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Jessica Freudenthal, poeta boliviana



                                                            Del libro inédito Árbol

 

Abuela paterna

 

Tenía miedo a los chimanes. Encerrados en sus jaulas por las noches, ella veía como los empleados de la quinta donde trabajaba su padre, les lanzaban comida. “Si te portas mal te lleva el chimán”, le decían.

 

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Su asco a los gusanos era incontrolable. La fobia paralizaba su rostro y le producía un desmayo inusitado.

 

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Preparaba deliciosos platillos, de los cuales nunca compartía las recetas. “Yo hago el mejor majao colla”, decía orgullosa.

 

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En su jardín de la andina ciudad en la que residía, logró hacer crecer plantas y flores imposibles de dar en el frío y la altura.

 

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Alimentaba a las palomas, “caníbales” les decía, porque se comían hasta los huesos de pollo que les invitaba.

 

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Una tarde, una de las palomas entró a su cuarto. Caminando despacito. La miró oscuramente con esos ojos pequeñitos. Luego salió por la ventana. Al día siguiente la encontró muerta en el jardín. Una tristeza se colgó de la retama.

 

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Perdió todas sus pertenencias jugando a las cartas. Apostó sus joyas, su vajilla y hasta sus sábanas y frazadas.

 

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Le decían la choca, también la hija del pueblo.

 

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Su padre la raptó junto a sus ocho hermanos por una supuesta infidelidad de su madre. Se escondían en el monte y en pueblos. Recuerda pasar las noches en pequeñas embarcaciones, o en la selva alrededor de una fogata, comiendo jochi o lagarto.

 

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Su madre los siguió por todo el Beni en carretón. En cuanto estaba a punto de hallarlos, su padre emprendía el viaje para desaparecer de nuevo entre la maleza.

 

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Fue la promotora del Patapata. Compró la patente de un juguete de plástico, una pelota hueca amarrada a una cuerda, con la que los niños de todo el país saltaban al unísono de la música.

 

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Una noche de navidad, su hermano mayor, sumido en una profunda tristeza, se pegó un balazo. Desde entonces le desagradan las fiestas de fin de año.

 

 

 

 

Abuela materna

 

Era la última de doce hermanos. Quedó huérfana a los seis.

 

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Una mañana de carnaval, mientras se preparaban los confites con almendras y pasas para el convite, el auto en el que iba su padre a la quinta cercana se desbarrancó. Su hermana iba en el coche y se salvó de milagro, la llevaron al pueblo con su disfraz de rosa ensangrentado. La muerte desde entonces siempre olería a rosas.

 

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Su nana, a quien de cariño decían Antuca, le contó que había soñado con una fogata en medio del patio de su casa, un fuego azul que ardía sin parar. La noche siguiente la mujer soñó con un cura que le mostraba una cruz negra sobre el cemento del patio interior. Dicen que muchos años después, una familia de húngaros que compró la casa encontró el tapado.

 

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Le gustaba observar, después de la lluvia, como quedaba la estatua de cuero de la ciudad. Con el agua se hinchaba y el hombre de la imagen aparecía gordo y mofletudo, luego, con el sol a 4000 msnm, el agua se evaporaba dejando al hombre flaco y paspado. Nunca supo quién era el laureado.

 

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Su padre tenía una fuente de soda, una de las primeras del país. Los empleados transportaban las sodas en mulas, y ella, muchas veces, se escondía y con los pantalones de su hermano, robaba una mula y se metía a los patios traseros de sus amigas, dándoles un gran susto.

 

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Los negocios de su padre fueron prósperos durante un tiempo: la pista de patinaje (skating), la importación de chocolates, el cine, y la fuente de sodas. Ella subía unas altas gradas de caracol que llevaban al techo, se ponía los patines y, literalmente, patinaba en los techos.

 

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Su abuelo fue un reconocido  abogado, pedagogo e historiador. Tenía una biblioteca maravillosa, que sus once hermanos mayores, y su madre, vendieron por kilo en la plaza del mercado…

 

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Preparaba deliciosos tawatawas, panes, salteñas, trenzas, leche de Flandes, queques. La masa levantaba en enormes ollas, y el olor se esparcía por toda la casa.

 

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Los últimos años de su vida, adquirió una obsesión con la limpieza. Utilizaba bolsas de plástico en las manos para agarrar cualquier cosa, tenía terror a los ladrones, y llevaba las llaves de su closet prendidas con un gancho a su ropa.

 

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Estuvo en el famoso apagón de Nueva York. En el hotel plaza, con dos de sus hijos, bajó muchísimos pisos para conseguir luz. Subieron nuevamente las escaleras. Recuerda que los huéspedes y empleados del plaza, partían las velas en las escaleras, repartiendo, un cabito de vela para cada quien, formando así una estela de luz por las gradas, hasta el piso 30.

 

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Celaba muchísimo a su hija, no le gustaban ni su novio ni sus amigos. Una tarde que los chicos fueron a tomar el té, ella pidió a los guardias de seguridad que asustaran a los jóvenes apuntando con las armas. No los dejaron entrar y ellos corrieron despavoridos.

 

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Hablaba quechua a la perfección.


Noticia Biográfica


Jessica Freudenthal Ovando. Bolivia, 6 de junio de 1978.

En poesía ha publicado Demo (Catafixia y Plural, 2011) hardware (Plural, 2004, Mención de Honor Premio Nacional de Poesía “Yolanda Bedregal”), Hardware segunda edición corregida y aumentada(Plural, 2009) y Poemas Ocultos (Yerba Mala Cartonera, 2006). El filo de las hojas (3600, 2016). Su poemario Árbol está aun inédito.

En ensayo y trabajos de recopilación, Julio de la Vega: Obra Poética (Gente Común/UMSA, 2008),Cambio Climático: panorama de la joven poesía boliviana (Ediciones Patiño, junto a B. Chávez y J.C.R. Quiroga, 2009).  Ha publicado  artículos y traducciones en revistas impresas y digitales.

Parte de su obra puede encontrarse en antologías de Bolivia, Chile, México, Perú, Argentina, Venezuela, España, Alemania, Inglaterra, y otros países.

Es fundadora del Colectivo Lee de promoción y fomento de la lectura y escritura creativa.

Coordinó el proyecto de mediación, promoción y animación de la lectura y escritura creativa “Sensibilización poética para niños y niñas de Bolivia” con el grupo Chuymampi  Ser de Corazón, con apoyo de la Fundación Simón I. Patiño.

Actualmente es profesora de Literatura en el Bachillerato Internacional.



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