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Arde Babel: selección de poemas de Camila Charry



Centro de la casa

 

Finalmente descubrimos que corremos en pos de sombras tan efímeras como inconsistentes y no podemos encontrar nada que sepa satisfacer a la nostalgia…

Arthur Schopenhauer

 

La casa queda en la frontera.

El salitre sustituye la materia

que los ojos en otro tiempo

llamaron luz.

 

Sobre la piedra hundida

el salitre, por el peso de la hierba

se coagula.

 

Hemos olvidado todo.

 

Quisimos echar el río atrás,

devolverle a los huesos su peso,

recobrar el aire que los suspendió un momento

y los batió ahogados entre la carne.

 

Pero la casa en la frontera

fue devorada por la hierba

y las fieras la habitaron.

Las vimos acomodarse,

abrir sus fauces,

tajar lo que quedaba.

 

Nos sucedieron y olvidamos.

 

La médula rebanada

bien adentro,

siempre fue el centro de la casa.

 

 

 

Cuerpo adentro

 

El agua mece la casa.

La oscuridad

tren silencioso,

cruza y tantea los huesos.

 

Los habitantes observan desde los rincones

acostumbrados ya,

al vértigo que les produce

ser la estación de lo que fluye.

 

Las paredes son de piedra

también los objetos más elementales:

las sillas

la mesa

las camas

los cuchillos afilados por si vuelven las fieras,

también las lámparas que cuelgan de los techos,

manos abiertas,

se encienden cuando la luz las nombra.

 

Todo lo demás es de carne.

 

El agua llena todas las habitaciones,

se abre paso a través del cuerpo

y nadie teme,

han aprendido que cuando roce sus cuellos

flotarán

y chocarán los muslos, las cabezas, los pies inertes

           (pequeños pájaros que convulsionan en un pozo)

y siempre habrá carne que se afila

contra el borde de las piedras.

 

El agua mece la casa hasta el amanecer;

         luego vuelven las tareas cotidianas:

despertar a los ahogados

servir en los platos minúsculas algas

limpiar con las escobas la oscuridad de los rincones

              desprender de los ojos la humedad

las visiones:

carne sobre carne el aliento humano

carne lamida,

despeñada.

 

 

 

La belleza

 

De lo bello nos conmueve

su feroz manera de palpar

la herida que es el hombre.

 

Esa es la belleza;

a la intemperie aceptar de ojos abiertos

la vastedad de lo que llega.

Voluntad ciega que nos eleva fuera de los signos,

que nos iguala al parto de las cosas

llamadas a durar apenas el instante

en que se duelen pero cantan.

 

 

 

Lo que arde y fluye

 

                                                                      Solo amamos en la vida

                                                                las presencias que la cruzan 

                                                        como mensajeras de otro mundo.

                                                                           Nicolás Gómez Dávila

 

En la palabra

el río

corre cuesta arriba

restituyendo el tiempo,

la vida,

lo arrasado.

Pero vivir es el río que regresa

y los derrumbes,

la violencia de los días

donde existe dios.

 

Un perro nos espera

en ese fondo imposible que desconoce la palabra,

luminoso permanece

en el envés de la vida

y acá hiere su distancia

hiere su canto bajo la lluvia

su agotada carne, su lengua mansa.

 

No puede la poesía reconstruir huesos y dientes

y el perro nos observa desde ese fondo imposible que es la muerte;

su impulso, sin embargo, lo hace cardinal.

 

Ciertas cosas

habitan la potencia de lo innombrado,

ciertos abismos en la vida

tocados jamás por el lenguaje,

cosas iluminadas solo desde su interior

de ligera luz

retenidas en su estado de latencia.

 

A veces desde afuera algo las enciende;

la poesía que en la vida es aliento

nos devuelve a la abertura

a una imagen descuajada de los signos que se llaman;

la palabra a la distancia

que las saca del pasado

y las arranca de su reposada inexistencia.

 

Pero en esta habitación todo tiene nombre propio;

un perro observa los días ya sin él,

tiene nombre,

pues es propio de la vida nombrar

todo lo que arde y fluye.

 

Conocemos el pasado de esas cosas solas

que nos miran desde la imposibilidad,

somos lo elegido por su fuerza.

 

Transcurrimos entre ellas atentos al polvo

que cada semana les borramos,

son la vida

y para ellas nuestro nombre

es una huella dactilar

o la vuelta que les damos para que el sol no las irrite.

 

Incólumes persisten.

 

A diferencia de nosotros,

gozan ellas de un piadoso dios

que las salva de la ruina.

 

 

 

Meditación

 

Aquí fumando,

mal hábito deseado,

el letargo es contingencia.

Estirar la mano entre el humo y el cenicero,

amputar la ceniza y de la incisión

extirpar el signo.

 

Los malos hábitos

se aprenden a escondidas,

mirar bajo el vestido de una monja,

en el vino encontrar la salvación

y ante el gesto generoso de los hombres

confirmar la inexistencia de Dios.

 

Pertenece al artificio,

a la civilización,

el escándalo.

 

Por acá, solo el humo que fluye,

la pena del fósforo que no atina

al cuajo.

Cuánta carne sobre la tierra.

Cuántos coágulos.

 

 

 

Hueso suelto

 

Es el hueso suelto

una palabra sin nombrar

y en su tuétano

habita Dios de ojos turbados.

 

Su voluntad es equivalente a la de todo: el deseo.

Y aunque padece las ansias de la carne

más fiero que cualquier mortal,

se retuerce sobre los que aman.

 

Nada lo conmueve,

quizá la piel brillante

de las jóvenes que tiemblan bajo el temporal

o la incrédula mirada de los que mueren en la guerra,

no los niños, ni los perros

no las madres desgarradas de dolor,

no.

 

Por eso dicen los que saben:

mejor cantarle a la tiniebla en la montaña

al cardo en el camino

al sol que enciende el hocico de las hienas.

 

Nada lo complace más

que los hombres hincados

por desear la pulpa abierta,

la víscera rasgada de los otros.

 

Y cuando todos imploran se hincha;

es el hueso que se llama como él.

 

Nada hay que más le alegre

que en los templos los hombres

incapaces de humana soledad,

de dolor humano en lo humano.

 

 

 

Lo desaparecido

 

Ahora que ha bajado la marea

nombramos estos huesos

pulidos por la lengua de la sal.

Son vértebras que el oleaje no sorteó

y brillan sobre la arena calcinada.

 

Lejos, en el litoral,

la carne flota

resplandece también,

pero su claridad

es la de una flor crepuscular

que aprecia del fondo

la certeza de lo desaparecido.

 

 

 

Revelación

 

Éramos tres y la calle,

pronunciábamos entre el vino

aquello que nos hace humanos:

el amor, la muerte, el tiempo.

 

De esquina a esquina

como si ese breve espacio fuera el mundo

y la ebriedad un útero oscuro,

nos mirábamos incrédulos

advirtiendo en el otro

la revelación de esa voluntad voraz,

fortuita

que lo mueve todo.

 

Se intuye el mundo en lo hondo que se esfuma

desde lo que tiembla vertiginoso en la palabra

lenta e incapaz de acercarse a esa vorágine.

 

Las calles del ebrio

en perpetua fuga

se caminan hacia el fondo y calladas.

 

Cuando sobrevienen la vigilia

la resaca, el hartazgo,

probamos otra vez

encajar como una vértebra

en el esqueleto del mundo.

 

 

 

Lección de vida

 

Un par de moscas

se frotan y copulan contra la luz.

 

Observamos

                     fascinados

el deseo en todo lo que existe.

 

Ayer apenas nacían.

 

En este instante luminoso

cuando arden

y sus alas se deshacen contra el cristal de la ventana,

sospechamos la vida.

 

 

 

Fuego de los días

                           

                                                      De espera en espera consumimos nuestra vida.

                                                      Epicuro

 

Por acá todo es casi fuego a diario,

el perro olfatea en la cocina

las cenizas de la luz;

eso es la desaparición

la ausencia de la lengua sobre el pan,

los ojos que desean lo que se hunde

en el misterio del mundo.

 

Yo no sé si es bueno nombrar,

yo no sé,

pero a veces

cuando amenaza el fuego lo más elemental,

uno se pregunta si de esa manera debe ser todo.

 

En la cocina

la tetera canta exasperada

y el olor a hierro quemado es el único vestigio

de un agua seca y reseca,

inexistente

entre el fondo negro de la olla.

 

Otro día es un cigarro que encuentra entre silbidos

el blanco corazón de la colilla que se ahoga,

allí el fuego es pasado,

certeza limpia.

 

Así también pasa con el cuerpo

y uno sigue preguntándose

qué lo quemará:

una enfermedad en los pulmones,

un carcinoma,

un balazo, una traición.

 

Quién sabe qué extraño fuego

acabe esta espera.

 


Noticia Biográfica


Camila Charry Noriega (Bogotá, Colombia, 1979). Es profesional en Estudios literarios y aspirante a maestra en Estética e Historia del Arte. Ha publicado los libros Detrás de la bruma, El día de hoy, Otros ojos, El sol y la carne y Arde Babel. Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, rumano, polaco, portugués e italiano. Trabaja como profesora de Literatura española.



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