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Diez poemas de Eduardo Chirinos: poesí­a peruana



Derrota del otoño

 

Aquí­ no es bienvenido el otoño.

                                                       Nadie lo espera

a la orilla de ningún rí­o melancólico

que esconda en su cauce los secretos del mundo.

El otoño reina en otras latitudes.

Allá lejos, donde los ciclos se cumplen, allá lejos

donde envejecen y renuevan las metáforas.

 

(El sol se hunde en un verdoso charco

donde flota, solitaria, una hoja de laurel).

 

Pero esta tarde no ha llovido. Las hojas

se aferran a sus ramas,

heroicamente luchan contra el viento

y en la noche celebran la derrota del otoño.

 

No saben que las hojas que caen son las escritas

y el árbol un seco y callado poema sin estrí­as.

 

 

 

 

Junto a la tumba de Salinas

 

Un pequeño saurio atraviesa la tumba de Salinas,

husmea el óxido que mancha la blancura del mármol

y se oculta rápidamente entre la hierba.

Entonces lo contemplo.

Qué de besos perdidos frente al mar,

qué de labios bebiendo sus gotas azules,

qué de cielos nunca hollados, fortalezas

donde el amor se rindió a los abrazos de nadie.

Nadie, Salinas, buscando entre sombras un cuerpo desnudo,

nadie en las palabras que alguna vez ardieron por nosotros.

 

Yo también me enamoré con tus poemas.

Ellos sabí­an lo que habrí­a de ocurrirme, me leí­a en ellos,

pero tú plagiaste mi vida, la dignificaste, la hiciste del revés.

¿Mereces entonces el perdón?

Ahora que estás bajo un cielo verdadero,

devorado por los insectos de la tierra, pronombre

encadenado a la carne de unos besos que yo di por ti,

te ofrezco estas flores.

Acéptalas,  Salinas, como un homenaje de quien quiso creer

y vivió feliz en el fecundo engaño.

 

 

 

 

Una vez más la rosa

 

una vez más sobre la rosa y una vez más un perfume de siglos invade mi casa. Rancio perfume con sabor a nombres, a sí­mbolos que demandan la eternidad de nuestros ojos, a cuerpos cuyo hedor se disipa al menor contacto con los nombres. ¿Qué es la poesí­a sino el olvido de los nombres?, ¿qué es la rosa sino nuestra primera rosa, aquella que nada nos dijo porque nada sabí­amos, porque éramos ciegos para todo aquello que no fuera su olor, su color, su efí­mera gracia adornando un jardí­n que pronto habrí­amos de poseer para mejor olvidar? Oigo de cerca y lejos a los vicarios que descreen de la inocencia. Desengaño dicen. Todo lo que puedes decir ya ha sido dicho y redicho en lenguas que jamás soñarás con aprender, en lenguas que ya no se hablarán jamás. Los oigo como oigo también a los santos inocentes. Dilo todo, dilo todo, tu palabra incendiará las anteriores, nadie recordará ese fuego que has convertido en ceniza. Lotófagos del sí­mbolo y el verbo, ¿es posible vivir con un abismo que se abre constantemente a las espaldas? Leo una vez más sobre la rosa y leo pétalos verbales, espinas silábicas que pinchan y sangran los dedos. Leo una vez más sobre las rosas y las rosas se abren y se cierran como ojos. Como libros que son ojos, ¿es posible la contemplación de la rosa y cerrar por un instante los libros y los ojos? La rebelión de Alejandra Pizarnik fue «mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos». La rosa de Blanca Varela «infesta la poesí­a con su arcaico perfume». Infestación y rebelión. Deleite que anula y dignifica lo olvidos, incluso aquel que grabó para siempre la rosa en un oscuro y pertinaz alfabeto. Asesinemos entonces la rosa, devolvámosle como macabra ofrenda cada uno de sus sí­mbolos. Digamos sin miedo y sin vergí¼enza la rosa, abrumémosla con viejas y nuevas palabras, cortemos la rosa prohibida del jardí­n de Ausonio, la rosa mí­stica en la solapa de Dante, la humilde rosa que Darí­o regaló a sus hetairas. Ahoguemos sin escrúpulo las rosas, la asfixia las hará enmudecer. Así­ veremos la invisibilidad de lo otro

 

         Así­ veremos una vez más la rosa.

 

 

 

 

El milenio está a punto de acabarse

 

Pero las estaciones todaví­a se cumplen, la tierra continúa girando y los peces abren y cierran sus bocas como hace siglos. En algún lugar de la India los tigres machos luchan entre sí­ por el amor de las tigres hembras y en un bosque cercano los conejos devoran las mismas plantas y raí­ces que alimentan la tierra. Deberí­a hablar de la contaminación y del petróleo, deberí­a hablar de plagas innombrables, del hambre que devasta poblaciones, de niños mutilados por nubes radiactivas. Pero estoy aquí­, escribiendo este poema, midiendo sus palabras, eligiéndolas con amor y con cuidado, con cólera y con resentimiento. Entonces me miro en el espejo y sólo veo tinieblas, un vací­o culpable en la página en blanco.

 

                Escribo esto porque me siento solo. Porque las palabras me han abandonado. Porque ella no estará más.

 

 

 

 

Bisontes

 

Antaño los bisontes manchaban la llanura

de un claro y suave marrón.

 

Sus pezuñas hollaban sin miedo esta hierba.

Era su casa. Su vasto

dominio que nadie se atreví­a a profanar.

 

Los veranos

migraban hacia el norte donde el sol se apaga.

Los inviernos hacia el sur

donde languidecen las estrellas.

 

Camino a Montana he visto bisontes.

Lejanos y mí­ticos bisontes aguardando una

            estampida,

un estrépito de pájaros, un canto de guerra.

 

Si hubo algún Dios en estas tierras

debió tener cara de bisonte.

 

 

 

 

Okapi herido de muerte

 

Desde hace años me persigue ese tí­tulo

«Okapi herido de muerte».

 

Debo haberlo leí­do de niño.

Hojeando las páginas de un álbum,

o las figuras de un libro de animales.

 

Guardo conmigo la escena.

El zarpazo felino

                               un fondo de acacias

y el terror de la ví­ctima

tratando de huir, inútilmente.

 

Raro animal el okapi.

Indeciso entre cebra y jirafa. Temeroso

y nocturno, en peligro de extinción.

 

Cuando fui a verlo al zoo de Berlí­n

se acercó desde la página remota

y me dijo en secreto:

 

«aún estoy herido de muerte».

 

 

 

 

El gato y la luna

                                                            When two close kindred meet,

                                                            What better than call a dance?

                                                            W. B. Yeats

 

El gato de mi vecina arquea su lomo

como el arco de la luna.

                                         La luna

relame sus bigotes como gato

y llora por un platito de leche.

 

Mi vecina ve televisión

(pero no llora)

y se desliza furtivamente por la hierba

inventando pasitos de baile.

 

Micifuz o Minnaloushe

                                      la luna

me tenderá esta noche su mano

y yo le diré (con los ojos cambiantes):

 

«Oh lo siento, no me gusta bailar».

 

 

 

 

Antes de dormir

 

Es tarde, pero quisiera decir algo.

                                                            Esa

música tardí­a, esos ecos que rebotan

en las piedras y crean silencios. No

 

no es eso exactamente:

                                        entre eco

y eco hay una música y en ella

un ladrido, un dolor, un golpe seco.

 

La palabra

que alguna vez borramos

vuelve a su lugar.

                               Como la música

tardí­a, como el silencio.

 

Pero no es eso tampoco. Escribir:

 

callar: cerrar los ojos. Ecos

que rebotan en las piedras y de nuevo

el ladrido, el dolor, el golpe seco.

 

No sé cómo explicarlo.

 

Pero es tarde

y en verdad no quiero decir nada.

 

 

 

 

Arreglo de cuentas

 

Desde hace cuarenta años (cuarenta y siete

para ser más exactos) te sigo como el animal

a su presa. Aunque si pudieras leer te reirí­as:

tú has sido siempre el animal y yo la presa.

Pero entonces no me habí­an asignado ningún

nombre, era sólo un número de cuarto

y las cosas aquello que la luz decidí­a. Y esa luz

pudo apagarse (como aún hoy lo sigue haciendo).

Tú en cambio tienes nombre de prosapia, y un

apellido que disfrutan las artes más gloriosas.

La pintura por ejemplo. Viajaste a tus anchas

por mi cuerpo, intentaste destruirlo, pero no

hiciste un buen trabajo: el fastidio que me queda

es imperceptible. Ahora estamos en igualdad

de condiciones. Los tuyos siguen dando vueltas

por ahí­, pero ya no me importa. No pueden

hacerme ningún daño. Preguntarás por qué

te sigo. No es tan simple. Te debo el milagro

de la música, te debo el pudor ensimismado

que algunos confunden con desdén. Te debo

el amor por el silencio y el amor por las palabras.

Ahora ya lo sabes. Te sigo porque nunca te quise.

 

 

 

 

Lo que mi padre quiere realmente de mí­

 

1

 

Anoche tuve un sueño. Acompañaba a mi padre

por un camino de tierra. Los dos í­bamos a caballo

y apenas cruzábamos palabras. A lo lejos se veí­a

la sombra de unos sauces, las luces de un pueblo

desconocido y remoto. De pronto, mi padre detuvo

su caballo y preguntó si yo sabí­a a dónde í­bamos.

Le contesté que no. Entonces vamos bien, me dijo.

 

 

2

 

Los caballos del sueño sabí­an de memoria

el recorrido. Era cuestión de abandonar las

riendas, de dejarse llevar. Eso me causaba un

poco de aprensión, incluso un poco de miedo.

Mi padre, en cambio, parecí­a muy tranquilo.

Pensé, parece tranquilo porque está muerto.

 

 

3

 

Aquí­ es donde vivo, dijo como si me quitara

una venda. Fue muy poco lo que vi. Sólo un

páramo de piedras, remolinos de arenisca,

huesos de caballos amarillos. ¿Qué te parece?

No supe qué decir. Tení­a sed y me dolí­a un

poco la garganta. Es un lugar hermoso, dijo,

pero a veces me gustarí­a regresar. ¿Por qué

no regresas, entonces?, pregunté. Porque es

más fácil que tú vengas me dijo. Y desapareció.


Noticia Biográfica


Eduardo Chirinos (Lima, 1960 – Missoula, 2016) fue poeta, ensayista, antólogo, traductor y autor de cuentos para nií±os. Sus libros más recientes de poesí­a fueron El equilibrista de Bayard Street (1998), Abecedario del agua (2000), Breve historia de la música (Premio Casa de América de Poesí­a, 2001), Escrito en Missoula (2003), No tengo ruiseí±ores en el dedo (2006), Humo de incendios lejanos (2009), Mientras el lobo está (XII Premio de Poesí­a Generación del 27, 2010), 35 lecciones de biologí­a (y tres crónicas didácticas) (2013), Fragmentos para incendiar la quimera (2014), Incidente con perro en la calle cinco (Houston 2015), Medicinas para quebrantamientos del halcón (México 2015) y las recientes antologí­as Reasons for Writing Poetry, (2011) y Catálogo de las naves (2012). En Colombia ha publicado Coloquio de los animales (Universidad Javeriana, 2008 y 2015), Fragmentos de una alabanza inconclusa (Caza de Libros/Agenda Cultural Gimnasio Moderno, 2014) y Anuario mí­nimo (1960-2010) (El Peregrino Ediciones, 2014). Del 2000 al 2016 residió en Missoula, donde se desempeí±ó como profesor de literatura hispanoamericana y espaí±ola en la Universidad de Montana.



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