucenas,

caminar pausado por el centro del distante hogar que perfección llamamos.

Concedida a los austeros, a los que aman el bello dolor

(ya cubierta con su manto, piloto en ágil nave y caminante de recias sandalias),

la esquiva se ofrece a los que saben farfullar para cansados espí­ritus,

a los simples y a los orgullosos deletéreos.

Es en los acordes de esta música del buen médico de San Petersburgo

que empiezan a tejerse las rotas hebras del corazón.

 

 

 

 

                                                            Catalina González Restrepo

 

Fields of Gold

 

Entre extraños,

cuando perdemos la secuencia de los meses,

tomamos un calmante en vez de un trago

para recordar

y soñar cada noche con lo que pasó.

 

Tanto nos cuesta el aliento en esta ciudad

que enviamos cartas con mucho pegante

y lloramos a escondidas.

 

Saltamos de una canción a otra,

es luna llena y todo se ha agotado,

ya cenamos nuestra esperanza.

 

¿Cómo encaja esta música en el presente?,

¿es posible desligarla de esos dí­as?,

¿por qué no viene alguien a salvarnos?

 

Es inútil decir que la oí­mos desde hoy,

aquí­, en donde aún no somos nadie.

 

 

 

                                                            Santiago Espinosa

 

Interior au violon

 

Matisse le ha dado luces a un encierro

que no era la alegrí­a de la vida.

El negro abisal de una ventana entreabierta,

el violí­n en su estuche de oscuridad

incapaz de traducir las gradaciones del océano.

 

Similar a un sueño, cuesta entender

qué es el arriba o el abajo.

El esplendor de lo sencillo

sobre una superficie en reposo

donde no llega el invierno ni la muerte.

 

Por un momento podemos sentir

la vecindad de la palmera y las olas

imaginar que el violinista

se ha ido a la playa o a morir

y en el estudio ha quedado

toda la música del mundo.

 

Se necesita olvidar mucho para pintar de esta manera.

Aprender a mirar los objetos como umbrales

entre el fuego y la semilla

hasta hacer de la luz un niño que se asoma.

 

Mi padre heredó esta réplica. La imagen lo acompañó

en los mejores años de la vida.

Allí­ supe que él también quiso huir, antes de nosotros,

perderse en su mar, también que quiso hacer del interior

un espacio propicio para la música.

 

Miro este cuadro donde un sonido deslumbrante

está a punto de abrirse. Y es otra vez el mar

el que espera por nosotros, mi padre y yo,

es otra vez la música. Como un vací­o

que aún en la huida de los cuerpos

hace que triunfe el color sobre la gravedad y los dí­as.


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