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Juan Carlos Mestre



De Museo de la clase obrera

 

Elogio de la palabra

 

Esta palabra no ha sido pronunciada contra los dioses, esta palabra y la sombra de esta palabra han sido pronunciadas ante el vací­o, para una multitud que no existe.

 

Cuando la muerte acabe, la raí­z de esta palabra y la hoja de esta palabra arderán en un bosque que otro fuego consume.

 

Lo que fue amado como cuerpo, lo escrito en la docilidad del árbol único, será consolación en un paisaje lejano.

 

Como la inmóvil mirada del pájaro ante la ballesta, así­ la palabra y la sombra de esa palabra aguardan su permanencia más allá de la revelación de la muerte.

 

Solo el aire, únicamente lo que del aire al aire mismo trasmitimos como testamento de lo nombrado, permanecerá de nosotros.

 

La luz, la materia de esta palabra y el ruido de la sombra de esta palabra.

 

 

 

 

La voz, las voces

 

Voz de los vientos. Voz y júbilo de los vientos en la oscuridad. El oráculo de la melancolí­a, el martillo de los ferroviarios al golpear los rieles. La voz de los extranjeros en el pasadizo, voces de plata en los subterráneos como tambores mojados. Resplandor de las voces al anochecer, cuando los circos encienden sus bují­as en los descampados y los vagabundos silban a los viejos caballos de madera que giran en los carruseles.

 

Sábanas. Sábanas de voces en la escritura de mi corazón. Desconocidas, piadosas, azules sábanas bajo la lluvia y los números de la muerte.

 

Voces bajo la especie del odio, voces desocupadas por el pensamiento de los solitarios. Voces en los anzuelos y voces en los alambres blancos del vací­o. Voces cuya tiza traza cí­rculos en la desolación, semillas de las que brota el otoño, las hogueras que sueño, los cisnes decapitados.

 

Voz y compás de la voz en la construcción de las bóvedas, voz cuya invocación es el aire. Voces llamadas a claridad, a niebla, a palabra de árbol. Pero voces también bajo la forma de herida, bajo figura de palomas en un charco de sangre.

 

Poesí­a de las voces y narración de las voces. La ficción de Hamlet en el foyer del teatro, la ficción de las rosas, las sirenas de la policí­a. En esta escena no, pero sí­ en el carromato de las amazonas bajo el cruce de las autopistas. Pero sí­ en el club de la carretera. Voces oí­das por el acróbata, voces cuya perfección es la esfera y la aguja de vidrio.

 

Voces cuyo ruido es arrastrado por el viento. Voces anilladas por el ornitólogo, pronunciadas sucesivamente, leí­das sucesivamente como cartas de un muerto, como jaulas vivas colgadas del marfil, del hueso de cristal en los salones de caza. Voces, voces puras cuyo paí­s es mi alma.

 

 

 

 

El adepto

                                                            Erguida estás, señal.

                                                            José-Miguel Ullán

 

He leí­do durante toda la noche el Discurso sobre la dignidad del hombre de Pico de la Mirándola,

de él se deduce que el 14 de mayo de 1486 no existe,

que la primavera y la juventud son hijas de Marsilio Ficino,

que la belleza es por derecho mitológico esposa del trí­pode y el camaleón.

 

Acepto haber leí­do el destino en un vaso de agua seis mil años antes de la muerte de Platón,

acepto haber alimentado a un animal de uñas curvas,

acepto la influencia de los magos persas.

No tengo hijos, ¿acaso he cometido un crimen?

Tampoco tengo energí­as para la épica.

Confieso adorar descalzo el triángulo de la piedad que otros llaman cubo de Zoroastro,

confieso mi creencia en la teologí­a del número 7 y la gestación de los donantes de calor,

confieso mi fe en Timeo de Locros astrónomo de lo diverso.

 

He leí­do durante toda la noche el árbol de la conjetura,

de sus frutos he traí­do a mi casa la escalera circular junto a la que Jacob tuvo un sueño

y el testimonio sobre la naturaleza celeste de todas las piedras.

 

Asumo haber prestado atención a lo que impide,

asumo la visitación del pródigo y la música de las esferas,

asumo no haber dejado escrito nada que no me haya sucedido en el futuro.

 

He leí­do durante toda la noche el Discurso sobre la dignidad del hombre,

de él se deduce la aritmética del mar y la Ley bajo la corteza de la encina,

de él se deduce el rí­o de la ciencia y la golondrina de los caldeos,

de él se deduce la inexistencia de la muerte y la fecundidad de lo discutible.

 

 

 

 

Cavalo morto

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Líªdo Ivo. Un poema de Líªdo Ivo es una luciérnaga que busca una moneda perdida. Cada moneda perdida es una golondrina de espaldas, posada sobre la luz de un pararrayos. Dentro de un pararrayos hay un bullicio de abejas prehistóricas alrededor de una sandí­a. En Cavalo Morto las sandí­as son mujeres semidormidas que tienen en medio del corazón el ruido de un manojo de llaves.

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Líªdo Ivo. Líªdo Ivo es un hombre viejo que vive en Brasil y sale en las antologí­as con cara de loco. En Cavalo Morto los locos tienen alas de mosca y vuelven a guardar en su caja las cerillas quemadas como si fuesen palabras rozadas por el resplandor de otro mundo. Otro mundo es el fondo de un vaso, un lugar donde lo recto tiene forma de herradura y hay una sola calle forrada con tela de gabardina.

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Líªdo Ivo. Un lugar que existe en un poema de Líªdo Ivo es un rí­o que madruga para ir a fabricar el agua de las lágrimas, pequeñas mentiras de lluvia heridas por una púa de acacia. En Cavalo Morto los aviones atan con cintas de vapor el cielo como si las nubes fuesen un regalo de Navidad y los felices y los infelices suben directamente a los hipódromos eternos por la escalerilla del anillador de gaviotas.

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Líªdo Ivo. Un poema de Líªdo Ivo es el amante de un reloj de sol que abandona de puntillas los hostales de la mañana siguiente. La mañana siguiente es lo que iban a decirse aquellos que nunca llegaron a encontrarse, los que aun así­ se amaron y salen del brazo con la brisa del anochecer a celebrar el cumpleaños de los árboles y escriben partituras para el timbre de las bicicletas.

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Líªdo Ivo. Líªdo Ivo es una escuela llena de pinzones y un timonel que canta en el platillo de leche. Líªdo Ivo es un enfermero que venda las olas y enciende con su beso las bombillas de los barcos. En Cavalo Morto todas las cosas perfectas pertenecen a otro, como pertenece la tuerca de las estrellas marinas al saqueador de las cabezas sonámbulas y el cartero de las rosas del domingo a la coronita de luz de las empleadas domésticas.

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Líªdo Ivo. En Cavalo Morto cuando muere un caballo se llama a Líªdo Ivo para que lo resucite, cuando muere un evangelista se llama a Líªdo Ivo para que lo resucite, cuando muere Líªdo Ivo llaman al sastre de las mariposas para que lo resucite. Háganme caso, los recuerdos hermosos son fugaces como las ardillas, cada amor que termina es un cementerio de abrazos y Cavalo Morto es un lugar que no existe.

 

 

 

 

La casa roja

 

Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja. Una casa donde los cardenales negros sacrifican papagayos a la voz del diluvio. El diluvio tiene las barbas blancas como el sauce de la jurisprudencia un domingo de bodas. Los predicadores aman la tempestad y golpean con sus Biblias de nácar la erección de los guardiamarinas. Las familias beben alcohol, se santiguan, recolectan insectos. El niño de la lámina se masturba plácidamente con la transparencia. La rosa de Jericó huele a vainilla. Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja. Una casa cuya ilusión está llena de peces, el pez de San Pedro, la conciencia del delfí­n encerrada en el aro de la bahí­a desierta. Lorenzo de Médicis tení­a una casa roja, las maniquí­es de Bizancio tení­an una casa roja. Mi corazón es una casa roja con escamas de vidrio, mi corazón es la caseta de los bañistas cuya eternidad es breve como columna de lágrimas. El minotauro hace rodar sus ojos por el acantilado de las estrellas, la herida del anochecer hace su nido en la arena. Yo hablo con alas, yo hablo con lava de lo ardido y humo de diamante. La geometrí­a bebe veneno, en el canto de los pájaros suena la armoní­a del baile de los muertos. En la casa roja hay una mesa blanca, en la mesa blanca hay una caja de plata con la nada del sábado. La intemperie gime contra los muros, la tristeza gime contra los mármoles. El profeta tuvo una casa de papiro a la orilla del lago, la muchacha del ghetto vivió en la casa de las preguntas. Mi mano izquierda luce un anillo de agua, en el camafeo de la supersticiosa brilla el mercurio de la temperatura. Lo que canto es lumbre, caballos lo que canto contra la aritmética y los números. Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja, una casa bajo el í­ndice del cielo y el negro nenúfar de la amante devota. El muchacho con ojos de ebonita ama la enfermedad y el rubí­ de los reyes. Las mujeres hermosas sueñan con acuarelas, sueñan con garzas y volúmenes y súbitos prodigios sobre las alfombras de lana. Yo vivo extraviado entre dos rosas de sangre, la que tiñe la calamidad de impaciente belleza, la que tiñe la aurora con su astro eucarí­stico. Mi voluntad tiene la cólera del orfebre, mi capricho tiene el óxido de tu frente de hierro. Nadie cruza los bosques malignos, nadie sobre la yerba de la muerte escucha el desconsolado discurso de las ceremonias asiduas. Yo veo el arco iris, yo veo la patria de los músicos y el olivo de los evangelios. Mi casa es una casa roja bajo la fibra de un rayo, mi casa es la visión y la beldad de una isla. Aquí­ cabe la gala del mandarí­n y la escrupulosa usura de las edades antiguas. Esta casa mira al norte hacia las lagunas de helechos, esta casa mira al sudeste azotada por el aliento de los que piden limosna.

 

 

 

 

Antepasados

                                                            ¿Dónde comienza mi memoria?

                                                            Amos Oz

 

 

Mis antepasados inventaron la Ví­a Láctea,

dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad,

al hambre le llamaron muralla del hambre,

a la pobreza le pusieron el nombre de todo lo que no es extraño a la pobreza.

Poco es lo que puede hacer un hombre con el pensamiento del hambre,

apenas dibujar un pez en el polvo de los caminos,

apenas atravesar el mar en una cruz de palo.

 

Mis antepasados cruzaron el mar sobre una cruz de palo,

pero no pidieron audiencia,

así­ que vagaron por los legajos

como los erizos y los lagartos vagan por los senderos de las aldeas.

 

Y llegaron a los arenales,

en los arenales la tierra es brillante como escamas de pez,

la vida en los arenales sólo tiene largos dí­as de lluvia y luego largos dí­as de viento.

 

Poco es lo que puede hacer un hombre que sólo ha tenido en la vida estas cosas,

apenas quedarse dormido recostado en el pensamiento del hambre

mientras oye la conversación de los gorriones en el granero,

apenas sembrar leña de flor en la sábana de los huertos,

andar descalzo sobre la tierra brillante

y no enterrar en ella a sus hijos.

 

Mis antepasados inventaron la Ví­a Láctea,

dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad,

atravesaron el mar sobre una cruz de palo.

Entonces pusieron nombre al hambre para que el amo del hambre

se llamara dueño de la casa del hambre

y vagaron por los caminos

como los erizos y los lagartos vagan por los senderos de las aldeas.

 

Poco es lo que puede hacer un hombre con las migas de la piedad,

comer pan mojado los dí­as de lluvia a los que luego seguirán largos dí­as de viento

y hablar de la necesidad,

hablar de la necesidad como se habla en las aldeas

de todas las cosas pequeñas que se pueden envolver con cuidado en un pañuelo.

 

 

 

 

Salmo de los bienaventurados

                                                            ívida vena, dame tu cordel.

                                                            Antonio Gamoneda

 

Bienaventurado el que a los cuarenta años aún no ha conocido la recompensa y llama

virtud al cordón de un zapato,

el hombre sin convicción que tumbado en la hierba pasa el dí­a durmiendo y discute

sobre el esfuerzo con los saltamontes.

 

Bienaventurado el que soporta el préstamo de la verdad, el excavado en piedra y el que

construido en paja es alternativamente señor de la nada y rey de un solo vasallo.

 

Bienaventurado tú que sin llamarte Juan no eres otro que Juan el explí­cito, el padre del

aire cuyos hijos heredarán los molinillos de vient

 

Bienaventurado el que ha pasado la noche con la insignificancia, porque embellecido

por la privación será de él alguna vez la ausencia,

el que es vecino de dos bocas, el de la voz menuda al que le falta un diente, el hombre

sin pretexto que tuvo un asno, una boina, un chivo.

 

Bienaventurado el que ante el argumento de la pólvora tuerce su hocico de linterna y

habla alto, el que paga su aullido con la vida, el que en un instante es articulación

de lobo y árbol de rodillas.

 

Bienaventurado el pájaro cuyo canto despierta el corazón de una madre en las ramas de

la tristeza.

 

Bienaventurado el manco y su violí­n de oxí­geno, la abeja del azúcar que liba la corteza

de los licores blancos.

 

Bienaventurado el viajero que vaga en lo concéntrico y traduce el lí­mite, la fertilidad del

sacrificio, la teologí­a de las medallas de la luna.

 

Bienaventurado el que emigra al borde de su amor, porque de él será la extraña fruta del

animal del sábado.

 

Bienaventurado el esqueleto de Rimbaud y su pájaro influyente, único héroe en el festí­n

del cráneo.

 

Bienaventurado el que ante la alusión de los espejos se vuelve pensativo y amablemente

azul sus lágrimas ignora.

 

Bienaventurado lo inmortal del muerto, la excusa del sombrero y su balido, el

repentinamente desahuciado en el paladar de tablas de la muerte.

 

Bienaventurada la golondrina de madera que le late al niño antes de conocer el sexo.

 

Bienaventurado el aire de la soledad del péndulo, el manso bajo el sol y la virtud del

ciego, la esponja que da de cantar su lluvia a la garganta.

 

Bienaventurado el que apoyado en su bastón está toda la noche ahí­ y es piedra de la luz,

piedra de la edad, los dos ojos del pájaro en el collar del cero.

 

Bienaventurado el astro que ignora su caballo y ha cerrado el párpado, la agria lepra que

arde en las arterias, la sal del paraí­so.

 

Bienaventurado el que condensa lutos negros, porque de él será la última soga del

relámpago, el primer peldaño en la escalera del descendimiento.

 

 

 

 

Historia secreta de la poesí­a

 

Al octavo dí­a los poetas despreciaron la serpiente, Ilhan Berk añadió entonces una torre al Mar de Galilea, el ciervo fue al mercado, la luz afiló su noticia en las columnas. El viento todaví­a no inclinaba el humo, no habí­a moscas en el matadero. Al dí­a siguiente el cuello de las floristas se alargó hasta el primer centenario, la tierra se desnudó, Ilhan pensó en todas las cosas que no habí­a hecho.

 

Era el séptimo dí­a, es decir, un huevo de alondra. Ilhan se avergonzaba ante su saber porque no lloví­a y la rama de olivo ya habí­a sido cortada. Entonces llevó a sus hijos al cine, fue al taller del zapatero, compró panecillos. Cayó la noche como una pelota de goma en el patio de al lado. Ilhan la recogió y la puso en la puerta del sexto dí­a para que jugaran Ivy, Leila y Ahmet.

 

Así­ fue, llegó el quinto dí­a preguntando dónde vendí­an pescado, la hija del afilador fue en bicicleta a llevarle pan a su erizo, las rosas salieron del aburrimiento, el amarillo eligió su oficio.

 

Deprisa se hizo la noche cuarta, salieron los rebaños sobre las chimeneas, la luna pací­a con las gacelas y los membrillos olí­an como los bazares. Ilhan hizo café de higo, pensó en una llave y se acostó.

 

Al tercer dí­a se oyó decir que alguien habí­a inventado una silla, Ilhan miró al sol, se acordó del desierto y le enví­o una carta. Le habí­a crecido la barba como un jardí­n y fue a dar una vuelta por Estambul.

 

Era ya la ví­spera del primer dí­a cuando una mujer preguntó la hora en qué habrí­a de nacer su hijo. Tení­a la cara pálida como las manos de las lavanderas. Eso quiere decir que alguien podí­a hervir agua y regar los geranios al levantarse, también ir a una isla y regresar. Ya casi era hoy.

 

Las gallinas cantaban, sus patas eran azules como la historia de un viaje contado en la cantina. “Puede oí­rse el cielo”, dijo.

 

Al dí­a siguiente Ilhan se puso una camisa blanca y descansó.

 

 

 

 

El anzuelo de la libélula

                                                            Me has inventado.

                                                            Anna Ajmátova

                                                            Starki, 18 de agosto de 1956

 

Yo tení­a una libélula en el corazón como otros tienen una patria

a la que adulan con la semilla de los ojos. Verdaderamente

las especies de la verdad son cosas difí­ciles de creer,

extraños seres petrificados en la ternura como benignos nódulos

en la perfección de los huesos. En aquel tiempo

yo tení­a el sueño de una libélula entre los juncos de la razón.

Cansadas como paraguas cerrados recogí­a las maderas auditivas

de un mar inexistente y con ellas construí­a algo parecido a una casa.

En aquellos dí­as algo parecido a una casa eran las conversaciones,

palabras relacionadas con la pestaña premonitoria, gatos en los cerezos.

Yo desconocí­a los ví­nculos y toda oscuridad era para mí­ un obsequio,

un rumor de la eternidad que se prestaba como cuerpo desnudo a mi mano.

No era la boca del amor la que respiraba ese óxido, sino la imaginación

del amor como un sastre con pantalones verdes el dí­a de la felicidad.

Verdaderamente las especies de la verdad son cosas difí­ciles de creer,

la ilusión del hombre es una luz que llega desde lo desconocido

mas no es él el dueño de esa invención sino el ruido de un rumor prestado,

la cámara del que guarda su placer en ella.

Yo tení­a la costura de una libélula en el corazón

pero las hojas cerebrales hací­an crecer mis manos hacia dentro

en busca de una palanca con la que desalojar la piedra del miedo.

Sin esfuerzo comencé a llorar al revés, a confundir los sentidos

que guí­an la gota gramática hacia una lengua extranjera.

Antes que me tomaran por un extraño ya que yo no era el dueño de esa invención

me alejé del optimismo de ser entendido por más de dos

y comencé a oí­r mis propias palabras como martillazos retumbando en un espacio

vací­o.

Era como si el tiempo hubiera dejado de durar,

era como si todas las obras imaginadas por un ciego se derritiesen al tacto,

como si la langosta hubiera descendido sobre los campos del espí­ritu.

Yo sólo tení­a una libélula en el corazón como otros son hermanos del vértigo

y llevan la aorta de las constelaciones acogida en sus sienes.

Está bien, las especies de la verdad son cosas difí­ciles de creer,

es probable que la invisibilidad y estos hechos

sólo guarden relación con una libélula.

 

 

 

 

Sucede

 

sucede que un dí­a viene a cenar apollinaire y no hay nada en la nevera

sucede que nuestra conversación es gratis como propaganda a la salida del metro

sucede un arma corta calibre veintidós y un centí­metro cúbico de carruseles belgas

suceden los maniáticos minutos los maniáticos segundos las maniáticas horas

sucede un aroma caliente en las calabazas de pentecostés

sucede un yacimiento de icebergs en la vajilla rota del último sueño

sucede el tic sucede el tac sucede veronal en los relojes viejos

sucede que hay alquimistas en las primeras lluvias

suceden pájaros trompeta mariposas rubias jóvenes anillos de leño

sucede un funicular entre la aurora boreal y los maizales del club paraí­so

suceden altavoces de verbena en el deshielo de las pompas fúnebres

suceden vientos niños en las heladerí­as que soñó petrarca

sucede que al otro lado del teléfono vive acacia de madagascar

sucede la oreja del nautilus en el buzón de las nieves astutas

sucede un centavo de ruiseñor en el monedero de la dormición de la virgen

suceden lágrimas populares incompatibles con el binóculo

suceden manos que cuidan del esparto en el mausoleo de lenin

sucede el extintor de las rosas en el cortejo de las siemprevivas

sucede el apostolillo verde de los semáforos

sucede que voy a contarte las cosas de mi vida tal como eran

sucede un telegrama de nitroglicerina en tu lápiz de labios

sucede que yo te quiero un noventa por ciento más que tu novio

 

 

 

 

Todos los libros llenos de palabras

 

Y todos los libros llenos de palabras

y todos los calendarios llenos de dí­as

y todos los ojos llenos de lágrimas

y llena de nubes la cabeza de todos los mares

y llenos de coronas y puntapiés todos los relojes de arena

y de jirafas molidas todos los pechos condecorados

y todas las manos llenas de verano y caracoles marinos

y todos los dormitorios llenos de manojos de explicaciones

y de pantalones disecados las sillas en todos los prostí­bulos

y todos los huecos llenos de público

y todas las camas llenas de electrocutados

y todos los animales llenos de espí­ritu y pánico

y de feroces gritos los árboles en todos los aserraderos

y todos los tribunales llenos de testimonios

y todos los sueños llenos de sacacorchos

y llenas de chicas todas las estrellas

y todos los libros llenos de palabras

y todos los calendarios llenos de dí­as

y todos los ojos llenos de lágrimas

y todas las peceras y todos los pupitres y todas las cenas í­ntimas

y todos los razonamientos llenos de indudables edificios

y toda la primavera llena de moscas y crisantemos

y llenas todas las iglesias y todos los calcetines y todas las peluquerí­as

y todas las mujeres llenas de gloria

y llenos también de gloria todos los hombres

y todas las perreras llenas de ángeles

y todas las llaves llenas de puertas

y todos los bazares llenos de ratones

y llenos de barrenderos todos los cuadros

y llenas de estiércol todas las escobas de la patria

y todas las cabezas llenas de radiografí­as e intrí­ngulis

y llenas de luz todas las subestaciones eléctricas

y llenos de amor todos los manicomios

y todos los cementerios llenos de salvavidas

 

  

 

 

Vea también: Cuatro poetas colombianas: Memoria de Matilde Espinosa


Noticia Biográfica


Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957), poeta y artista gráfico, es autor de varios libros de poesí­a y ensayo, como Antí­fona del Otoí±o en el Valle del Bierzo (Premio Adonáis, 1985) La poesí­a ha caí­do en desgracia (Colección Visor, Premio Jaime Gil de Biedma, 1992) o La tumba de Keats (Editorial Hiperión, Premio Jaén de Poesí­a, 1999). Su obra poética ha sido recogida en varias antologí­as como Las estrellas para quien las trabaja (2007) o Historia Natural de la Felicidad (Fondo de Cultura Económica 2014). Con su libro La casa roja (Editorial Calambur, 2008), obtuvo el Premio Nacional de Poesí­a 2009. De más reciente aparición es La bicicleta del panadero (Editorial Calambur, 2012) por el que recibió el Premio de la Crí­tica. En el ámbito de las artes plásticas ha expuesto su obra en galerí­as de Espaí±a, EE.UU., Europa y Latinoamérica.



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