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Entrevista a Richard Gwyn: la poesía es solo uno de los estanques en los que pesco



Entrevista a Richard Gwyn: la poesía es solo uno de los estanques en los que pesco.

 

 

Por Fredy Yezzed

 

 

Richard Gwyn (Sur de Gales, Reino Unido, 1956) fue uno de los 30 poetas invitados al X Festival Internacional de Poesía de Buenos Aires en abril de 2015. Gwyn posee una biografía de tinte cinematográfico: trabajó como lechero y aserrador en Londres, fue pescador y vagabundo en Grecia, se hizo adicto a la heroína y el alcohol, estuvo preso en Sicilia, y como curiosidad, en una plantación de uva en Francia conoció a Roberto Bolaños. Gwyn acabó tirado en una zanja en Barcelona desde donde lo deportaron a Gales, según su traductor Jorge Fondebrider, para empezar su rehabilitación y más tarde superar un trasplante de hígado. Además, estudió Antropología en London School of Economics y se doctoró en Lingüística. Trabaja como traductor de poesía y es director y profesor de la maestría en Escrituras Creativas de la Universidad de Cardiff. Entre sus libros de poemas se encuentran: One Night in Icarus Street (1995), Stone dog, flower red/Gos de pedra flor vermella (1995), Walking on Bones (2000), Being in Water, (2001) y Sad Giraffe Café, (2010). Y en narrativa, The Vagabond’s Breakfast (2011), especie de memorias, que ganó el Wales Book en 2012 y que publicó en Argentina Ediciones Bajo La Luna.

 

La idea de esta entrevista se dio durante un recorrido literario por la Av. De Mayo en compañía del poeta catalán Àlex Susanna, el colombiano Ramón Cote y la argentina Denise León; para concretarse días después en el bar del Hotel Plaza en Buenos Aires, donde según Gwyn –y luego lo corroboramos– sirven el mejor Martini de la ciudad.

 

 

Fredy Yezzed: ¿Cuándo llegaste a la poesía de una forma consciente?

 

Richard Gwyn: Nunca llegué a la poesía de una forma consistente. Aún estoy dando vueltas y la poesía es solo uno de los estanques en los que pesco. Pero empecé a escribir poesía a los trece y he escrito poesía desde entonces con cierta intermitencia.

 

 

Trabajas como traductor de poesía. ¿Por qué motivo te volcaste a traducir poesía?

 

—Aún si entiendes bien otro idioma, hay cierto tipo de curiosidad que te hace querer ver cómo funciona un poema –si acaso funciona– en tu propia lengua. Hay una motivación dirigida por la curiosidad en un principio, después un sentido de la estética se cuela y finalmente un deseo de controlar el resultado, sabiendo todo el tiempo que ésta es simplemente una versión entre muchas otras.

 

 

— ¿De los poetas conocidos latinoamericanos a quién tradujiste primero?

 

—De hecho el primer poeta que traduje del español fue Jaime Gil de Biedma. El primer latinoamericano fue Roberto Bolaño, pero no me permitieron publicarlo porque su albacea literario era muy estricto con los derechos de autor. Los siguientes fueron unos cuantos poemas de Nicanor Parra, Ernesto Cardenal, Claribel Alegría y Alejandra Pizarnik. Mis primeras traducciones de la generación más joven fueron de Andrés Neuman y Wendy Guerra.

 

 

— Y de tú recorrido, ¿a cuál disfrutaste más traduciendo?

 

—Sinceramente, las personas que más me ha gustado traducir hasta la fecha han sido los colombianos Darío Jaramillo Agudelo y Rómulo Bustos Aguirre. Encuentro en su poesía algo muy cercano a mi propio entendimiento del mundo.

 

 

— ¿Qué te llamó la atención o te atrajo del idioma español?

 

—Una joven mujer española, hace muchos años. Ella no hablaba bien el inglés.

 

 

— ¿Cómo te fue con la lectura del Boom latinoamericano?

 

— Estaba obsesionado con Cien años de soledad. Ese fue el primero. Yo tenía alrededor de veinte años. Luego, un libro enorme de Fuentes, Terra Nostra, que me dejó impactado y que probablemente no sería capaz de leer ahora. Estos fueron los dos primeros libros grandes de escritores del Boom que leí. Nunca he considerado a Borges como parte del Boom pero yo ya había leído a Borges antes que a García Márquez y Fuentes, más o menos a los diecisiete años. Lo que me gustaba de Borges eran las ideas, la libertad de hacer casi cualquier cosa con los conceptos de la realidad y la imaginación. Esto era muy diferente al trabajo que se estaba haciendo en mi húmedo y frío rincón de Europa noroccidental en los setenta.

 

 

El mismo Gabriel García Márquez consideraba que su gran novela era El amor en los tiempos del cólera…

 

— El tipo de la librería del colegio donde estudié me recomendó Cien años de soledad. Recientemente traté de leerlo otra vez pero no tuvo el mismo efecto. Sin embargo, extrañamente, El amor en los tiempos del cólera, que no me había gustado tanto la primera vez, lo volví a leer el año pasado en español durante mi estadía en Colombia y me impactó bastante. Supongo que esto se debe a que ahora soy mayor.

 

 

— Juan Gabriel Vásquez tradujo una novela tuya…

 

— Sí, pero Juan Gabriel estaba traduciendo para ganarse la vida, así que estoy seguro de que él no eligió mi libro. Fue interesante, sin embargo, porque él estaba viviendo como inmigrante en Barcelona cuando lo estaba traduciendo y me escribió mientras trabajaba en el libro para decirme que era divertido estar traduciendo un libro escrito por y acerca de un inmigrante viviendo en Barcelona. Desde entonces, nos hemos mantenido en contacto de cuando en cuando.

 

 

— Cuéntame aquella anécdota cuando conociste a Roberto Bolaños…

 

— Bueno, creo que fue en 1979. Yo estaba trabajando en la vendimia de Lézignan Corbières en Roussillon, Francia. Yo estaba en el café leyendo algunos cuentos de William Burroughs cuando este tipo delgado apareció y me empezó a hablar en un mal francés acerca de lo que yo estaba leyendo. Para averiguar más tienes que leer el capítulo 31 de El desayuno del vagabundo.

 

 

¿Qué te gustan más, las novelas o los poemas de Bolaño?

 

— Las novelas sobre todo, y los cuentos, por supuesto. No es un poeta muy dotado. Es decir es muy interesante como poeta pero no es de la Premier League.

 

 

— Sobre Bolaño, ¿qué te llama más la atención, sus novelas o su poesía?

 

— En el caso de Bolaño –aún si él es “mejor” novelista que poeta–; de hecho es muy provechoso leer su poesía para llegar a una mejor comprensión de su vida como detective salvaje. Juan Villoro me dijo que cuando él y Bolaño eran jóvenes discutieron la idea de que se pudiese vivir la vida como un detective salvaje, “de vivir poéticamente en lugar de escribir poesía”. Supongo que Roberto cambió de parecer acerca de eso a medida que se hizo más viejo. El detective salvaje es el poeta, el “poeta maldito”, pero Bolaño se permitió surgir como el novelista que vivió lo suficiente como para relatar ese momento de su vida.

 

 

— En tu biografía se cita que estuviste vagando por Grecia. ¿Qué le aportaron los poetas griegos a tu poesía?

 

— Los poetas griegos –Kavafis, Seferis, Ritsos– probablemente me influenciaron más que cualquiera de los poetas ingleses. Sentí una potente afinidad no sólo con sus poéticas, sino también con cierta forma de mirar el mundo que es en esencia mediterránea: curiosa, no-didáctica, preocupada por el detalle significativo y la coincidencia, la entropía y la materia oscura del universo.

 

 

— Eres galés, pero escribes en inglés. ¿Te señalan los fanáticos del dogmatismo por este motivo?

 

— No. Actualmente no es un problema en mi país. Lo era probablemente hace 30 años, pero ahora la mayor parte de escritores que escriben en galés entienden que para muchos galeses –como yo– el inglés es el primer idioma, y lo aceptan. De la misma manera que más o menos el 20% de los que hablan y escriben en galés ahora tienen la libertad de hacerlo y tienen una pequeña pero dedicada cantidad de lectores. Tratamos de ser maduros acerca de esto y de respetar las posiciones de los otros. Algunos de mis amigos incluso escriben en ambos idiomas.

 

 

— ¿Por qué tu pelea contra la metáfora?

 

— ¿La tengo? Me han dicho que la tengo, así que debe de ser verdad. Tal vez Susan Sontag me enseñó a sospechar de la metáfora y tal vez un día desperté y dije: “¡Hey! La metáfora está muerta: larga vida a la metáfora”. Quién sabe. La verdad es que por mucho que tratemos de reprimir la metáfora ella sigue apareciendo, como la materia del inconsciente.

 

 

— Me llama mucho la atención que escribes “poemas en prosa”, creo que tú los llamas “cajas”, yo los llamo “párrafos de aire” en un estudio. ¿Qué te aporta esa forma a tu poesía?

 

— Una poeta galesa, Gwyneth Lewis, describió mis poemas en prosa como ‘cajas’, y me gustó la idea así que la tomé prestada. “Párrafos de aire” es maravilloso. ¿Quién dijo eso? Desde mi lectura de Rimbaud en la adolescencia, me gustó mucho la forma del poema en prosa. Amo la liberación que otorga, liberación de las restricciones del verso. Pero muchos de mis poemas en prosa funcionarían como poemas asimismo, si fueran versificados. A menudo los reescribo muchas veces de diferentes maneras (versificados o como prosa) antes de decidirme por la forma final. El último libro (Sad Giraffe Café) está compuesto enteramente de poemas en prosa; el anterior a ese (Being in Water) tiene “formas poéticas” más tradicionales. El siguiente libro, Stowaway, será una mezcla.

 

 

— ¿Qué otros poetas ingleses o galeses has leído como poetas en prosa?

 

— Muy pocos. David Jones. Hoy en día George Szirtes, John Freeman, David Greenslade, Carrie Etter, Jane Monson, Luke Kennard.

 

 

— Se conserva en tu poesía mucho la anécdota. No es una lista de descripciones apabullante, siempre hay una “situación insólita”.

 

— Eso es porque toda la vida se basa en una historia y, como dijo Borges, nosotros seguimos retornando a la anécdota, a la historia. Estamos programados para la narrativa.

 

 

— Sería un crimen no preguntarte por la poesía de Dylan Thomas. ¿Qué es lo que más te gusta de su obra?

 

— ‘En mi oficio u hosco arte’ (‘In my Craft or Sullen Art’). Por una vez no está tratando de impresionar, para ser del todo sincero.

 

 

— Finalmente, te estás hospedando en el Hotel Castelar, el lugar dónde se hospedó en 1934 Federico García Lorca. ¿Cómo te la llevas con la obra del español?

 

— Soy un gran aficionado de la poesía de Lorca.

 

 

Buenos Aires, 28 de abril de 2015


Noticia Biográfica


Richard Gwyn (Sur de Gales, Reino Unido, 1956) fue uno de los 30 poetas invitados al X Festival Internacional de Poesí­a de Buenos Aires en abril de 2015. Gwyn posee una biografí­a de tinte cinematográfico: trabajó como lechero y aserrador en Londres, fue pescador y vagabundo en Grecia, se hizo adicto a la heroí­na y el alcohol, estuvo preso en Sicilia, y como curiosidad, en una plantación de uva en Francia conoció a Roberto Bolaí±os. Gwyn acabó tirado en una zanja en Barcelona desde donde lo deportaron a Gales, según su traductor Jorge Fondebrider, para empezar su rehabilitación y más tarde superar un trasplante de hí­gado. Además, estudió Antropologí­a en London School of Economics y se doctoró en Lingí¼í­stica. Trabaja como traductor de poesí­a y es director y profesor de la maestrí­a en Escrituras Creativas de la Universidad de Cardiff. Entre sus libros de poemas se encuentran: One Night in Icarus Street (1995), Stone dog, flower red/Gos de pedra flor vermella (1995), Walking on Bones (2000), Being in Water, (2001) y Sad Giraffe Café, (2010). Y en narrativa, The Vagabond’s Breakfast (2011), especie de memorias, que ganó el Wales Book en 2012 y que publicó en Argentina Ediciones Bajo La Luna.



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