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Enrique Winter, poeta chileno



                                                                                 De Atar las naves

 

Maestranza

 

Bajo la superficie de los mares hay espacios en blanco.

Las crestas de las olas alcanzan caracteres que sólo imprimen en mareas altas.

Estas dos hojas diarias se suman a otros mundos y nuestra Vía Láctea lee.

Los juzga a todos malos, los arruga y los lanza. Los agujeros negros: pura tinta perdida.

 

 

 

Soltar la cuerda

 

Nunca aprendimos a saltar la cuerda. Mis padres la olvidaron en el bazar de Presidente Errázuriz dos nueve cero uno.

Al techo del lugar sigue amarrada, balanceando a mi abuelo.

 

 

 

                                                                                                                                                                                                     De Rascacielos

 

Arreboles en Quezaltepeque

 

Llevo el mareo de escolar que espera a su rival del callejón o del que cuenta con los dedos las décimas de nota que le faltan

los mismos dedos que en las sábanas deshechas buscan ese cuerpo ido como si el blanco fueran teclas de un piano que resiste

la ducha helada antes del trabajo cruzando en camioneta por la arena

donde yacen los muertos del partido recostados y hermosos en su caos

como el naranjo de la tarde pintado por las fábricas el morado del pómulo escolar y los pañuelos de la despedida

que se enarbolan cual bandera: ser silla firme y mesa un comedor de multitienda dándose forma con las manos.

 

 

 

Un plato

 

Cuando uno pasa la temporada sin relaciones sexuales todas las que tuvo antes, varias de novela escurren como restos de comida al fregar los platos. Y ese plato limpio nada dice de los comensales ni de lo cenado. Nada de su capacidad de contener una sopa o una carne nueva.

 

 

 

                                                                         De Guía de despacho

 

Arquitectura                                                                               0096

 

Esto          

         la caja de zapatos donde vivo la caja de zapatos donde vive mi padre. 

Dos zapatos izquierdos.

 

–Cuando chica quería ser artista, veterinaria o astronauta. –Yo arquitecto (me mira y no me cree). Mi papá me llevó a la construcción algunos sábados. A mí me encantaba. Una vez le pregunté en qué consistía su trabajo. Me dijo que el arquitecto (primera vez que oía esa palabra y me sonó importante de inmediato, como archiduque) imaginaba el edificio y que la pega de él consistía en que simplemente no se cayera. Un trabajo que sólo imaginaba lugares me pareció extraordinario. No así la opaca labor del padre. Los lugares imaginados se le comunicaban con dibujos. Y a eso dediqué mi infancia, a dibujarle rascacielos y chozas.

 

La pega de mi papá consiste en que no se caigan.

 

 

 

Soles                                                                                       0098

Un sol, la dicha sorprende a la mesera que recibe la propina cual dios del mismo nombre.

Un sol rojo en la playa, píxel en el ojo de una foto digital que no debimos sacarnos, interrumpido por líneas de nube (las cataratas) y la tele del bus, polvo que impide otros polvos en un desierto que ningún pasajero reclama, inadvertido el mar (el iris).

El bus auspicia la negra carretera que corta el arrebol, una camiseta que sería de rangers si estuviera en mi tierra y no donde ninguna construcción se ha terminado para eludir impuestos o mirar las estrellas, apenas cubiertas por la ropa interior colgada y flameando: camisetas de un equipo pequeño visitando el estadio de la masa tevita. La rueda del triciclo armando un taco, este sol tres cuartos en el agua su reflejo, más la pantalla del bus que ese ojo rojo.

Una vez me dijeron que era un sol.

Y si para tocar el sol bastaba poner el dedo chico en la primera cuerda luego del do, siempre enseñaron mejor el anular, voltearlos como el cartel –cerrado– en los boliches y me dan ganas de contarles cuál es el cambio de sol a peso, pero la tasa es otra (juego de manos y muecas) cuando la pronuncio en la guitarra.

En el cielo despejado no hay puntos de referencia para decir cerca o lejos.

Mejor que venga el sol, que trague a quienes lo permiten apenas quince días retribuyendo el año de maltratos (era gratis, gratuito, gratis, gratis). Con el color ladrillo de las casas sin terminar (ya, casi todas) dorado el oro, el día, el hombre no la plata, la luna, la mujer (acaso la pantalla o bien la dicha de la mesera que recibe la propina cual dios del mismo nombre). Las decenas de veces que intentamos la foto con la puesta de sol, la espera por revelar un rollo que nos presentaría negros de nuevo, tapando un rojo inentendible.

En la ciudad que habito yo decido si me alimento, si me abrigo, si miro mis pisadas cuando vuelva. Quien decide afuera es el sol, si crece algo de comer, si muero de hipotermia o transpiro. Le rezaría a él antes que a nadie:

yema de huevo de campo derramada en mar la copa no del galán de la tele sí de los espectadores.

La clara previa a revolverse es una nube y el cielo cubre la paila. El ruido de ese aceite recuerda al de las olas cuando se está en el mar y no con la conchita en el oído, a regadores cuando empapan, y

las películas nos robaron hasta el atardecer. El bus nos ha robado el viaje.

Al sol lo construyeron jornaleros como los de este bus, que ni lo miran ahora que la energía puede inventarse en otros soles, que no los broncearán aunque se juren invitados.

Difícil adorar a un único sol cuando ya existe la palabra soles y uno no sabe si vio el mismo ayer (cambiaron el camino y la abrazada) cuando al camino le salieron brotes y a la que amamos, el fruncido ceño las decenas de veces que intentamos la foto con la puesta de sol, la espera por revelar un rollo que nos presentaría negros de nuevo, tapando un rojo inentendible como el del ojo en tomas digitales. Acaso quede el puro rojo que ven los cerrados cuando al sol, delgados pájaros de interferencia.

La terramoza (qué palabra) dice que para una mejor visión de la película se cierren las cortinas.

 

 

 

Muñoz                                                                                          0126

Como quien carga un maremoto y por silenciarlo mira con desprecio a quien no carga alguno o no lo silencia,                              el día que la vuelva a ver veré expectativas y no esperanza, la poca mandíbula, anchura de hombros, planicie de pechos, gordas las caderas, un termómetro y no el termostato.

Diré –ya no le tengo ganas–. ¿Y es que deseo algo ahora que para iluminarnos no hace falta el fuego?

Con la memoria de las yemas digitaré sus poros podremos hacerlo con vista al mar, pero lo hacíamos en el mar y con lluvia, rodillas en la calle, afuera los duraznos, adentro del funicular, boca abajo sobre la mesa de una pirámide. Una serie de postales disueltas en agua, láminas del álbum, guías de despacho:

la gota de tortura china     cava inocente en la cabeza del condenado     un agujero hacia la muerte.     Una gota de agua. Muñoz es quien repite la sentencia     mientras tiembla su vaso al tacto de otras manos     –el miembro de tortura china cava inocente en este pubis     de condenada un agujero hacia la muerte–     una película que lleva cuatro horas, la pareja sentada, las piernas en un lazo     deletrean el muro. Un guijarro guarda esa falta de greda.

No quita la sed mi negra, pues lo deseado no llena el cuerpo de esta botella y si lo cubre es por mientras. Un envase vacío de boca ancha, al que lo cargan bolsas o sellan tapas. O sellan tapas sí, que se acumulan después de tanta rosca en la basura. Quedo solo de envase no retornable.                                                                  Me esperará si llego tar- desde ella me demoro y me daré cuenta: con el atraso la perpetúo como el deseo en los vestidos largos o en años sin decirse. El mar arriba el cielo abajo. Una ciudad se incendia o se abandona y entran cenizas por el techo. Ella de pie y al lago tembloroso lo cubren pétalos: la alfombra donde acostar la orilla, que apenas por llevar sus nombres hayamos sido aquéllos. Lo deseado no llena esta botella sólo la arropa como una bolsa o una tapa.

El trueque de las ganas (color mascar la guinda saborear y molerla, sonidos pareci- dos pasajes de ida) por el alivio del primer foco en una carretera a oscuras (podremos hacerlo con vista al mar, pero lo hacíamos en el mar).

Un foco no es un paradero, los buses aceleran sin mí, pegado en cómo lo alguna vez deseado ya no existe, pues lo deseado muta.

Y uno no.

 

 

 

De Lengua de señas

 

CEDÍA QUE LA PALABRA es una cosa y si es una cosa lo más probable es que sea como la oreja una herida

o esos paréntesis     entre la ceja y la pestaña para lo visto

cómo confiar en un aceite así de transparente y claro luego de sopaipillas pasadas y empanadas fritas las papas y refritas

cedía que la palabra es un encierro narrado con aire

entonces solo caben dos opciones para la palabra maltrecha y devaluada porque esto se trata de cuánto compra                                  o de mirar las nubes en la luna y decir a qué se parecen       creaturas de mar carroza con caballos       un jinete con una herida en la cabeza       bordes de cinta adhesiva recién quitada       del aviso     se arrienda bajo el influjo del alcohol la lluvia

la primera opción aislar las venas que la irrigan presionando pulgares sacar todo lo que no sea la herida misma                              pus cuchillos y sellarla con un parche curita por ejemplo para que deje de sangrar y no moje ni se lea ya como herida la palabra se piense un parche como cualquier otro los miles de parches producidos por los niños de china

otro respondía que no que la sal pica pimienta y la salpica aquí verde y ají del gas por tubería al fuego en la sartén saltan las sales sobre la herida que no sana

cuando se escribe con condón pero quién querrá leerlo cuando llegue raja del trabajo

 

 

 

 

en esta esquina la palabra del poder                          y en esta otra el poder de la palabra

                                                                  la segunda opción es abrirla ensancharla más allá de la carne haciendo un océano de ese punto rojo nadar crol en ella hasta más adentro gritando en cada boqueo estilo mariposa de donde el cuerpo supiera que estaba herido traspasarlo si es posible dejar a la sangre de los peces brotando en oleadas que pasen por ahí hasta por casualidad rumbo a otros miembros que la requieran algas incluso por las calles submarinas un maremoto que por la herida abierta de la palabra manen todas las palabras una sobre otra mojando hasta los cerros tan opacas que no se viera el rojo volviéndose el café de grano de los troncos por capas y leerlas todas horizontales como paisajes y verticales retratos del fracaso pasional porque nadie lee menos un graznido de pájaro viniendo a la tierra revuelta cuando es maleza aún y nada en la sangre hasta aletearla amarilla del aromo y del aroma de la azul herida el arma y presagia a un extraño en el gimnasio de la muerte

pero lo de aislarla lo cedía sinceramente como opción

                                      palabra                                       blanca y hueso

                                      fuera                                       del cuerpo la                                       noche amanece

                                      limpia como la hija                                       en el primer día de clases

                                      parche en la boca                                       ambas palabras un castigo                                       una herida la segunda

                                      a lavársela con jabón                                       diciéndolo

sin lectura ni más sangre de la prometida por ella como herida otro respondía que no que somos mucha gente y más los lugares sin gente

 

 

 

 

y ojo el grano del papel ha enterrado el resto de los sentidos arrastrando la quinua y el cuscús fuera de donde estira la toalla

cedía devolverle a los poros lo que las palabras les robaron     el mundo nada menos si no me toco un pie con el otro no sé si estoy descalzo     devolvérselo en uso de las mismas palabras vida para las lenguas manos narices y orejas muertas vida a través de su propio asesino                                                              con perdón sin olvido

los agujeros en la piel para que entre el día pulsando en los tapones                            la sombra sobre la palabra sombra me engaña la creo un doblez del libro de anatomía     traducir así páginas transparentes de órganos huesos piel una sobre otra al tacto tácito                          cuando invoca un recuerdo es que lo crea

había perdido la sana costumbre de ponerle nombre a las cosas que quiero

que la palabra deje de llegar tarde a ellas     a puro nombrarlas con los ojos y solo ven un lugar a la vez       cuántos seres sabrán que hoy es domingo que el amaretto del helado ya está en la almendra

y la chorrea     la almendra anticipando el sol como las flores del aromo cabecita de aromo me cedía también cachancho si es una cooosa     exclama cuando le parezco tier

no nombraron colores los antiguos en rojo negro y blanco aglutinaron los que vieron     importa si mate o brillante si seco o húmedo

no tomaron piscola los antiguos y un hielo en la piscola parece un ojo de los tuyos nunca olvido una cara

      esto que escribo     viajó al futuro     en que se lee y para hacerlo     es al pasado     donde viajas

a mi pasado no al de los antiguos pero nada es tan espantoso como quien lo cuenta cree que es

la nostalgia un cuchillo de cocina                                                            o la mancha que limpias con el dedo                                                            y ya no está en el dedo ni en la mesa

cedía que el fin es el fracaso pero el fracaso no es el fin el ánfora pecera el macetero las cajas de herramientas costureros

cuántas cosas existen que no necesitamos para decirte cuánto vales requiero números y puntos comas y aquí no hay

que la calle me calle entre lo que las cosas dicen y yo     golpeo de ventanas     y nada más podría leer del soplo si es que apago la música o se mete entre lo que las cosas dicen y

 

  

HABÍAN DOS NIÑITOS así comenzaban los chistes que inventaba mi hermano no contaba chistes los inventaba y yo lo interrumpía por fome a uno de los niñitos siempre le pasaba algo se caía por ejemplo y yo le explicaba por qué era fome cuando andaba de ánimo le cedía la ausencia de gracia

y teníamos un tío el rey arturo alias julín serra porque julín serra era el rey de los delantales un fabricante de uniformes para asesoras del hogar y a mi tío le decían julín serra el rey de los delantales no por empresario sino porque amó a todas las nanas y princesas de este barrio y del otro hasta la noche de su muerte

yo lo recuerdo solo una tarde en que sembró el crataegus o espino pero él dijo crataegus y quedó como cratehue para mi madre para mí y dentro del jugo con mucho hielo que le mojaba la barba al tío flaco sin pega estable escuchando los chistes fomes de mi hermano y riéndose de buena gana

me cerraba un ojo como diciéndome que lo cachaba el chiste era fome como le cerró un ojo a mi hermano en el único recuerdo que él tiene del mismo tío viniendo tarde a la iglesia                               cerrar un ojo hasta cerrar los dos pero antes reírse de buena gana con los chistes de mi hermano como nunca nadie lo había hecho                                                             e inventar otros signos de exclamación bocas abiertas dientes de leche había dos niñitos y uno cualquier cosa decía el tío era más chistoso que la cresta eran cochinos los chistes y mi madre jugaba el rol de censurarlo haciendo que nos riéramos más

a los diecisiete años de muerto mi tío murió julín serra y como sucede con todos los dueños llovieron obituarios le escribí un poema a mi tío peor que los chistes de mi hermano porque no pensé en mi hermano y ahora son veintitrés los años y uno solo el recuerdo con mi tío versionando sus chistes                                            había dos niñitos demasiado tarde aprendí que yo era el otro

 

 

 

MÚSCULO MÚSICO DEL OJO TIENE mis ojos no por igualitos digo

los ojos mismos los dos míos higo verde los vulva ella y cerca viene

a saludarme con un beso en cara y despedirse quién diría en boca

yo estaba aquí cuando llegué le aclaro mojado porque ando a pie y ya nadie

brinda techos más largos que su muro

y eso     es un colchón o una galaxia pregunto en el pasillo cuando indico

esas líneas cruzadas yo sin ojos en la pared y son las líneas líneas

si no les da por retratar personas  

 

 

HERE IS WHAT IT IS

                                     inherited candelabras guard a clock and the mirror that frames them shows us where we come from                           the entrance door     also monkeys hung from the rush matting and metallic lamp

     what’s happening and what’s not

register the wait when clothes give space to the body one misses a bit the clothes as much as the body when months later gives space to the air

the gentleman in the portrait stares at the death of a mexican general in the painting beside him

and could also appear in the plastic lamp’s sunset black and white as another sunset in the biggest photo

that reflects the curtains ready to fly                                                                   and the outside   ***   LO QUE VES ES LO QUE ES

                                                  candelabros heredados cuidan un reloj y el espejo que los enmarca muestra de dónde venimos                                  la puerta de entrada     los monos también cuelgan de la esterilla y la lámpara metálica

     lo que está pasando y lo que no

regístrese la espera cuando la ropa da paso al cuerpo se echa un poco de menos la ropa quizás tanto como el cuerpo cuando meses después da paso al aire

el caballero en el retrato mira y mira la muerte del general mexicano en la pintura contigua

y podría aparecerse en la tarde blanquinegra de la lámpara plástica o en otro atardecer la foto grande

refleja las cortinas listas para el vuelo                                                                    y lo de afuera

 

 

 


Noticia Biográfica


Enrique Winter (Santiago de Chile, 1982) ha publicado en diez países los poemarios Atar las naves, Rascacielos (traducido como Skyscrapers), Guía de despacho y Lengua de señas (como Sign Tongue), y el disco Agua en polvo, reunidos en Primer movimiento, Código civil, De ruidos para construcción y orquesta, Nunca aprendimos a saltar la cuerda, Puste spacje, Suns y Oben das Meer unten der Himmel, además de la novela Las bolsas de basura. Traductor de antologías de Charles Bernstein y Philip Larkin, ha recibido los premios Víctor Jara, Nacional de Poesía y Cuento Joven, Nacional Pablo de Rokha y Goodmorning Menagerie Chapbook-in-Translation, entre otros. Fue editor de Ediciones del Temple y abogado. Magíster en Escritura Creativa por NYU, coordina el diplomado de la PUCV y es escritor residente de la Sylt Foundation, de la Künstlerhäuser Worpswede y de la Universidad de los Andes, en Bogotá.



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