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Louise Glück



A continuación presentamos una traducción de una selección de sus poemas por Marina Kohon.

 

Marina Kohon nació  en Mar del Plata en 1965,  Argentina.  Vivió algunos años en Neuquén y luego en Bahía Blanca, donde reside actualmente.  Es  profesora de inglés, poeta y traductora de poesía. Coordinó  un Club  de Lectura de Literatura Irlandesa del 2010 al 2013. Publicó los siguientes libros de poesía: La Ruta del Marfil, Alción (2012) y Banshee por Hemisferio Derecho (2013), de la Chacra al Cielo, plaqueta de poesía, Colectivo Semilla 2014. Tiene dos libros inéditos,  un poemario y uno de traducción de poesía. Administra el blog Ogham: Arte Celta Irlandés, Traducciones y Otros Hallazgos http://oghamirlanda.blogspot.com.ar/

 

 

 

 

Un Jardín de Verano

 

1

 

Varias semanas atrás descubrí una foto de mi madre

sentada al sol, su rostro sonrojado como por el logro o el triunfo.

El sol brillaba. Los perros

estaban durmiendo a sus pies donde el tiempo dormía también,

calmo y estático como en todas las fotografías.

 

Saqué el polvillo del rostro de mi madre.

Ciertamente el polvillo cubría todo; me parecía la persistente

confusión de la nostalgia que protege todas las reliquias de la infancia.

En el fondo, una variedad de muebles de jardín, árboles y arbustos.

 

El sol bajó en el cielo, las sombras se agrandaron y oscurecieron.

Cuanto más polvillo sacaba, más crecían esas sombras.

El verano llegó. Los niños

se inclinaban sobre el cerco de las rosas, sus sombras

se fundían con los sombras de las rosas.

 

Una palabra vino a mi cabeza, nombrando

este movimiento y cambio, estos borrones

que ahora eran obvios-

 

Aparecía y rápidamente desaparecía.

¿Era ceguera u oscuridad, peligro, confusión?

 

El verano llegó, luego el otoño. Las hojas cambiando,

los niños, puntos brillantes en una mezcla de bronce y siena.

 

 

2

 

Cuando me recuperé un poco de esos acontecimientos,

coloqué la foto como la había encontrado

entre las páginas de un antiguo libro,

muchas de sus partes habían sido escritas

en los márgenes, algunas veces en palabras, pero más a menudo

en vivaces preguntas y exclamaciones

que significaban “estoy de acuerdo” o “me siento inseguro, confundido-”,

 

La tinta se desvanecía. Aquí y allá no podía decir

qué pensamientos le venían al lector

pero a través de las manchas como moretones podía sentir

la urgencia, como si hubieran caído lágrimas.

 

Tomé el libro por un tiempo

era Muerte en Venecia (traducido)

Había anotado la página en caso de que, como creía Freud,

nada fuera un accidente.

 

Así la pequeña fotografía

fue enterrada otra vez, como el pasado es enterrado en el futuro.

En el margen había dos palabras,

unidas por una flecha: “esterilidad” y más abajo “olvido”-

 

“y a él le pareció que el pálido y adorable

convocante allí afuera, le sonreía y llamaba con un gesto”

 

 

3

 

Qué quieto está el jardín.

Ninguna brisa ondula el cerezo silvestre;

el verano ha llegado.

 

Qué quieto está

ahora que la vida ha triunfado. Las rústicas

 

columnas de los sicomoros

soportan los inmóviles

estantes de follaje,

 

el césped debajo

frondoso, iridiscente-

 

Y en el medio del cielo,

el dios presuntuoso.

 

Las cosas son, él dice. Son, no cambian;

la respuesta no cambia.

 

Qué silencioso está, tanto el escenario

como el público, el respirar

parece una intromisión.

 

Él debe estar muy cerca;

no hay sombras en el pasto.

 

Qué quieto está, qué silencioso,

como una tarde en Pompei.

 

 

4

 

Beatrice llevó a los niños al parque en Cedarhurst.

El sol brillaba. Aviones

pasaban una y otra vez por encima, pacíficos, porque la guerra había terminado.

 

Era el mundo de su imaginación;

lo verdadero o falso no tenía importancia.

 

Recién lustrado y brillante-

así era el mundo. El polvillo

no había irrumpido aún sobre la superficie de las cosas.

 

Los aviones pasaban, una y otra vez, con rumbo

a Roma y a París- no podías llegar allí

a menos que volaras por sobre el parque. Todo

debe atravesarlo, nada puede detenerse-

 

Los chicos se daban las manos, se inclinaban

para oler las rosas.

Tenían cinco y siete años.

 

Infinito, infinito-esa

era su percepción del tiempo.

Ella se sentó en un banco, un poco escondida entre los robles.

A lo lejos, el miedo se aproximaba y partía;

de la estación de trenes venía su sonido.

 

El cielo era rosa y naranja, más viejo porque el día había terminado.

 

No había viento. El día

proyectaba sombras de roble sobre el pasto verde.

 

 

***

 

 

A Summer Garden

 

1

 

Several weeks ago I discovered a photograph of my mother

sitting in the sun, her face flushed as with achievement or triumph.

The sun was shining. The dogs

were sleeping at her feet where time was also sleeping,

calm and unmoving as in all photographs.

 

I wiped the dust from my mother’s face.

Indeed, dust covered everything; it seemed to me the persistent

haze of nostalgia that protects all relics of childhood.

In the background, an assortment of park furniture, trees and shrubbery.

 

The sun moved lower in the sky, the shadows lengthened and darkened.

The more dust I removed, the more these shadows grew.

Summer arrived. The children

leaned over the rose border, their shadows

merging with the shadows of the roses.

 

A word came into my head, referring

to this shifting and changing, these erasures

that were now obvious—

 

it appeared, and as quickly vanished.

Was it blindness or darkness, peril, confusion?

 

Summer arrived, then autumn. The leaves turning,

the children bright spots in a mash of bronze and sienna.

 

 

2

 

When I had recovered somewhat from these events,

I replaced the photograph as I had found it

between the pages of an ancient paperback,

many parts of which had been

annotated in the margins, sometimes in words but more often

in spirited questions and exclamations

meaning “I agree” or “I’m unsure, puzzled—”

 

The ink was faded. Here and there I couldn’t tell

what thoughts occurred to the reader

but through the bruise-like blotches I could sense

urgency, as though tears had fallen.

 

I held the book awhile.

It was Death in Venice (in translation);

I had noted the page in case, as Freud believed,

nothing is an accident.

 

Thus the little photograph

was buried again, as the past is buried in the future.

In the margin there were two words,

linked by an arrow: “sterility” and, down the page, “oblivion”—

 

“And it seemed to him the pale and lovely

summoner out there smiled at him and beckoned…”

 

 

3

 

How quiet the garden is;

no breeze ruffles the Cornelian cherry.

Summer has come.

 

How quiet it is

now that life has triumphed. The rough

 

pillars of the sycamores

support the immobile

shelves of the foliage,

 

the lawn beneath

lush, iridescent—

 

And in the middle of the sky,

the immodest god.

 

Things are, he says. They are, they do not change;

response does not change.

 

How hushed it is, the stage

as well as the audience; it seems

breathing is an intrusion.

 

He must be very close,

the grass is shadowless.

 

How quiet it is, how silent,

like an afternoon in Pompeii.

 

 

4

 

Beatrice took the children to the park in Cedarhurst.

The sun was shining. Airplanes

passed back and forth overhead, peaceful because the war was over.

 

It was the world of her imagination:

true and false were of no importance.

 

Freshly polished and glittering—

that was the world. Dust

had not yet erupted on the surface of things.

 

The planes passed back and forth, bound

for Rome and Paris—you couldn’t get there

unless you flew over the park. Everything

must pass through, nothing can stop—

 

The children held hands, leaning

to smell the roses.

They were five and seven.

 

Infinite, infinite—that

was her perception of time.

 

She sat on a bench, somewhat hidden by oak trees.

Far away, fear approached and departed;

from the train station came the sound it made.

 

The sky was pink and orange, older because the day was over.

 

There was no wind. The summer day

cast oak-shaped shadows on the green grass.

 

 

 

 

Madre e Hijo

 

Somos todos soñadores; no sabemos quiénes somos.

 

Alguna máquina nos hizo, máquina del mundo, la familia constrictora.

Luego de nuevo al mundo, lustrados por suaves látigos.

 

Soñamos; no recordamos.

 

Máquina de la familia: pelaje oscuro, bosques del cuerpo de la madre.

Máquina de la madre: ciudad blanca dentro de ella.

 

Y antes de eso: tierra y agua.

Musgo entre las rocas, trozos de hojas y pasto.

 

Y antes, células en una gran oscuridad.

Y antes de eso, el mundo velado.

 

Es por eso que naciste: para silenciarme.

Células de mi madre y padre, es vuestro turno

de ser fundamental, ser la obra maestra.

 

Improvisé, nunca recordé.

Ahora es tu turno de ser conducida,

sos la que demanda saber:

 

¿Por qué sufro? ¿Por qué soy ignorante?

Células en una gran oscuridad. Alguna máquina nos hizo

 

Es su turno de abordarlo, volver a preguntar

¿para qué existo? ¿para qué existo?

 

***

 

Mother and Child

 

We’re all dreamers; we don’t know who we are.

 

Some machine made us; machine of the world, the constricting family.

Then back to the world, polished by soft whips.

 

We dream; we don’t remember.

 

Machine of the family: dark fur, forests of the mother’s body.

Machine of the mother: white city inside her.

 

And before that: earth and water.

Moss between rocks, pieces of leaves and grass.

 

And before, cells in a great darkness.

And before that, the veiled world.

 

This is why you were born: to silence me.

Cells of my mother and father, it is your turn

to be pivotal, to be the masterpiece.

 

I improvised; I never remembered.

Now it’s your turn to be driven;

you’re the one who demands to know:

 

Why do I suffer? Why am I ignorant?

Cells in a great darkness. Some machine made us;

it is your turn to address it, to go back asking

what am I for? What am I for?

 

                                                            De The Seven Ages (The Ecco Press, 2001)

 

 

 

 

Una fábula

 

Dos mujeres con

el mismo reclamo

acudieron a los pies

del sabio rey. Dos mujeres,

pero sólo un bebé.

El rey sabía

que alguien mentía.

Lo que él dijo fue

Cortemos al pequeño

en dos; así

ninguna se irá

con las manos vacías. Desenfundó

su espada.

Luego, de las dos

mujeres, una

renunció a su parte:

esta fue

la señal, la lección.

Imagínate

que vieras a tu madre

desgarrada entre dos hijas:

qué podrías hacer

para salvarla sino estar dispuesta a

destruirte- ella sabría

quién es la hija justa,

la que no soportaría

dividir a la madre.

 

***

 

A Fable

 

Two women with

the same claim

came to the feet of

the wise king. Two women,

but only one baby.

The king knew

someone was lying.

What he said was

Let the child be

cut in half; that way

no one will go

empty-handed. He

drew his sword.

Then, of the two

women, one

renounced her share:

this was

the sign, the lesson.

Suppose

you saw your mother

torn between two daughters:

what could you do

to save her but be

willing to destroy

yourself—she would know

who was the rightful child,

the one who couldn’t bear

to divide the mother.

 

                                                            De Ararat (The Ecco Press, 1990)

 

 

 

 

All Hallows

 

Even now this landscape is assembling.

The hills darken. The oxen

sleep in their blue yoke,

the fields having been

picked clean, the sheaves

bound evenly and piled at the roadside

among cinquefoil, as the toothed moon rises:

 

This is the barrenness

of harvest or pestilence.

And the wife leaning out the window

with her hand extended, as in payment,

and the seeds

distinct, gold, calling

Come here

Come here, little one

 

And the soul creeps out of the tree.

 

***

 

Todos los Santos

 

Aún ahora este paisaje se está ensamblando.

Las colinas se oscurecen.  Los bueyes

duermen en su yugo azul,

Los campos han sido

rebañados,  los fardos

atados  en proporción y apilados entre potentillas

al costado del camino  mientras que la luna dentada se eleva:

 

Éste es el vacío

de la cosecha o pestilencia.

Y la esposa asomándose por la ventana

con su mano extendida, como en pago,

y las semillas

perceptibles,  oro, llamando

Ven aquí,

Ven aquí, pequeño.

 

Y el alma se desliza desde el árbol.

 

                                                            De The First Four Books of Poems (The Ecco Press, 1999)

 

 

 

 

 

Parábola de los Cisnes

 

En un pequeño lago

perdido en el mundo, dos

cisnes vivían. Como todos los cisnes,

pasaban ochenta por ciento del día estudiándose

a sí mismos en el agua atenta y

veinte por ciento asistiendo a su amado. Así,

su fama de amantes radica

principalmente en el narcisismo, que deja

tan poco tiempo libre para

salidas más plenas. Pero

el destino tenía otros planes: después de diez años , dieron

con aguas pantanosas;  cualquiera que fuera la basura, se

ciñó al plumaje del macho, que se volvió

instantáneamente gris; al mismo tiempo,

se reveló el verdadero propósito

del diseño flexible de su cuello. Tanta

acción en el lago plano, ¡tanto

él ha perdido! Más tarde o más temprano en una larga

vida juntos, toda pareja  se encuentra

en una emergencia como ésta, algún

drama que resulta

en daño. Ésto

ocurre por una razón: testear

el amor y demandar

expresión fresca de sus términos complejos.

Así se puso de manifiesto que el macho y la hembra

volaron bajo diferentes banderas: mientras

el macho creyó que el amor

era lo que él sentía en su corazón

la hembra creyó

que el amor era lo que uno hacía. Pero ésta no es

una pequeña historia sobre la corrupción

intrínseca del macho, usando como evidencia la ruin

definición de pureza del cisne. Es

una historia de astucia e inocencia. Por diez años

la hembra estudió al macho, ella coqueteaba

cuando él dormía  o estaba

oportunamente ensimismado en el agua,

mientras que el macho espontáneo

actuaba con desenfado según

el capricho del momento. En el agua pantanosa

discutían por algún tiempo, bajo la luz que palidecía,

hasta que la pelea se volvía lentamente

abstracta, formando

parte de su canción

después de un rato.

 

***

 

Parable of the Swans

 

On a small lake off

the map of the world, two

swans lived. As swans,

they spent eighty percent of the day studying

themselves in the attentive water and

twenty percent ministering to the beloved

other. Thus

their fame as lovers stems

chiefly from narcissism, which leaves

so little leisure for

more general cruising. But

fate had other plans: after ten years, they hit

slimy water; whatever the filth was, it

clung to the male’s plumage, which turned

instantly gray; simultaneously,

the true purpose of his neck’s

flexible design revealed itself. So much

action on the flat lake, so much

he’s missed! Sooner or later in a long

life together, every couple encounters

some emergency like this, some

drama which results

in harm. This

occurs for a reason: to test

love and to demand

fresh articulation of its complex terms.

So it came to light that the male and female

flew under different banners: whereas

the male believed that love

was what one felt in one’s heart

the female believed

love was what one did. But this is not

a little story about the male’s

inherent corruption, using as evidence the swan’s

sleazy definition of purity. It is

a story of guile and innocence. For ten years

the female studied the male; she dallied

when he slept or when he was

conveniently absorbed in the water,

while the spontaneous male

acted casually, on

the whim of the moment. On the muddy water

they bickered awhile, in the fading light,

until the bickering grew

slowly abstract, becoming

part of their song

after a little longer.

 

                                                            De Meadowlands (The Ecco Press, 1997)


Noticia Biográfica


Louise Glück (Nueva York 1943). Es autora de numerosos libros de poesía, más recientemente, Faithful and Virtuous Night (Farrar, Straus y Giroux, 2014), que ganó el Premio Nacional del Libro 2014 en Poesía; Poems 1962-2012 (Farrar, Straus y Giroux, 2012); A Village Life: Poems (Farrar, Straus y Giroux, 2009); Averno (Farrar, Straus y Giroux, 2006), finalista del Premio Nacional del Libro 2006 en Poesía; Las siete edades (Ecco Press, 2001); y Vita Nova (Ecco Press, 1999), ganadora del Premio de Poesía Bingham de Boston Book Review y el Premio del Libro de Poesía del New Yorker. En 2004, Sarabande Books lanzó su poema de seis partes "Octubre" como un libro de capítulos. Mereció el Pulitzer por su libro The Wild Iris (1992). 



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