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Denisse Vega: selección de su poesí­a



*Poemas tomados de El primer asombro (Animal de invierno Paracaí­das Editores, 2014).

 

 

 

 

Poema

 

A lo mejor hay una lí­nea que sobrevuela la muerte y respira en el poema.

De pie ante un destino que muge, los trémulos ojos de extranjero

detenidos en el recibidor.  La espiral de insignias y sellos

que nada dicen de nuestro nombre apenas entrevisto.

Cuando de pronto, sin consultarnos, se nos echa de la vida

con la casa a medio hacer

o la pavesa de lo nunca sido entre los dedos.

Soñando con sujetar lo que veloz y fugazmente bate

en la opacidad del verano

nos confiamos al metal que cede en la hoja,

ligamento de una otredad que libremente gesticula,

agua llevándonos rí­o abajo a una inviolada memoria.

Negados astros resbalan de nuestro í­ndice

–poder incierto de las gloriosas aguas,

satélite ebrio de dí­as siempre inaugurales–

y es nuevamente pura la confusión de los ojos.

 

 

 

 

Enclave

 

El poema está listo.

Eleva casas, puentes, barcas hundidas,

aves de diversa estación migratoria, vidas

que hacia todos lados se desplazan.

Hace realidad lo que no se toca

y simple fábula lo palpado todos los dí­as.

El poema está listo.  Yo estoy en otra parte.

El que estuvo escribiéndolo al pie del aserradero,

ha desaparecido.

Desde el vidrio del poema

veo su último retrato, enjambre en vilo.

El poema está aquí­, tiene forma humana, animal,

de mesa, calle, estrella.  Ocupa mi espacio,

que ya no es propio.  Respira por mí­, habla por mí­,

en una olvidada lengua por nuestro cansancio.

El poema está listo.  Le es entendible

el trémolo final de la tierra.

Roer no es necesario.

 

 

 

 

Concierto del ángel

 

Busqué a mi ángel.  Lo encontré

en las arenas de una rendida memoria.

No me reconoció.  Todo hallazgo fue entredicho,

lí­nea a lí­nea fui borrándome hasta el primer asombro.

Es el precio del ángel, me lo advertiste,

en cuanto te vea habrá de calcinarte,

y toda destreza aprendida contra insalvables poderes te traicionará.

Por eso guarda lo que mejor de ti hayas traí­do para la ofrenda inútil,

será escarcha en sus ojos glaucos.

Aprende a destilar olivo en la chirriante música,

a distinguir tenues grafí­as en uniones cada vez más dudosas.

No es belleza lo que tus ojos admiran

y tus labios fácilmente pronuncian.

Busqué a mi ángel y lo perdí­,

lo recuperé cuando afirmé que no era mí­o.

Su lengua de cedro me dibujó en el paralelo arco de los dí­as,

su evocación que no llama a nadie,

rápido olvida y renombra impasiblemente las cosas.

Nuevos rostros antiguos fueron sucediéndose

y el ángel fue alimento de mi carne.

Todas las voces llegaron tensadas al final

de la garganta oscura.

 

 

 

 

Manos

                                                            If my craft is blest;

                                                            if this hand is as

                                                            accurate, as honest

                                                            as their carpenter’s

 

                                                            Walcott

 

Tienen mis manos las molduras de mi padre,

mas en ellas un viento sordo

construye su casa violenta a oscuras.

Adivino mejor, ahora que lucho con palabras

para encontrar el poema,

el cepillo de mi abuelo deslizándose

sobre la tosca madera recién cortada

hasta dejarla como el pómulo de un jacinto.

Persigo el camino del punzón sobre la piel de añosos árboles,

la figura que, al final, asciende a la superficie,

revelando su amordazado grito en la hondonada

–testigo de un origen proscrito a nuestra búsqueda–.

La labor de perforar en lo secreto, duro e inflamable.

La destreza de detenerse cuando, del otro lado,

algo nos advierte del peligro de seguir acercándonos.

Muerto, cuando apenas dispuse de seis dí­as

para intentar saludar al mundo,

sus manos son ahora un indescifrable tallado en el aire.

En pie siguen las puertas, las mesas, los muebles que hizo,

receptando el tedio y la ventura de las generaciones.

 

 

 

 

El oí­do del poema

 

Mí­rate en el poema hasta ser solo ruido,

ese mito que sostiene el armazón

que te transporta cada dí­a y te niega.

Aparecerá entonces la música

de la gota a la cascada,

las siluetas que dibujan tu olvidado rostro.

Mira bien a ese nuevo y familiar que te saluda

y del que, sin saberlo, huiste desde el nacimiento.

Largamente convérsale hasta volver a ser uno.

Luego olví­dalo, sin culpa.  En el reluciente vací­o

sé la masa plural de otros rostros, la cámara que registra

el secreto murmullo que hace caminar la tierra.

Ya no el ruido, el oí­do del poema.

 

 

 

 

Compré una pipa para mi amigo peruano en el Mercado de la Seda…

 

Compré una pipa para mi amigo peruano en el Mercado de la Seda.

“Es de cuerno de yak”, me dijo la dependiente.

Tiene un lomo suaví­simo, discreto,

y un revestimiento de cobre en la boca del hornillo.

 

Ya temprano habí­a visto su carne

delicadamente sazonada en el bufet,

satisfaciendo sobresaltados comensales,

poetas trashumantes buscando el elixir de su infatigable demonio.

 

Tení­amos que haberlo visto a 6000 metros de altura,

con la joroba dispuesta, peinando los desiertos del Tí­bet.

Detenidos en su ojo, complacido y triste, adivinamos la vida.

 

Mi amigo colecciona pipas de todos sus viajes,

como si no quisiera abandonar la humareda interior

de cada comarca extraña.

Ya en casa, enciende una al azar

en la demandante hora del poema,

y se pone a laborar, sin angustia, en sus apariciones reptantes.

 

Quiero creer, que en la espiral de humo, volverá el yak,

paciente, como en las estepas más frí­as,

para guiarlo mientras escribe, entre salvajes amenazas,

decapitadores vientos, que tan bien reconoce.

 

                                                            Beijing, 2013.

 

 

 

 

                                                            De un espejo azul salí­a la delgada figura de la hermana

                                                            y él se precipitaba como muerto en la sombra.

 

                                                            Trakl 

 

¿A quién te has confiado pequeño Trakl?

 

a la palabra que nunca escucha y cree hacernos escuchar?

a quién nos hemos confiado?

te levantas del sueño con sienes heladas

palpas el juicio de la niebla

que nos confunde con los que no somos

cada dí­a eres menos el hombre que asoma al espejo

nunca fuiste hombre

lo sabe la acacia que tiene tu mismo peso

el último animal que bala en la noche y conoce

de la primera lí­nea caliza entre las grisuras

que dan camino a la aurora

no te asustas en no serlo y sonrí­es nerviosamente

acariciando tu limado cuerno de antí­lope

que embiste inútilmente el horror de la falsa morada

buscas tu nombre

pero no sabes que está en la primera virtud

que abandonó nuestra especie

atraviesas los campos cubiertos de granizo

en holgados trajes de hechicero

eres el monje en el que los mirlos aguardan la hora del descanto

para escuchar la melodí­a primera

te dejas herir los pies con la madura avellana

a dónde vas pequeño Georg?

tus manos saben del rayo entre graznidos

no es suficiente

tus manos trabajan nudos de aire

lenguajes que tememos pronunciar

a dónde vas con ese amarillo tallo en la cabeza

con todas esas ramas y frutos a punto de caer

que ya de pronto se le agolpan?

y tu apenas sosteniendo la agujerada

aunque nimbada canastilla del pequeño Georg

a dónde vas?

a lo lejos una niña juega a solas moviendo sus labios mudamente

lleva en los ojos el carillón que sostiene el precipicio

tú intentas hablarle

contraria al origen tu palabra viaja

ella cree entender y eres una llaga de olivo en su vientre

estás ahí­ para desollárselo

hasta que su muerte sea una lila

con la que puedas al fin impasiblemente conversar

 

 

 

 

Poema de la luna

 

La luna se ha ocultado en sus ijares

dejándonos apenas un trémulo relente

para no tropezar en lo oscuro.

En el lugar que me ha tocado me desplazo sobre la estepa

un animal de torpes movimientos

mientras el resto de la manada sabe cómo esconderse

y no dejarse guiar por las extrañas voces

que agitan los follajes

o las sombras que fácilmente agigantan

las inocentes inquietudes de la mañana.

Acometido por la arena que rastrilla mi piel

para convertirme en estela indescifrable

un anillo más de mis desleí­dos antepasados

que apenas me dejaron un soplo helado detrás de las orejas

me pregunto inútilmente:

¿y si fuera de escamas?

¿inalcanzable metal como la luna?

¿generosas branquias, ágiles aletas,

ojo violeta de torbellino leonado

y penetrase las aguas allá donde tus pies infantiles

se aseaban de la carcoma del mundo?

¿corriente inalterable al fin, impasible anguila,

soberana en los recintos de lo inexpugnable

en los que las lenguas y lo que se palpa

han sido superados por el solo goce de moverse?

Consecuente con mi naturaleza

me hundo en las arenas

y mientras alcanzo el ópalo total de la memoria

pienso que habitaré el lecho de algún secreto mar

donde aún se escuchen tus zarpazos.


Noticia Biográfica


Denisse Vega Farfán (Trujillo, Períº, 1986) en el aí±o 2008 ganó el premio “Poesí­a Joven del Períºâ€, organizado por el Centro Cultural de Espaí±a y Lustraeditores, con su primer poemario “Una morada tras los reinos”.  Tí­tulo que concretó una edición bilingí¼e espaí±ol – francés, en el aí±o 2013. En el aí±o 2010 publicó la plaquette “Hippocampus” en Uruguay, con La Propia Cartonera, la cual tuvo su edición en Períº en el aí±o 2011. Publicó “El primer asombro” (Animal de Invierno & Paracaí­das Editores) en el 2014. Poemas suyos han sido traducidos al inglés, francés, chino, italiano y alemán.



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