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Letra a Letra y Domingo Atrasado: "Luis Vidales. Suenan timbres y 13 textos testimoniales"



No es exagerado afirmar que Luis Vidales es uno de los poetas más intrépidos del siglo XX colombiano si se tiene en cuenta cuándo publicó Suenan timbres y cuán ensimismada era la poesía del país en esa época. Sin haber recibido influencia directa de las vanguardias, interpreta con tal sensibilidad lo que ocurre en el mundo y en su país, que termina produciendo un libro inesperado, tan inesperado, con tanta luz, que terminó cegando a buena parte de sus contemporáneos y, quizás, incluso al propio Vidales. Suenan timbres se codea sin problema con los clásicos latinoamericanos que rompían con el modernismo por esos años veinte y buscaban nuevas salidas para una poesía asfixiada (de hecho, como se ha dicho ya muchas veces, Vidales es el único autor nacional que aparece en la famosa antología editada en 1926 por Jorge Luis Borges, Vicente Huidobro y Alberto Hidalgo: Índice de la nueva poesía latinoamericana). Este es un libro que se debería leer en los colegios del país, es un libro que hipnotiza y permite entender –a pesar de ser ya un clásico– cuál es el sentido de la poesía en un mundo lleno de ciudades, microscopios y relojes. Pero, tristemente, fue un fuego adelantado a su época y a Colombia le ha costado ver el valor de este maestro. Por esa razón, una quinta reedición de este maravilloso libro no es un asunto menor, como lo indica el poeta colombiano Juan Manuel Roca en el acertado prólogo que escribió para esta, la más reciente versión del libro, publicada en 2017 por las editoriales Letra a Letra y Domingo Atrasado. Tampoco es un asunto menor porque la edición, como es ya característico en los trabajos de Letra a Letra, es muy cuidada, tiene una bella diagramación y, además, complementa el poemario con trece textos acerca del trabajo de Vidales y con imágenes que permiten revivir al autor así como recordar el recibimiento de su obra a través de caricaturas y las portadas de las primeras ediciones. Los trece textos, a su vez, enriquecen la lectura del libro y permiten hacer una reconstrucción cronológica de lo que se ha pensado acerca de Suenan timbres desde 1922 hasta el 2004. En resumen, estamos hablando de un libro pulcro que le hace justicia a la memoria de Luis Vidales.

 

En Otro páramo creemos que sigue siendo importante difundir la obra maestra del poeta calarqueño y es un gran honor poder compartir algunos fragmentos de este tesoro en la edición especial “La poesía en Colombia”. A continuación encontrarán cuatro de las seis secciones del prólogo “Quinto llamado”, escrito por Juan Manuel Roca especialmente para esta versión del libro y una selección del poemario preparada por Otro páramo. Los trece interesantes textos mencionados anteriormentelos dejamos en el libro original, como una invitación a que se acerquen a esta reedición, de gran importancia, sin duda alguna, para la poesía de nuestro país.

 

 

    

Quinto llamado

 

 

 

Juan Manuel Roca 

(Prólogo escrito especialmente para esta edición)

 

 

 

Luis Vidales puede ser considerado como el único poeta vanguardista en Colombia en los años veinte, dado que contempló el mundo como nadie antes de él en su país lo había hecho y porque transformó estas perspectivas en un nuevo lenguaje poético. Él fue también vanguardista porque sus contemporáneos concibieron a Suenan timbres como burla a la literatura corriente y, a la vez, a las relaciones políticas dominantes.

Hubert Pöppel Tradición y modernidad en Colombia

    

 

 

Cambio de códigos

 

En el teatro el tercer llamado forma parte de un código que anuncia el inicio inmediato de la función. Por lo general se hace con un timbre bien sonoro y en tiempos más recientes con una grabación que comienza por llamar al público “respetable”, se equivoquen o no en el calificativo. Los acomodadores apuran discretamente a los recién llegados, las luces van cediendo a la penumbra y hay un último carraspeo de aquellos que padecen el síndrome de la inevitable tos de concierto.

 

Acá, en este libro, el código se altera. En vez de tres timbrazos van cinco con éste que acaba de sonar. Y no puede ser de otra manera tratándose de Luis Vidales, refractario a los rituales. No creo que en sus versos de Suenan timbres llame a su lector con el apelativo de “respetable”. Creo, además, que en sus páginas es más lícito llamar desacomodadores a sus sombras y que las luces van de la penumbra a la claridad, como quien narra un sueño. La tos queda al libre arbitrio del lector.

 

El primer timbre sonó en 1926 (Editorial Minerva), cuando Vidales publicó su libro con algunos centavos provenientes de su oficio como jefe de contabilidad del Banco de Londres y América del Sud. El segundo sonó 50 años más tarde con la lentitud de un teatro de estatuas y lo publicó el Instituto Colombiano de Cultura (1976). El tercer timbre sonó casi como una campana de cartón en una edición desangelada de Plaza y Janés tras una década sin sonido (1986). Un cuarto timbrazo –espaciado como el lento reconocimiento del poeta– sonó en 2004 en la Colección de Poesía de la Universidad Nacional de Colombia.

 

Pocas ediciones para un libro tan innovador, revulsivo y fundacional en muchos aspectos. Razón de más para que nos sorprenda el furor con el que es leído por los jóvenes. Desde ese 25 de febrero de 1926 en el que apareció por vez primera Suenan timbres, han corrido muchas letras y muchas posturas, y su libro permanece vivo e imperturbable. Es como si se cumpliera el vaticinio de Carlos Vidales:

 

 

Suenan timbres es el producto de los grandes cambios operados en el país en la década de los veinte. Y por eso mismo, Suenan timbres espera a sus redescubridores en los hombres que habrán de realizar la transformación revolucionaria de la sociedad colombiana.

 

 

 Esto que escribió su hijo fue publicado en 1976. Tres décadas después, y aunque la mencionada transformación se vea aún postergada, su libro es un santo y seña entre los poetas de talante insumiso, que son pocos pero son y que en verdad ven en Vidales a alguien que se adelantó y que como su par y mentor Luis Tejada, fue en esos años cruciales de la vida nacional un contemporáneo del futuro.      

 

 

 

Vidales, sin temor a la risa

 

En los inicios de su tratado de La risa, Henri Bergson señala que el reír siempre pertenece a un grupo y no a todo el entrevero social, y se vale de un singular ejemplo: “Un hombre a quien le preguntaron por qué no lloraba al oír un sermón que a todo el auditorio movía a llanto, respondió: No soy de esta parroquia”, con lo cual el viejo filósofo equiparaba la risa al llanto como perteneciente a una colectividad. Su hipótesis era que la risa necesita de una asociación, de un guiño de complicidad.

 

Si fuera cierto, la risa y el humor pertenecen a códigos sociales que si no logran hacerse compartibles, generan muecas de escepticismo, climas vacíos. Para que esa risa y ese humor se universalicen y ya no seamos como el feligrés que no llora porque es “de otra parroquia”, se necesita tocar fibras esenciales a cualquier hombre, de cualquier cultura y lugar. Ocurre con Cervantes y con Chaplin que nos conducen por un humor trágico o absurdo desentrañando la comicidad que hay en el dolor del único animal que ríe. Y que a veces llora, como los cocodrilos.

 

Sin embargo, hay que señalar que hay sociedades refractarias en su arte a todo lo que atañe al humor, como ocurre con buena parte de la poesía escrita en Colombia. Si hasta alguien a quien debemos unas bellas traducciones del socarrón François Villon, Andrés Holguín, decía que la poesía y el humor nada tenían que ver entre sí, con lo cual adiós Quevedo y Michaux, es porque nuestra lírica ha estado –cuando no son chistes flojos para la tribuna de vanguardistas tardíos– cargada de solemnidad. El papel de bedeles, de cuidanderos de lo que rodea las aulas, ha sido sacralizado desde una trascendencia vacua. Habría que recordar a Ugo Foscolo: “la seriedad es amiga de los impostores”.

 

En un texto escrito y publicado en ciudad de México en marzo de 1926, en pleno auge de los estridentistas mexicanos, Jorge Zalamea, compañero generacional de Vidales, señalaba algunas impresiones de lector frente al humor del poeta. Y lo hacía de manera confesional:

 

 

Leed “Cuadrito de movimiento”. Os producirá por la primera vez una risa semejante a la que podría arrancarnos un chascarrillo de almanaque; esta risa será la única impresión en un cerebro ineducado e inculto y variará a medida que la inteligencia y la cultura vayan en aumento. Por la inteligencia apreciará la trouvaille imaginativa, la disminución exacta de las proporciones; por la cultura ligará el poema del escritor bogotano a toda la poesía japonesa y aún al arte de la estampa. Leed “Auto-semblanza” por una segunda vez y a la risa, al aspecto ironizante del poema, los reemplazará el hondo sentido romántico, la inconformidad sentimental que está pidiendo un “juguete” ideal con el mismo reconcentrado fervor con que un poeta de 1830 pedía a Dios “un ángel”.

 

 

¿A qué viene este recuento? Viene a propósito de uno de los equívocos con los que se ha juzgado la poesía de Luis Vidales. Cuando publicó en 1926 Suenan timbres, el país aún dormía un largo bostezo virreinal. De ahí que un poeta burlón ante la solemnidad colombiana, que ante tanto vaniloquio centenarista y tanto soneto al claro de luna se asomara a un presente cargado de nuevos signos, fuera visto como un puñado de aserrín en la sopa aldeana, como una especie de mosca en la nariz del orador. No era una pequeña aventura otorgarle un rango poético al humor cuando la generación del Centenario, anterior a la de Vidales, había hecho del aburrimiento una religión. Los Centenaristas, llamados así por aparecer en el primer centenario de la República, Eduardo Santos, Luis Eduardo Nieto Caballero, Luis López de Mesa, entre otros señorones, se molestaron al primer timbrazo de Vidales. Hasta su compañero generacional, Rafael Maya expresaba que “la poesía es un desenvolvimiento del orden”. Y el crítico conservador Antonio José Restrepo manifestaba que Suenan timbres no tenía ningún valor, se trataba de un engendro que, como lo recuerda Álvaro Medina, no tenía un alto rango poético por “la ausencia total de rima”. Lo consideraba “la nada enborronando en negro hojas blancas”. Al unísono con el conservadurismo estético iba para los barones centenaristas el conservadurismo político: “La reforma de la educación nacional es otro imperativo ahora cuando el socialismo está enseñando a leer a todos los analfabetos en la biblia de Marx y Lenin”, clamaba el mismo López de Mesa (El Tiempo, enero 20 de 1930), como lo recoge Carlos Uribe Celis en su libro Los años veinte en Colombia, ideología y cultura.

 

Esa forma de ver el reverso de las cosas que anunciaba Suenan timbres no podía ser entendida sino con las escasas excepciones –Luis Tejada, Jorge Zalamea, Ricardo Rendón, entre otros– de quienes pertenecían, como en el ejemplo de Bergson, a unos códigos de grupo. Rendón, que demolía falsos poderes con sus agudas caricaturas políticas habría de morir por su propia mano en 1931. Hizo una graciosa caricatura de Vidales con aspecto de sapo en su celebrado zoológico de los poetas. Rendón, otro grande entre “Los Nuevos”.

 

Pensar que “hay un pino dormido en la Tour Eiffel” y que “cada catedral gótica es como una selva dormida”, en una Colombia adormilada cuya capital olía a orines desde la Colonia, debería resultar producto de una vesania precoz. Según Vidales, la Bogotá del centenario “no llegaba a los 300 mil habitantes, no había cine, no había autos, los transportes eran el tranvía de mulas, las parihuelas, los guandos; la tapicería eran esteras de esparto”. Pero en 1928 considera con razones evidentes en muchos órdenes que “el país ha salido de su marasmo” (citado por Uribe Celis).

 

Es 1926. En ese mismo año moriría Luis Tejada, el motor vanguardista de “Los Nuevos” y de las ideas socialistas, el gran animador de “Los Arkilókidas”, un bando de vanguardistas que parecen a todas luces ser los mismos Nuevos agitando el cotarro, Hubert Pöppel dixit.

 

Sólo hace dos años se han publicado los Manifiestos del Surrealismo que, obviamente, el poeta de Calarcá desconoce. Vale la pena aclarar que Vidales nunca se consideró surrealista, y que los posibles nexos que pudieran encontrar algunos críticos entre su obra y los postulados surrealistas, tienen que ver más con un aire de tiempo, cuando el poeta trabajaba con la irracionalidad a favor, con el rapto poético que envuelve toda gran intuición.

 

Suenan timbres trastrocaba la realidad aparente y espantaba los árboles “como si se tratara de unos altos pájaros verdes que hubieran escondido en el plumaje la otra pierna”. Al encuentro con esas nuevas analogías Luis Tejada expresó que “nuestra lírica está atrasada cincuenta años”, para luego señalar, visionariamente:

 

 

yo presento hoy a Luis Vidales, y reclamo para él el título de poeta en el mejor y más noble sentido de la palabra. Sus versos no irán a gustar todavía a la gran masa de público rutinizada en el viejo sonsonete, sin alma ni médula… la poesía de Vidales es, en esta primera etapa de su obra, una poesía de ideas, sobria y sintética. El no sufre la voluptuosidad rudimentaria del color ni de la forma… el humorismo es, siempre, una actitud trascendental ante la vida. Hasta podría decirse que todo gran pensamiento es humorístico.

 

 

Más que surrealista, me parece, hay un Vidales cubista: los pintores de esa tendencia reprochan del Impresionismo ser retina y no cerebro, como diría Marco de Michelli. A ese sentido creo que se dirige el aserto de Tejada: “poesía de ideas, sobria y sintética”.

 

El país que presenció la aparición de Suenan timbres empezaba a asomarse al siglo XX con el retraso que es hábito en el espíritu nacional. Por esos años, valga de ejemplo, llegaría el cine y los jovencitos bogotanos que leían los informes del clima de Londres para saber qué traje usar ese día en Bogotá, apedrearon la pantalla del Teatro Olimpia, donde se pasaba una película de Chaplin. Vendría el desagravio de Vidales al gran mimo que, como él, se fijaba en los objetos cotidianos y en la soledad de los vagabundos, exaltándolos a un nivel estético, restituyéndoles su nobleza. Eduardo Santos le autorizó una edición del suplemento literario de El Tiempo dedicado al agraviado artista apaleado a distancia en un cine de aldea. No es por capricho que al hablar del poeta se mencione a menudo a Chaplin, “inmigrante en la ciudad”, cantor del paria, del bastón sin nobleza, del pan y de la infancia.

    

 

 

Los espacios abiertos

 

Su poética está hecha para grandes espacios, pues sufre de claustrofobia. En esos grandes espacios caben sus temas más frecuentes: la libertad y el sueño, los fantasmas del yo y del otro, el hombre y la dignificación de las cosas y los hechos cotidianos. Pero es también con Vidales que aparece de manera más decidida la ciudad, ya que en Luis C. López y antes en José Asunción Silva los espacios urbanizados hablan de unos conatos de ciudad. La preocupación en la poesía colombiana por lo urbano, por ese entorno mágico y miserable al mismo tiempo, a través de su visión de los autos traídos por una nueva burguesía industrial, o de los barrios y los nuevos asentamientos proletarios, es algo nuevo que el poeta anuncia con sus timbres de alarma.

 

De Suenan timbres decía Fernando Arbeláez:

 

 

Con su aparición, en 1926, empieza a conmoverse en sus estratos más profundos la tendencia anquilosante en la literatura colombiana. Un viento joven se apodera de las palabras, y las convoca para expresar las cosas nuestras con una desacostumbrada maestría.

 

 

A las palabras de Arbeláez se podría agregar lo que expresó Porfirio Barba Jacob, categórico: “Va a llegar una época en que la poesía sea de olores, de perfumes y sabores. Luis Vidales está por esa ruta, es el poeta del porvenir”. ¿Del porvenir? Claro. Habría de esperar 50 años para que una entidad oficial volviera a publicar Suenan timbres. El país llegaría con retraso –si ha llegado– a la asimilación de sus nuevas formas poéticas. Esa especie de ceguera nacional la precisaría Jorge Eliécer Gaitán en su tesis sobre las ideas socialistas en Colombia, de 1924, por la misma época del libro de Vidales:

 

 

Parece que a este nuestro pueblo, al igual que al personaje de Poe, lo ha invadido la irremediable cobardía de no abrir los ojos, no tanto por esquivar la visión de horribles cosas como por el fundado temor de no ver nada.

 

 

Y es que el país siempre parece pedaleando en una bicicleta estática. Que lo digan los versos de Vidales: “la paloma de la paz ponía huevos de víbora y había hecho su nido sobre el techo de Tartufo”.

 

Aún en algunos de sus poemas panfletarios se filtran metáforas del tartufismo político, para señalar un pájaro que “empolla”, si se pudiera cambiar el término biológico, serpientes. Como si en Colombia la paloma de la paz fuera un cuervo travestido. La ironía de Marx tras un ropaje teórico hace nido en Vidales. Por eso lo citaba: “se nos ha acusado de querer abolir la patria, la nacionalidad. Los obreros no tienen patria. No se les puede quitar lo que no tienen”, en un aserto que también hubiera podido firmar Bakunin.

 

Vidales, lo repito, se ríe. No le importa que el filósofo no ría ni llore, que sólo entienda. Ni que los cristianos de la antigua época satanizaran la risa, como Cipriano y Tertuliano, que a pesar de sus nombres de clowns fustigaron con saña los viejos espectáculos de mimos y las burlas teatrales. Si Bertolt Brecht dice que “el que ríe no ha recibido la terrible noticia”, jugando a los contrarios se podría decir que lo liberador es reír después de recibirla. Imaginar la primera risa de Adán tras su expulsión, cuando aún merodeaba en los suburbios del paraíso, es creer que el reír no nace sólo de la alegría sino, también, del dolor que exorciza. Así cree entenderlo Vidales.

 

Su humorismo parece ocurrir contra la voluntad. Las situaciones de comicidad nacen particularmente de lo que se escapa, de lo no controlado, y a eso apunta en parte su obra. Por eso es cubista, ama la distorsión de los espejos.

    

 

Cubista y subversivo

 

A propósito de su cubismo cito uno de sus “cuadros macabro-humoristas” titulado “El ángulo facial”:

 

 

Cuando me lo presentaron le dije con inquietud: —¿Pero qué hizo usted su ángulo facial? La boca, la nariz, los ojos, las orejas, fuera de su sitio, aparecían amontonados en su rostro.

—Señor –me dijo el hombre de boca vertical– una vez un prestidigitador me escamoteó el ángulo. Desde entonces sé que, como los paraguas, los rostros tienen una armazón. Y que la armazón de los rostros es el ángulo facial.

 

 

Se podría decir que se trata de un poema pictórico y cubista, donde el creador es un escamoteador de ángulos que da nacimiento a un hombre con boca vertical, picassiana. No sé si esta imaginería de Vidales, de hondo sentido plástico, tenga que ver con su conocimiento de la pintura y la escultura. Pero resalta en sus cuadros “macabro-humoristas” un sentido de repulsa al naturalismo. No ve el paisaje de manera bucólica, como lo hace con tanta belleza Aurelio Arturo. No, él ve árboles como pájaros que ocultan una pata en su plumaje, o siente que “en la pupila del lado del paisaje” lleva “el monóculo de la luna”.

 

Entre el paisaje y la máquina, se pone del lado del hombre y dice que “Diógenes no pudo encontrar al hombre porque se encontraba detrás de su linterna”. Suenan timbres, decía su autor, “es un grito contra el estiramiento social, rezago del feudo y, antes, de la corte de pacotilla del virreinato”, “contra esa hipócrita gravedad que no entiende la jerarquía sino transferida al estatismo de origen divino”. Y otra vez las vecindades de Michaux, que afirmaba que escribir es igual a recorrer, y de Vidales que señalaba: “escribir es descubrir”. En esa expedición por sí mismo para descubrir un mundo, el poeta reflexionó sobre el humor, “no desde luego el chiste ni el juego de palabras, que generalmente son ejercicio de gente ordinaria”, decía en su “Confesión de un aprendiz del siglo”, sino de la fuerza del humorismo “en todo lo que de paradojal se esconde en la historia humana”.

 

Quizá de allí venga la repulsa que hubo cuando apareció este su primer libro, repulsa que aún suscita en no pocos medios. Del hecho de que el ámbito parroquial no soporte lo nuevo. El propio poeta recordaba que hubo en Bogotá unanimidad en cuanto a la ninguna calidad de sus versos. Al encontrarse en la carrera séptima con Augusto Ramírez Moreno y escuchar de sus labios que en el café Riviere dos bandos se enfrascaban en una batalla campal por su libro, el poeta, entusiasmado, le dijo a su amigo: ¿Una batalla? Entonces ¿quiere decir que hay quienes defienden a Suenan timbres? La aclaración que le hizo su interlocutor no pudo ser más desconsoladora: “No, hombre, no. Lo que pasa es que un grupo dice que tu libro es malo por un motivo y otros dicen que es malo por motivos diferentes”. Ante las arremetidas contra su desequilibrada poesía, un compañero de generación suya, Alberto Lleras Camargo, otro animador de “Los Nuevos”, expresaría que

 

 

Vidales está desequilibrado porque de intento, de propósito deliberado ha querido ver el mundo de modo distinto del que lo ves tú, del que lo veo yo, del que lo ve el Señor del Banco. Recordadlo, oh público nuestro, despreocupado y colérico con sus versos, Vidales se ríe de ti y de lo que dices porque es un HUMORISTA.

 

 

Su humorismo es, quizá más que sus panfletos, lo que molesta a los puristas. Valga recordar a Aldo Pellegrini: “hay un signo inmediato que revela a la verdadera poesía: provoca la irritación y el encono de los mediocres”.

 

Si Vidales utiliza su humor como un niño sus juegos, cuando se desdobla en el poeta lírico revela su insatisfacción con la realidad: igual al pueblo carnavalesco y rabelesiano, se siente incompleto y hace burla de los burladores, como señala Bajtin de la cultura popular. Luego manifiesta su insatisfacción política y por último, aunque a veces entrelace varios estadios, asume la posición del lírico en un mundo sin lirismo. Pero es su visión del humor que subyace en la tragedia lo que lo hace subversivo. Lo que nos regresa a Bergson y a saber que si no nos conmueve el sermón de un cura que a todos mueve a llanto, es porque no somos, señores, de la misma parroquia.

 

Bogotá, 19 de abril de 2017 

 

 

 

 

Poemas seleccionados por Otro páramo

 

 

                                                                                                       De la sección “Los importunos”

  

Los antípodas

 

Padecía la tarde un leve morado. Un poco más de ternura y su competencia con una tarjeta postal de la generación del centenario hubiera sido gravemente notoria. Pobrecilla. No obstante, el color agónico pasó súbitamente, como por lo demás suele ocurrir con todas las cosas humanas. El día se fue tornando sucio. Era el momento de recoger otra vez –¡otra vez!– la basura del tiempo. ¿Desde hace cuánto?

 

—No haga filosofías, amigo –me espetó el desconocido con un aire de pequeño burgués imposible, pero completamente potable. Era un hombre simpático, de mediana edad en el mundo de todos nosotros, cuya residencia terrestre estaba rubricada por una americana color verde oliva, unos pantalones grises y unos zapatos de amarillo profundo. Era un “quídam”, un “homo qualunque”, un peatón, un transeúnte, como usted, como yo, ¡qué diablos! Sólo que había algo en él, que ni usted ni yo poseemos. Me había adivinado lo que yo estaba pensando. Le dije a quema ropa:

 

—¿Cómo sabe usted que estoy mascullando mis filosofías?

 

—Mire –me replicó–; todo el mundo anda en esta diversión, pero usted cavila como si la ola del día se acabara para todo el planeta. No tal. Allá, al otro lado, ella está apareciendo.

 

Se tornó grave y rezongo lúgubremente:

 

—Vivimos en el universo de los antípodas.

 

—¿Y eso qué quiere decir?

 

—¡Ah!, señor –me atajó–. No diga usted una sílaba más. Se habla del destino, del azar, del sino, como algo por encima de la voluntad, que acompaña a través de la vida a todo mortal. El hombre habla tranquilamente de su “mala estrella” y así, en cierta forma, se lava las manos. O, por el contrario, atribuye a potencias oscuras su buen suceso en el tránsito diario. ¡Ah!, esas filosofías fallan de plano. ¿Por qué? Sencillamente porque nadie piensa en los antípodas. Nosotros no somos solitarios; somos parejas. Usted tiene su par al otro lado de la pelota en que nos estamos moviendo. Vea: Lo que usted hace, lo está ejecutando su gemelo, allá, en el preciso lugar que corresponde al equilibrio de Newton. Unas veces en su mismo sentido, otras en el contrario cuando el ritmo unísono no se da entre los dos. Ahí tiene usted la ventura o el drama humano, y no le dé más vueltas a sus filosofías gastadas. Sí, señor. Usted puede sostenerse en pie, discurrir, bostezar, reflexionar, triunfar o ser derrotado en razón directa –o inversa– de lo que ocurra a su antípoda.

 

—¡No! –le grité iracundo–. Lo que usted dice es atroz. Piense en las consecuencias de su infame teoría.

 

—Desde luego es infame –me susurró acentuando las sílabas.

 

—Pero eso arguye sobre su realidad innegable. Ahora bien: no piense en los crímenes, en la maldad de los hombres, en la envidia, en el odio humano. Deténgase a meditar en el aspecto favorable de la existencia, en los estados de amor, en los actos de heroicidad, en todo cuanto hace bella la función de vivir. Ahí están los antípodas ejerciendo su función de vivir. Ahí están los antípodas ejerciendo su función soberana en el balancín del bien y del mal. Y en las situaciones de humorismo que nos arrancan leves sonrisas capaces de hacer amables las existencias, aun aquellas atenazadas por una desgracia.

 

—¡No!, ¡No!, no acepto su tesis –le grité, aterradoramente ofendido. Pensé en el universo que me pintaba este hombre, en todas las circunstancias por las que atraviesan las vidas, y me hice cruces de la monstruosa concepción de este infame desconocido. —¿De modo –le grité– que el criminal no tiene la culpa de su acto porque se trata del reflejo de lo que hace o no hace su antípoda, siendo así que tan antípoda es el del lado de acá como el de allá? ¿Qué barbaridad está propiciando usted?

 

—Pues mire, mi amigo. Usted va a matar a un hombre, dentro de un mes, porque su antípoda practicará un acto de santa bondad. Y la víctima suya será exactamente el antípoda del sacrificado en la otra cara del mundo, un buen hombre creador de filosofías, que en un momento de desajuste mental pensó en matar a alguien, lo que repercutió en esta parte de acá del planeta. En el destino humano, nadir y cenit son términos en juego perenne.

 

—¡Valientes enredos! –Quedé iracundo. El hombre desapareció como si no hubiera existido. Y un mes después, con chaqueta verde oliva, pantalón gris, y zapatos color uva, lo encontraron muerto en una encrucijada de las afueras del pueblo. Yo me declaré sin ambages autor del suceso. Y los jueces me perdonaron, en gracia del drama, un tanto truculento, contra la especie humana, que significaba la horrenda teoría de aquel insigne desconocido.

   

 

 

                                                                                                       De la sección “Poemas de la yolatría”

 

 

 

Filosofía de los ademanes

 

Mis versos han descubierto 

que las gentes 

no valen por sí mismas 

en lo físico 

sino que son bellas o feas 

según como estén construidas 

sobre sus ademanes.

Y que los ademanes 

son los armazones maravillosos 

e invisibles 

de los seres humanos.

 

 

 

El hueco

 

Mis versos dicen. 

Hueco 

único sitio habitable. 

Casas. 

Casas. 

Casas. 

Huecos interrumpidos por paredes y puertas. 

Huecos divididos en cuadros.

 

Mi vida 

mi vida transeúnte 

está llena de las troneras 

de las horribles cavernas 

que las casas les hacen a los huecos.

 

Y ya no puedo 

borrar en mí la sensación 

de los huecos de la ciudad 

encerrados en los cajones de los cuartos.

 

 

    

                                                                                                       De la sección “Curva”

  

 

 

Los ruidos

 

Ruidos de los cafés 

que se escapan por las bocinas de los teléfonos 

ruidos maravillosos de las casas. 

Yo sé que cada casa 

tiene sus ruidos especiales. 

Así conozco la casa de mi amigo 

y reconozco la mía 

–de lejos– 

entre la aglomeración de construcciones. 

Ruidos en la ciudad que sólo es calles 

y calles 

en la ciudad que está de espaldas 

volteada hacia adentro 

hacia los interiores de las casas.

 

Ruidos de la época de las cavernas 

que andan todavía en el mundo. 

Ruidos. 

Vosotros vagáis locos 

buscando una salida 

pero al igual que yo 

no habéis podido encontrarla. 

Ruidos. 

Y ya lo mejor será 

que os tornéis estáticos 

fijos 

–pegados a las paredes– 

conservando vuestras formas 

de dibujos decorativos.

 

 

 

Cinematografía nacional

 

Por el cielo amarilloso 

de linterna 

pasan las nubes colombianas. 

Y cómo se les nota que no habían ensayado 

antes.

 

Los árboles 

–por ser la primera vez que trabajan en cine– 

aparecen 

tiesos 

cohibidos 

amanerados.

 

Pero el Salto de Tequendama 

lo hace con naturalidad 

como si tuviera 

una larga práctica 

en cinematógrafo.

 

Por los alrededores de Bogotá 

merodea la luna. 

¡Y qué luna! 

Es una Luna barnizada de blanco 

y con instalación propia.

 

Afuera 

el cielo de la noche 

oscuro       ampuloso 

es un inmenso gongorismo.

 

Luego veo la luna. 

¡Oh! ¡Oh! 

¡Les saca a los transeúntes 

sus fichas antropométricas contra el muro!

 

¡Son como clichés quemados 

que huyen!

 

Y en el salón de la noche 

yo aplaudo 

las películas incoherentes 

de este Pathé Baby.

 

 

    

A Luis Tejada. Elegía humorística

 

No hay nada qué decirte. 

Jamás quería decirte nada. 

Pero aquí –en el periódico– 

me obligan a escribirte. 

Estoy en el escritorio tuyo 

en el rincón tuyo 

aquí –en el periódico. 

Y desde aquí te lanzo mi interrogación. 

Así.

                               ?

¡Qué serpentina es la interrogación! 

Pero bueno –qué– 

¿se baila bien en el espacio? 

¡Los pies deben hacerlo deliciosamente! 

Y dime: 

¿No has visto por allá 

las cometas que se me perdieron 

cuando yo era niño? 

Mándamelas 

que yo las amo todavía. 

Quisiera –en cambio– 

conseguir que no subiera hasta ti 

el ruido del mundo 

cuando está dormido. 

¿Suena mucho el mundo 

oído desde arriba? 

Óyeme. 

Llévame 

llévame contigo. 

Esta vida es mala. 

Y se confabulan contra uno. 

Por ejemplo –de noche 

–cuando estoy dormido– 

mi sombra se me va 

no se sabe para dónde 

y los pantalones –sonámbulos– 

salen en el silencio de la noche 

andando 

andando. 

Y mi saco 

–guillotinado en el ropero– 

está desmadejado 

y sus bolsillos 

¡oh sus bolsillos! 

¡me sacan la lengua sus bolsillos! 

Y hasta la misma cama 

es un vehículo 

que me lleva a regiones desconocidas.

Llévame 

llévame contigo. 

Oye lo que te voy a decir. 

Pero acércate más. 

Que nadie escuche lo que te voy a decir. 

Es muy triste. 

Mira.

 

LOS RELOJES PIERDEN EL TIEMPO.

    

 

 

Cristología

 

Las cruces que hay en el mundo 

son trampas puestas por los hombres 

para cazar a Jesucristo.

 

Es verdad que el diablo le tiene miedo a la cruz 

pero Jesucristo le tiene mucho más miedo 

y huye donde ve una.

 

Esto le ocurre 

desde aquella vez 

que le pusieron esa CONDECORACIÓN 

tan grande 

que se enredó en ella 

y se murió.

 

Y sin embargo 

Jesucristo ha sido siempre 

a través de todos los tiempos 

el más perfecto

 

MAROMERO.

 

Eso es.

 

 

 

El alcohol

Alcohol. 

Espíritu. 

Vas siempre en fuga. 

Loco. Loco. 

Desequilibrista. 

No eres de nuestro planeta. 

¿Qué forma tienes? 

Cuando te incorporas 

eres llama azul 

–inquieto– 

y casi tocas el límite 

de nuestra vida animal. 

Pero luego te vas 

y no sabe nuestra incertidumbre 

si es esa tu forma 

o si eres voluta 

o si viajas en círculos 

o si pasas en zig-zags por nuestra vida. 

Alcohol. 

Bajo tu influjo 

adentro nos tambalea la vida 

y afuera 

todas las cosas nos desconocen 

y ante nuestros ojos 

la calle 

–ese reptil inmóvil– 

empieza entonces a deslizarse 

y los postes nos huyen 

y las casas en fuga 

comienzan a desocupar la ciudad. 

Alcohol. 

Voy a hacerte una ofrenda. 

No es muy pobre mi ofrenda. 

Te doy para siempre 

para toda la vida 

l par de muletas del equilibrio.

 

 

 

Oración de los bostezadores

 

                                                                                            Dedicado a Leo Le Gris-Bostezador

 

Señor. 

Estamos cansados de tus días 

y tus noches. 

Tu luz es demasiado barata 

y se va con lamentable frecuencia. 

Los mundos nocturnales 

producen un pésimo alumbrado 

y en nuestros pueblos 

nos hemos visto precisados a sembrarle a la noche 

un cosmos de globitas eléctricas. 

Señor. 

Nos aburren tus auroras 

y nos tienen fastidiados 

tus escandalosos crepúsculos. 

¿Por qué un mismo espectáculo todos los días 

desde que le diste cuerda al mundo? 

Señor. 

Deja que ahora 

el mundo gire al revés 

para que las tardes sean por la mañana 

y las mañanas sean por la tarde. 

O por lo menos 

–Señor– 

si no puedes complacernos 

entonces –Señor– 

te suplicamos todos los bostezadores 

que transfieras tus crepúsculos 

para las 12 del día. 

Amén.

    

 

 

                                                                                                       De la sección “Estampillas”

 

 

 

El ángulo facial

 

Cuando me lo preguntaron le dije con inquietud:

 

—¿Pero qué hizo usted su ángulo facial?

 

La boca, la nariz, los ojos, las orejas, fuera de su sitio, apare- cían amontanados en su rostro.

 

—Señor –me dijo el hombre de boca vertical–. Una vez un prestidigitador me escamoteó el ángulo.

 

Desde entonces sé que, como los paraguas, los rostros tienen una armazón. Y que la armazón de los rostros es el ángulo facial.

 

 

 

La ciudad infantil

Pasaban los hombres manejando sus coches, sus trenes, sus tranvías, sus automóviles. 

¿Qué era lo que hacían? 

Jugaban. 

Iban en sus juguetes grandes.

Seguían siendo niños. 

Y volaba y volaba la gran juguetería de ruedas. 

¡Ah, la ciudad infantil!

 

 

 

Paisajes ambulantes

 

Mr. Wilde ha dicho que los crepúsculos están pasados de moda. Es indudable que se podría disimular ese defecto si los paisajes variaran constantemente de sitio. Eso de ver un paisaje en un mismo lugar –es necesariamente aburrido. Lo contrario sería encantador. Y espectacular. Un grupo de árboles emigrando bajo el cielo. O un árbol que pasara para la selva –solo-recto– sobre sus innumerables patitas blancas.

 

Pero entonces la gente inventaría jaulas para cazar paisajes. Y un paisaje dentro de una jaula no debe sentirse contento.

 

 

 

El cerebro

 

El cerebro es una máquina de escribir.

 

Las teclas redonditas –en hileras– dan contra la pared interna de la frente.

 

Cuando la punta de la pluma hace presión sobre el papel y corre, yo siento el ruido de las teclas.

 

Hay letras –la b, la l, la m,– ya deterioradas, que mi máquina escribe mal.

 

Y el sombrero –el gran sombrero– es la funda de mi máquina de escribir.


Noticia Biográfica


Luis Vidales (Calarcá, Quindío, 26 de julio de 1904 – Bogotá, 14 de junio de 1990) fue un poeta, ensayista y activista político colombiano. En 1926 publicó Suenan timbres, conocido como uno de los pocos libros de poesía vanguardista en Colombia. A raíz de este poemario Vidales, fue el único autor colombiano que apareció en la famosa antología editada en 1926 por Jorge Luis Borges, Vicente Huidobro y Alberto Hidalgo: Índice de la nueva poesía latinoamericana. Fue miembro fundador del grupo literario Los Nuevos por medio del cual participó en diversas tertulias literarias y políticas, junto a Luis Tejada, Ricardo Rendón y León de Greiff, entre otros. También es reconocido por ser parte del grupo fundador del Partido Comunista Colombiano así como su Secretario General en 1932. Además de Suenan timbres sus poemarios son La Obreriada (1978), Poemas del abominable hombre del Barrio Las Nieves (1985), Antología poética (1985) y El libro de los fantasmas (1986). Sus libros de ensayo son Tratado de estética (1945), La insurrección desplomada (1948) y La circunstancia social en el arte (1973).



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