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Aurelio Arturo: una invitación a habitar el Sur



                                                                       “Todo espacio realmente habitado

                                                               lleva como esencia la noción de la casa”

                                                            Gaston Bachelard, La poética del espacio.

                                               

 

 

El verbo ‘habitar’ encarna una relación esencial con el espacio, con sus geometrías íntimas, con las imágenes de un mundo que es morada, refugio, albergue, para ser uno con el universo. Sabemos, por Bachelard, que para ‘habitar’ se necesita “elasticidad en el ensueño” (Bachelard, 2000, p. 62); es decir que, en esa relación donde el universo es visto como casa, operan la imaginación y lo onírico, sumados a la sensación de amparo, para que las imágenes se adhieran y se fijen en los recuerdos. Estamos de acuerdo con Octavio Paz en que “la analogía vuelve habitable al mundo” (Paz, 1990, p. 102), y con la visión del espacio de Mircea Eliade, cuando dice que “todo territorio que se ocupa con el fin de habitarlo o de utilizarlo como «espacio vital» es previamente transformado de «caos» en «cosmos»; es decir que, por efecto del ritual, se le confiere una «forma» que lo convierte en real” (Eliade, 1985, p. 18).

 

Se va de lo pequeño a lo grande, el cuerpo de la madre es nuestra primera morada, luego, cuando tomamos forma, nuestro cuerpo, “prisión de carne” (Vallejo, 2003, p. 16)[1], nos aloja sin posibilidad de escape. El espacio se ensancha a medida que crecemos; al decir de Rilke, “el espacio nos supera y traduce las cosas” (Rilke, 1924; citado por Bachelard, 2000, p. 176). Los “valores de albergue son tan sencillos, se hallan tan profundamente enraizados en el inconsciente que se les vuelve a encontrar más bien por una simple evocación, que por una descripción minuciosa”, dice Bachelard. (Bachelard, 2000, p. 34).

 

Entonces, la contemplación y la evocación son los mecanismos detonadores que despliegan las imágenes de los espacios vividos, la conciencia de protección, la lejanía de toda noción de hostilidad. El espacio ‘habitado’ por Aurelio Arturo en su obra poética es “el Sur”, un sur diferente en cada caso, pero, de cualquier manera, cercano al paraíso. Veamos la descripción que hace Julio César Goyes del “Sur” de Aurelio Arturo:

 

Nariño es un espacio geográfico al sur de Colombia que crece en los contornos estribales del Nudo de los Pastos. Región Andina de montañas y bosques intensos, de cañones y abismos abruptos. En el Sur los ríos surgen desde sitios lejanos donde rumoran los contrarios en una unidad distinta y los caminos conducen a aquellos cielos poblados de hojas, pájaros y estrellas. En el Sur la realidad está próxima al misterio, la naturaleza al encantamiento. El viento riega huellas hacia la infancia que canta en la noche amable y poderosa. (Goyes, 1997, p. 10)

 

Se podría trazar, plano por plano, recuerdo tras recuerdo, la cartografía de los espacios vividos desde la niñez, de nuestra infancia y la infancia del mundo. Arturo regresa al paraíso que habita en su memoria, porque allí se ubica el punto de encuentro de los recuerdos amados. En su poética, se pueden observar tres espacios significativos: el mundo (como cosmos o universo), la casa (como lugar de la infancia y los recuerdos), y la intimidad (el espacio interior donde la memoria y el silencio se funden con la naturaleza).

 

La espacialidad es uno de los aspectos de marcada importancia en “Morada al Sur” de Arturo. La cartografía de este poema parte de lo macro para llegar hasta lo micro. En cuanto a los espacios de lo macro, podemos nombrar en primera instancia la noche, “las noches mestizas” de donde se desprende una narración en la que se transita por América y Colombia, hasta llegar al “Sur” que hace alusión a su tierra natal y, por supuesto, a la casa de la infancia. Veamos el poema:

 

En las noches mestizas que subían de la hierba,                                                     

jóvenes caballos, sombras curvas, brillantes,

estremecían la tierra con su casco de bronce.

Negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro.

Después, de entre grandes hojas, salía lento el mundo.                               (5)

La ancha tierra siempre cubierta con pieles de soles.

(Reyes habían ardido, reinas blancas, blandas,

sepultadas dentro de árboles gemían aún en la espesura).

Miraba el paisaje, sus ojos verdes, cándidos.

Una vaca sola, llena de grandes manchas,                                                   (10)

revolcada en la noche de luna, cuando la luna sesga,

es como el pájaro toche en la rama, "llamita", "manzana de miel".

El agua límpida, de vastos cielos, doméstica se arrulla.

Pero ya en la represa, salta la bella fuerza,

con majestad de vacada que rebasa los pastales.                                         (15)

Y un ala verde, tímida, levanta toda la llanura.

El viento viene, viene vestido de follajes,

y se detiene y duda ante las puertas grandes,

abiertas a las salas, a los patios, las trojes.

Y se duerme en el viejo portal donde el silencio                                         (20)

es un maduro gajo de fragantes nostalgias.

Al mediodía la luz fluye de esa naranja,

en el centro del patio que barrieron los criados.

(El más viejo de ellos en el suelo sentado,

su sueño, mosca zumbante sobre su frente lenta).                                       (25)

No todo era rudeza, un áureo hilo de ensueño

se enredaba en la pulpa de mis encantamientos.

Y si al norte el viejo bosque tiene un tic-tac profundo,

al sur el curvo viento trae franjas de aroma.

(Yo miro las montañas. Sobre los largos muslos                                         (30)

de la nodriza, el sueño me alarga los cabellos).

 

II

Y aquí principia, en este torso de árbol,

en este umbral pulido por tantos pasos muertos,

la casa grande entre sus frescos ramos.

En sus rincones ángeles de sombra y de secreto.                                         (35)

En esas cámaras yo vi la faz de la luz pura.

Pero cuando las sombras las poblaban de musgos,

allí, mimosa y cauta, ponía entre mis manos,

sus lunas más hermosas la noche de las fábulas.

* * *

Entre años, entre árboles, circuida                                                               (40)

por un vuelo de pájaros, guirnalda cuidadosa,

casa grande, blanco muro, piedra y ricas maderas,

a la orilla de este verde tumbo, de este oleaje poderoso.

En el umbral de roble demoraba,

hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito,                                       (45)

el alto grupo de hombres entre sombras oblicuas,

demoraba entre el humo lento alumbrado de remembranzas:

Oh voces manchadas del tenaz paisaje, llenas

del ruido de tan hermosos caballos que galopan bajo

asombrosas ramas.                                                                                        (50)

Yo subí a las montañas, también hechas de sueños,

yo ascendí, yo subí a las montañas donde un grito

persiste entre las alas de palomas salvajes.

* * *

Te hablo de días circuidos por los más finos árboles:

te hablo de las vastas noches alumbradas                                                    (55)

por una estrella de menta que enciende toda sangre:

te hablo de la sangre que canta como una gota solitaria

que cae eternamente en la sombra, encendida:

te hablo de un bosque extasiado que existe

sólo para el oído, y que en el fondo de las noches pulsa                              (60)

violas, arpas, laúdes y lluvias sempiternas.

Te hablo también: entre maderas, entre resinas,

entre millares de hojas inquietas, de una sola hoja:

pequeña mancha verde, de lozanía, de gracia,

hoja sola en que vibran los vientos que corrieron                                        (65)

por los bellos países donde el verde es de todos los colores

los vientos que cantaron por los países de Colombia.

Te hablo de noches dulces, junto a los manantiales, junto a los cielos,

que tiemblan temerosos entre alas azules:

te hablo de una voz que me es brisa constante,                                            (70)

en mi canción moviendo toda palabra mía,

como ese aliento que toda hoja mueve en el sur, tan dulcemente,

toda hoja, noche y día, suavemente en el sur.

 

III

En el umbral de roble demoraba,

hacía ya mucho tiempo, mucho tiempo marchito,                                       (75)

un viento ya sin fuerza, un viento remansado

que repetía una yerba antigua, hasta el cansancio.

Y yo volvía, volvía por los largos recintos

que tardaba quince años en recorrer, volvía.

Y hacia la mitad de mi canto me detuve temblando,                                               (80)

temblando temeroso, con un pie en una cámara

hechizada, y el otro a la orilla del valle

donde hierve la noche estrellada, la noche

que arde vorazmente en una llama tácita.

Y a la mitad del camino de mi canto temblando                                          (85)

me detuve, y no tiembla entre sus alas rotas,

con tanta angustia, un ave que agoniza, cual pudo,

mi corazón luchando entre cielos atroces.

 

IV

Duerme ahora en la cámara de la lanza rota en las batallas.

Manos de cera vuelan sobre tu frente donde murmuran                              (90)

las abejas doradas de la fiebre, duerme.

El río sube por los arbustos, por las lianas, se acerca,

y su voz es tan vasta y su voz es tan llena.

Y le dices, repites: ¿Eres mi padre? Llenas el mundo

de tu aliento saludable, llenas la atmósfera.                                                 (95)

-Soy el profundo río de los mantos suntuosos.

Duerme quince años fulgentes, la noche ya ha cosido

suavemente tus párpados, como dos hojas más, a su follaje negro.

* * *

No eran jardines. No eran atmósferas delirantes. Tú te acuerdas

de esa tierra protegida por un ala perpetua de palomas.                              (100)

Tantas, tantas mujeres bellas, fuertes, no, no eran

brisas visibles, no eran aromas palpables, la luz que venía

con tan cambiantes trajes, entre linos, entre rosas ardientes.

¿Era tu dulce tierra cantando, tu carne milagrosa, tu sangre?

Todos los cedros callan, todos los robles callan.                                          (105)

Y junto al árbol rojo donde el cielo se posa,

hay un caballo negro con soles en las ancas,

y en cuyo ojo líquido habita una centella.

Hay un caballo, el mío, y oigo una voz que dice:

"Es el potro más bello en tierras de tu padre".                                             (110)

* * *

En el umbral gastado persiste un viento fiel,

repitiendo una sílaba que brilla por instantes.

Una hoja fina aún lleva su delgada frescura

de un extremo a otro extremo del año.

"Torna, torna a esta tierra donde es dulce la vida".                                      (115)

 

V

He escrito un viento, un soplo vivo

del viento entre fragancias, entre hierbas

mágicas; he narrado

el viento; sólo un poco de viento.

Noche, sombra hasta el fin, entre las secas                                                  (120)

ramas, entre follajes, nidos rotos —entre años—

rebrillaban las lunas de cáscara de huevo,

las grandes lunas llenas de silencio y de espanto.

 

(Arturo, s.f., www.banrepcultural.org)

 

Cuando Aurelio Arturo habla de su “Morada al Sur”, de la “casa grande”, detalla las diferentes estancias, las puertas, las salas, el portal, los patios, el umbral, los rincones, los materiales con que ha sido construida, “blanco muro, piedra y ricas maderas” (42), y recuerda, como entre sueños, el “umbral de roble” (44) gastado por el tiempo, los “largos recintos” (78), la “cámara / hechizada” (81-82). Así, la casa de la infancia de Arturo conserva su penumbra en el corazón. Esta “tierra donde es dulce la vida” (115) nos brinda “a un tiempo imágenes dispersas y un cuerpo de imágenes”, donde se revela “la función primera de habitar” (Bachelard, 2000, p. 27). Nos recuerda los versos de Milosz (s.f.; citado por Bachelard, 2000, p. 58), en su poema “Mélancolie”: “Yo digo madre mía, y pienso en ti, ¡oh Casa! / Casa de los bellos y oscuros estíos de mi infancia”. Incluso la sangre que “canta” nos es revelada como un espacio íntimo. Rilke ya lo había dicho: “Por todos los seres se despliega el espacio único, el espacio íntimo en el mundo...” (Rilke, s.f.; citado por Bachelard, 2000, p. 177).

 

La analogía: memoria de la unidad primigenia

 

La búsqueda de la unidad, de la consonancia con el universo y la reconquista del paraíso perdido son constantes en el hombre, heredadas por la nostalgia del tiempo de la infancia. En palabras del mexicano Octavio Paz, el tiempo de la poesía es “el tiempo antes del tiempo, el de la «vida anterior» que reaparece en la mirada del niño, el tiempo sin fechas” (Paz, 1990, p. 71), un tiempo “balsámico” al cual podemos regresar a través de la operación poética, pues, según el mismo autor, gracias a esta, “las palabras vuelven a su naturaleza primera”, para reconquistar su plenitud y readquirir “sus perdidos significados y valores”, dado que “el poema nos hace recordar lo que hemos olvidado: lo que somos realmente” (Paz, 1993, p. 109), al ser “mediación entre una experiencia original y un conjunto de actos y experiencias posteriores que sólo adquieren coherencia y sentido con referencia a esa primera experiencia que el poema consagra” (Paz, 1993, p. 186). Es en este sentido que hablamos de la analogía como memoria de la unidad primigenia.

 

En El arco y la lira, Paz expone que “la analogía es el reino de la palabra como, ese puente verbal que, sin suprimirlas, reconcilia las diferencias y las oposiciones”. Además, dice que “la analogía es el lenguaje del poeta”, es decir que esta “concibe al mundo como ritmo” (Paz, 1990, p. 103). Su propuesta colige que, si “el universo es un texto o tejido de signos, la rotación de esos signos está regida por el ritmo”. De esta manera, “el mundo es un poema” y, a su vez, “el poema es un mundo de ritmos y símbolos”, por lo que “correspondencia y analogía no son sino nombres del ritmo universal.” (Paz, 1990, p. 97).

 

Este “regresar a su ser original” es el que nos interesa indagar en la poética de Aurelio Arturo, un autor que recobra su reino extraviado, su lugar de privilegio en la naturaleza, a través de la contemplación. Si preguntáramos como Blanchot, “¿qué pasa cuando, apartándonos cada vez más del exterior, descendemos hacia este espacio imaginario que es la intimidad del corazón?”, responderíamos que la palabra escindida del mundo es recuperada a través de la memoria, del cántico gozoso de los recuerdos, de su latido.

 

En el caso de “Morada al Sur”, Aurelio Arturo abre las puertas del paraíso que es la palabra, para reencontrarse consigo mismo, con el paisaje de su infancia, con su patria: “por los bellos países donde el verde es de todos los colores, / los vientos que cantaron por los países de Colombia” (65-66). Y lo reafirma en su poema “Clima” (Arturo, 1977):

 

Este verde poema, hoja por hoja 

lo mece un viento fértil, un esbelto

viento que amó del sur hierbas y cielos,

este poema es el país del viento (25-28).            

 

Arturo construye este poema como un poema-árbol o un poema-país, reflexionando, de esta manera sobre el lugar de origen de sus palabras que son, a la vez, el lenguaje, la madre-patria y la madre-naturaleza. Además, el poeta lee la memoria del paisaje, sus extraños matices donde “el verde es de todos los colores”, y en esa simbiosis con el paisaje, se refiere también al adentro, a la existencia donde confluyen la alegría y la tristeza: 

 

La vida es bella, dura mano, dedos

tímidos al formar el frágil vaso

de tu canción, lo colmes de tu gozo

o de escondidas mieles de tu llanto”. 

(19-22) (“Clima”) (Arturo, 1977)

            

Otro aspecto fundamental en el poema “Clima” es la presencia de la madre, pues se habla de una patria/naturaleza, en una maternidad más coherente con la armonía del universo: “dócil mujer, de miel henchido el seno, / amó bajo las palmas mis canciones” (35-36). Para Arturo, como vemos, patria y naturaleza son el lugar de origen, el vientre materno del cosmos.

 

Para finalizar, y siguiendo a Bachelard en su introducción a La poética del espacio, podríamos decir, entonces, que “es en la repercusión, en la resonancia […] donde se encuentran las verdaderas medidas del ser de una imagen poética" (Bachelard, 2000, p. 8), su origen. Y en Arturo, dicha resonancia está dada, además de todo lo ya mencionado, por esa música secreta que se queda en el lector y que invita a habitar su poesía, su morada al Sur

.

 

BIBLIOGRAFÍA

Arturo, A. (s.f.). Morada al Sur. Recuperado de http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/literatura/antope/antopoe20.htm

Arturo, A. (1977). Obra e imagen. Bogotá: Colcultura. Bachelard, G. (1993). La poética del espacio. Bogotá: Fondo de Cultura Económica.

Blanchot, M. (1992). El espacio literario. Buenos Aires: Ediciones Paidós.

Eliade, M. (1985). El mito del eterno retorno. Arquetipos y repetición. Barcelona: Editorial

Planeta-De Agostini.

Goyes, J. C. (1997). El rumor de la otra orilla. Variaciones en torno a la poesía de Aurelio

Arturo. Bogotá: SMD Editorial.

Paz, O. (1990). Los hijos del limo. Del romanticismo a la vanguardia. Bogotá: Editorial

Seix Barral, S.A.

Paz, O. (1993). El arco y la lira. México: Fondo de Cultura Económica.

Vallejo, C. (2003). En mi cuerpo no soy libre. Quito: Edición de autor.

 

 

 

*Fotografía: cortesía de su hijo Gilberto Arturo: Aurelio Arturo en lo que ahora es la Casa de Poesía Silva (Bogotá, 1938)

 

[1] En palabras del poeta ecuatoriano Carlos Vallejo, en su libro En mi cuerpo no soy libre, el cuerpo es una “prisión de carne”.


Noticia Biográfica


Sandra Uribe Pérez (Bogotá, 1972). Arquitecta, especialista en Entornos virtuales de aprendizaje y magíster en Estudios de la Cultura con Mención en Literatura Hispanoamericana. Ha publicado los libros de poesía Uno & Dios (1996), Catálogo de fantasmas en orden crono-ilógico (1997), Sola sin tilde (2003) y su edición bilingüe Sola sin tilde – Orthography of solitude (2008), así como Círculo de silencio (2012). Algunos de sus poemas han sido incluidos en las antologías Vasos comunicantes (1997), Oscuro es el canto de la lluvia (1997), Inventario a contraluz (2001) y Poemas a Dios (2001), compiladas por Federico Díaz-Granados; Igualmente, en Quién es quién en la Poesía Colombiana (1998) de Rogelio Echavarría, en la Antología Conjuro Capital Poetas Bogotanos (2008), compilada por Común Presencia Editores, en la Antología Poesía Colombiana del Siglo XX escrita por Mujeres (2014), y en diversas publicaciones periódicas de circulación nacional e internacional. Ha sido premiada en diferentes concursos literarios en el país y sus poemas han sido traducidos al inglés, italiano, francés y estonio. Fue designada como Jurado del Premio de Poesía “Ciudad de Bogotá” en 2007 y 2009. Actualmente se desempeña como docente de la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca.



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