TEXTOS

Anterior
Volver al inicio
Siguiente


Almácigo. Poemas inéditos de Gabriela Mistral. Publicados por Ediciones UC



La presente selección hace parte de un libro publicado por Ediciones UC. La edición y compilación estuvo al cuidado de Luis Vargas Saavedra.

 

                                                            Los siguientes poemas son de una sección que se llama América.

 

Ríos de América

 

Ríos de América corren mi cara,

eran mi sangre y son mi sangre,

el Magdalena, el Aconcagua,

Maullín y Usumacinta,

signo y seña de mis entrañas.

Mares ajenos, ríos extraños,

los navegué vuelta fantasma.

Aguas de América llevan mi cara,

llevan mi cuerpo, llevan mis miembros,

llevan deshecha mi garganta.

Aguas inmensas y aguas vanas,

dulces aguas sacerdotales,

aguas que quieren demorarse

pero corren a su nirvana.

Al mentarlas huello sus limos

y oigo el grito de una piragua.

Unos son sangres adolescentes,

otros son sangres amoratadas;

los hay de leche demetérica

o sin color como palabras.

Cuando las vuelvo a ver les grito

como a mi madre resucitada.

A sus orillas los oigo y me oigo.

Viejos amantes que otra vez hablan

y cruzan rápidos peces-quetzales,

deshacen y hácense algas trenzadas.

Cuando aparecen los reconocen

y saltan de ellos mis entrañas.

Brujas aguas que corren lentas,

lentas aunque vayan arrebatadas,

grandes, calladas y fatales

y secretas y reveladas.

Aguas de América, cuerpo de dioses

que pasaron y que no pasan.

 

 

 

 

Selva

 

La selva está naciendo

por más que es eterna.

Nunca se acabará

bulto que llaman selva.

 

Está como parada

y con la frente vuela.

Es de nadie o del indio,

la mala y santa selva.

 

Es verde, negra y verde

y sin color la selva.

La digo de ser indio

y de saberla entera.

 

Las que se llaman Madres

dicen están en ella:

está la Madre Fuego,

Madre Agua y Madre Ceiba.

 

Le lavó el río Amazonas

el cuerpo sangriento

y le secaron las ramas

los doce vientos.

 

A ninguno se dio.

Por virgen se la queman.

Al indio se le da

la dura que es la tierna.

 

Está lo que es mejor

que hombre y luz en ella,

están tantos misterios

que en noches espejea.

 

A ver si se la entienden

y a ver si me la dejan.

El blanco no merece

su techo de tristeza.

Si viene por el río,

mejor que se devuelva.

 

Las bestias que ella cría,

sus troncos aprietan

y el indio a quien la dieron,

si la ha de dar, la quema.

La selva que caminan

es cosa verdadera

con hálitos oscuros

se borra cuando llegan

o muda, y ellos siempre

se buscarán la selva.

 

Los blancos toma-todo,

que dejen la selva.

Cuando se acabe el indio,

al que la dieron, vuelvan.

 

 

 

 

Siesta en el trópico

 

A esta hora de sol sobre el Trópico

huelen fuerte cafeto y caña.

Tanto es el azul que no hay otra cosa,

tanto el mundo que, ¿para qué el alma?

 

El cafetal florido en lomas

llega a criaturas y casas.

E irrita de densa y molida

muriendo en las muelas, la caña.

 

Hay que hacer los cantos de aquí,

los de ultramar se desmigajan

con este azul y esta fragancia.

Hay que entender negros de zumo

y olvidarse robles por palmas

y hay que llevar, cuerpo del Sur,

la blusa del cafeto, blanca

y caminar grave y ligero:

cual camina quieta, la palma.

 

 

 

 

                                                            Los siguientes poemas hacen parte de una sección que se llama Oficios.

 

Albañiles

 

Los overoles vuelan en pájaros

y cosquilleando sus costados.

Suben ganados de perdidos

y con las espaldas hacia la tierra,

ven las nubes, ya no ven más.

 

En un momento todo pierden

y van azules de olvido y cielo.

Grito, no les voceen, no les echen.

Cierren los ojos, ahora y piérdanlos.

 

Van subiendo los albañiles,

van arañando los andamios.

La tierra y el aire los quieren,

haciéndolos pesados y luego ligeros.

 

La luz quiere, las nubes quieren

y quiere también su alma.

La Tierra otra vez los tiene.

 

Cuando bajen van a jugar

sus mujeres con sus cabellos

o les pedirán, como frutos,

los locos puntos cardinales.

 

Ya no tienen sus hombros ni sus cabellos.

Ya son pequeños como niños

la luz toman, la luz cazan.

Lleguen arriba, aunque no vuelvan.

 

Suben como devanaderas.

Los gestos que dan se deshacen,

de cielo gozan y llevan.

 

Parecen negras lanzadas

y viene de ellos la luz que sueltan.

Un poco más todavía. Un poco

y batiremos nuestros brazos.

 

Los andamios ahora bailan.

Los nadadores soltaron los remos.

Alabados sean sangre y alientos.

Jueguen la luz y jueguen el viento.

Toquen y prueben la fruta íntegra, el cielo

que ellos oían mamando su leche.

 

 

 

 

Canteros

 

Las piedras azules, las pardas

y las aleonadas cantan,

despeñadas de dos mil brazos,

caídas, postradas pero altas

todavía, pesadas como galápagos

y saurios, y más y más cantan.

 

Las descuajaron este día,

las lanzaron de mundo abajo,

las jadearon ciegos de polvo

y solo al caer las han visto.

 

Rosas, sienas y atigradas,

serviles, maduras y niñas,

garabateadas de sangre

y más enjutas que hueso

en el valle están tendidas

zarrapastrosas y Reinas.

 

Las piedras del valle mío

las que yo miraba y quería,

llenas de ojos sobre mi casa,

de desvaríos sobre mi sueño,

van bajando e irán subiendo,

bajando los cerros, subiendo al mortero.

 

No las rompan, no las majen,

no las hagan polvareda;

ni tumbadores ni cargadores

resucitan a las piedras.

 

Vayan cargándolas y llevándolas

a los que hacen con piedras delfines

y albatros llamados banderas

y espaldas de hombres y tallo de niño.

 

Donatello las vuelve en días

los Juan Bautistas que marchan sin muerte.

Los quechuas y los mayas les arrancan

a puñadas y a río los dioses.

 

Mata-piedras, degüella-cerros,

paren, oigan y entiendan las piedras.

De todos son y de ninguno

de nosotros para matarlas.

 

Vamos a ir de puerta en puerta

de los talleres, golpeando

y gritando pregón a sus dueños.

 

Despertados del estruendo

y el empellón en las puertas,

ellos se despiertan, ellos van a abrir

y a encontrar el ciclón de las piedras,

el tendal aleonado

y azulino de las Madres-Piedras

que aquí llegaron trayendo

sus cuerpos a cobrar su alma.

 

No son de los picapedreros,

tampoco de los canteadores

ni de Ángel Miguel que las resucite.

Madres-Piedras son de sí mismas,

son de amor y de dolor,

como era Antígona y era Cordelia

tú mi canteador, yo tu contadora.

 

 

 

 

 

Vea también: poemas de Gatos de Darío Jaramillo.


Noticia Biográfica


Gabriela Mistral (Vicuña, Chile, 1889 - Nueva York, Estados Unidos, 1957) fue una poeta ganadora del premio Nobel en 1945. Conocida por ser una de las autoras más importantes del siglo XX, publicó numerosas obras entre las que destacan Tala y Sonetos de la muerte. Vivió en varios paí­ses debido a su labor como diplomática y como profesora: Portugal, Estados Unidos, Guatemala, Brasil, Brasil, México e Italia. Ha sido traducidas a decenas de idiomas.



Articulos relacionados