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"¿Componer o escribir hoy un poema?", un ensayo de Jaime García Maffla



Para el profano, el término “componer” se asocia a la notación que sobre el pentagrama se hace de una melodía, de la música… ¿Trasladarlo al poema? “Componer” unos versos que den en un poema. Sí, a condición de que sólo lo haga aquel que ha dado a su vida la forma e imperativo de La Poesía…

 

“Hacer”, al cabo: “escribir” un poema. Y asumo aquí como horizonte mi convicción de que la poesía no es literatura, así como ha de invertirse en este “componer” de hoy (por un obligado “deber hacer y ser” en divergencia ante los legados), la jerarquía clásica latina de la Retórica: de ARS>ARTIFEX>OPUS, a: Artifex (ya el poeta)>Opus (como género neutro: el poema)>Ars (la poesía en cuanto categoría atemporal). Ésta, como zona abstracta del mundo, que configura un motivo íntimo ajustándolo  –lejos del poema “per se”– al palpitar inmediato del mundo. Y hacerlo desde el poeta (ser nunca de excepción sino sólo portador del talento expresivo), para que llegue a asumirse ya en cuanto Obra, en la cual sea reconocible otra noción: El Arte.

 

Anterior a éste, el preguntarse: ¿Qué es la Poesía? No se la puede definir, sino sólo dar noticia de su estar allí y gravitar sobre la esencia humana por la transmutación misteriosa del lenguaje. Pero: ¿cómo y cuándo el lenguaje del habla cotidiana se convierte en poético? ¿Por cuáles leyes una organización de palabras llega a ser el poema? Están con la voluntad de arte, las tensiones internas del poeta, no hacia sí sino hacia la unión con los equívocos de toda conciencia.

 

Una trilogía: desde la antigüedad, la razón se ha ocupado por el darse de la palabra poética; ha preguntado por su ser y manera de ser, su hacerse, materia y secreto, su gravitación, su aliento y hálito. El ser humano ha sabido que, tras el “Canto”, vino algo llamado “Poesía”, que el “Poema” está delante de sus ojos, y aún tienen una vaga noción de lo “Poético”.

 

Condiciones: sentido del ritmo cordial propio y de una imprecisa armonía más alta; ver al poema como a un espejo. Verse en él. Saber que sus palabras vienen de labios del misterio, cuya modulación se da con las ondulaciones de la emoción de quien traza de los versos. Ser, sí, consciente de que en el poema de hoy sobrevive la función ritual del poema antiguo. Saberse dentro de la historia misma de la poesía y de la noción de lírica. Saber tocar con los ojos al poema, como con las manos se toca la corteza de un árbol. Estar en la certeza de que su único amigo es el aire en torno, y entre una urdimbre de alegorías y de símbolos. Que los estados de ánimo son motivos poéticos, transpuestos a cuanto podemos oír del habla de las presencias del mundo, o de “las cosas”; decir directo: Amar…

 

Al no ser definible La poesía, la forma verbal “es”, adquiere un carácter  descriptivo. Debe, sí, consignarse que ella se preserva en relación con cuatro instancias primigenias humanas: el canto, el rito, la invocación y la ausencia. Queda, pues o al cabo entre las manos, como instancia última, o punto cimal único hacia cuya figura todo conduce: el Poema.

 

En otra fórmula, se trazan linderos entre cada una de tres diversas entidades: 1.- la poesía, 2.- lo poético y 3.- el poema.  Al estar al lado de la poesía, vislumbramos el camino que lleva al poema, trazado en nuestro interior por lo poético. En la literatura y en el ensayo el lenguaje es un utensilio para la transmisión de una anécdota o un razonamiento, mientras en el poema es instantánea fusión –que se revelará a un lector luego para darse en él– de nuestro ser consigo a través del lenguaje.

 

Se está con o en medio de las cosas, cuya presencia es un allí de afuera, y no con aquellas que desde lo indecible íntimo se abren en un adentro nuestro. Nos volvemos a éstas así como hoy ellas a nosotros, como necesitadas, llevados de la mano de algunos de los instantes más altos de lo humano, a un tiempo inmanentes y trascendentes: el aprender a oír un vago llamado, a darnos una forma propia por las figuras del habla poética; conciencia de un estadio simbólico para todo enunciar; el don en ella de esa configuración, la libertad interior y la expresión, lo maravilloso y la tensión subjetiva, lo inteligible y, por fin, el milagro.

 

Estamos con nuestro sentimiento, nuestro estar sólo ahí, ver y oír, y con el frágil, fugaz historial nuestro, que hace esa figura de la “experiencia poética”, desde otro horizonte, que deriva en el nacimiento del poema. Hace que esté ahí un ramillete de palabras que desde una armonía o música hablan desde nosotros a los otros… ¿Qué es un poema, qué dice, o muestra, o señala o reclama, y, luego –tal vez antes– cómo se “compone” un poema?

 

Desde lo informe; desde la evocación interior hacia un afuera, delante de los ojos y fijada sobre una superficie. Así, luego del ámbito de lo poético, presentamos La poesía como “nuestro” poema, pues eso “lo poético” la excede y es experiencia aún no plasmada de todo ser humano…: un conjunto de palabras en una organización o disposición verbal a la cual se ha llamado –en metáfora agrícola por la vuelta del arado–: el verso. Es un estrato de sólo sonido, o de alentar rítmico en las palabras, conducido por la conciencia de otro ritmo, interior y ajeno al mundo en torno.

 

Pero las palabras significan, tienen un lastre racional o dicen cosas, luego de que al “yo” creador la imagen ha llegado. Entonces, los versos tienen un significado y –en los de hoy– se alejan también de él: son lo que dijo el poeta y la manera reconocible ya, como lo dijo. El poema final es lo que plasmó, pero sobre todo “hizo” el poeta. En traducción de “un” sentimiento que se hará visión. Lo que escribió…

 

¿Componer un poema? No, sino “hacer” al escribirlo… El poema del mundo de ayer se ajustaba al discurrir lógico de la sintaxis, mientras que al de hoy, para saberse o preservarse dentro de lo poético atemporal (que cuando se opone a sí mismo sigue siéndolo), se le imponen diversos grados de desaparición, o modificación y transgresión del aludido estrato gramatical, de ese discurrir que como senda trazada puede dar sus pasos lo racional, dado a conocer por la sintaxis.

 

Figuraría aquí entre líneas un término, “posmodernidad”, acerca del cual confieso que guardo una ignorancia sólida. Entonces, pues, hacer o elaborar, anotando, de paso, que el término Arte no existe en la lengua griega; y este hacer viene así a darse en el marco de “Lo Romántico”, no como El Movimiento ni como Escuela históricos, sino como “Categoría” intemporal y universal.

 

En un poema se habla de manera distinta que como se hace en la comunicación o transacción diarias, y por él deviene en un ser que da a ver en todas direcciones, tras de las cuales se ilumina la materia inasible que nos hace. También nos deja en capacidad de oírnos y de ser heridos. Entonces se despierta en el lector una percepción correlativa a la de quien escribe o “crea” el verso.

 

En el poema, aquello que se muestra delante de nosotros es una figura del lenguaje como uno con nuestra subjetividad, y nuestra savia ancestral, a la vez oscura y transparente, gracias a unos más altos, hálitos de vida, actitud de encuentro, intensidad e imperativo de esencialidad que une espíritu y sentidos, idea de la vida y anécdota vital, estancia e instante cercados por una transparencia que no identificamos con ninguna otra forma de contacto con el mundo.

 

Alguien escribe un poema y es poeta; al serlo ha dispuesto unos versos (no hay poema de un solo verso, pues resultaría: nada más una sentencia; por lo cual son necesarios la vuelta, o a renglón seguido [que puede darse en encabalgamiento] verso segundo o frase [cuantos hayan de ser], la ampliación de la materia de esa idea, por imagen o música, aparecida en locución primera). Y el poema está hecho.

 

Tenemos que desandar una travesía que se hizo de lo emocional a lo mental, y de la mente a la página, sí única, que recibió el trazo primero: de un haber visto, al hallar o ser hallado por la palabra exacta. En estos, trazo y trazado, van sucediéndose poco a poco los versos, hasta el dibujo total del poema (anotando aquí que, antes de escribir el poema o de tener su contenido, ya sabe cómo va a sonar y cómo va a verse), versos que unas veces nacen o salen bien, definitivos, y otras hay que cambiar o corregir, modificar y hacer de nuevo, hasta que “el poema” en acuerdo con una vibración despersonalizada, ya no el poeta, diga lo que tenga o tenía que decir, anterior siempre al percibirse de la mente creadora, aunque anterior a ella, gracias al inconsciente. Entonces “el poeta” mira al poema y se sorprende: ese poema, no su sentimiento, le indicará el camino para el siguiente poema que va a hacer. Aquí la noción de Obra Poética en alguien…

 

El poeta crea el poema. ¿Cómo? Aproximémonos con un ejercicio a la pregunta. En un instante, y sin explicación, en la mente y sentir del poeta aparecen la imagen y sonido de la lluvia; entonces compone un breve forma, cuando esa imagen y su armonía interior se unen al pensamiento y, por ejemplo, escribe:

 

                              Sueño

                              Mientras oigo llover

                              Y comparo mi vida a una gota de agua…

 

La aparición de la sensación o imagen y la redacción de los tres versos son simultáneas, pero lo que importa para llegar a escribir los tres versos es que no esté lloviendo… Es un recuerdo, más que de la lluvia, de su sensación y la transformación del espacio que en torno suyo se da también el mirar a la vida y a sí mismo. Un pensamiento, sí, ahora, asociando a la imagen la sensación y la experiencia toda de la vida.

 

Lo que como ejemplo hemos puesto que el poeta ha escrito puede ser ya un poema en sí mismo o el germen de un poema más largo, por el sistema de la sensibilidad que asocia y se hace gracias a los objetos asociados.

 

¿Por qué escribió el poeta su poema? Gracias a una razón por sobre otras: sabe de la poesía y ha conocido antes muchos otros poemas; pero la fórmula de la los versos existe en su mente antes del suceso; también hubo antes una melodía interior total, algo como un acorde prerracional e íntimo.

 

Trátase de “saber hacer” un poema, para lo cual, en principio, son necesarias siete condiciones: 1.- Sentido de la música. 2.- Sentimiento del lenguaje. 3.- Apertura a la imaginación (que no es la fantasía de un novelista). 4.- Conciencia de los propios sentimientos, 5.- Relación con la vida y el mundo determinada por la sensibilidad y la capacidad de ser herido. 6.- Necesidad de componerlo para hacerse a sí mismo, al unísono con él y en ese instante. 7.- Sentimiento y sentido del paso del tiempo.

 

La poesía está en la mente del poeta y es anterior a ella porque las palabras alientan en él como otros seres vivos que le hablan y acompañan. Y en cuanto a los poemas, los hay, en principio hasta hoy, de cuatro tipos: a) los que se escriben según las formas y normas tradicionales, b) los que se escriben en forma libre, c) los que combinan una y otra, y d) los que en algún terreno consiguen algo inédito, aclarando que, si no hay ni ha habido ser humano alguno original en nada, sí los hay con el don ver formas desde otro cristal, aunque tampoco hay nada en nosotros que no venga de la memoria. Al ser humano le es imposible imaginar algo que no esté en la memoria, así en las ciencias sea posible el avanzar hacia algo nuevo por la deducción, pero ésta le pertenece a la ciencia misma y no a la persona.

 

En cuanto a ésta, quien “hace” un poema –no una fórmula matemática–, debe saber que también el lenguaje existe para ser contemplado y la poesía no es literatura pues no utiliza al lenguaje para transmitir contenidos fijos, sino que lo toma para a sí misma dentro de ella, dentro de su ser y existir. Nada se dice, en propiedad, porque ya reside en la propia interioridad. Y ha de saber aquel que va en obediencia hacia el poema, que éste es al a la vez sonido, presencia no cotejable a otra alguna, y sentido por la entonación, aunque ha también de saber que sus vocablos más callan que dicen, para revelación o iluminación (no en la explicación de un poema) de lo más íntimo, que es indecible, de donde vendrá, con otras condiciones, la noción del “estilo”.

 

Para que a un poeta le llegue el llamado a crear un poema, es preciso que antes le haya llegado la sensación de no haberlo aún hecho… El poeta, pues, tiene en su mente la idea de un poema, de antemano sabe cómo va a sonar (que es el contenido), y la urgencia de hacerlo, el llamado desde la poesía misma. Y son tres estadios: uno primero de disolución de sí, uno segundo el no poder evitar su llegar a estar ahí con él, y uno tercero el conocimiento de las formas tradicionales del poema, de ser posible en varias lenguas. Por el primero siente que algo suyo debe ser llevado a la página en blanco, por el segundo el ser fiel a la propia voz que llama en dirección contraria a la del mundo, y por el tercero el estudio, el aprender conscientemente de pertenecer a un legado; saber de un sustento objetivo, la lengua y la figura del poema como historia. Es en este “saber hacer” donde radica la voluntad de Obra, y con el talento creador dejar lo escrito en la dimensión del Arte.

 

 

Vea también: una entrevista a la editorial La Valija de Fuego.


Noticia Biográfica


Jaime García Maffla (Cali, Colombia, 1944). Poeta, filósofo y ensayista. Realizó estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de los Andes y un Máster en Literatura en la Pontificia Universidad Javeriana. Considerado un experto en la obra de Cervantes, es uno de los poetas más relevantes de Colombia y Latinoamérica. En 1997 recibió el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia. Sus poemarios son: ‘Morir lleva un nombre corriente’ (1969); ‘Guirnalda entre despojos’ (1976); ‘En el solar de las gracias’ (1978); ‘La caza’ (1984); ‘Las voces del vigía’ (1986); ‘Poemas escritos a lápiz en un viejo cuaderno’ (1997); ‘Vive si puedes’ (1997); ‘Al dictado’ (1999); ‘Caballero en la Orden de la Desesperanza’ (2001); ‘Antología mínima del doncel’ (2001); ‘Poemas del no-decir’ (2011); ‘Buques en la Rada–Lais’ (2014) y ‘De las señales’ (2014).



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