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4 poemas de El movimiento de la tierra de Santiago Espinosa



Interior au violon

 

Matisse le ha dado luces a un encierro

que no era la alegrí­a de la vida.

El negro abisal de una ventana entreabierta,

el violí­n en su estuche de oscuridad

incapaz de traducir las gradaciones del océano.

 

Similar a un sueño, cuesta entender

qué es el arriba o el abajo.

El esplendor de lo sencillo

sobre una superficie en reposo

donde no llega el invierno ni la muerte.

 

Por un momento podemos sentir

la vecindad de la palmera y las olas,

imaginar que el violinista

se ha ido a la playa o a morir

y en el estudio ha quedado

toda la música del mundo.

 

Se necesita olvidar mucho para pintar de esta manera.

Aprender a mirar los objetos como umbrales

entre el fuego y la semilla

hasta hacer de la luz un niño que se asoma.

 

Mi padre heredó esta réplica. La imagen lo acompañó

en los mejores años de la vida.

Allí­ supe que él también quiso huir, antes de nosotros,

perderse en su mar, también que quiso hacer del interior

un espacio propicio para la música.

 

Miro este cuadro donde un sonido deslumbrante

está a punto de abrirse. Y es otra vez el mar

el que espera por nosotros, mi padre y yo,

es otra vez la música. Como un vací­o

que aún en la huida de los cuerpos

hace que triunfe el color sobre la gravedad y los dí­as.

 

 

 

 

Urapanes

                                                            ...As one leaf passes its shudder

                                                            To another

                                                            Charles Simic

 

Dos árboles.

Tan cerca el

uno del otro

que las hojas

se estremecen.

 

Quisieran

haber sido

barcos,

en esta hora

en la que

todos

se marchan.

 

La savia

les duele

a lo largo

del tronco

 

arriba de los

ladridos y

las chimeneas.

 

Dicen que ya

estaban aquí­

antes del parqueadero

o el supermercado

pero también ellos

llegaron algún dí­a.

 

Trataron de ajustar

sus relojes cuando

el otoño se hizo

demasiado largo.

 

Árboles náufragos

con sus azules

llamaradas,

su juego de llaves

que no llevan

a ninguna puerta.

 

También ellos

secaron la tierra

para oscuros

navegantes.

 

Desplegaron una

sensualidad amarga,

pensada para otros

que no son los que

a diario circulan.

 

Alguien recordará

en sus ramas

un pueblito japonés

 

o un barco que

se eleva muy

lejos de las costas.

 

 

 

 

Fosa común

 

Te abres el pecho

largamente

y allí­ encuentras

 

              dos libros

 

casas que no alcanzaron

              su estatuto

              de moradas

 

el ojo de los dormidos

como un carbón

              bajo la niebla

 

sigue cavando

 

los rostros de tus abuelos

              amarillos

              por el cáncer

 

el uno era polí­tico

y soñaba con los trenes

 

el otro un músico

que le cantaba

a las luciérnagas

 

Montañas arrastradas

por un rí­o

              de voces

              pedregosas

 

y más abajo

              el mar,

 

ha sido inútil el arte

de cavar huellas.

 

Abrir un agujero

entre la hierba

y los

papeles

              dispersos

 

para mirar de nuevo

              las estrellas.

 

 

 

Oda a Celan

                                                            Sous le pont Mirabeau coule la Seine

                                                            Apollinaire

 

Fuimos al puente Mirabeau

para pagarte una promesa.

Las horas pasaban

sobre el Sena, las vidas

cada vez más diminutas

y más rápidas. Confiados,

pensando que un suicida

escogió el lado de la Torre,

que nada termina de caer,

arrojamos al agua

una moneda.

 

                                                                      Para Carolina Londoño


Noticia Biográfica


Santiago Espinosa (Bogotá, 1985) Crí­tico y poeta. Estudió Literatura y Filosofí­a en la Universidad de los Andes. Actualmente es profesor del Gimnasio Moderno de Bogotá donde coordina su Escuela de Maestros. Poemas y ensayos suyos han aparecido en diversas publicaciones de su paí­s y del exterior. Fue jefe de redacción del periódico La Hoja de Bogotá hasta su desaparición, en 2008. Escribe habitualmente para La Opera de Colombia y el Museo de Arte Moderno de Bogotá. En 2010 publicó Los ecos, su primer libro de poemas. Lo lejano, su segundo libro, fue publicado en Ecuador por El íngel Editor en Junio de 2015. En mayo la editorial Valparaí­so de Granada, Espaí±a, publicó su libro Escribir en la niebla, compilación de ensayos sobre 14 poetas colombianos.



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