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Luis Armenta Malpica: poesí­a mexicana



Ebriedad de Dios

 

1

                                                            Uno vuelve, siempre, a los viejos sitios

                                                            donde amó la vida.

                                                            Armando Pérez Tejada

 

Esa lenta tristeza del recuerdo

se nos va desdoblando por la cara.

Y en lugar de los ojos

se humedecen dos profundas hogueras

en donde alguna vez frotamos nuestras manos

con las de un ser querido.

 

Entonces el amor era un barril de pólvora.

Una mecha muy corta nos uní­a.

 

Nuestra casa era un papel periódico

con un asombro nuevo en las noticias.

Pero llegó la lluvia y sus relámpagos.

Las hojas de la casa no fueron suficientes para formar un barco

que nos sacara a flote.

 

Intenté resistir escribiendo en las hojas nuestra casa quemada.

Naufragué por mis dedos.

Luego encontré en el vino las múltiples razones

para escapar de todo:

de mi madre y mis hijas, de ti

mi propia sombra.

Era increí­ble ver que en un vaso cupieran

la luz que yo buscaba y el fondo

inacabable

de lo que yo no quise.

 

Me alejé de la lumbre

para hallar en los hielos que enfriaban mis angustias un barrio conocido.

Allí­, dueña de las paredes, las sábanas del vino me negaban los cláxones

el timbre del teléfono

el puño que golpeaba mi nombre por la puerta:

el contacto caliente con el piso.

 

Yo solo pedí­a tiempo, no a Dios.

Le pedí­ alguna calle, otra lepra en un vaso

otra memoria.

 

Me fui acabando entera

sin terminar el vaso ­­­­—tan lleno­­­­— de mi vida.

Lenta, en verdad, la vida

a pesar del galope del inicio.

 

Apuro lo que bebo

y no se acaba

al contrario: es más lo que me culpa.

 

Cada uno se despide del mundo como puede…

Yo pretendo el sigilo, para no avergonzarme

de no enfrentar los ojos de los tantos que me aman.

 

El vino es otra herida

inflamatoria

para que el hombre sepa de la muerte.

 

Sin embargo, cuando empiezo a morirme

Dios hace mucho ruido

y me despierta.

Y en lugar de ir a la cocina por un vaso

voy a la habitación de mis tres hijas

para mirar si duermen…

y besarlas, si puedo.

 

2

 

De niña me enseñaron que yo era una manzana;

los hombres, el cuchillo.

Las mujeres debí­amos conseguir que nos pelaran

se hundieran hasta el mango en nuestra carne

y le dieran salida a las semillas.

 

Ya en espiral

—con nuestra piel deforme, oscura por el tiempo­­­­—

el amor podí­a ser algún mordisco

un apretar los dientes

y ser mujer

callando…

 

Pero yo no callaba… me decí­a en los poemas.

 

A golpes ­­­­—como aprendió su madre­­­­—

fue lección de mi madre: la cocina es el mundo

de la mujer que calla.

Entre especias, vinagres y embutidos

esa dulce manzana de mi vida se llenó de gusanos.

 

No callaba: mis hijas me costaron, cuando menos, un grito.

El amor, esa lata carí­sima

se quedó en la alacena.

 

Un dí­a, por buscarle acomodo al aguardiente

lo tiré a la basura.

 

Sé lo que hacen los lazos en todas las mujeres

aunque sean familiares.

Al encender el horno (¡ay, Sylvia Plath, te envidio!)

al picar la cebolla lo recuerdo…

Las profundas estrí­as de la garganta

son mi paso

de Dios a la intemperie.

 

Perdí­ mi casa

cuando llegó el alcohol como el mesí­as.

Después perdí­ a mis hijas, una a una.

Pero rezaba, así­, como callando: «Señor, ésta es tu sangre…»

 

Tu madre se nos muere, les digo a mis tres hijas

luego de cada sorbo.

Ellas tan solo lloran, muy quedito

como diciendo: ¿cuándo!

 

3

 

Jamás voy sola a misa;

me llevo los pecados de mi esposo

y su esposa, uno o dos

de mis hijas, alguno de mi hermano

todos los de mi madre…

hasta llenar el bolso que hace juego conmigo.

 

Y Dios, distante y sin moverse

parece consternado ante mis confesiones.

 

Rezo en latí­n ­­­­—como hacen las mujeres pecadoras­­­­—

y en español castizo, un sacerdote (sin mirarme a los ojos)

me da por penitencia un par de avemarí­as

que lanzo, pronta, al vuelo.

 

En casa

sin bolso ni tacones

me sirvo alguna copa de aguardiente

y observo largo rato un crucifijo.

 

Y sé que a Dios tampoco le hace gracia

el que vivamos juntos.

 

4

 

He visto a Dios de frente. Recién bajó de su moto-patrulla

luego de haber multado a quienes conducí­an su existencia a una velocidad

que se cree peligrosa para el resto del mundo.

Usaba el uniforme gris oscuro de ciertos militares de alto rango

henchido de galones y esa imponente cruz al mérito en batalla.

 

Lo pude ver en Auschwitz, a cargo de una hilera de mujeres desnudas

voz y labios resecos, los cabellos al rape, unidas con grilletes.

Sus ojos, moribundos, bien podrí­an ser mis ojos:

una pobre creyente, tan sola y humillada ante ese Dios enorme que la observa

(la iglesia es otro campo de exterminio).

 

Cuando apenas buscaba mis papeles ­­­­—acaso algún permiso de poeta­­­­—

el recio militar se descalzó las botas, arrancó sus medallas

la enorme cruz del pecho, el uniforme…

Se mostró así­, desnudo, con el cabello al rape

como lo imaginaba cuando niña.

Bebió un poco de vino de mis ojos

y después subió al cielo.

 

También he visto al hombre.

Sus ojos, como alambres, custodian

segundo tras segundo, mi celda

de pellejo.

 

5

 

Beber

es regresar a la neblina

al vientre apolillado de mi padre

al origen del mosto.

 

Allí­ mis lentos pies desnudos retumbaban muy grandes cada paso.

Todo un andar de viñedo a barrica, cava, aorta;

siempre menos mi piel

y más sus dedos.

 

Estuve atada a golpes con mi padre.

Sin que nadie supiera, él me nombraba suya; yo lo nombraba todo.

Qué de palabras se quedaron pendientes de una soga

lavadas y exprimidas.

Qué de pinzas hicieron de mis párpados

un húmedo y muy frágil tendedero.

 

Cortina tras ventana mi madre vigiló

que mi vocabulario excluyera palabras amorosas.

Todaví­a las pronuncio

y el recuerdo del jabón de lejí­a hace un poco de espuma por mi lengua.

 

Pero fui descubriendo que el jabón de lejí­a no hace espuma en el vino.

Ni hace espuma la muerte.

 

6

 

Fue por el vino que descubrí­ mi cuerpo:

un pan ázimo, duro.

 

Igual conocí­ el horno

y el posible suicidio.

 

El pan quedó quemado

pero yo estaba cruda.

 

Perseguí­ mis migajas como si fuera Gretel

y el bosque tan enorme

y yo con tanto frí­o.

 

Envejecí­ en palomas

afuera de los templos.

 

Cuántos panes tan lejos de mis manos para mis otras aves.

 

Entonces apareció mi madre en la cocina

con sus nuevas recetas

con esa lista inmensa de lo que me hací­a daño…

Un tantito de alcohol o levadura la enervaban.

Mi madre, siempre un tuétano al horno

sin suficiente jugo.

 

Nada más los limones

de los pequeños y agrios, permití­a de aderezo.

Lo demás era gula; y la gula, pecado.

 

Precocimos el pan, hirvió el atole.

Entre tés y remedios conservamos un cuerpo saludable

¿para quién?

 

Cuando guardo silencio, una manzana entera

oprimo entre mis dientes.

 

¿Qué me dio de comer cuando pequeña

que hoy todo me hace daño?

 

11

 

Con un beso

desencantaste a la mujer de la manzana.

 

Del descarrilamiento del migajón

de espera y levadura, fugitivos del bosque

regresamos a casa.

 

A nadie hay que decirle que encerramos

a la bruja del cuento en un horno encendido.

 

Ni que el lobo, con disfraz de cordero

quedó crucificado en una iglesia.

 

Volvemos de la mano.

 

Tú: molino de vapor, caña de azúcar.

Spin entre el oxí­geno e hidrógeno, me uniste y separaste

de la tierra. Ancho de fe, robusto de palabras

ah, qué tanto tu amor y mi consuelo.

 

Yo: agua tras un cristal o gota ardida

gas elevado para intentar la lluvia y los ciclones

iceberg, copo, rocí­o… pero jamás torrente.

 

Ninguno de los dos amaba al árbol.

 

No más ogros del bosque

cuando yo quiera un prí­ncipe.

No mamá con sus rezos (¡uy, el lobo!)

ni mi abuela y sus pócimas

de engatusar a un ave.

 

No más tu amor de hermano

nomás en un murmullo…

Ya no tu amor de padre

como herencia.

 

Yo amo al hombre.

Calzo, por él, la vida

de mi talla.

Dejo huellas profundas

con muchos más reflejos que una copa de vidrio.

Alacrán donde mi voz pisaba

no más el antes ni el después.

Vivo el ahora

como si en esto de vivir

no hubiera espacio.

Soy la mujer de pan (Hansel y Gretel)

la levadura que levanta las nubes

porque llueve;

el horno en que cocino

briznas de astro.

 

Vuelvo a la vida.

 

Llora una copa de árbol

su vino tan acedo.

 

Llueve.

 

Y esa sed vuelve a mí­

añeja y consumida

cuando mis ojos ven lo que olvidaran.

 

Y vuelvo el cuerpo a Dios…

tan vulnerable.

 

12

 

Con Dios me basta

dije

hace menos de un lustro.

Me lo colgué en el pecho

y relucí­a.

 

En caso de apreturas

en el monte me daban casi treinta monedas.

Eran muchos billetes

por un dije…

 

Ahora digo que no valí­a la plata

sino el lustre.

Mis manos

artrí­ticas, rugosas

dan cuenta de mi vida.

Uno a uno, los dedos

han señalado el rumbo, a los culpables;

pidieron la palabra o la otorgaron;

confirman que crecieron

mis asombros.

 

La punta de los dedos ha de ser mi tesoro

para leer en Borges la ceguera.

 

Radares ante el mundo

todo lo limpio

y tiento.

 

Pero es toda la mano la que aferra

o la que impone el alto, la que indica un saludo

cede sitio a los hombres

o acaricia.

 

Con las manos en cáliz he recibido el vino

que luego fue a mi boca.

Y unidas, más que nunca, doy las gracias

por el fin de una lenta, larguí­sima jornada

si amanezco.

 

Azul es todo el cielo de las uvas.

 

Mano a mano

el viaje con mi sombra no concluye.

Es la mano de Dios, tendida, franca

la que comienza el mundo

que desando.

 

Igual es la vejez: tiempo del tiempo

viñedo de la alguna vez hoja

musgo de la llovizna.

 

¿Cuántos dedos me faltan para concluir la ruta?

Con el cuerpo de Dios no es suficiente.

Todaví­a son mis manos dos asombros.

 

Y cada dedo mí­o le pertenece.

Con su nombre me basta para saciar el hambre.

 

13

 

En la ebriedad de Dios nos resecamos.

Con su nombre a la mano

­­­­ â€”dije­­­­—

escribo.

Ya no más esa letra mayúscula

ilegible

esa oración extensa         dolorosa

de un vino azucarado                     en las arterias

y un quedarse a morar en el vinagre.

 

No más el goterón de piel y fósforo

que expande sobre la hoja sus incendios.

No la bala perdida. No el revólver.

 

Azul es el veneno de la tinta.

Rojí­sima la pólvora en la carne.

 

La vena cava.

Profundo viaje al centro de uno mismo

la escritura del ser

es una borrachera interminable.

 

Nunca más la navaja de Ockham sobre el rostro de Dios

para saber que existe.

 

14

 

Eva y Adán tomaron una vid para ocultarse.

Como el nombre de Dios nunca debe decirse en forma inversa

para no descrear lo que por í‰l fue creado

Eva no ha podido ser ave…

Adán no ha podido hacer nada.

 

Porque no está en las uvas el prohibido saber de la manzana…

 

Lejos ya de mis padres adoptivos, huérfana

de lo que en mí­ no crea

late en mi pecho una esplendente vid de grandes hojas

madre, a su vez, de un vástago de dulce

aroma y pulpa.

 

Ese fruto sagrado del poema quizá no va a salvarme

pero exprime hasta la última gota de mis dedos.

 

Ha vuelto el agua a aligerar la sangre

a deshacer el polvo

y la ceniza.

 

Rojí­sima es la sangre de los vivos.


Noticia Biográfica


Luis Armenta Malpica (Ciudad de México, 1961). Poeta, ensayista, editor y co-traductor del francés. Fue miembro del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Jalisco y es director de Mantis editores. Premio de Poesí­a Aguascalientes (1996), Premio Nacional de Poesí­a Ramón López Velarde (1999), Premio Nacional de Poesí­a Efraí­n Huerta (1999), Premio Nacional de Poesí­a José Emilio Pacheco (2011), entre otros; por su labor editorial recibió la Pluma de Plata (Patronato de las Fiestas de Octubre), en 2006. Autor de los poemarios: Voluntad de la luz (1996), Des(as)cendencia (1999), Ebriedad de Dios (2000), Luz de los otros (2002), Ciertos milagros laicos (2002), Mundo Nuevo, mar siguiente (2004), El cielo más lí­quido (2006), Cuerpo + después (2010), Gí¶tterdí¤mmerung (2011), El agua recobrada, antologí­a poética (2011), Envés del agua (2012), Papiro de Derveni (2013) y Llámenme Ismael (2014), entre otros.



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