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Poesí­a argentina: Sergio Gesse



Cuánto

 

¿Cuánto pesa la pluma de un pájaro libre? ¿Cuánto pesa la pluma de un pájaro enjaulado? La diferencia no está en la pluma, no está en el aire, la diferencia está en la belleza de su canto.

 

 

 

 

Espiritual

 

En las piernas del cartero va el empuje de las palabras, kilos de palabras lleva en su bicicleta, un amor perdido, un esperanza renacida, una deuda agobiante, un corazón que reclama, una postal del alma, son ahora la fuerza de andar pedaleando las calles.

 

Cling, cling suena el camino, toc, toc, clama  una puerta. La voz del cartero anuncia presencia. En un sobre tenue, hablan los dí­as.

 

 

 

 

Mapa de recuerdos

 

Veo la mesa de madera rústica, acaricio sus arrugas y un mapa de recuerdos llegan a mí­, un mantel que se abre, un vino que se vuelca y se impregna en sus fibras. Una moneda gira en el aire, como determinando la suerte de todos; cara, el prócer gana la batalla ¿el pueblo se libera? Seca, el dí­a sigue igual,  ¿hay que esperar otra batalla? La copa de vino se levanta, pongo más néctar en mis labios y lo sirvo en tu boca, la sed nos une, la presencia nos ata, la ausencia nos empobrece, el apetito nos llama.

 

En la miseria el pan es más mí­o, el vino es más mí­o, la mesa es más mí­a. Corazones enrejados, ojos corroí­dos, la piel no sabe de inocencia. Ya no gira la moneda en el aire, el metal se puede olfatear, el aire no se respira.  El aire somos nosotros, es el pasado, es el presente, donde nada se toca, nada se tiene, nada se queda. Somos un mapa de recuerdos, una ráfaga de viento, un borrador trágico en las manos de un niño, que no sabe que hacer con estos versos.

 

 

 

 

Antioración

 

Wawasupaypaj, cuando el general dice: “Hicimos todo para ganar la batalla, pero no pudimos” quiere decir: “Han muerto muchos, y yo, sigo vivo.

 

Tu mundo de jerarquí­as sigue intacto, mueren los soldados, mueren los de un bando, y otro bando, si, ellos Juan, que comerciaba droga, Luis que pasaba por ahí­, Antonio que cuidaba a Juan, Marina que salí­a a buscar a su hijo al colegio, Juliana que combatí­a a Juan, Ernesto que llevaba el fusil… pero los capos de los capos no, los jefes de los jefes, no, el general, no.

 

En tu lecho de oro duermen tus sueños voraces, y tu palacio es tan seguro!! Tus demonios cuidan de ti, velan por ti, son esclavos de tus deseos, y salen a darle al mundo un poco más de ti, tú le dices sean mierda, den mierda, vuélvanse más mierda, en la oscuridad de ti, de mí­, de este virulento nosotros.

 

Wawasupaypaj, yo pido por esas mierdas que ofrecen muerte, por haber sido desterrados de la vida, por esos otros, mis otros yo, esos que me recuerdan lo esclavo y mierda que soy, lo que siempre temí­, lo que siempre huí­, lo que nunca quise ver, eso no perfecto, no santo, no bueno, ese apetito voraz que me abraza a la muerte, a la mí­a, a la de él, a la nuestra.

 

Por mí­ egoí­smo, mi yo ajeno a lo correcto, mi propio no, mi propio sí­,  mi propia oscuridad, mi propio derecho a mi cuota de veneno.

 

Por eso quiero derrocarte, no por justicia, no por santidad, no por bondad sino por mi propio derecho a ser reconocido por mi mal.

 

                              Amén.

 

 

 

 

Cí­rculos de Dante

                                                            La deuda con lo que no fuimos

                                                            nunca  se pagará, anda por ahí­

                                                            con su espejo de miedos sellados.

                                                            El espacio se llena con la desobediencia

                                                            de un gorrión.

 

                                                            Juan Gelman( LXIX, Hoy)

 

Un trazo de tiempo. Un trazo de tinta en el papel. El reloj marca la hora exacta y el número determina la sed y el apetito voraz de tu vida.

 

Ahora, Dante, ahora, en este cí­rculo de rondas incesantes, ahora Virgilio, ahora, en este cí­rculo de avaricia cuando una pluma determina el valor de la historia golpeando  la voz grave y urgente de millones de hombres desorientados.

 

La camisa bien planchada, el traje impecable, la imagen de la decencia y la perfección, la inteligencia suprema y el poder, transitan dentro de un auto de alta gama.

 

Estiran sus manos los pobres  deseando una oportunidad.

 

Según tu fe, Cristo dijo: “Pobres siempre van a haber”, y así­ la Biblia te justifica, y en tu rabia occidental te sientes perseguido y amenazado por el Corán. Tu santuario preferido es la caja fuerte de un Banco en Suiza, y un paraí­so fiscal en las Islas Caimán.

 

Un trazo de tiempo. Un trazo de tinta en el papel. Los cí­rculos incesantes se dibujan, y aumentan la erección de tu sexo que no entiende de amor. Tu pluma es la bella espada que pierde la belleza de la hoja, cuando se opaca con la sangre y la miseria de los otros. No sabe de luz tu vida. Solo buscas el resplandor de los titulares de los diarios que defienden tus intereses. Así­ te luces, miras la foto y alimentas tu deseo narcisista.

 

 

 

 

Un niño pide monedas en la esquina, y encierras su niñez en la oscuridad de tus pensamientos. Sus pequeños ojos no saben de tus pensamientos, no saben de porque te pasas horas trazando puntos y ceros en los papeles que seguirán condenando su existencia.

 

No hay saber en lo que haces, saber es el aprendizaje que practican las madres para que sus niños coman. Saber es regalar la esperanza en aquellos que están desposeí­dos de todo. Refugiados del odio y la violencia, refugiados del egoí­smo y la avaricia que prácticas.

 

Ahora, Dante, ahora, en este cí­rculo de rondas incesantes, pí­dele a Virgilio que ilumine a nuestros poetas para que su tinta no se momifique en las cadenas del éxito que ofrecen los mercados. Ahora, Dante, ahora, necesitamos tus ojos humanos en nuestra presencia carnal, para que tu pluma nos salve, de tanto infierno.

 

 

 

 

Vea también: poesí­a del chileno Héctor Hernández Montecinos.


Noticia Biográfica


Sergio Gesse. Nacido en ciudad de Esperanza, provincial de Santa Fe, vive actualmente en ciudad de Buenos Aires, publicó en el aí±o 2010 un libro que se titula La fuerza de los impávidos. Se encuentra actualmente desarrollando un ensayo sobre la maternidad en la poesí­a de José Pedroni.

Junto a los compositores Pablo Budini, Fernando Lernoud, y Flavio Gauna, esta realizando un cd con canciones propias y otras donde las letras son de su autorí­a.

En su ciudad natal coordina las actividades literarias dentro de la Fundación Ramseyer Dayer, llevando poetas, narradores, conferencistas de diferentes prosedencia, algunos de ellos son, Denise León, Roberto Malatesta, Fredy Yezzed, Maritza Buendí­a, Inés Manzano, Marí­a Negroni.

Actualmente realiza unos talleres sobre escritura de letras de canciones populares argentinas.



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