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De la levedad, de Andrés Hermann. Selección de poemas y reseña de Juan Suárez



De la levedad: los estadios de la vida

 

                                                            Juan Suárez Proaño

 

Cuando leí por primera vez la palabra levedad en el título de este poemario, imaginé las cometas y los pájaros que anularon su peso bajo el sol de la infancia; pero se trató, en hora buena, del roce casi prohibido de una piel con otra, el aterrizaje de un cuerpo sobre un calor desnudo, el recuerdo del enamorado al que apenas le importa la ley de gravedad. Así, como los pájaros y como el sigilo del amante, se proyecta la voz poética de Andrés Hermann. El título de esta, su ópera prima, es una invitación consciente a un hogar donde la poesía no se cierra, celosa, sobre sí misma. Al contrario, siempre leve, se entrega sin disfraces ni máscaras al lector, a ese invitado incierto que la levanta, la sostiene, y disfruta de su peso de aire. En el encuentro con la poesía de Andrés no hay espacio para la confusión o la incomodidad del lector. La poesía nos sugiere, habla con nosotros sin necesidad de refugiarse tras palabras ruidosas, complejas o retadoras; Andrés deja esas formas para aquellos que se aproximan al amor con violencia, con ira, con nada más que carne. Hermann prefiere los pasos sigilosos que lo llevarán al armonioso desorden del enamorado, a la belleza indomable del sexo, a la vulnerabilidad del hombre herido. En el libro De la levedad no hay pretensiones de inventar, de falsear la infalsificable verdad del  erotismo. Esta poesía es un espejo clarísimo, una ventana, no una pose, no una fotografía retocada. Es lo primero que los lectores le agradecemos y le agradeceremos a Andrés.

 

Dice el poeta: Solo me ha quedado tu silencio invisible. La voz que elabora estos versos siempre parte del silencio, de la calma que se reconoce siempre como inquietante. Se encuentra solo, abandonado a la memoria, que siempre es el inicio del viaje. Andrés conoce con sutileza lo que tantos teóricos y escritores han intentado explicar, muchas veces sin éxito o sin belleza: que el poema, el más verdadero poema, nace de una ausencia. La voz poética es un canto a lo que no está y que envía apenas migajas de su recuerdo para tirar de la herida o de la palabra. El tiempo sin ti es desolador, aniquilante, dice Hermann. La intensidad con que el poeta se propone recordar es siempre su fortaleza, desde ella empieza su búsqueda, la tarea de encontrar precisamente aquello que le ha provocado romper su silencio y adentrarse en el poema. Confiesa: en la quietud de la tarde, reflexiono.

 

El poeta, entonces, llama. Dice: Elevo un Réquiem que invoque el encuentro. Nace la poesía, se teje despacio pero con firmeza, se construye como un puente probable, como una balsa que llevará al exiliado hasta las tierras de aromas, de embriaguez, de las miradas que está buscando. La voz poética avanza con una clara intención: profanar el silencio inicial en el cual se encontraba inmersa y profanar con él también a la ausencia, al recuerdo. Grita con la fuerza suficiente para rescatar lo que se ha ido: reclamo a los ángeles, me rebelo ante ellos por el vacío que me has dejado. Las palabras colocan ante el poeta y sus lectores aquella imagen, aquel cuerpo, aquel instante que antes se encontraba perdido.

 

Entonces, todo se vuelve desorden. El poema parece imitar la forma aborigen, ancestral, perpetua que tiene el hermoso ritual de lo erótico. Entre las sombras y por la oscuridad, los cuerpos se desnudan en silencio, se sujetan con la timidez de todos los comienzos para luego estallar, morir y revivir en cada golpeteo, en cada vaivén del amor. Andrés Hermann sigue estos pasos: sus poemas nacen, como ya dije, de la calma que incita la búsqueda y al tacto, y avanzan luego por un frenesí que parece eterno. Ahora el poeta canta a aquello que la poesía ha traído de vuelta, dice: la luminosidad deja entrever tu cuerpo/ que provoca ruptura y caos y le confiesa a aquella sombra que ha llegado invocada en el poema: te apoderas de mi universo.

 

Luego viene otra vez el silencio. Ese despertar incómodo que nos despoja del sueño añorado. Esa ausencia otra vez que le obliga a decir me siento más solo, abrazo el vacío, acaricio la soledad. Como el amante que sabe que la noche termina, así, el poeta, vuelve a su silencio. Pero esta vez, saciado ya de todo lo que hace poco fue una explosión en el poema, ya no busca reparar la ausencia.  La voz que, en sigilo, busca calor en un umbral conocido, busca arroparse con las sábanas del recuerdo y susurra: busco asilo en tu mirada.

 

Todos somos, después de leer el libro de Andrés, el amante herido que mordió y bebió; y solo después, cansado, silencioso, se entrega a la convicción firme de que la noche puede quedarse intacta para dos. Amor y levedad, todo aquello de lo que está hecho el hombre.

 

 

 

 

                                                            Selección de poemas del libro De la levedad de Andrés Hermann

 

 

Anamnesis

 

Sumido en la nostalgia,

preso de mis miedos

ahogado en la angustia.

 

Impotente de

no poder redimir

el daño causado.

 

quiero que sepas

que son tuyos mis besos.

 

 

 

 

La dame qui vient de mes rêves

                                                            Tú que como cuchillada

                                                            entraste a mi triste corazón.

                                                            Charles Baudelaire

 

La que un día fue mía

acaba de partir a su encuentro con Caronte.

 

Rezo una letanía

para que ilumine el tránsito de su alma.

 

Despojo sus prendas

para profanar su libido inerte.

 

En un acto resucital

se aferra a mi sexo intenso,

siento el sopor de su cuerpo

que moja mi deseo.

 

Vigoroso entro en su pubis

mordisqueo sus frágiles senos,

bebo la sangre que emerge de sus poros.

 

Me despierto agitado

Afuera la lluvia cobija

aquel manto oscuro que es la noche.

 

 

 

 

De la levedad

 

Tu cuerpo pecaminoso se proyecta

ante el cristal de mis ojos.

 

Irrumpes mi lapso etéreo

tus manos se internan en cada uno de mis poros.

 

Tu respiración

se confunde con mi aliento agitado.

 

Nuestros cuerpos

conciben una sola unidad

la lluvia cae y armoniza,

el deseo se evapora entre lo efímero

y lo complaciente.

 

El goce de tu libido

ha dejado de ser solamente placentero.

 

Busco asilo en tu mirada.

 

 

 

Sólo queda el aroma a tu recuerdo

                                                            A papá

 

Viña ciudad de mar

olor a marisco añejo,

arena la nieve que cubre la cordillera.

 

Costa apoteósica

la brisa había acariciado tu rostro

la tibia espuma del mar humedeció tus pies.

 

Exilio, desarraigo, nostalgia

la tiranía arrancó tu tierra

obligó a internarte en la sierra

 

La voz de la quinta región se apagó

el mar y las montañas,

testigos del ser humano,

a la estrella solitaria amó.

 

 

 

 

Luciana

                                                            Las estrellas no temen

                                                            parecer luciérnagas.

                                                            Rabindranath Tagore

 

Hace tiempo que no logro hallar camino,

La noche me acoge, elevo una oración

que retribuya el milagro.

 

Luciana

primera luz de la mañana

las estrellas no temen parecer luciérnagas.

 

 

 

 

Vea también: selección de poemas del ecuatoriano Juan Suárez Proaño.

 

 

 

 

Noticia biográfica

 

Andres Hermann A. (Quito 1983) Poeta, ensayista y catedrático universitario. Realizo sus estudios en comunicación social, posee algunos postgrados en el campo de la educación y nuevas tecnologías. Tiene formación de doctorado en educación y gestión del cocimiento, estudiaos realizados en Ecuador, Argentina y España.

 

Ha sido profesor en algunas universidades del país y extranjeras, y escrito varios artículos académicos. Es articulista y parte de la revista SOPHIA de Abya – Ayala.

 

Actualmente es catedrático en la Universidad Nacional de Educación y profesor invitado en los post grados de la Universidad Andina Simón Bolívar. “De la levedad” es su primer libro.


Noticia Biográfica


Juan Suárez. Nació en Quito, el 18 de noviembre de 1993. Comenzó a escribir a temprana edad. A los diecisiete años terminó su primer libro, A mi mundo, el cual fue publicado dos años más tarde por la Casa de la Cultura Ecuatoriana, núcleo de Imbabura. Paralelamente, terminó la escritura de Lluvia sobre los columpios, libro que fue publicado independientemente en el año de 2014. En 2015 publicó poemas y cuentos en una obra conjunta con su abuelo titulada Ternuras al caer la tarde. Hace poco público Hacen falta pájaros, en la editorial “El Ángel”. Varios de sus relatos cortos han sido utilizados como material didáctico en escuelas y colegios de Imbabura y ha sido publicado en revistas y antologías poéticas del Ecuador. Participó en el encuentro internacional de poesía “Poesía en Paralelo Cero”. Actualmente es estudiante de Comunicación y Literatura en la Universidad Católica del Ecuador.



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