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Cuatro poemas de Marilyn Hacker



*Traducido por Yanina Audisio (Argentina, 1983). Licenciada en Psicología y Magíster en Salud Pública. Escribe poesía y narrativa. Recientemente publicó el poemario La noche en los perros (Expreso Nova Ediciones, Buenos Aires, 2013). Realiza traducciones de poesía en lengua inglesa y corrige textos literarios. Colabora con diversas páginas y blogs de literatura. Coordina el grupo Las Puntas del Clavo en Buenos Aires. Su poemario La boca y su testigo, de próxima edición, ha sido premiado en el 7mo Concurso de Cuento y Poesía “Adolfo Bioy Casares”, organizado por la Municipalidad de Las Flores, Provincia de Buenos Aires.

 

 

 

Pantoum*

                                                                  for Fadwa Soleiman

 

Said the old woman who barely spoke the language:

Freedom is a dream, and we don’t know whose.

Said the insurgent who was now an exile:

When I began to write the story I started bleeding.

 

Freedom is a dream, and we don’t know whose—

that man I last saw speaking in front of the clock tower

when I began to write the story? I started bleeding

five years after I knew I’d have no more children.

 

That man I last saw speaking in front of the clock tower

turned an anonymous corner and disappeared.

Five years after I knew I’d have no more children

my oldest son was called up for the army,

 

turned an anonymous corner and disappeared.

My nephew, my best friend, my second sister

whose oldest son was called up for the army,

are looking for work now in other countries.

 

Her nephew, his best friend, his younger sister,

a doctor, an actress, an engineer,

are looking for work now in other countries

stumbling, disillusioned, in a new language.

 

A doctor, an actress, an engineer

wrestle with the rudiments of grammar

disillusioned, stumbling in a new language,

hating their luck, and knowing they are lucky.

 

Wrestling with the rudiments of grammar,

the old woman, who barely speaks the language,

hated her luck. I know that I am lucky

said the insurgent who is now an exile.

 

***

 

Pantoum

                                                                  Para Fadwa Soleiman

 

Dijo la vieja que apenas hablaba el idioma:

La libertad es un sueño, y no sabemos de quién.

Dijo el insurgente que ahora estaba en el exilio:

Cuando comencé a escribir la historia, empecé a sangrar.

 

La libertad es un sueño, y no sabemos de quién,

ese hombre que vi por última vez hablando frente a la torre del reloj

¿cuando comencé a escribir la historia? Empecé a sangrar

cinco años después de saber que yo no tendría más niños.

 

Ese hombre que vi por última vez hablando frente a la torre del reloj

dobló por una esquina anónima y desapareció.

Cinco años después de saber que yo no tendría más niños

mi hijo mayor fue llamado al ejército,

 

dobló por una esquina anónima y desapareció.

Mi sobrino, mi mejor amigo, mi segunda hermana

cuyo hijo mayor fue llamado al ejército,

ahora están buscando trabajo en otros países.

 

Su sobrino, su mejor amigo, su hija más joven,

un médico, una actriz, un ingeniero

ahora están buscando trabajo en otros países

tropezando, desilusionados, con otro idioma.

 

Un médico, una actriz, un ingeniero

luchan con los rudimentos de la gramática,

desilusionados, tropezando con otro idioma,

odiando su suerte y sabiendo que son afortunados.

 

Luchando con los rudimentos de la gramática,

la vieja que apenas habla el idioma,

odia su suerte. Sé que soy afortunado

dijo el insurgente que ahora está en el exilio.

 

*Pantoum es un estilo de versificación de origen malayo, popularizado en Occidente por Víctor Hugo. Consiste en una serie de cuartetos en los que el segundo y cuarto verso de cada estrofa se reproducen exactamente en el primer y tercer verso de la siguiente.

 

 

 

 

Morning News

 

Spring wafts up the smell of bus exhaust, of bread

and fried potatoes, tips green on the branches,

repeats old news: arrogance, ignorance, war.

A cinder-block wall shared by two houses

is new rubble. On one side was a kitchen

sink and a cupboard, on the other was

a bed, a bookshelf, three framed photographs.

 

Glass is shattered across the photographs;

two half-circles of hardened pocket bread

sit on the cupboard. There provisionally was

shelter, a plastic truck under the branches

of a fig tree. A knife flashed in the kitchen,

merely dicing garlic. Engines of war

move inexorably toward certain houses

 

while citizens sit safe in other houses

reading the newspaper, whose photographs

make sanitized excuses for the war.

There are innumerable kinds of bread

brought up from bakeries, baked in the kitchen:

the date, the latitude, tell which one was

dropped by a child beneath the bloodied branches.

 

The uncontrolled and multifurcate branches

of possibility infiltrate houses’

walls, windowframes, ceilings. Where there was

a tower, a town: ash and burnt wires, a graph

on a distant computer screen. Elsewhere, a kitchen

table’s setting gapes, where children bred

to branch into new lives were culled for war.

 

Who wore this starched smocked cotton dress? Who wore

this jersey blazoned for the local branch

of the district soccer team? Who left this black bread

and this flat gold bread in their abandoned houses?

Whose father begged for mercy in the kitchen?

Whose memory will frame the photograph

and use the memory for what it was

 

never meant for by this girl, that old man, who was

caught on a ball field, near a window: war,

exhorted through the grief a photograph

revives. (Or was the team a covert branch

of a banned group; were maps drawn in the kitchen,

a bomb thrust in a hollowed loaf of bread?)

What did the old men pray for in their houses

 

of prayer, the teachers teach in schoolhouses

between blackouts and blasts, when each word was

flensed by new censure, books exchanged for bread,

both hostage to the happenstance of war?

Sometimes the only schoolroom is a kitchen.

Outside the window, black strokes on a graph

of broken glass, birds line up on bare branches.

 

“This letter curves, this one spreads its branches

like friends holding hands outside their houses.”

Was the lesson stopped by gunfire? Was

there panic, silence? Does a torn photograph

still gather children in the teacher’s kitchen?

Are they there meticulously learning war-

time lessons with the signs for house, book, bread?

 

***

 

Noticias matutinas

 

La primavera lleva el olor de los gases del colectivo, del pan

y las papas fritas, puntas verdes en las ramas,

repite noticias viejas: arrogancia, ignorancia, guerra.

Una pared de ladrillos de cemento compartida por dos casas

es un nuevo escombro. De un lado estaba la pileta

de la cocina y una alacena, del otro estaba

la cama, la biblioteca, enmarcadas tres fotografías.

 

El vidrio está destrozado sobre las fotografías,

dos medios círculos de pan de pita endurecido

posados en la alacena.  Había provisoriamente

refugio, un camión de plástico bajo las ramas

de una higuera. Un cuchillo brilló en la cocina,

picando ajo simplemente. Las máquinas de la guerra

se acercan inexorablemente a ciertas casas

 

mientras los ciudadanos están sentados a salvo en otras casas

leyendo el diario, sus fotografías

dan excusas saneadas para la guerra.

Hay innumerables tipos de pan

traídos desde las panaderías, horneados en la cocina:

la fecha, la latitud, di cuál de ellos

dejó caer el niño bajo las ensangrentadas ramas.

 

Las descontroladas y múltiples ramas

de la posibilidad infiltran las paredes,

los marcos de las ventanas, los techos de las casas. Donde había

una torre, un pueblo, ceniza y cables quemados, un gráfico

en una lejana pantalla de computadora. En otra parte, la mesa

de una cocina se abre, los niños criados

para bifurcarse en nuevas vidas fueron eliminados por la guerra.

 

¿Quién vistió este vestido fruncido y almidonado? ¿Quién vistió

esta camiseta con la insignia de la rama local

del equipo de fútbol del distrito? ¿Quién dejó este pan negro

y este chato pan dorado en sus casas abandonadas?

¿El padre de quién rogó por piedad en la cocina?

La memoria de quién encuadrará la fotografía

y usará la memoria por lo que

 

nunca se supuso sería para esta niña, esa anciana, quien fue

sorprendida en un campo de batalla, cerca de la ventana: guerra,

animada a través de la pena una fotografía

revive. (¿O fue el equipo una rama encubierta

de un grupo perseguido; los mapas dibujados en la cocina,

una bomba incrustada en una barra de pan hueca?)

¿Por qué rezaron los viejos en sus templos

los maestros enseñaron en sus escuelas

entre apagones y explosivos, cuando cada palabra era

desollada por una nueva censura, los libros canjeados por pan,

ambos rehenes del suceso de la guerra?

A veces la única aula es la cocina.

Fuera de la ventana, golpes negros en un gráfico

de vidrios rotos, los pájaros se alinean en desnudas ramas.

 

“Esta carta se curva, ésta extiende sus ramas

como amigos tomados de las manos afuera de sus casas”.

¿Se detuvo la lección por el tiroteo? ¿Hubo

pánico, silencio? ¿Una fotografía rasgada

todavía reúne a los niños en la cocina del maestro?

¿Están allí aprendiendo meticulosamente la guerra,

lecciones con los signos para casa, libro, pan?

 

 

 

 

Rune Of The Finland Woman

                                                                  For Sára Karig

 

                                                                  “You are so wise,” the reindeer said, “you can bind the winds of the world in a single strand.”

                                                                  —H. C. Andersen, “The Snow Queen”

 

 

She could bind the world’s winds in a single strand.

She could find the world’s words in a singing wind.

She could lend a weird will to a mottled hand.

She could wind a willed word from a muddled mind.

 

She could wend the wild woods on a saddled hind.

She could sound a wellspring with a rowan wand.

She could bind the wolf’s wounds in a swaddling band.

She could bind a banned book in a silken skin.

 

She could spend a world war on invaded land.

She could pound the dry roots to a kind of bread.

She could feed a road gang on invented food.

She could find the spare parts of the severed dead.

 

She could find the stone limbs in a waste of sand.

She could stand the pit cold with a withered lung.

She could handle bad puns in the slang she learned.

She could dandle foundlings in their mother tongue.

 

She could plait a child’s hair with a fishbone comb.

She could tend a coal fire in the Arctic wind.

She could mend an engine with a sewing pin.

She could warm the dark feet of a dying man.

 

She could drink the stone soup from a doubtful well.

She could breathe the green stink of a trench latrine.

She could drink a queen’s share of important wine.

She could think a few things she would never tell.

 

She could learn the hand code of the deaf and blind.

She could earn the iron keys of the frozen queen.

She could wander uphill with a drunken friend.

She could bind the world’s winds in a single strand.

 

***

 

Runa de la mujer de Finlandia

                                                                  Para Sára Karig

 

                                                                  “Tú eres muy sabia,” dijo el reno, “puedes atar todos los vientos del mundo con un simple hilo”.

                                                                  —H. C. Andersen, “La reina de las nieves”

 

 

Ella podía atar los vientos del mundo con un simple hilo.

Ella podía encontrar las palabras del mundo en el canto del viento.

Ella podía prestar una voluntad ajena a una mano manchada.

Ella podía envolver la palabra deseada para una mente confusa.

 

Ella podía andar por los bosques silvestres en una cierva ensillada.

Ella podía hacer sonar una fuente con una vara de fresno.

Ella podía vendar las heridas del lobo en una faja envolvente.

Ella podía encuadernar un libro prohibido en una piel suave.

 

Ella podía pasar una guerra mundial en territorio invadido.

Ella podía machacar las raíces secas para hacer una especie de pan.

Ella podía alimentar a una cuadrilla de prisioneros con comida inventada.

Ella podía encontrar las partes dispersas de los muertos desmembrados.

 

Ella podía encontrar de los bordes de la piedra en un baldío de arena.

Ella podía aguantar el frío de la mina con un pulmón atrofiado.

Ella podía dominar los juegos de palabras en la jerga que aprendiera.

Ella podía mecer a los huérfanos en su lengua materna.

 

Ella podía trenzar el cabello de un niño con un peine de hueso de pez.

Ella podía hacer un fuego de carbón en el viento del Ártico.

Ella podía reparar un motor con un alfiler de costura.

Ella podía calentar el pie oscuro de un hombre moribundo.

 

Ella podía tomar sopa de piedra de una fuente dudosa.*

Ella podía respirar la verde fetidez de una letrina de trinchera.

Ella podía beber la ración de una reina de un vino inolvidable.

Ella podía pensar algunas cosas que jamás diría.

 

Ella podía aprender el código de manos de los sordos y ciegos.

Ella podía ganarse las llaves de hierro de la reina helada.

Ella podía vagar cuesta arriba con un amigo borracho.

Ella podía atar los vientos del mundo con un simple hilo.

 

*N de la T.: Sopa de piedra hace referencia a una leyenda europea. Relata la historia de un grupo de viajeros que al llegar a un pueblo en un momento de hambruna preparan una sopa con una piedra mágica. Al sentir el aroma, los pobladores contribuyen con ciertos ingredientes que según los cocineros mejorarían la cocción y, de ese modo, la sopa acaba siendo una donación colectiva que se comparte con todos los miembros del pueblo.

 

 

 

 

A braid of garlic

 

Aging women mourn while they go to market,

buy fish, figs, tomatoes, enough today to

feed the wolf asleep underneath the table

who wakes from what dream?

 

What but loss comes round with the changing season?

He is dead, whom, daring, I called a brother

with that leftover life perched on his shoulder

cawing departure.

 

He made one last roll of the dice. He met his

last, best interlocutor days before he

lay down for the surgery that might/might not

extend the gamble.

 

What they said belongs to them. Now a son writes

elegies, though he has a living father.

One loves sage tea, one gave the world the scent of

his mother’s coffee.

 

Light has shrunk back to what it was in April,

incrementally will shrink back to winter.

I can’t call my peregrinations ‘exile,’

but count the mornings.

 

In a basket hung from the wall, its handle

festooned with cloth flowers from chocolate boxes,

mottled purple shallots, and looped beside it,

a braid of garlic.

 

I remember, ten days after a birthday

(counterpoint and candlelight in the wine-glass),

how the woman radiologist’s fingers

probed, not caressing.

 

So, reprise (what wasn’t called a ‘recurrence’)

of a fifteen-years-ago rite of passage:

I arrived, encumbered with excess baggage,

scarred, on the threshold.

 

Through the mild winter sun in February,

two or three times weekly to Gobelins, the

geriatric hospital where my friend was

getting her nerve back.

 

At the end of elegant proofs and lyric,

incoherent furious trolls in diapers.

Fragile and ephemeral as all beauty:

the human spirit –

 

while the former journalist watched, took notes and

shocked, regaled her visitors with dispatches

from the war zone in which she was embedded,

biding her time there.

 

Now in our own leftover lives, we toast our

memories and continence. I have scars where

breasts were, her gnarled fingers, these days, can hardly

hold the pen steady.

 

Thousands mourn him, while in the hush and hum of

life-support for multiple organ failure,

utter solitude, poise of scarlet wings that

flutter, and vanish.

 

***

 

Una ristra de ajos

 

Las mujeres maduras hacen el duelo mientras van al mercado,

compran pescado, higos, tomates, suficiente para

alimentar hoy al lobo dormido bajo la mesa

¿quién despierta de qué sueño?

 

¿Pero qué pérdida retorna con la estación que cambia?

Él está muerto, a quien, atrevida, llamé un hermano

con aquella vida restante colgada de su hombro

graznando partida.

 

Él hizo una última tirada de dados. Conoció su

último, mejor interlocutor días antes de

acostarse para la cirugía que podría/no podría

prolongar la apuesta.

 

Lo que dijeron les pertenece. Ahora un hijo escribe

elegías, a pesar de que tiene un padre vivo.

Uno ama el té de salvia, uno le dio al mundo el aroma del

café de su madre.

 

La luz se ha reducido a lo que era en Abril,

progresivamente se reducirá de vuelta al invierno.

No puedo llamar “exilio” a mis peregrinaciones,

pero cuentan las mañanas.

 

En una canasta colgada de la pared, su asa

adornada con flores de tela de las cajas de chocolate,

escalonias con manchas moradas, y enlazada a su lado

una ristra de ajo.

 

Recuerdo, diez días después de un cumpleaños

(contrapunto y luz de vela en la copa de vino),

cómo los dedos de la radióloga

examinaron, sin acariciar.

 

Entonces, repetición (lo que no fue llamado una “recurrencia”)

de un rito de pasaje de hace quince años:

Llegué, entorpecida por el exceso de equipaje,

con cicatrices, al umbral.

 

A través  del templado sol de invierno en Febrero,

dos o tres veces semanalmente hacia Gobelins, el

hospital geriátrico donde mi amiga estaba

tratando el nervio de su espalda.

 

Al final de pruebas elegantes y letras,

incoherentes duendes furiosos en pañales.

Frágil y efímera es toda belleza:

el espíritu humano

 

mientras la ex periodista observaba, tomaba notas y

estupefacta, agasajó a sus visitantes con reportajes

de la zona de guerra en la que fue incorporada,

haciendo tiempo allí.

 

Ahora en nuestras vidas restantes, brindamos por nuestras

memorias y continencia. Tengo cicatrices donde

había senos, los nudosos dedos de ella, estos días, apenas pueden

sostener el bolígrafo.

 

Miles hacen el duelo por él, mientras el silencio y el murmullo del

soporte artificial para fallo orgánico múltiple,

soledad absoluta, equilibra las alas escarlatas que

aletean, y se esfuman.


Noticia Biográfica


Marilyn Hacker (Nueva York, 1942) es poeta, traductora, crí­tica y editora. Se ha desempeñado como profesora de escritura creativa en diversas universidades, tales como Columbia University, Hofstra University, City College of New York, State University of New York. Ha sido galardonada con numerosos premios literarios por su obra poética y de traducción, a saber: National Book Award, PEN Award for Poetry in Translation, Robert Fagles Translation Prize from the National Poetry Series, PEN/Voelcker Award for Poetry. Entre sus poemarios, se destacan Presentation Piece (1974), Separations (1976), Love, Death, and the Changing of the Seasons (1986), Going Back to the River (1990) y Desperanto (2003).



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