TEXTOS

Anterior
Volver al inicio
Siguiente


Rimbaud en Harar, por Lara Choksey



 

                                                            *Texto e imágenes de Lara Choksey

 

                                                            *Traducción de Tania Ganitsky

 

 

Lejos del mar, entre las montañas, a lo largo de carreteras destapadas, a través de uno de los cinco portones de la fortaleza de la Ciudad Vieja, entre calles estrechas en las que apenas hay espacio para que circulen dos filas de transeúntes, llego finalmente a la amplia casa de campo dedicada al poeta francés. En el oriente cercano está Somalia y, al occidente, Sudán del sur. En la plaza de mercado se vende ropa originalmente donada a los campos de refugiados: una camiseta del Aston Villa, leggings del Rey León. Nos movemos con el mercado: las verduras están en el suelo, la fruta en los canastos, granos y legumbres se cubren con lona. Compro una bolsa de tomillo. Cerca de aquí se cultiva café; lo muelen y venden por kilo, en bolsas de papel marrón. Cuando llegamos, la plaza de mercado empieza a calmarse. A este lado de la plaza queda la Cafetería París. En una de sus paredes hay un mural en el que aparecen una maquina de coser, una bicicleta y un tarro de pintura derramado que esparce los colores de un terreno natural visto desde el aire: amarillo desierto, verde vegetación, anaranjado tierra y un río brillante en toda la mitad. Al paisaje lo rodea el azul cambiante del cielo o del mar.

 

El Centro Cultural Arthur Rimbaud en Harar se ubica en una casa que fue donada por un comerciante local para preservar la memoria del poeta. Es un lugar que vela por su presencia en este pueblo. Aunque no se sabe con certeza si esta fue la residencia exacta de Rimbaud, la casa representa el hecho de que vivió aquí en alguna parte. Al ubicarme en el patio, no logro encuadrar adecuadamente la fachada de la casa con mi cámara. Por ello, debo apuntar el lente hacia arriba y dramatizar la imagen, hacer que la casa brote de la tierra y perfore el horizonte, como el torso de un rey que en lugar de mirar a sus invitados directamente a los ojos los mira por encima. Desde esta perspectiva, los escalones del pórtico se asemejan a los escalones de un trono. La foto es mía, pero también salgo en ella; estoy sentada en los escalones mirando la cámara y siendo mirada por otra persona.

 

En Google imágenes ronda otra fotografía, tomada de una postal, en la que aparece la casa antes de ser restaurada por las embajadas de Italia y Francia. La fotógrafa logró encuadrar la foto a la medida: el centro del lente está al menos quince metros sobre el suelo. ¿Estaba parada en una escalera cuando la tomó? ¿Flotaba? ¿Amanecía o atardecía? La luz es más fría que en la mía. Este pueblo pentagonal flota en mi memoria como Laputa, la isla imaginada por Jonathan Swift. De pronto un espíritu tomó esta foto. La casa se ve más silenciosa detrás de los soportes de bambú. Por las ventanas no se filtra la luz; adentro es oscura, como una cueva. En la página web la llaman la casa de “Arthur Rainbow” (Arthur Arcoíris), debido a los colores de las ventanas más altas.

 

En Antony Hauts-de-Seine, un suburbio en las afueras de París, El Centro Cultural y Biblioteca Virtual Arthur Rimbaud tiene una fachada de vidrio verde y mate. La construcción fue completada en el 2010 con el objetivo de ‘brindarle una oferta cultural a los residentes de este barrio desfavorecido’ como ‘parte del programa de renovación urbana de la ciudad’. El piso más alto del centro cuelga sobre el pavimento, es un lugar ‘brillante y claro’, abierto al público, ‘que le presenta el contenido del edifico directamente a los transeúntes’. Está ubicado cerca de la estación de tren y del centro comercial. La foto principal de la página web nos hace mirar, encima de la calle, un triángulo de vectores que se entrecruzan. En otra fotografía tomada desde el otro lado de una calle, de un cruce peatonal, se ve el reflejo de los árboles, uno de los cuales suaviza la foto al deslizarse por el lado derecho del encuadre; un bloque gris, residencial, se erige desde el centro del edificio, como una chimenea enorme. La segunda foto es menos imponente, en ella la construcción se parece más a una ciudad flotante que a un proyecto social.

 

Según ciertas versiones, Rimbaud se entregó al silencio en África. Martin Sorrell lo imagina viajando por el mundo en silencio durante dieciséis años, ‘años duros en lugares implacables’. Hace un mapa de la ruta que tomaría desde París hasta su muerte, en la ausencia de producción literaria. En Una temporada en el infierno ‘la vida real está ausente’, y Sorrell ve a Rimbaud alejarse de las fronteras de Europa, lejos de su madre (una mujer piadosa, sin alegría, ‘la boca de la oscuridad’) hacia otro origen. Camus ‘lamentó su retirada al silencio’ e ignoró las cartas que escribió Rimbaud desde África: ‘para mantener la leyenda, hay que ignorar estas cartas decisivas…Son un sacrilegio, como lo es a veces la verdad.’ No puedo imaginarme a Baudelaire en Harar, caminando por los pasajes empolvados, intoxicado. Dejando de narrar a Europa y participando en el trajín de los negocios periféricos, Rimbaud no fue intoxicado sino contaminado por la creación de los centros del mundo. Desaparece de la historia europea porque la historia no lo sigue hasta aquí. Sin poesía, sin su rol público de poeta, Rimbaud desaparece en lo que Sorrell llama el ‘silencio último’. Deja de imaginar las limitaciones del mundo –‘la hipocresía, el interés propio, la mezquindad, la injusticia’– para vivirlas en carne propia.

 

La casa está atiborrada de restos y muestras de esta transformación. Así, se construye la perspectiva en que este lugar lo recuerda: hay imágenes que aluden a cosas que pudo haber visto, a personas que pudo conocer o que se asemejaban a él, palabras que escribió antes de llegar acá, un marco de interpretación previa que sirve para conjurar lo que hubiera escrito aquí, si hubiera escrito aquí. En la planta baja hay una habitación con paneles colgantes; son imágenes de cómo debió ser su vida, mediada por como la percibimos nosotros ahora, en blanco y negro, granulada e incompleta. Una fotografía de hombres blancos reunidos afuera de la casa del cónsul francés en 1897, seis años después de su muerte, cuelga junto a otra en donde aparece el gobernador Emerous visitando a sus jefes –Son Excellence entouré. En la primera, un hombre negro está parado detrás de otro hombre que, si estuviera vivo en esa fecha, podría ser Rimbaud. La luz de la ventana refracta los colores rosa, azul, verde y naranja de los cristales, e invade los bordes de la imagen, desafiando los límites de la documentación.

 

Más tarde iré a las afueras del pueblo. Todas las noches, las hienas van al mismo lugar a recoger carne cruda lanzada por unos hombres que las llaman por nombre propio. Es un contrato entre carnívoros: les ofrecen carne a cambio de protección. Los turistas entendemos esta economía. Las hienas se aproximan al punto en que podrían atacarnos, pero aceptan la carne que ya ha sido asesinada, ignoran los flashes de las cámaras y luego desaparecen nuevamente en la oscuridad. Mañana masticaré una hoja local que secará mi boca y soltará mi lengua. No entenderé cómo la persona con quien dialogo puede callar bajo la influencia de esta hoja mientras mi voz se ejercita como un instrumento de cuerda que libera una improvisación urgente. Le describo mis pensamientos a medida que aparecen, confesiones salidas de un sentimiento lejano a la intimidad, de las que luego me arrepentiré.

 

Por la ventana de la planta más alta se ve una cancha de baloncesto a un lado y, al otro, una montaña. ¿Quién eligió los colores de estos cristales? Dos rojos, dos amarillos, uno azul oscuro; la cámara ha fijado las formas que tomaban los rayos de luz. ¿Es este el escenario de un drama moderno, la base de un comerciante local de armas, o una casa de reposo en donde un sol domesticado sana el recuerdo de la carne herida? En un panel que cuelga arriba en una habitación hay una cita de su hermana Isabelle, quien lo cuidó en Marsella mientras moría: ‘Son idée fixe est de quitter Marseilles pour un climat plus chaud, soit Alger, soit Aden, soit Obock.’ (Está resuelto a dejar Marsella en busca de un clima más cálido –Algeria, Aden, Obock). ¿Era esta la confesión que importaba, no la supuesta conversión al Catolicismo en su lecho de muerte?

 

Dicen que Rimbaud escribió El barco ebrio sin conocer el mar. Esta casa guarda esos sonidos. Tal vez imaginó que su poemario terminaría metido en una bolsa de compras sobre una mesa en alguna cafetería de París y decidió no volver a dar cuenta de su destino. Aquí aprendió a hablar árabe, hararí y amárico con el fin de negociar. No son lenguas apropiadas para la traducción masiva. En una habitación lateral, que no hace parte del tour, se halla una oficina pequeña, sin ventanas. Ahí, sobre un escritorio y bajo una pequeña lámpara, yace un libro en caracteres amáricos entre potes de pegante y páginas sueltas. Alguien está trabajando.

 

Al bajar las escaleras veo estos versos de El barco ebrio flotando en una espiral en la pared:

 

La tempestad bendijo mi despertar marino. / Más liviano que un corcho, sobre el agua agitada / Diez noches he bailado en revuelto destino / Sin recordar los faros de estúpida mirada.


Noticia Biográfica


Lara Choksey es académica y escritora. Actualmente está estudia en la Universidad de Warwick. Sus temas de estudio abordan la ciencia y la literatura, especialmente las narrativas y poéticas de la herencia y la adaptación.



Articulos relacionados