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Apuntes para un cielo que ha caído, un ensayo de Santiago Erazo



Si después de crecer, después de ir pasando los peldaños de la vida, se nos prohibiese, como a la esposa de Lot, mirar hacia atrás, de seguro nos veríamos cada uno de nosotros convertidos en una estatua de sal. Tenemos el presente hecho de lianas que nos arrastran ineludiblemente al pasado. Cargamos con el pasado como con nuestra sombra, y nunca nos lo podemos quitar.

 

La pregunta sería entonces qué hacer con el pasado, cómo lidiar con su materia volátil. Una respuesta válida podría ser la poesía. Jorge Teillier hablaba precisamente de la poesía como la lucha contra nuestro enemigo el tiempo. Ante la vertiginosidad de los nuevos tiempos, ante la necesidad de constante movimiento, de la convulsionada modernidad, aparece la poesía como un paliativo. Y si es ella un arma cargada de futuro, como decía Gabriel Celaya, también debería ser un arma de pasado, al menos de renovación del pasado. Esto parece entenderlo Rómulo Bustos Aguirre con especial lucidez, sobre todo en su libro En el traspatio del cielo.

 

Publicado en 1993, gracias al premio nacional de poesía de Colcultura que ganó ese mismo año, En el traspatio del cielo es el tercer libro de Rómulo Bustos, precedido así por Lunación del amor, en 1988, y El oscuro sello de Dios en 1990, dos libros que marcarán la apertura en Rómulo hacia una poética del misticismo y la metafísica, no solo del misticismo y la metafísica religiosa que más adelante y desde un leguaje más cotidiano y directo Rómulo abordará, sino del misterio mismo que implica vivir. Son dos libros que parecen estar amparados por un gran signo de interrogación; cada poema está tejido por una incertidumbre, por el desconocimiento de vetas y abismos que nos habitan, que, como en el epígrafe de Tagore que abre El oscuro sello de Dios, nos proyectan sombras con una lámpara que aún no hemos encendido. En este sentido, En el traspatio del cielo implica una ruptura. Al misterio, a esa oscuridad que lo ausculta y interroga, el poeta lanza una conjura: la imaginación. Sobre todo la imaginación del niño.

 

Compuesto por 37 poemas, divididos en tres secciones: “Crónicas de las horas”, “Crónicas de los cielos” y “Guijarros”, En el traspatio del cielo es un poemario sobre el pasado, pero un pasado que, como mencionaba Teillier, se le enfrenta al tiempo no sólo evocándolo sino transformándolo, como una infancia revisitada. El escenario es Santa Catalina de Alejandría, un pequeño municipio de Bolívar con nombre de ciudad europea, en el que Rómulo vivió sus primeros años. El libro así rezuma un aire caribe, hace una cartografía de ciertas atmósferas y colores que se encontrarían en muchos pueblos caribes, pero Rómulo la deconstruye para insertar ahí, de manera explícita, su nostalgia, la visión imaginativa y onírica de su infancia.

 

Por ello exista, quizá, un diálogo entre Bustos Aguirre y el gran poeta nariñense Aurelio Arturo, sobre todo en el único poemario del último, Morada al Sur. En ambos, la naturaleza se observa a través del prisma de la nostalgia, está cargada, henchida de recuerdos. Los dos poetas no hacen más que exprimirlos con sus ojos y recogerlos en las tinajas del poema, donde un lirismo florido y revelador le hace justicia a lo recolectado. Si, por ejemplo, Arturo habla de negras estrellas que sonreían en la sombra con dientes de oro, Rómulo cuenta cómo todo el día la sombra ha seguido las cosas como un animal manso con bozales de luz. Y si en Arturo el sueño alarga los cabellos, para Rómulo, debajo del árbol de matarratón, basta soñar un caballo para recibirlo.

 

Precisamente, En el transpatio… es un libro que constantemente está soñando, como si el sueño, ese estado en el que los niños parecen siempre estar, fuese el aire con el que cada página respira. No solo por la mención explícita del sueño como elemento unitario del libro, sino la misma construcción onírica del poemario, con indudables efectos estéticos. Así, por ejemplo, el horizonte en En el traspatio está roto. Y como si el viento estuviese hecho de huecos, son uno solo el ecosistema de las cosas de la tierra y la del cielo, abierta de un tajo su verticalidad. Por ello las ramas de las nubes agarran el firmamento, pero también hay ángeles que bajan para golpear la tierra con sus pies e invocar a los peces del aire. Incluso en un poema, “La casa de los pájaros”, las nubes parecen más pertenecientes a un bestiario que a un cielo ordinario: está la nube-paloma con las alas abiertas, la nube caballo de seis pares de pata, la nube mujer sin rostro asomada a la ventana.

 

Hay a su vez una suerte de cosmogonía que se configura en el poemario. Aparece el árbol del camajorú, los nueve pájaros, el emplumado Corazón del cielo, todos elementos imaginativos que permiten construir un universo lógico y consistente. En un momento, por ejemplo, se le dedica un poema al árbol camajorú, al que “se asciende bajando como en la escalera de un sueño”. Y luego este mismo árbol aparece en otros poemas como en la “Crónica de los nueve cielos”, o “La visita”, ayudando a solidificar ese ethos mítico que se va erigiendo en el poemario.

 

Pero al tiempo están los elementos caribe bastante permeados: en los poemas se inmiscuyen almendros, matarratones, palanqueras, palos de tamarindo, bjiaos. Hay, quizá, cierta relación con el lirismo de otros poetas caribes como Aimee Cesaire o el recién fallecido Derek Walcott.  Hay en todos ellos una necesidad por hacer crecer la atmósfera caribeña en sus poemas, por afincar una visión del mundo desde sus respectivas regiones, por cantar con la voz del mar, del calor, de escribir con las raíces de los árboles que los han visto crecer, y en el tercer libro de Rómulo esto no es una excepción.

 

Además de los elementos imaginativos y regionales que habitan los poemas de En el traspatio del cielo, también se encuentra una fuerte carga mística, con la visita sobre todo de los ángeles. Tal vez los ángeles tienen en general una propensión a ser poéticos porque no son para ser, es decir, su materia inexistente funciona como puente hacia alguna realidad que sí es existente y que, además, para ser entrevista, necesita ser simbolizada. Para Rilke, por ejemplo, los ángeles eran la materialización del orden más profundo de las cosas, donde están todas: vivas, muertas, pasadas, futuras. Para Rafael Alberti, encarnaban el paso del tiempo, el misterio, el silencio.  Incluso en nuestra poesía los ángeles han servido de transición y mitificación de las verdades poéticas de la vida, como aquel poema de José Manuel Arango en el que el olor de un incendio no anuncia un suceso ominoso, sino la llegada de los rojos querubines del fuego.  El ángel es, en fin, sinónimo de la revelación poética.  En En el traspatio ocurre algo similar. Los ángeles le dotan al yo poético ese color gris del resquicio de la realidad. Otorga un caballo soñado, un pez de aire, le murmura al que escribe lo que dicen los árboles.

 

Asimismo, estos ángeles traen un poco de la poética mística que Rómulo en sus anteriores libros estuvo explorando. Pero el misticismo ya no implica confusión y duda aquí. Si en El oscuro sello de Dios la oscuridad remitía a la zozobra de la incertidumbre ante el ser, en En el traspatio la oscuridad es un color más en la paleta de imágenes oníricas del libro. Y si oscurece, es una oscuridad luminosa, donde la luz aún se anega a los techos de zinc, donde una hermana se peina sus cabellos, que es lo mismo que peinar la noche.

 

Aquel misticismo de los primeros libros de Rómulo en este es más un medio que un fin. La presencia de Dios y los ángeles tiene una función de efecto. El libro se sustenta por una cosmogonía ficcional basada en la nostalgia, pero esta cosmogonía responde a las lógicas de creación y mitificación ya consolidadas. No en balde Rómulo dice, por ejemplo, en “Crónica del árbol de agua”: “Un día Dios sembró un árbol de agua para que lloviera /Tomó lágrimas suyas y las sembró  /Y vio Dios que era buena la tierra del cielo para sembrar la lluvia” tomando la misma enunciación del principio del mundo en el Génesis de la Biblia.

 

Y es que En el traspatio… funciona también como un libro fundacional, de la misma manera que un niño se funda un mundo propio para entender el que observa día a día. Tiene la intención de rebelarse ante la larga subordinación que la poesía ha tenido frente a la naturaleza, frente a la mímesis de Aristóteles. Rómulo Bustos bebe de ese Non Servium que propuso Vicente Huidobro, y se ciñe a la propuesta del chileno en la que el poeta pueda decir: “Yo tendré mis árboles que no serán como los tuyos, tendré mis montañas, tendré mis ríos y mis mares, tendré mi cielo y mis estrellas”. Algo que se ejemplifica con claridad en la última sección del libro, “Guijarros”, donde se propone una suerte de diccionario en el que brevemente se redefinen objetos cotidianos. Así, una palenquera es un árbol cuyos pies echan raíces en la tierra; una tinaja, la arcilla moldeada en la que se abrazan las preguntas del agua; o el caparazón de una tortuga, un ajedrez que ha dibujado el tiempo.

 

En el traspatio del cielo resulta así como un organismo de creación viva, palpitante y onírica, donde es evidente una búsqueda por el equilibrio temático, por las palabras precisas, por ciertos ritmos específicos. En fin, resulta un libro pensado, sellado en unos intereses evidentes, en unas exploraciones bien ejecutadas, en una exaltación a la nostalgia de la infancia y al Caribe colombiano sin tener que ceñirse a la visión ya mancillada que tenemos del mundo caribe. Son exploraciones que resultan en un libro bellísimo de principio a fin, en un verdadero talismán de la reciente poesía colombiana.


Noticia Biográfica


Santiago Erazo (Bogotá, 1993). Estudia Creación Literaria en la Universidad Central. Poemas y cuentos suyos han aparecido en diferentes revistas literarias colombianas. Miembro del grupo literario Contracartel Segunda Generación.



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