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Arturo Gutiérrez Plaza, poeta venezolano



Las piedras

 

De las piedras se habla con envidia,

quizás, porque ellas no hablan.

No fruncen el ceño

y aparentan desatender

lo que a su alrededor acontece.

 

Obviamente, todo esto es mentira.

 

No vuelan, pero enseñan a los pájaros a volar.

 

Se detienen en los abismos, al pie

de los puentes, al margen de los rí­os

y desde allí­ advierten como anónimos vigí­as

los peligros de sostenerse en el aire.

 

Cultivan además varias lenguas sin poseer ninguna.

 

Su arte está en hablar por boca de otros.

 

El aire las recuerda cada vez

que los páramos silban en el viento.

Y los rí­os, cuando nos adormecen

con su insaciable ronquido.

 

Si se agrupan lo hacen

como gesto fraterno, pues odian la soledad.

 

De ellas se escribe siempre

para hablar de otra cosa.

 

Su aparente mudez

es tan solo una licencia que Dios les da,

pues así­ nos interroga.

 

 

 

 

Saudade

 

Me gustan las canciones tristes

en idiomas que desconozco.

 

Ellas me hacen recordar

que la tristeza

es un canto

que serenos escuchamos

sin afán de comprender.

 

 

 

 

Mis zapatos

 

La usual asimetrí­a de sus cordones,

los tacones gastados

en sus partes menos arrepentidas,

su permanente falta de brillo,

su escaso sentido del humor y del ritmo

son todas huellas que me delatan y hablan

de una consumada torpeza para pisar el mundo

y del descuido con que ambos,

en forzada compañí­a

llevamos la existencia.

 

 

 

 

Buenos vecinos

 

Sé que tras esta pared

mi vecina escucha lo que pienso.

Por eso pienso en voz baja

sin comprender del todo lo que digo.

Me la imagino desnuda,

sola sobre su cama,

pensando en lo que pienso tras la pared.

Tampoco yo alcanzo a escuchar

lo que ella piensa.

Lo hace bajito,

como yo, entre las sábanas.

 

 

 

 

 Labor

 

Uno lo que hace es vivir,

guiñarle, de vez en cuando, el ojo a la vida

para que se sienta a nuestro lado.

Apilar los periódicos, alineados

como ladrillos, hasta levantar un muro alto

donde el tiempo se reconozca.

 

Uno no sabe hacer otra cosa

sino vivir,

tomar el café, en lo posible

caliente, y pagar

puntualmente lo que se pueda.

Recordar en las mañanas

-porque dicen que también del “recuerdo se vive”-

buscando entre todas las gavetas

sin encontrar lo buscado.

 

Uno con el peso de los años

intenta llevarse bien con los vecinos

y aprende a guardar la calma

sin maldecir más que lo imprescindible:

el reloj despertador y los espejos.

 

Uno, en verdad hace lo que puede.

 

 

 

 

El pez de mi hija

 

Una pecera de 50 cms. de perí­metro

y 15 cms. de diámetro

(aproximadamente medio litro de agua turbia),

a eso se reduce el universo

de Alfonso (el pez de mi hija).

 

Le echamos comida una vez al dí­a.

 

El abre la boca como lo hacen los peces,

como un mimo aprendiendo a hacer burbujas.

Lo miro con lástima,

con falsa misericordia

y le comento a Gaby: “qué pecesito tan lindo”.

 

De noche, cuando todos duermen,

me levanto y voy a la cocina.

Alfonso permanece insomne,

me mira con firmeza

(no sólo porque le falten los párpados).

Me interroga con sus ojos inmensos

tan cóncavos como la pecera que los contiene.

Me consuela, se aflige de mí­

y sigue dando vueltas distraí­do

sobre sí­ mismo.

 

Tal como yo.

 

 

 

 

Para cuando despiertes

 

Papá, ayer al dormir

olvidaste cerrar los ojos,

quizás por eso se nos ha hecho

tan larga esta noche,

fija en tu mirada

como si poco a poco

se alejara del amanecer.

 

Toda la noche hemos soñado con despertar

para hablarte y contarte las buenas nuevas:

“Un geranio rojo sorprendió temprano

nuestro jardí­n, mañana –dicen las noticias-

ha de escampar antes de que baje el sol

y estrenarán en todas las salas de cine

una misma pelí­cula muda”.

 

Papá, anoche olvidaste apagar la luz

dejando la puerta de la calle entreabierta,

libre de pestillos,

como para que entrara la noche

y se recostara junto a ti.

 

Oye, ¿me escuchas?

¿por qué no me cuentas algo de tu sueño?

tú sabes, bajito, sin levantar mucho la voz

como si me hablaras con la pura mirada

para que los demás no despierten.

 

Recuerdo que siempre dices que con ella basta

porque tú y yo nos entendemos.

Papá, ¿sabes una cosa?…

 

Mejor es que sigamos durmiendo.

 

Ya mañana, con calma, hablaremos.

 

 

 

 

Urgido en ti

 

No sé si avivaste el tañido de las campanas,

si ya, desde el amanecer, tu sonrisa

habí­a raptado las desavenencias del cielo

o si se aposentó un pájaro azul

para ahuyentar las aves grises

que hasta ayer coronaban las cornisas.

 

Sólo sé que en tus últimas cuatro horas

te besé,

te lo dije mucho –como nunca- “te quiero”

y te repetí­, te susurré al oí­do

mientras te adormilaban,

-aún incrédulo- la única plegaria que aprendí­

en estos treinta dí­as imperecederos:

 

“Mamá, ya vas a mejorar,

los doctores dicen que saldrás,

pronto les dirás adiós a los cuidados intensivos”.

 

Te lo repetí­ dí­a a dí­a, apreté tus manos

henchidas de antibióticos,

aparté las sondas para decí­rtelo

mientras te adormecí­an a las puertas del gran sueño.

 

“Sepsis” afirmaba el acta final

pero yo insistí­a

te repetí­a lo mucho

te repetí­a “te quiero”

hasta sepultar con prisa

(ante el minutero) mis miedos,

mis querellas, mis resentimientos.

 

En tus últimas cuatro horas

de vida

todo se hizo útero

mientras te fugabas anidada en la luz,

amparada en la música de tu padre.

 

Y cuando en la máquina sabionda

vencieron los ceros

cerré tus ojos

y lloré con el llanto urgente

de la primera vez,

cuando perdido, arrojado

en el mundo busqué tu mirada.

 

Y quise entonces volver a ti,

a ese sitio donde el tiempo

aún no ha parido a la memoria,

para en ti reencontrarme,

para esconderme de nuevo

por siempre y hacerme

como al comienzo en tierra fértil,

un feto sembrado en tu vientre.

 

 

 

 

Trastiempo

                                                            A la memoria de Eugenio Montejo

 

Ayer caminaré por la noche

que terminó sobre esta lí­nea.

Me detendré cuando sentí­

que no fue un abismo

sino un puente colgante

sobre puntos suspensivos.

Hacia atrás avanzaré

persiguiendo una sombra,

tal vez la que seré, la que fue mí­a.

Al iniciarse la oscuridad

arribaré al momento

que entreveré antes.

En lo alto del crepúsculo

bajaré hasta la cima

de este poema que comenzaré

sobre esta lí­nea, poco antes de partir.

 

 

 

 

 Un paí­s

 

Cuando el forastero llegó

ya todos se habí­an ido.

 

Cuentan que sólo tuvo entre sus manos

acuarelas de niños que pintaban un paí­s

donde la nieve era apenas un tacto imaginado.

 

Un lugar amañado por la astucia

y las costumbres de la luz,

que incauta resguardaba escondrijos

para que las sombras perpetuaran traiciones,

desde antes de nacer.

 

Cuentan sus ingenuos dibujos

(ahora devorados por polillas)

que era una tierra frondosa,

donde junto a la ventura

se forjaban ardorosas proclamas.

Una comarca poblada de fértiles maderas,

aptas para el refugio de hombres, isópteros y orugas.

Y también para el fuego.

 

 

 

 

La gente invisible

                                                            When you have city eyes you cannot see the invisible people.

                                                            Salman Rushdie

 

Alguien debe recoger los muertos:

los de antes, los de ahora, los de siempre.

Alguien debe hacerlo.

 

Son urgentes la amnesia,

las calles limpias

y las flores en las aceras.

 

Tal vez sea la gente invisible

quien se ocupe de ellos.

 

Gente que al caminar

apenas deje huellas.

 

Gente sin padres ni abuelos.

Gente que está por nacer,

y vendrá con aguaceros.

 

La gente invisible sabe cantar

pero prefiere el silencio,

sabe reí­r si corresponde

pero no se deja tentar por quimeras.

 

La gente invisible procura

hacer todo invisible,

lo que vemos y lo que no.

Por eso si alguien se los lleva serán ellos.

Para que las calles queden limpias,

sin sangre ni recuerdos.

 

 

 

 

Renuncien a defender las buenas costumbres

 

Ustedes son los que tienen miedo de morir.

Nosotros no.

Somos hombres bombas.

 

Estamos en el centro de lo insoluble.

 

Ustedes, entre el bien y el mal,

se detienen en la única frontera.

 

Su muerte es un drama cristiano

en una cama, un cáncer, un ataque al corazón.

La nuestra, la comida diaria, la fosa común.

 

Somos una empresa moderna, rica.

Ustedes, el estado quebrado, una zafra de incompetentes.

 

Tenemos métodos ágiles de gestión.

Ustedes son lentos, burocráticos.

 

Luchamos en terreno propio.

Ustedes, en tierra extraña

muriendo de miedo, cada hora.

 

Estamos bien armados, al ataque.

A ustedes los persigue la maní­a del humanismo.

Somos crueles, no conversamos con la piedad.

 

Ustedes nos han transformado en “super stars” del crimen.

Los tenemos de payasos.

 

Nos llaman “los barones del polvo”,

y por miedo o por amor nos ayudan en el barrio.

A ustedes los odian.

 

Nuestras armas y mercancí­as vienen de afuera, somos “globales”.

Ustedes, nuestros clientes.

 

¿Solución? No hay solución, hermano.

 

Somos el inicio de algo tardí­o.

 

Somos hormigas devoradoras,

escondidas en los rincones.

 

Renuncien a defender las buenas costumbres.

 

Estamos todos en el centro de lo insoluble.

 

Como dijo el divino Dante: “Pierdan las esperanzas, estamos en el infierno”.

 

 

 

 

Cuidados intensivos

                                                             A la memoria de Wislawa Szymborska

 

Mis hermanos no leen poesí­a,

mis padres tampoco lo hicieron.

Por dictamen de estos tiempos

tal costumbre, ya familiar,

mis hijos la fortalecen en la escuela.

 

No obstante, toda cadena flaquea,

alguna vez, por su eslabón más débil.

 

Y entonces la poesí­a nos deja en evidencia:

señala con sorna un fatal padecimiento.

 

(También las palabras convalecen

bajo el asombro cotidiano).

 

Si hay conmiseración la lástima se abrevia.

 

Pero si el asunto se prolonga,

si adquiere largura la dolencia,

por tu bien, y la tranquilidad de los tuyos,

has de extremar otras unciones:

 

someter a cuidados intensivos el poema.

 

 

 

 

Vea también: Julia Melissa Rivas: poesí­a mexicana


Noticia Biográfica


Arturo Gutiérrez Plaza (Caracas, 1962). Es poeta, ensayista y profesor universitario. Ha publicado los siguientes libros de poesí­a: Al margen de las hojas (Caracas: Monte ívila, 1991), De espaldas al rí­o (Caracas: El pez soluble, 1999), Principios de Contabilidad (México: Conaculta, 2000), Pasado en Limpio (Caracas: Equinoccio, bid&co, 2006) y Cuidados intensivos (Caracas: Lugar Común, 2014). Ha obtenido, entre otros: el premio de poesí­a Mariano Picón Salas, en 1995; el Premio Hispanoamericano de Poesí­a Sor Juana Inés de la Cruz, en 1999 y el Premio Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana, en 2009.



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