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Un hombre hundido: poemas de Leonardo Belvedere



 

 

 

 

Colibríes encendidos

 

                                                                                           para Marina Tsvetáyeva, i.m.

 

Te sirvo un plato de sopa humeante 

una caricia para ablandar el pan duro de la mirada 

una invitación a cavar otra trinchera.

 

Veo las bocas de plomo, 

los soles de la ira, las guerras 

que se tragaron tus amapolas.

 

Tomaste el látigo de tinta, 

marchaste hiriendo la nieve, 

cicatrizaste en la estepa.

 

Te describo la paz de una cumbre 

con la misma libertad 

con que la muerte doblega.

 

 

 

 

S.O.S. Sobre la playa

 

Ayúdame a quitar la sal del mar.

Escóndeme tus pasos en la arena

para no hallar tus perfumes.

 

Recuérdame permanecer lejos de Dios,

detrás de esta escena

donde ocultamos el ardor.

 

Enséñame a encontrar mi cuerpo.

Dime que cantaremos juntos, dime

cómo silbar los miedos

cómo esquilar este rebaño de palabras.

 

Ayúdame a no necesitarte.

 

 

 

 

Noche en el atelier

 

Celeste, detrás de las nubes, se quedó sin cielo.

Rojo, despojó la vergüenza de las mejillas,

salió corriendo.

Amarillo, oculto en los campos,

no advirtió la fuga.

Verde, sobre las hojas,

cayó en el tedio.

Se mezclan, chorrean

de la paleta.

 

Lila, su color favorito,

me trajo remanso y amor.

 

 

 

 

El nuevo rostro o la forma de la partida

 

Nunca el río se pareció tanto al mar:

sobre un lienzo agitado,

resisto la búsqueda de su cuerpo.

“Quedémonos de la misma orilla”,

canta un cardenal en mi pecho.

Con ciudades de oro adentro,

parte hacia esa ilusión de hormigón

donde el sol se desmaya

y los pájaros se desorientan.

 

Un broche recoge su cabello

y en su nuca la tarde va pintada.

Se aleja, pierdo sus ojos,

pero gano sus huellas.

Los juncos se preguntan

si lo lograremos.

 

Mientras camina,

se funden bajo sus pies

tesoros y despojos.

 

 

 

 

Conversación con la vela

 

―¿Renuncias al reposo para contemplarme?―pregunta la vela.

―De alguna manera tengo que habitarme―le respondo.

―¿Buscas esconder alguna esperanza en mí?.

―De los dos, eres la única que puede cavilar con grandeza.

―¡Y conquistarte sin poseerte!―me increpa la vela.

―En mis ojos flameas como un estandarte de esta penumbra. No hay caminos, a tientas nos reunimos en tu pupila de serpiente―le digo.

―¡Calma, solo soy un objeto familiar!

―¿Quién te tira de los pelos almita infernal y allí te mantiene sin quemarse los dedos?

―Dardos de silencio como plaga te rozan sin notarlo―agrega la vela.

―¡Aquí todo es contorno de un edén desdichado!―le explico.

―Serás un paseante inútil―se burla.

―¡Llama perfecta!―la alago.

―Rodeada de sombra―me corrige.

―¡Bendita eres entre todos los reflejos!

―Sí, bendita, pero más sola.

―¿Por qué dejas tu vida en manos del tiempo?

―Aún así, perezco joven.

―Dime toda la verdad, te suplico.

―Mi columna se incinera. Es mi elección la que te alumbra.

―Dilo todo y partiré…

―No hay remedio. Te extinguirás conmigo.


Noticia Biográfica


Leonardo Belvedere. La Plata, Argentina, 1974. Poeta y artista plástico. Estudió Restauración de Obras de Arte en la Escuela Nacional de Cerámica y Restauración de Pintura en Caballete en el Museo Quinquela Martín. Ha expuesto, entre otras salas, en el Centro Cultural Borges. Sus poemas aparecieron por primera vez en el libro Homenaje a Oliverio Girondo (Buenos Aires, 2015).



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