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Cinco poemas de Alicia Salinas, poeta argentina



Elegí­a nocturna

 

I

 

La tarde se entrega y desfallece.  En su filo

hay quienes ven a las farolas de la costa

inventar los caminos.

 

Buenos ciudadanos duermen, sus perros

interpelan a la luna. En la intemperie,

el abrazo hermano de la noche esgrime

una razón: aullar también

como el cielo se rasga y redime cada dí­a.

 

Este remedio para la memoria,

despierta sin aviso lo oculto y encriptado.

Aún el brillo necesita de lo oscuro

si quiere intensidad en su existencia.

 

 

II

 

Pero es mezquina la noche. En un punto

el manto que cubre e iguala las terrazas

se deshila. Desnudo, el paisaje de los techos

clausura la zozobra.

No hay secreto ni duda, tampoco

entonces esperanza.

 

Luz insensata, indiscreta, asertiva,

ilustra la falta propia y la abundancia

ajena de las torres y las cúpulas.

Ya ni el resentimiento acude:

es el momento de la retirada.

 

Extenuar en ceremonia el último cigarro,

y a cada cosa presente o ida

darle en cuentagotas una dosis de olvido

como quien alimenta en secreto a un fantasma

o a un ángel.

 

 

 

 

Milagro

 

                                                            A la abuela Eufrecina

 

Tantas cuentas (para qué)

este rosario a los dedos toca

con su teclado de nácar. Rezo

y cálculo en las yemas de la noche.

 

(Para qué) scrabel del dolor, ubicuo

inquilino atesta la habitación.

Las palabras siempre ahogan. Pero

es necesario llamar a Dios en su idioma.

 

(Para eso) cuentan los ave marí­a, llagan

los dedos a sus uñas, las rodillas piden

permiso si se apoyan en la oración.

 

(Para eso) la letaní­a de la vigilia.

Y el milagro, quién sabe.

 

 

 

 

Niño de invierno

 

En la cesura del invierno, la casa.

Por las hendijas el animal helado

hunde sus lenguas con vocación de sierpe.

 

Adentro junto al fuego se recrea

el mito del hombre primitivo

ante las nacientes hogueras.

 

La estufa combate al enemigo

y condensa vapor en las ventanas:

surge el rostro infantil que me legaste.

 

Escrito con un dedo el dibujo se acuna

a sí­ mismo, resucita y mira.

Su levedad durará poco.

 

Así­ las marcas de tu paso

quedan en cada rincón de la caverna

y en todo pliegue hasta que un dí­a

se revelan, efí­meras.

 

El niño desde el vidrio recuerda

mi temor a ser madre, mi temor a ser yerma.

Y un trapo de franela lo sepulta.

 

 

 

 

Opresión en sepia

 

Cuando la casa reposa de sus ruidos y hechuras

los relojes traman estrategias.

Durante el dí­a cualquier cosa los oculta

y aquieta. Viento en los cristales, puertas

que los espí­ritus abren, pájaros y niñas

al lado en disputa

por el color más bello del mundo.

 

Si la naturaleza calla y los monstruos urbanos

por derrota o cansancio se repliegan,

bajo los techos acometen

con sus espadas los relojes.

 

Es preciso por azar despertarse

a la hora que la serenidad invade y las terrazas

se manifiestan apenas por el paseo de un gato,

para descubrir el uní­sono. Irrefrenable

coro, letaní­a perfecta.

 

Un minuto tras otro cae a ningún sitio, lejos,

mientras en el lecho tranquilos olvidamos

la traición que se acentúa cada noche.

Los relojes se alimentan del silencio y el descuido

de los humanos

para correr su eterna carrera contra el universo.

 

Nosotros, convidados de piedra.

Ví­ctimas de antiguos y nuevos mecanismos,

de lo que en la pared pende o en la mesa de luz

poco a poco

nos horada y despoja.

 

Ya las niñas no dicen turquesa o azulado.

Son mujeres retratadas en sepia, el color que los relojes

inventaron.

 

 

 

 

Pastora

                                                            “Cuando a la ciega e imperiosa / necesidad de escribir algo se opone/

                                                            la ausencia absoluta de la palabra / sé que estoy en el verdadero camino”.

                                                            Juan Manuel Inchauspe

 

Cuerpos, manos, más

manos y cuerpos en auras

sin rótulo para ser. Suplicio

de sol nombrar el encuentro.

 

La soledad, recuerdo ignoto

                         que viviera

otra. Oscura

pastora de ninguna oveja.

 

Es tormento divino lo indecible pues

ahora quiere contarse sola la dicha

y aunque apenas llega a la palabra

reverbera

           en el lenguaje, tiene

la gracia del suceso. La luz

que buscaba siempre este balido

en la noche.


Noticia Biográfica


Alicia Salinas. Rosario, Santa Fe, Argentina, 1976. Licenciada en Comunicación Social. Es docente y ejerce el periodismo. Participó en el Festival Internacional de Poesí­a de Rosario en 1997 y 2005. Sus poemas aparecieron por primera vez en Colombia en la Revista Arquitrave (No. 38, Agosto, 2008), selección de la noví­sima poesí­a argentina a cargo de los poetas Graciela Ester Zanini y César Bisso. Como cronista escribió Crisis social, medios y violencia. A 10 aí±os de los saqueos en Rosario (1999). Ha publicado dos libros de poesí­a La sumergida (2003) y Gallina ciega (2009).



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