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Las vidas al viento



                                                            *Por Santiago Ospina

 

Las metáforas son la memoria poética de una lengua o tradición literaria. Contienen la historia verbal de una cultura y en ellas se inscriben los cambios, rupturas y continuidades de las imágenes utilizadas por la poesía. Una metáfora está determinada por el inmenso caudal de metáforas que le precedieron y ella misma ejerce su influencia sobre las que seguirán. Se podría decir, entonces, que las metáforas son memoria viva ya que el presente digiere su historia y lo incorpora a su momento determinado. Aún más, una metáfora es memoria viva en un doble sentido: ‘memoria’ ya que nos recuerda la sensibilidad de nuestros antepasados (sus temores, sus obsesiones y sus esperanzas) y ‘viva’ ya que nosotros, es de suponer, leemos esas metáforas de una manera diferente a como fueron pensadas. De esa manera, las metáforas no mueren porque ellas se instalan en el lenguaje y el lenguaje también cambia con el trascurrir de las generaciones. El primer verso del Salmo XVII de Quevedo dice “Miré los muros de la patria mía”. Un lector conteporáneo no mira los mismos muros de Quevedo. Su experiencia (a falta de una mejor palabra) con el término ‘muro’ incluye la experiencia de los muros ingentes de las ciudades modernas, las ciudades que ya han sufrido un proceso de industrialización. Y me atrevo a decir que esto, para fortuna de Quevedo, propicia más la idea de que los muros de nuestras ciudades “si un tiempo fuertes, ya desmoronados, / de la carrera de la edad cansados”.

 

            Hay una metáfora que (hasta donde puedo estar seguro) aparece por primera vez en Ilíada. Luego se transforma en una imagen recurrente y potentísima, una imagen de la cual se valen muchos escritores y su influencia llega hasta nuestros días. Ella aparece en el capítulo VI del poema, en el momento en que Diomedes, compañero de Ulises, antes de lanzarse a la batalla interroga a Glauco, valiente guerrero troyano, sobre su origen. En respuesta Glauco dice: “¡Magnánimo Tidida! ¿Por qué me preguntas por mi linaje? Como el linaje de las hojas, así también el de los hombres. Las hojas, unas las esparce el viento por la tierra, pero otras la exuberante floresta las hace nacer con la llegada de la estación de la primavera: del mismo modo, de entre el linaje de los hombres, uno nace y otro perece” (Hom. Il. 6, 145-150). En este caso la metáfora es más que evidente: se compara la vida humana con la vida de una hoja de un árbol. Debido al contexto de la cita se puede suponer el objetivo de esta metáfora no es otorgarle una belleza al ciclo de muerte y vidas de las generaciones humanas; su objetivo es el de subrayar que el linaje de todos los hombres es el mismo, como el de la hojas, por lo que la pregunta de Diomedes es inane —no importa el abolengo pues los hombres tendrán el mismo destino—.

 

            Unos siglos más tarde otro poeta griego vuelve a utilizar esa metáfora y lo hace a partir de una directa referencia a Homero: “Hombres de vida en las tinieblas, hojas que caen, cual dijo Homero, / seres sin fuerza hechos de barro, raza de sombras sin aliento…”. (Ar. Av. 685-688) El pasaje proviene de Aves de Aristófanes y es, de nuevo, la vida de los hombres se asemeja a las hojas que caen desde los árboles. Pero Aristófanes no es ingenuo y le da a la metáfora un matiz diferente que no se hallaba en la significación original. Ahora la imagen hojas/hombres se usa de una manera despectiva. La cita se encuentra en unos versos que quieren describir la fragilidad humana, las debilidades de un hombre y su impotencia. Aristófanes es magistral porque se apropia de una imagen de su ‘tradición’ y le da un giro inesperado. Si previamente la metáfora tenía como fin equiparar el nacimiento y la dignidad de cada hombre, ahora la metáfora se usa para herir, para doler.

 

            En el siglo XX llega una nueva interpretación de la metáfora, interpretación que para nosotros, lectores modernos, sea la más cercana a nuestra sensibilidad. Fue Giuseppe Ungaretti quien llevó a cabo esta nueva interpretación en su poema “Soldados”: “se está / como en otoño / sobre los árboles / las hojas”. Hace parte del libro La alegría y fue escrito en las trincheras que poblaron a Europa durante la Primera Guerra Mundial. El poema de Ungaretti nos lleva a presentir la misma angustia del soldado y su incertidumbre frente al futuro. La metáfora milenaria ahora toma un nuevo cariz: ya no subraya el origen común ni es usada despectivamente; ahora señala la fragilidad de la vida del hombre (tan endeble, al fin y al cabo, como una hoja en otoño). Un análisis meramente estilístico diría que las tres metáforas de los tres poetas son la misma, pero cada uno de ellos la transforma y crea nuevos significados. Ungaretti le otorga cierta nostalgia porque hay un presentimiento de lo que ocurrirá, de la suerte funesta del soldado. No se hace referencia a la floración de las hojas (la primavera, la vida que nace) sino que la referencia es al otoño (a la muerte, los árboles que se deshojan y quedan desnudos, la implacable necesidad del tiempo).

 

            ¿Qué lecciones, pues, nos quedan? La primera es que una metáfora no muere por el hecho de que sea muy conocida; muere si los poetas posteriores a su creación no la transforman y no la ajustan a las necesidades del tiempo. Puede que esto ocurra por el hecho de que la metáfora simplemente no pueda dar más de sí o bien por culpa de los autores, pero el lenguaje está lleno de meandros y matices y a partir de la más mínima comparación se puede crear un imaginario de casi tres milenios. Como segunda lección podemos ver que el poeta no necesita desechar su tradición para crear una metáfora novedosa. Puede valerse de ella y acomodarla a sus propios objetivos. No creo que haya soberbia más grande que el de quien crea que puede realizar obras artísticas perdurables sin el apoyo de los maestros que le precedieron. Y lo más trágico es que la reticencia a usar a los ‘clásicos’ es una especie de cobardía. Pues es más difícil triunfar cuando de alguna u otra manera se escribe pensando en la tradición que cuando se escribe sin pensar en ella. Una escritura completamente desligada de su pasado causa la inmediata impresión de que es una escritura original mientras que su contraparte (una escritura con miras a la tradición) causa la inmediata impresión de ser una obra vieja, una obra que ya no es de nuestro tiempo. Pero el tiempo se encarga de corregir estos desatinos y borrará aquellas obras cuya única característica sea la de intentar una ‘innovación’. Yo no rechazo las obras que inician nuevos paradigmas; al contrario, creo en la originalidad y en la ruptura de la tradición. Pero apreciar cuáles obras logran es un ejercicio retrospectivo y que sólo podemos apreciarlo al cabo de los años. En el presente nadie puede predecir cuáles obras serán las elegidas dentro del panteón de la literatura (cuáles trazaron nuevas sendas y cuáles nos abrieron más los ojos). Las obras que buscan eso explícitamente (por medio de la negoción rotunda de su pasado) generalmente no logran el cometido.

 

            William Ospina también utiliza la metáfora de Homero en un poema suyo. Se trata de “Haiku de Hiroshima”: “Todas las hojas / de diez largos otoños / en un instante”. En este caso, la imagen de Ospina no aporta una nueva significación. No hay un giro del sentido; no hay un nuevo tono. El poema repite la imagen antigua y, por esta razón, podemos decir que el poema no triunfa. A menudo he escuchado entre los poetas y críticos que la poesía es el arte “de decir lo mismo de formas diferentes”. Sin embargo creo que es equivocado este enfoque, o al menos peligroso. Creo, pues, que debería decirse que la poesía es el arte “de decir cosas diferentes diciendo las mismas cosas”. Eso, precisamente, es lo que hacen los grandes escritores mencionados: utilizan la misma metáfora —la misma imagen— para denotar emociones completamente diferentes. Deberíamos, entonces, pensar las metáforas de la poesía como la estructura de doble hélice del ADN. Al igual que esta molécula, las metáforas constan de dos elementos que se unen, de pares que se agrupan con una función determinada. Al igual que el ADN, las metáforas evolucionan con el tiempo y cambian con su entorno. Llevan las huellas de nuestras tribulaciones y en ellas leemos cómo sobrevivimos. Al igual que el ADN, cada metáfora tiene que ser consciente del resto de pares que le preceden en la cadena. Las imágenes están relacionadas; se complementan y se corrigen. A veces es preciso leer varias en conjunto para entenderlas.

 

            Para finalizar este texto quisiera examinar esbozar una pequeña bondad de las metáforas. Concuerdo con Ted Cohen en su idea de que una metáfora ayuda a cultivar la intimidad, es decir, que la metáfora logra una intimidad entre el lector y el autor. Pero creo que tiene una metáfora tiene una función más personal: nos inscribe en el mundo, lo poblamos verdaderamente. Creo que el siguiente verso de Tsvetaieva en “Versos a Blok” encierra lo que digo: “Tu nombre es un pájaro en la mano, / un trocito de hielo en la lengua”. Una vez ha pasado el estupor original y dejamos el poema vemos que la imagen del trozo de hielo nos escinde y deja una parte de nosotros en las cosas. Hay veces en que cuando tengo un trocito de hielo en la lengua recuerdo el nombre de Blok y recuerdo el nombre de alguien más que es para mí lo que fue Blok para Tsvetaieva. Sin el poema esta experiencia nunca ocurriría. Así la vida se va llenando de nosotros y deja de ser ajena. Por eso será, tal vez, que dicen que los poetas son las personas más sensibles. No creo que sea porque de hecho tenga una capacidad superior de sensibilidad que la del resto de los mortales. Se deberá al hecho de que un poeta lee una cantidad considerable de poesía y ella le da un significado a su mundo. Yo le doy gracias a Ungaretti, Aristófanes y Homero por el hecho de que ahora, cuando veo caer las hojas, pienso en todos los hombres que han muerto, en cómo la vida pasa fugaz y es endeble y cómo es tan ligero morir. El mundo está más lleno de nosotros.


Noticia Biográfica


Santiago Ospina Celis nació en Bogotá. Estudió filosofí­a y tiene una maestrí­a en literatura. Escribe, traduce y es codirector de la revista Otro páramo.



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