TEXTOS

Anterior
Volver al inicio
Siguiente


Reseña de "Adiós a todo eso", poemario de Orlando Gallo Isaza



La vida de ida y vuelta

 

Sobre Adiós a todo eso (2016), poemas de Orlando Gallo Isaza

 

Por Robinson Quintero Ossa

 

 

La vida de ida y vuelta parece una frase con sentido para hablar de los asuntos y acentos del último libro de Orlando Gallo Isaza, Adiós a todo eso, publicado por Comfama y Metro de Medellín en la colección Palabras Rodantes, titulada así porque sus librillos, que caben en cualquier bolsillo viajero, se obsequian en las estaciones del tren para que los usuarios en sus vagones viajen de otro modo mientras viajan, o dicho con otras palabras, para que sean en una misma sensación viajeros móviles e inmóviles.

 

Dije «la vida de ida y vuelta» porque es frecuente enterarse en estos poemas de Adiós a todo eso –como en obra anterior del poeta–, de una suma de episodios y visiones vividos por este en su viaje –volvemos a la imagen del tren– de ida, en apariencia desprovistos por el olvido, que ya en su tránsito de regreso, recobrados por la memoria, son de nuevo meditados y sopesados. Y esto lo hace Gallo Isaza con minuciosa sensatez y casi siempre –porque la vida es paradojal e ilógica, y no menos risible–, con humor de ironía fina y de envío contundente.

 

Como cuando colige en el texto «Telarañas», mientras observa el cadáver de su madre:

 

 

La vista de su pesado cuerpo inerte

Soliviado por esos dos hombres de finos bigotitos

Y uñas impecables

Resultó tan… contundente

Frente a los sueños, frente a las teorías,

Y de un patetismo que bordeó el mal gusto.

 

La poesía del poeta colombiano es el asombro ante la experiencia razonada, más que el asombro ante la experiencia emocional. Por eso deduce uno que sus poemas parecen incitados más por el hallazgo de un sentido trascendental que por las suscitaciones de una imagen o de una tonada. Su palabra, la pulsión de su acento, parece más que pintar, más que cantar, repasar, meditar y replicar. Uno lee a Gallo y advierte que este busca componer –en ese viaje que va y torna–, no su identidad como persona sino como individuo que ha sido despersonalizado o enajenado, por medias verdades, por simulaciones históricas, por moralismos familiares, por supuestos literarios, por conveniencias sociales y arbitrariedades religiosas.

 

La misma poesía –en ese viaje de ida y vuelta de las lecturas y las relecturas– es también con frecuencia puesta en la mira de sus malicias, de su réplica, así como los talentos y sabidurías de sus poetas, aunque también resalta el elogio y la recreación, como lo hace en «Cuatro réplicas a Ernesto Cardenal», una de cuyos fragmentos cito con el mayor gusto, por su deliciosa confección:

 

 

Tu perfección sería digna de mejores versos

Que los míos.

 

 Si frente a tu belleza

Es pobre esta época,

¿Qué no decir de uno de sus más modestos amanuenses,

Anonadado además por el amor?

 

 Merecerías un tiempo como el de Petrarca.

 

 Pero, ¿Te merecería él?

 

Gallo escribe Adiós a todo eso después de «dos largos años/ aplicados con todo rigor/ a no escribir poema alguno» y después de esta «ferverosa abstinencia/ deliberada», luego de «dejar que se incubaran/ vacíos/ espacios en blanco/ pequeñas miserias», nos comparte sus nuevos versos como signo de la persistencia lúcida de su voz, anotada ya en libros como Siendo en las cosas, Paisajes fragmentarios (Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia) y La próxima línea, tal vez (Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus). Otro páramo los participa ahora a sus lectores transcribiendo una muestra de ellos y destacando el largo pero fino poema –en tono de Eliot, si hago evocación de lecturas– que da nombre al libro, «Adiós a todo eso».

 

Leídos en los vagones de ida y vuelta del Metro de Medellín, o en este otro vagón que es la página virtual de Otro páramo, los lectores confirmarán que en los escritos de Orlando Gallo, mientras la vida «contextualiza», el poema –es su gracia– «torna la pena hermosa».

 

 

Selección de poemas de Orlando Gallo

 

 

Señora joven

 

Un primer golpe de vista la encuentra espléndida empujando el carrito en el mercado, con ese rayo de sol rodeando sus pies, como si el tramoyista quisiera destacarlos precisamente esa mañana.

 

Y así la piel que sube muy blanca hasta el vuelo de la falda de organdí, que cae desde la cintura demorando su lascivia en la curva de la cadera.

Su muy lento giro para acercarse al aparador de los cereales, con las manos desplazándose dubitativas, deja adivinarlas en el posible ardor de la caricia repetida.

 

Ha sido amada hasta la fatiga y en su rostro hay un clamor pero también un hastío, un desmoronarse del deseo, una vacilación en la dureza de la carne.

 

 

 

 

Telarañas

 

Ya no esperaba más cambios en mi vida

Hasta que mamá murió.

 

No puedo negarlo, desde entonces

Se hizo más triste el mundo,

Apareció por fin el descampado.

 

La vista de su pesado cuerpo inerte

Soliviado por esos dos hombres de finos bigotitos

Y uñas impecables

Resultó tan…contundente

Frente a los sueños, frente a las teorías,

Y de un patetismo que bordeó el mal gusto.

 

Mi pequeña obstinada rutina

Continuó sin embargo

Impertérrita,

 

Salvo por un detalle:

 

El veloz y traicionero entramado

De las telarañas

Construidas y disueltas por la noche

En los marcos de las puertas

De mi pieza y del baño:

 

Ese casi imperceptible obstáculo en lo oscuro,

En el rostro,

Como una caricia.

 

 

 

 

Una firma

 

Hecha un ovillo sobre sí

como preservándose del mundo.

 

Sin fisuras,

garrapateada en un rapto inspirado

pero también urdida

en el tiempo muerto

de múltiples tardes

 

fue en el reverso de aquellos cuadernos

que engordaban con el año

 

signo y cosa,

yo y ello.

 

(¿De cuántos ritos me hizo responsable

albergándose abajo de la página?)

 

De que nunca más seremos lo que fuimos

me ha convencido

no el filósofo de Efeso

sino la incrédula cajera del banco

ante cuya mirada

intento vanamente bosquejarla.

 

 

 

 

Adiós a todo eso

 

Dos largos años

o mejor

dos años largos

aplicados con todo rigor

a no escribir poema alguno

 

y cada mes

en la «programación de asuntos importantes»

de la agenda

 

una fervorosa abstinencia

deliberada

y a decir verdad

difícil

 

pues el mundo está lleno

de esa clase de tentaciones

que el verso

 

resuelve tan eficazmente

que uno llega a sospechar

 

Dejar que se incubaran

vacíos

espacios en blanco

pequeñas miserias

 

como la envidia

de… todo

 

y de pronto

el hartazgo de la confesión

del tipo «ayer al levantarme

miré tu rostro»

 

o «caminábamos mi madre y yo

por las soleadas calles del centro»

 

porque después de todo

a quién diablos

le importan

las fotos de tu álbum

 

la minuciosa memoria

que incluye

hasta el color del cabello

de alguna tía abuela

 

(abstinencia, tentaciones

confesión…

vocablos de despacho parroquial)

 

El Verbo que se hace Carne

finalmente puede ser también una estética

 

El poema

torna la pena hermosa,

 

y del desamor hace vindicta,

 

fino estilete

que busca el delgado cuello

 

Decepcionada

por la caótica vida del poeta

la fúlgida adolescente busca olvido:

 

un amor por otro amor,

eludiendo, claro,

cualquier traza de desgreñado humanismo

huye al otro extremo

del pensum

viniendo a dar

con el joven estudiante de finanzas

práctico

tal vez menos intenso

pero también con «su corazoncito»

 

La primera tarde juntos

al calor de unos vinos

en medio del lago

y para demostrarlo

 

de entre su chaqueta de pana

con timidez

saca el pequeño libro de versos

de un autor nuevo

casi desconocido

 

(salvo para ella)

y lee…

 

Con la paciencia

de quien tiene todo el tiempo

el desarrapado

embadurna cada pedazo de su cuerpo

 

en aceite de motor

logrando:

 

a) Parecer un mecánico desempleado

b) Soslayar las miradas conocidas

c) Guarecerse de las frías noches bajo el puente

 

Precisa caligrafía de un mundo

que no calla

nunca

 

pues aún lo no dicho

grita

 

y de los que ya murieron

llega un soplo tibio hasta tu nuca…

 

El miedo

se ha descubierto

está adentro

y afuera

 

es un diminuto rayón en tus neuronas

imperceptible aún en el más sofisticado microscopio

o el «pecho malo» amenazante

 

pero también sombras de asesinos embozados

asediando a tus abuelos

en una guerra de mil días

 

los relatos de los viejos alrededor del fogón

en las oscuras noches de la finca

que hablaban de decapitados insepultos

estorbando en los caminos

 

vueltos por tu monótona vida de niño

indemne

fantasmas…

 

pero hoy de nuevo el miedo

para tu hijo

tiene cuerpo

 

los bultos no son niebla

 

en el recodo hay una cuadrilla

han cortado la alambrada

se oyen ruidos

ya vienen.

 

Alguna vez juraste

con Rilke

no escribir

si tu vida no dependía de ello

y otra vez te has fallado

 

Pero «los días de la Ironía están aquí»

 

Y «la vida no soporta una mirada profunda»

 

Como esas películas proyectadas

en los autobuses,

en los viajes largos,

sobre carreteras disparejas

Sucede…acaso

 

(Recordar que el amor de Narciso y de Eco

sólo fue posible en la palabra)

 

El poema se iba a llamar

«El abogado de enfrente»

 

El asunto de un penalista en decadencia

y su sórdida clientela

de muchachas tatuadas

intentando sacar a sus novios de la cárcel,

dispuestas a entregarse

allí mismo

sobre el raído tapete

por una libertad condicional

o un auto de archivo

 

(Y las viejecitas cubiertas de hollín,

llorosas, encendiendo una veladora a Changó

y otra a María Auxiliadora)

 

En el forzado asueto

de mi incipiente oficina de picapleitos

yo las veía desfilar

 

e imaginaba

un rastro de sangre

persiguiéndolas por generaciones

 

El poema iba tan bien

 

pero lo echó a perder un tiro en la nuca

del leguleyo

mientras almorzaba

 

(su rostro hundido en el plato,

ese bigote nadando en el menú del día)

 

Hace dos décadas

habríamos jurado que S. coronaría una obra

o algo así

 

Sus versos brillaron

–casi–

como su piel

 

de mano en mano su carne

y sus libros

deambularon

 

Anhelábamos

la fronda de su pelo

en nuestra almohada

 

y si no

al menos

un nuevo recital

 

Como sus tetas caídas

hoy

tres tomitos

al fin del anaquel

 

Incluso las más bellas melodías

fatigan

 

hasta la suite número dos

(badinerie) o la cantata

Ich Habe Genug

de Bach

 

pueden volverse

previsibles

y hartarnos

 

No he vuelto por ello a releer

Ocnos

de Cernuda.

 

(aunque debe estar por ahí)

 

Geografía

fue mi materia preferida en bachillerato

 

los saboreados relatos de don Julio

siempre impecable

con su saco abotonado

y su panoplia de corbatas:

 

Londres, París,

Roma y su ruinosa prosapia

la sirenita divisada desde cubierta

al arribar el barco a Copenhague

 

Viajes que de seguro no habrían podido pagar

sus modestas mesadas

eran una fiesta en ese menesteroso liceo

de mapas remendados

e incierta nomenclatura

 

Si alguna certeza tuve entonces

fue la de que los veinte años no me sorprenderían

en este hemisferio, en esta latitud

donde la tierra se angostaba

hasta el pánico,

 

donde la esquina era el límite,

 

en esta ciudad

donde las cicatrices que los amantes memorizan

mutuamente

al deslizarse sus cuerpos

por la pendiente que una lentísima tarde regala

 

sirven tantas veces

para reconocer algún cadáver en la morgue.

 

La muerte

me he percatado

establece el necesario contrapunto

 

resuelve y organiza sus materiales

que son los nuestros

 

(la vida contextualiza)

 

Una llamada a las tres de la mañana

Generalmente

Trae consigo

Un pálpito doloroso

 

Mientras caminas hasta el teléfono

Desfilan en la penumbra

Rostros ausentes amados

Y alcanzas a pensar

Cuál puede ser tu corbata más fúnebre

Y qué cita será definitivamente cancelada

 

Casi agradeces la balbuciente voz del borracho

Al otro lado de la línea

 

Definitivamente Equivocado.

 

 

 

Vea también: La poesía se burla de las fabulitas – Robinson Quintero Ossa


Noticia Biográfica


Robinson Quintero Ossa es poeta, ensayista y periodista literario. Licenciado en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad Externado de Colombia. Libros de poemas: De viaje (1994), Hay que cantar (1998) y La poesí­a es un viaje (2004). Ediciones Catapulta publicó en 2006 su breve antologí­a de oficios El poeta es quien más tiene que hacer al levantarse, y La Universidad Externado de Colombia, en 2013, en su colección “Un libro por centavos”, la selección de poemas Los dí­as son dioses. Ha publicado libros de investigación literaria y de periodismo literario. Sus obras de ensayo son: “Un panorama de las tres últimas décadas” para el libro Historia de la poesí­a colombiana (2009), junto a Luis Germán Sierra, y Libro de los enemigos (2013) –Beca de Creación en Ensayo, Alcaldí­a de Medellí­n 2012–. Como director de talleres literarios, ha trabajado para la Casa de Poesí­a Silva, las bibliotecas públicas de Comfenalco-Antioquia, el Taller de Letras de la Fundación Jordi e Serra. En la actualidad orienta los talleres de creación literaria La máquina de cantar y compone, junto a Fernando Linero, el grupo musical El poeta canta dos veces.



Articulos relacionados