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Cuatro poetas colombianas: Memoria de Matilde Espinosa



La palabra de Matilde Espinosa tiene la virtud esencial del trigo, siempre dispuesto a convertirse en pan para alimentar a los desvalidos, que son a todo lo largo de su vida y de la vida de sus libros, los protagonistas y destinatarios de su mensaje claro, directo, perdurable.

                                                                  Maruja Viera.

 

Hablar de Matilde Espinosa es hablar del dolor de Colombia, y hablar de su obra poética es hablar de la memoria y de la búsqueda de la restitución de la dignidad humana. Nació en Huila, Cauca, en 1910, y murió en Bogotá en 2008. 98 años de presenciar la descomposición social del país hasta su más alto nivel (¿puede descomponerse más?), 98 años de ejemplo de vitalidad y de resistencia, de oposición del espíritu y de las pocas bondades que le restan, las artes del color, el tono, la luz y la palabra, contra la barbarie.

 

La aparición de su primer libro de poemas, Los ríos han crecido, en 1955, demostraba dónde calaría su madurez poética, pues la influencia de María Josefa Fernández de Espinosa, su madre, primera maestra de escuela en el ancestral Tierradentro, Cauca, se notaba en la necesidad de relatar la lucha por la sobrevivencia. Esa voz enamorada, a favor de los indígenas, de la naturaleza amenazada, tenía en esa comunión de la infancia y la adolescencia de la poeta su nacimiento, su raíz profunda que abrazó con sagrada terquedad el tiempo.

 

Esa voz nacida en aquel esplendoroso y difícil ámbito, y forjada en el fuego del Bogotazo, no se ausentaría de sus poemas, por lo que ha sido reconocida como la primera poeta de la Violencia. En Colombia, afirma el poeta Guillermo Martínez, editor de la mayor parte de sus libros, la Violencia ha sido tratada por los poetas de una manera aislada, como por Charry Lara, Cote Lamus, Carlos Castro Saavedra, pero ha sido ella no sólo quien la incorpora en nuestra poesía sino quien la trata de un modo constante y prioritario.

 

Cuando pienso en la paz

(Fragmento)

 

Recibir una carta

venida desde lejos:

“Esto fue en primavera,

se fueron en un barco

todos los exiliados.

los pequeños, nacidos en destierro,

también tenían asombro

y cantaban canciones,

las mismas del exilio”.

 

Cuánto mejor hubiera dicho la noticia:

se terminó la guerra. Regresan los soldados.

Un barrio está de fiesta, una aldea,

una ciudad. Las muchachas

esperan en los muelles,

en los aeropuertos, en la esquina

de una calle cualquiera, en el cine

como antes de la guerra.

Haciendo cuentas en los dedos las familias

recortan los meses y los años;

años dura la guerra.

 

                                                                  (De El mundo es una calle larga)

 

Sin embargo la poeta tuvo que desencantarse mucho para alcanzar su voz. Padeció el terrible mal de la influencia del Neruda social, de aquel poeta salubre que pretencioso se asumía como portavoz de los desvalidos, como mártir de la patria, esa mezquina palabra. Y tan sólo a partir de 1970, después de una década de revisar sus ideas políticas, revolucionarias, y de ver desestimarse a la Unión Soviética, al Stalinismo; y de refugiarse en la lectura de poetas como Rilke, Quasimodo, Vallejo, aparece una religiosidad no presente en sus poemas anteriores en el que será tal vez el libro donde logra la mayor calidad expresiva, Pasa el viento. Aparece la muerte, la soledad, la conversación con los antepasados, el poema se vuelca sobre sí mismo.

 

Y aunque la poeta vaya a vivir siempre rodeada por el fuego, su espíritu en búsqueda de claridad va a estar atrincherado en la palabra. Una mujer que vive toda la historia sangrienta de un país, cuyos ojos de torcaza supieron del Cauca ultrajado, de Bogotá incendiada y posteriormente de todo territorio invadido por la ruindad injustificable de la guerrilla y los paramilitares; no va a renunciar a la poesía porque en ella encuentra memoria y, si se quiere, esperanza, que tanto daño nos hace, y aunque la muerte va a querer humillarla de la peor manera cuando un sicario en el Popayán de los años 90 le silencia a uno de sus hijos, Matilde Espinosa nos va a dejar en la poesía colombiana un clave valiosa para vencer el infortunio.

 

                                                                  Agradecimiento especial para el poeta Guillermo Martínez González.

 

                                 ***

 

 

                                                                  Selección de La ciudad entra en la noche (Trilce Editores, 2001)

 

Algo me pertenece

 

No sé si la inocencia

si la nueva mirada

sobre  mundo

o el lento andar

hasta llegar a su alma

 

Siento temor frente

a la herencia de los siglos

en una flauta o en una caña

rota o en una voz de niño.

 

No es misterio ni sueño

este desliz inclinado hacia

la hoja de papel perdida

en el follaje de nombres

y de sombras con aliento

de vivos o de muertos.

 

Algo me pertenece

y siempre hay un comienzo

en un gesto o en un loco

silencio.

 

Las letras se apasionan

y conmueven hasta el llanto

que huye por el vacío

hasta el alma distraída

que no acierta en el reparto

de claridades generosas

o contactos furtivos

que hacen temblar los huesos.

 

Algo me pertenece

cuando caen las hojas

en su agonía celeste.

 

 

 

 

La fatalidad de las palabras

 

Vaga el pensamiento.

La fatalidad de las palabras

acompaña mis pasos

y un cielo plomizo responde

en procesión siniestra

los ecos del golpe

que se tragó la sombra.

 

Bebiéndose mi pena

un silencio de estrellas

sacude el árbol que toca

con sus ramas la onda crepuscular

y un sol que nace y muere

en el lomo perpetuo de la noche.

 

Del otro lado

donde algo respira

y cambia el aire

pasan y ruedan las palabras:

lámparas tenebrosas

en el tránsito azul

del humo que vuela y vuelve

al párpado inocente.

 

Nada dicen los sueños.

Nada preguntan

sin embargo el regreso fatal

de las palabras se anuda

al delirio y se exalta y abate

y se torna la mirada y la voz

en el desprendimiento de la hora.

 

Todo es insuficiente a la memoria;

los mil hijos de luz desperdiciada

tocan de pronto la rosa indiferente

en medio de las hojas que han caído

antes de la tormenta.

 

No hay primicia en el alba

cuando se vive largamente.

 

El minuto es oscuro

sin un lugar exacto;

y el día es la corriente

que borra las instancias

de la dulce fatiga

del amor y la muerte.

 

 

 

 

Tal vez era el amor

 

¿En dónde está el amor?

¿Dónde su oído

esa antena sutil

que precisa el instante?

Tal vez se refugió

en las grutas

de donde vino un día

tal vez duerme o reposa

entre los socavones

para apagar su escalofrío.

 

Quizá levantó el vuelo

para sentirse cerca de la tierra

y retornar a todas las criaturas.

 

Dónde se ha ido que aún

el poema a pesar de su honda sonora

cae sobre los pies como una herida.

 

¿Dónde su primera sombra

la inocente y feliz

la que sostuvo el ángel

de la guarda en su lúdico empeño

por alcanzar la gracia del amor?

 

 

 

 

II

 

Esa subversiva presencia

que se resbala en un mundo

donde crece el furor

del desafío y el duelo

hundiendo al corazón

en la necia pregunta

que sacude los lechos

y les detiene el pulso

a quienes miran cómo

se vela el sol

y cómo blanquea el agua

debajo de la noche.

 

 

 

 

Vea también: Cuatro poetas colombianas: La Madre del Castillo y el dictado del diablo


Noticia Biográfica


Albeiro Montoya Guiral nació en Santa Rosa de Cabal en 1986. Es autor del libro de poemas Una vida en una noche, Monterrey, El Canto del Libro Ediciones (2015). Sus versos aparecen en la muestra de poesí­a colombo-peruana En tierras del cóndor, Bogotá, Taller de Edición Rocca (2014), y otros textos suyos en revistas electrónicas de Chile y Argentina. 



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