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Reseña de libros: El canon abierto



                              El canon abierto: última poesía en español

 

Edición a cargo de Remedios Sánchez García

 

Selección de poemas de Anthony Geist

 

Colección Visor de Poesía

 

Madrid, 2015

 

498 páginas

 

Por: Santiago Espinosa

 

Cortesía de LA REVISTA GLOBAL, de Santo Domingo http://revista.global/

 

 

Cuando alguien se propone una antología de poemas –ganándose las más variadas enemistades– lo hace con un propósito muy similar al de los geógrafos: quiere mirar su realidad desde otra altura. Lograr la imagen detenida de una tierra compleja para encontrar en la distancia las marcas o las huellas de un movimiento anterior. Una antología se anticipa a lo que finalmente hace la historia: nos ofrece una mirada en perspectiva para ayudar a orientarnos. Es la distancia del tiempo –y en este caso la imaginación del crítico– la que acentúa o margina los detalles. Es innegable que como lectores de poesía, movidos por el afán o la dispersión, hemos entrado y salido de muchos territorios gracias a las antologías. Que las atesoramos en nuestros anaqueles como breviarios de voces y fantasmas.

 

El canon abierto, compilación de poetas hispanoamericanos nacidos entre 1970 y 1985, merece un sitio aparte precisamente por su atrevimiento, porque su solo ejercicio nos permite entender nuestra poesía desde una dimensión distinta. Cualquier antología convencional es por definición arbitraria, pero con el español el problema es aún más desafiante. Como ocurre con la poesía de los Estados Unidos, parece que estamos condenados a los ejercicios parciales, es prácticamente imposible reunir esta diversidad en la extensión de un solo criterio. Nos referimos a un idioma hablado por más de 600 millones de personas. De miles de poemas que se escriben todos los días y se comparten en las redes, superando las posibilidades de una sola vida para leerlos o apreciarlos.

 

Queriendo que los lectores se expresen pero también que la cultura responda desde una comprensión menos aldeana o fragmentaria, aparece la respuesta de este ejercicio, de este juego democrático al que nos invita El canon abierto. Escribe Remedios Sánchez en el prólogo: «El canon ya no puede verse desde aquella superioridad moral de una clase dirigente tradicional, como si hubiese que decidir desde arriba lo que deben leer los de abajo. Son ahora “los de abajo”, los lectores, los que dan las claves para construir un canon que se base en qué libros son los que se leen y qué autores interesan». Y agrega: «nosotros hemos practicado el absoluto pragmatismo a la hora de construir la presente antología y lo hemos hecho desde la concepción clara de la finitud y de lo limitado de las capacidades humanas. La petición formal a los investigadores, críticos y docentes fue que aportaran un máximo de cinco nombres de autores nacidos a partir de 1970, a ser posible no todos de la misma nacionalidad, aunque la libertad en ese sentido es absoluta».

 

Hay que restarle gravedad a esta propuesta. Más que una antología definitiva o la aniquilación de las antologías individuales, El canon abierto es un extraordinario lance de dados para leer nuestros países o acercarnos a ellos; le da un sacudón a las certezas para poner todos los mapas en movimiento. Este canon es abierto no solo por la razón obvia de que estos poetas están vivos y siguen escribiendo, que hay otros que vendrán después y hasta ahora comienzan a escribir, como es lógico a estas edades. Es abierto porque la efectividad de su incendio depende enteramente de la respuesta de sus lectores. De si esos lectores de Argentina o de Perú, de España o de Santo Domingo, de Colombia o de México, son capaces de ver en estos poemas un espejo reflexivo. La poesía es la historia secreta de las generaciones y los pueblos. A veces una suerte de contra-país, pues a través de ella habla lo que ocultamos o ignoramos, todo lo que dejamos atrás o nunca nos permitimos.

 

Alguien podría argumentar que muchos de estos poetas son «los más conocidos» pero no necesariamente los «mejores», riesgos de cualquier ejercicio democrático. Pero El canon abierto: última poesía en español es también un muy buen libro de poemas. Claro, hay territorios enteros que no aparecen como Cuba y Venezuela, hay poetas que nos pueden gustar más que otros aquí incluidos y que no alcanzaron la votación, como también era de esperarse. Sin embargo, francamente no conozco otro ejercicio que muestre con mayor acierto –precisamente por su amplitud– cómo la poesía de nuestros países ha mantenido en el lenguaje una diversidad que no es la de nuestras ciudades, cada vez más parecidas y uniformes.

 

Recordaba Auden que la poesía es «la resistencia de Babel». En cada poeta verdadero habla el lenguaje de un país, de una ciudad, un idiolecto propio. Y la poesía de estos poetas es una respuesta de la diversidad ante unas sociedades cada vez más unánimes. Pero también hay en esta antología, como un distintivo de época, la voluntad de unos jóvenes que se ha reunido en torno a la poesía para tratar otro tipo de relaciones, a veces para escribir juntos en una respuesta menos autista e individual que la de sus predecesores más inmediatos. Escribir, no ya en las «pirámides» sobre las que hablaba Octavio Paz sino en la congregación de unas elecciones afectivas, prolongadas en las redes a través de los distintos países, en talleres y festivales, en antologías. Una respuesta de la poesía contra la soledad de Narciso, situación en la que viven casi todos los poetas del mundo quizás como resultado de ese desprecio silencioso, de esa sutil desconfianza que se le tiene hoy en día a todo lo que huela a humanidades.

 

Es el caso de los poetas de La Incertidumbre, por ejemplo, o los representantes del Neobarroso, o incluso de algunos poetas que Remedios Sánchez identifica en el prólogo como «La palabra escindida», estos últimos con una mayor presencia en España que en América Latina. Aquellas voces nos proponen no solo unos poemas distintos sino toda una poética como respuesta. Una toma de conciencia menos individual sobre lo que implica escribir hoy, como si en el lugar de los egos comenzara a asentarse una comunidad de lectura. Hablamos de «hombres libros» que en sus países y universidades, en sus colegios o trabajos, en festivales de poesía, en portales como Círculo de Poesía, para hablar del más visitado, mantienen la llama de la poesía siempre abierta.

 

Emocionado, he confirmado con esta antología la presencia de unas voces auténticas, que a pesar de su edad –o quizás gracias a ella– han encontrado en el lenguaje el escenario de sus aventuras. Algunos lo hacen en lo que las palabras puedan decirnos a la vuelta de la vida, nos enfrentan a la interioridad de nosotros y de los otros para volver a emocionarnos. Otros en la reflexión de esas mismas palabras y sus crisis de sentido. En cualquier caso se trata de que los poemas, en prosa o en verso, coloquiales o misteriosos, sigan cumpliendo la función de recordarnos que estamos vivos, «que respiramos y dejamos de respirar», como dijo Jorge Teillier mucho antes de que cualquiera de estos jóvenes poetas comenzara a escribir.

 

«Los pobres veranean en un mar / que sólo ellos conocen», nos dice Mario Meléndez desde Chile. «Recuerdo la primera casa de la infancia / y la segunda / y la tercera. / Todas son una, incendiándose», nos dice desde México Mijail Lamas. «Los técnicos de equipaje saben que cuatro maletas pesan igual que el cuerpo de un técnico de equipaje», nos dice Erika Martínez desde España. «En tiempos de mi abuelo las familias eran grandes / vivían en grandes casas –grandes o chicas, pero grandes, / inclusive diminutas, pero grandes», nos dice el boliviano Gabriel Chávez.

 

Nos dice Frank Báez desde Santo Domingo: «Los vecinos sueñan conmigo baleado. / Los poetas con dedicarme elegías. / Otros con rociarme gasolina en la cabeza / y arrojar un fósforo y ver mis rizos en llamas. / Otras con llevarme a la cama». «Habría que sembrar girasoles de pesadumbre / de tallos largos que sostengan / la gravedad del hombre», decía desde Nicaragua Francisco Ruiz Udiel, tan prontamente desaparecido. Nos dice Daniel Rodríguez Moya en su poema «La bestia», a propósito de los trenes de la muerte en Centroamérica: «Atrás quedan los niños y su interrogación, / las manos destrozadas de las maquiladoras / que en un gesto invisible / dicen adiós». «Y sin embargo a ratos me construyo. / Y sin embargo a ratos me derribo. / O incluso las dos cosas: / Como un niño que nace / en un barco que se hunde», nos dice Joseph M. Rodríguez, también desde España.

 

«Eso que llamamos patria los llevó fuera / (es una buena manera de decirlo)», nos dice desde Perú Victoria Guerrero Peirano. «Ese silencio justo sin luces ni canciones, / ese barco que pasa y que te lleva / tan lejos del murmullo de los vivos, / de los versos leídos, de los versos que fuiste /, cuando moja la lluvia y todo nace», nos dice Carlos Aldazábal desde Argentina. «Caminaron, los dos, el valle hasta la muerte. / Son un río que esconde las aguas / debajo de las piedras», nos dice el ecuatoriano Xavier Oquendo en su poema «Mi abuelo y mi abuela». «Porque en sentido estricto nunca nada / fue tan todo jamás sino en mi ausencia / nunca ocupé el espacio / estuve siempre fuera / de lugar necrosado a la vista de la gente», nos dice Alí Calderón desde México. También desde México nos dice Álvaro Solís, «porque la noche extiende sus dominios sobre todos los que / anhelan el retorno de alguien / que nunca volverá / mi corazón contiene aún las furias de aquel mar que siempre me fue inalcanzable».

 

Nos dice el español Fernando Valverde en su poema «Celia»: «Alguien dice tu nombre en el futuro / y se llena de gente una casa vacía, / todos se sientan a la mesa». «Lo más probable hoy es que Keats no pudiese / oír un ruiseñor ni distinguir su canto», nos dice Andrés Neumann desde su doble nacionalidad de argentino y español. «Sólo quien ha besado sabe que es inmortal», nos dice la española Raquel Lanseros. Nos dice Jorge Galán desde El Salvador: «una tormenta tiene donde debió tener un breve corazón, / una tormenta a la cual teme incluso el invierno mismo. / Su imaginación es la misma que la de la montaña / y la del grito que corta el silencio de la montaña desolada».

 

Cuántos disparos en el blanco justo, cada lector escogerá los suyos. La ventaja de un criterio colectivo es que sentimos que este libro es una conflagración de miradas y de apuestas muy distintas, que todos estos poetas conforman un mapa espiritual, pues son significativos o al menos son considerados como autores representativos por muchos otros críticos y poetas, muchos otros lectores. En el caso colombiano, si bien hay que extrañar las voces de poetas tan importantes como Felipe García Quintero, para citar solo un ejemplo, los nombres incluidos: Federico Díaz Granados, Catalina González, Lucía Estrada y Andrea Cote son cuatro voces extraordinarias y distintas a las que un lector colombiano podría extrañar si no estuvieran. En realidad todos estos poemas son nacionales de la lengua y del viento. La amplitud de sus ecos sería tarea de los lectores y los críticos.

 

Quien mire esta reunión de mapas a través de sus coincidencias y desacuerdos, trazando su propia cartografía, podrá dar fe de unos poetas que trataron como pudieron de mantener el asombro. Que encontraron en los poemas otras maneras para comunicarnos y relacionarnos con el mundo, pero también de resistir como personas distintas, no silenciar lo que termina u ocurre. En ellos, por ellos, la poesía de Quevedo y de Vallejo, de Borges y de García Lorca, sigue cantando entre los días como un niño antiguo.

 

Vea también: Poemas del 24 Festival de Poesía de Bogotá.


Noticia Biográfica


Santiago Espinosa (Bogotá, 1985) Crí­tico y poeta. Estudió Literatura y Filosofí­a en la Universidad de los Andes. Actualmente es profesor del Gimnasio Moderno de Bogotá donde coordina su Escuela de Maestros. Poemas y ensayos suyos han aparecido en diversas publicaciones de su paí­s y del exterior. Fue jefe de redacción del periódico La Hoja de Bogotá hasta su desaparición, en 2008. Escribe habitualmente para La Opera de Colombia y el Museo de Arte Moderno de Bogotá. En 2010 publicó Los ecos, su primer libro de poemas. Lo lejano, su segundo libro, fue publicado en Ecuador por El íngel Editor en Junio de 2015. En mayo la editorial Valparaí­so de Granada, Espaí±a, publicó su libro Escribir en la niebla, compilación de ensayos sobre 14 poetas colombianos.



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