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Carlos Castillo Quintero: poesí­a colombiana



                                                           *Del libro inédito Noches con cerrojo —Fragmentos del Diario de W. G.

 

Dí­a siete

 

Declaración del Capitán John Black:

 

Soy el enlutado que necesita silencio, el que canta a la intemperie y de memoria.

 

Soy el que ardió durante una noche completa, y ahora viste plumas de fuego y no recuerda nada de la guerra.

 

Soy el rostro de arenas azules asediado por un vuelo de pájaros nómadas.

 

¿Quién más podrí­a ser?

 

Todaví­a conservo la huella de un cuerpo en mis manos. El final de una calle. El abismo en mi boca: Te negaré tres veces antes de que llegue el alba.

 

Sé que el viento sigue soplando y que el Mar muerto sigue muerto.

 

Mi casa es un montí­culo de tierra agobiado por maldiciones que se derriten como la cera.

 

He olvidado el rostro de los muchachos con ojos de cristal.

 

(Una anciana escupe sobre mi nombre)

 

Soy el que una noche de septiembre ―sin música de violines― miró de frente las cuencas vacías de la ciudad.

 

Extraño la boñiga fresca, el café al filo del amanecer, la ceniza, los dedos aprisionando la cuerda.

 

No presumo de la ausencia de mi ojo izquierdo, pero sé que las estrellas llegan primero que el amanecer.

 

Y sin nostalgia, repito: Te negaré tres veces antes de que llegue el alba.

 

 

 

 

Dí­a cuarenta

 

(Suena: La Mer – Charles Trénet)

 

Con Rose habí­amos hablado de la Señora Muerte:

 

Será en esa playa que conoces, allí­ a donde no van los bañistas, en donde atracan pequeñas naves de pescadores y una morena feliz atiende un restaurante que es un prodigio.

 

Una tolda, una silla y un hombre negro que a diez pasos me sonreirá, confiado en mi dinero hacia el final de la tarde. Una infinita cerveza frí­a, y un paquete de cinco Cohí­bas que habré comprado, de contrabando, a un hombrecito que habrá jurado que es cubano, como los Cohí­bas.

 

Debajo de mis lentes oscuros, mis ojos cerrados estarán leyendo por centésima vez el libro que tengo abierto entre mis manos: Muerte en Venecia.

 

Tomaré las pastillas, despacio, entre una cerveza y otra, entre un puro y otro… tomaré sesenta que es un número mágico y cuando empiece a sentirme mal, cuando el sol esté maduro y se precipite al mar iré tras él, con el último puro entre mis dedos ―ahora sí el último― y con la última cerveza que quizá ya no beba, me iré para siempre.

 

En la playa quedará la tolda, la silla vací­a, y el libro abierto con el lomo hacia el infinito, atascado en la página 141 en donde acaso alguien lea:

 

«Allí se detuvo un momento, con el rostro vuelto hacia la anchura del mar, luego empezó a caminar lentamente, por la larga y angosta lengua de tierra, hacia la izquierda. Separado de la tierra por el agua, separado de los otros por un movimiento de altanería, su figura se deslizaba aislada y solitaria, con el cabello flotante, allá por el mar, a través del viento, hacia la neblina…»

 

Y sobre el libro, apisonado por un invisible reloj de arena que en vano tratará de frenar el final, aguardará el dinero para el hombre negro que, quizá, aguarde por mí­ hasta que la noche venga y lo jale hacia su noche.

 

Y la música se confundirá con el mar en un solo silencio.

 

 

 

 

                                                            *De Sin el azul del dí­a

 

Una promesa

 

Y si por un rí­o secreto

navegan desnudos los muertos

y un barquero ciego los guí­a

y, como corresponde, se queda con el cobre prensado

que los deudos ponen en los ojos

de aquellos navegantes.

A ese rí­o,

y a ese barquero

habré de enviar

el agua taciturna que amanece en mi rostro

—la carroña— 

el canto maldito que insiste

y, si es necesario, me abriré una ventana en el pecho

para que salga lo que de sombra quede

lo que te dañe

lo que no te guste

la piel usada,

el corazón y la palabra herida

habré de condenar al fúnebre destierro

con una bolsa de monedas

de oro puro que gratifique

el triste adiós que desteje ese rí­o

y la incesante noche del ciego.

 

 

 

 

Arte poética

                                                            Has gastado los años y te han gastado

                                                            Y todaví­a no has escrito el poema.

                                                            Jorge Luis Borges

 

No olvida la palabra al que muere en el mar

o se abandona

a la tormenta que sabe que viene,

al que camina en la tiniebla o sobre las aguas

y escribe un único poema de arena

que borra con su pie.

No olvida, pero se pudre

como el agua quieta en una artesa

(o la sonrisa del muerto)

si no fluye

si no se pronuncia

si no se escribe…

 

¡Ah! de la lengua herida que se resiste

a develar el nombre

de uno que merece la horca,

la cárcel,

o por lo menos el desprecio

de su hija que vive lejos

y tiene un hogar

y recoge cerezas silvestres

y lo odia (en la noche lo odia)

y siente miedo.

 

¿Y qué del poseí­do

que desde el púlpito niega la canción de amor

que aprendió durante el último verano?

 

¡Ah! del tiempo que enmudece

en la falda de la adolescente

y roza sus muslos

mientras ella se arregla las uñas

ajena

a su madre que la mira desde el balcón

y aguarda a que su niña le cuente

o la brisa

o aquellos opulentos senos (¿envidia?)

le digan que su niña, ya no es su niña,

que ya conoce la mano de un hombre

la fuerza

el veneno en sus labios

(en su cintura)

la simiente en su entraña,

y el deseo de no ser sino en otro

del que apenas conoce el nombre.

 

¿Y qué del solitario que no sabe

cómo pedirle a la dama nocturna

que detenga la guadaña de su entrepierna,

o lo asesine?

 

No olvida la palabra, pero se olvida…

Se olvida el alfabeto de grillo

que escribe la lluvia sobre el asfalto.

El rezo del que no mueve los labios

porque no sabe ninguna oración.

El grito del niño en el útero

(su letaní­a) para que su mamá no llore, no maldiga,

no lo mate.

Se olvida la palabra,

se abandona en su cárcel

el signo cae, se amontona, inútil,

inútil el verso

si no sirve para decir tu nombre.


Noticia Biográfica


Carlos Castillo Quintero (Miraflores, Boyará, 1966) ha publicado los libros de cuento Los inmortales (2000), Carroí±era (2007), Espiral al Sur y otros relatos de la noche (2013), y Dalila Dreaming (2015); las antologí­as El placer de la brevedad / Seis escritores de minificción y un dinosaurio sentado (2005), y Pisadas en la niebla / Nuevos cuentistas boyacenses (2010); los poemarios Piel de recuerdo (1990), Burdelianas (1994), Rosa fragmentada (1995), Sin el azul del dí­a (Premio CEAB, 2008), y Ab imo pectore- Antologí­a personal (2010).  Ha sido incluido en antologí­as y revistas literarias de Colombia, Venezuela, Argentina y Espaí±a. Cuentos y textos suyos sobre Escritura Creativa han sido traducidos al inglés. Ha ganado varios premios entre los que se destacan: Premio de Novela, CEAB 2015. Premio Bienal de Novela Corta Universidad Javeriana, 2012. Premio Nacional de Cuento convocado por el Ministerio de Cultura y dirigido a directores de RELATA, aí±os 2011 y 2012. Premio Nacional de Cuento Universidad Central, 2012. Premio Libro de Cuentos, CEAB 2012. Premio Libro de Poemas, CEAB 2007. Premio Nacional de Poesí­a Universidad Metropolitana de Barranquilla, 2002.

Actualmente es profesor asociado del Taller de Escritores de la Universidad Central – TEUC, y docente de la Maestrí­a en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional.



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