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Orietta Lozano, poeta colombiana



Orfandad

 

En la orfandad del silencio

no espero la respuesta,

hurgo, como el águila hurga el aire de su vuelo,

porque la palabra que retorna,

es el cristal donde la luz restalla,

déjame decir en el solar del árbol,

dos sí­labas de pájaro temblando.

Acaso estás tan ausente en mis tendones,

tan herido de las yedras de mi pausa,

tan silencio en la espina dorsal de mis palabras,

tan ido de mi lado, tan éxodo por mí­,

tan encallado en mí­

como ramas temblando de granizo.

 

Y un dí­a, después del ayer y antes del mañana,

nos podamos encontrar

para arribar por siempre en la azul orilla

de la aurora.

Por ahora, sueño la tortuga

que arrastra la casa hacia su piedra,

los lobos en cardumen,

los peces en jaurí­a;

el cuerpo vuelto arcilla,

en la epidermis de la esfera.

 

Escribo

como se traza un mapa de membranas,

para que mi aurí­cula no se piense rota,

y mi hueso sacro no delire espera;

porque de migajas se hace el pan,

reclamando migajas, escribo

delante de nueve cartas que se juntan,

hacia atrás del tiempo en contraví­a,

a unas horas de regreso,

en las mañanas antiguas del futuro;

como la yedra que hoy se inicia

y empieza a recordarnos.

 

 

 

 

Huellas

 

Y el que era invisible a los ojos

también entró al cí­rculo y dijo

que ninguno se lave las manos

que nadie arroje la primera piedra.

Somos la jaurí­a en mitad del desierto

buscando para la sed el agua imposible

y para el hambre la carne desolada.

Aquí­ comienza y se cierra nuestra desesperación,

la que solemos mirar lánguidamente

en las arterias de los dí­as.

Que alguien revele la palabra primera

cada cual clama su decreto

y el otro no escucha la réplica ni el eco.

Tengamos un ojo de más

pues es tan peligroso

estar demasiado atento a uno mismo

como demasiado atento al otro….

La herida se hace clarividente, advenediza

el peso es también la ligereza

y detrás de la máscara,

otra máscara más.

Nuestros pliegues se contraen

nuestras alas se aligeran

nuestras garras se adhieren a la nada

nuestros nervios, esplendidez y vací­o

una nueva raza de astillas, de ruinas y de polvo,

el cí­rculo apenas se forma

en la orilla umbrí­a de los bosques.

Mutas, colmenas,

rastros de luz,

centelleo infinito del reflejo

que nos salva del derrumbe.

Silenciar la palabra

y su enferma confusión.

Condúceme hijo,

Guí­ame, padre,

aclárame la sombra

que se desflora en el vací­o,

en el ojo que contempla el caos.

Verbo y barro, fuego y agua

han entrado en el vací­o

que se configura

en la sigilosa huella que camina

por los siglos de los siglos.

 

 

 

 

Pensamiento

                                                            a Alejandra Pizarnik

 

Vengo del silencio,

mis ojos se secaron como el agua de hace siglos,

me lancé al vértigo de lo extraño y accesible

al final fantástico, al comienzo.

Senté a la muerte en mi silla paralela,

nos miramos y supimos que estábamos perdidas,

supimos de la cita misteriosa,

todo lugar era el exacto, cualquier hora la precisa.

Los hombres la miraban como una doncella condenada,

la contemplaban indecisos, la injuriaban,

y ella la de tantas muertes, se protegí­a el rostro

con mis manos,

ella siempre supo de mi sueño,

que la buscaba a lo largo de un pasillo,

en lo oscuro de una cueva,

en la geometrí­a de las casas;

y con el miedo de una niña pálida

que acude a su primera cita, a su primera muerte,

se aposentó en mi regazo suavemente,

buscando para su juego

el final fantástico, el comienzo.

 

 

 

 

Melancolí­a

 

Lí­quida, alabé las palabras en mi fuente.

¡Aleluya!

Una niña con alas de hojalata,

trae palabras de hojalata

que crujen de amargura,

palabras desnudas con dedos azules,

palabras que perdonan.

 

Las da de alimento a los corderos,

las hunde en la carne del rebaño,

les entierra un alfiler en las arterias,

las vuelve alga, barro, mariposa,

tristes en sus manos,

suaves en sus huesos,

oscuras, en su antifaz de pájaro,

luminosas, brillan como espadas,

caen como lluvia,

se dejan ver entre la niebla,

se arrojan como ráfagas

desde un puente o una nube,

y ante el tridente ansioso, aúllan.

 

A veces en el filo del cuchillo,

se encuentra una palabra arrodillada.

 

Palabras gusano de perlas en la ví­a láctea

iluminando,

cantáridas titubeantes,

anidan como eco solitario en el abismo.

La niña toma en sus manos,

el agua huérfana, que pide ser ángel,

que pide ser lámpara, que pide ser llave.

 

Cada palabra abrió su ojo,

vertió su luz.

 

 

Vea también: Fabiola Acosta: poeta colombiana


Noticia Biográfica


Orietta Lozano (Cali, Colombia). Ha sido Directora de la Biblioteca Municipal en la ciudad de Cali. Tiene ocho libros de poesí­a publicados: Fuego Secreto, Memoria de los Espejos, El Vampiro Esperado, Antologí­a Amorosa, El Solar de la EsferaPeldaí±os de Agua y Resplandor del abismo; Albacea de la luz, una novela: “Luminar” y un ensayo sobre Alejandra Pizarnik. Premio Nacional de Poesí­a Eduardo Cote Lamus. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés.



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