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Carlos Aldazábal: poesí­a argentina



Trilobites

 

Si es por tragedia, alguien deberí­a

contar la historia de los trilobites,

animales marinos condenados a fósiles,

a que nadie humedezca sus mañanas

ni recuerde la razón de los abismos.

 

Pero no se trata de escribir lo que se sabe.

 

Aquí­ la tragedia es no poder despedirse,

no poder desear buena ventura,

un “que te vaya bien, que todo amaine”.

 

No se conocen las rutas de la muerte

ni los designios del azar que transforman los restos.

 

No se conoce el rumbo, ni el color, ni la forma.

 

Sólo sabemos lo que supura el ojo,

y lí­quido por lí­quido, ojo por ojo,

es la tragedia la que decora el cuadro:

caminata torcida para subir un cerro

con fósiles marinos creciendo en sus cornisas.

 

Un caprichoso adiós, que ya no importa.

 

 

 

 

Naturaleza muerta

 

El recuerdo es una sí­ntesis de los claveles:

esas manchas rojas sobre el agua,

el agua verde de un litoral innombrable,

manchas negras sobre el papel que ocultan el sentido,

sentido del olfato, sentido del gusto,

sentido común de los comunes,

cosas tan comunes como dos claveles

secándose en un florero, como las hojas secas

de un viejo libro que ha sido leí­do

una y otra vez, una y otra vez,

como los remos de las palabras

que se clavan en el agua para formar remolinos,

esas ondas oscuras que forman un florero

en un paisaje verde lleno de rí­os y pirañas,

el mismo rí­o a cuya orilla se inauguraba un escándalo

de yacarés, palabras en un libro,

mientras la naturaleza de los claveles

evocaba la vida vegetal que se alimenta de la muerte.

 

 

 

 

A veces soy como el rí­o

 

Confesando las formas de las piedras,

las partes de arenal lleno de escombros,

debo nombrar el viento y sus soplidos,

la melodí­a gris de la música ingrata.

 

Dispuesto a confesar hasta las dudas,

el ser de tobogán, de caí­da y pendiente,

de nunca conformar ni a las magnolias,

ni siquiera a los grillos cuando nace el silencio.

 

Así­ eludo dedos que me tocan los hombros,

así­ eludo cargas prendidas de mi lengua,

bolsas de iniquidad como limo y esquirlas,

como tanta maldad trepando cerros,

montañas sin color, pozos de olvido.

 

Confesando la sal y la sangre reseca,

los nombres que poblaron mis inviernos,

cuento con expiar las promesas del frí­o.

 

Sin recibo de perdón, sin ambiciones,

sin lisonjas de sol, sin claroscuros:

como agua sin curso, como pena sin cauce,

confieso que transcurro sin saber por qué vivo.

 

 

 

 

Zancadilla

 

Porque un tropezón no sea caí­da,

no tengo que obligarme a agradecerte,

menos aún cuando el tropezón se debe a puntapié,

zancadilla artera nada parecida

a una luna en Tilcara, una acequia en Mendoza

o a un surubí­ escalando el Paraná.

 

Los impulsos de la poesí­a pueden venir de cualquier parte:

por ejemplo este viento que me hace tambalear luego de tu zancadilla,

o la proeza lunfarda de Cátulo Castillo

haciendo en “Desencuentro” un tratado ilustrado de nihilismo a la Ciorán.

 

No estoy pensando ahora en tu patada anémica,

ni en la que te voy a devolver con mucho gusto,

salvo que la poesí­a me convierta en angelito

y aprenda la cuestión del olvido, del dejar pasar,

de mirar la luna, toda llena en Tilcara,

de escuchar acequias al borde de Mendoza

o de comer surubí­ a orillas del Paraná,

imaginando el esfuerzo del pobre pescadito.

 

No.

 

Pienso ahora en la fuerza del cactus,

ese brote espinudo prendido de la roca,

                               creciendo de a poquito,

clavándose en el pie del turista que pasa,

administrando su sed bajo el sol de la puna

antes de florecer

                                 en un color violento.

 

 

 

 

Verdades

 

“Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, escribió Pavese,

pero tus ojos no estaban cuando tocó mi puerta,

ni cuando me fui, tiritando de noche.

 

A veces las palabras inventan sus verdades, y los poetas mienten.

 

Lo sé porque mi sombra se confunde en tu aliento,

y las flores que crecen se alimentan de lágrimas,

y las gotas que caen de las cuencas vací­as

                                            nunca tuvieron nombre.

 

Lo sé porque esa muerte nunca tuvo tus ojos.

 

Lo sé por tu mirada,

ahora que soy yo el que llama a tu puerta.

 

 

 

 

Cuestión de Estado

 

Las teclas y la lluvia.

 

La humedad que impregna las palabras,

el sonido del ahogo y la miseria.

No hay brújulas de piedad ni mandolinas,

ni pipas de la paz ni punto aparte.

 

Los represores, funcionarios del odio,

y la locura intacta de la codicia indigna.

 

Las teclas y la lluvia. El tambor y la guerra.

 

Un policí­a endomingado,

aprieta entre sus dedos mis palabras.

y mis palabras le escupen la sonrisa

de mercenario eficaz, traficante de dudas.

 

Un funcionario de tiza, muñequito de torta,

habla de destruir, de hacer letreros.

y la lluvia no oxida sus juguetes, los disparos

de sangre, la pimienta, los miedos.

 

El tambor y la guerra. Las teclas y la lluvia.

 

La inútil vanidad de los falsos poetas,

hasta que vuelva el sol y la vida germine.

 

 

 

 

Primavera

 

A pesar de la lluvia,

quiere decir que la vida no se ha helado,

que las fotos que quedan de los muertos

                         en las redes sociales

son augurio de otra cosa que no es muerte.

 

Si pudiera darme fe como le pido,

si pudiera germinar en la alborada

sin tiritar con voces inaudibles

ni esperar conexiones, discursos vanos,

sobre todo lo que ha sido nuestra sangre.

 

Esta primavera se parece a un otoño:

está ahí­ mirando y no sabemos

quien maneja el reloj de sus minutos,

quién escribe por ella su legado de formas.

 

Es lo que brota de repente

y sin embargo está discontinuado,

escondido de sí­, lleno de frí­o,

implorando por sol, por buenas nuevas

que le digan de nuevo por qué vive.

 

 

 

 

Magia

 

Hacer la palabra como se hace el fuego.

hacer una nube con el color del sol,

una forma de agua para que sueñen peces,

un resplandor de verbos, una promesa.

 

Hacer la palabra para vencer la muerte,

esa manzana roja, esa boca ofrecida,

ese silencio justo sin luces ni canciones,

ese barco que pasa y que te lleva,

tan lejos del murmullo de los vivos,

de los versos leí­dos, de los versos que fuiste,

cuando moja la lluvia y todo nace.

 

 

 

 

Poética

 

Escribo en una gota de música.

No intento deslumbrar ningún silencio

ni esclavizar minutos del pasado.

Simplemente, escribo en una gota de música

                       antes de que se seque la esperanza.

 

Deberí­a tener compasión por el murmullo,

y sin embargo, despiadadamente, escribo en sus corcheas,

como un alfarero que moldea un jarrón quebradizo.

 

Hay nervaduras en los bordes

y por esa raí­z asoma la inocencia,

hoja traslúcida,

espejismo bonsai,

bailarina de nubes,

faro en lo oscuro.

 

Escribo en una gota de música,

con palabras arado que hacen surcos que duelen,

y un recuerdo feliz, inadvertido, cantando otra canción para el consuelo.

 

 

 

 

Formol

 

No pienso despertar, si me preguntan.

 

No se trata del deseo eufórico de la revolución

ni del estruendo mudo de Vallejo.

Apenas es la convicción del “nada importa”,

del “da lo mismo”, Cambalache con voz pero sin tango.

 

Recuerdo a los habitantes del formol:

un laboratorio de monstruos soñadores

en los que el terror se trasmutaba en pena.

Ellos no percibí­an compasión ni culpa,

apenas la mirada extasiada en sus cabezas,

         sus ojos de más, sus dedos aleatorios.

 

Nadando en mi formol contemplo el mundo:

ningún hablador hace de la parodia un pacto,

ninguna melodí­a desentona ni afina,

ningún marcapasos traiciona su reloj,

ninguna disección se sostiene en la duda,

 

Y este mundo del sueño es tan mullido,

tan casita feliz, tan punto aparte,

tan contento de sí­, tan extasiado,

que no pienso roncar ni escabullirme.

 

Apenas escribir, sin despertarme,

aquel lugar feliz de la inocencia.


Noticia Biográfica


Carlos Juárez Aldazábal (Salta, Argentina, 1974). Como poeta obtuvo, entre otros, el Premio Alhambra de Poesí­a Americana (Granada, Espaí±a), el Primer Premio Regional de Poesí­a (NOA) de la Secretarí­a de Cultura de la Argentina y el Primer Premio del II Concurso “Identidad, de las huellas a la palabra”, organizado por Abuelas de Plaza de Mayo. Publicó los poemarios La soberbia del monje (1996, subsidio de la Fundación Antorchas), Por qué queremos ser Quevedo (1999), Nadie enduela su voz como plegaria (2003), El caserí­o (2007), Heredarás la tierra (2007), El banco está cerrado (2010), Hain, el mundo selknam en poesí­a e historieta (con ilustraciones de Eleonora Kortsarz, 2012), Piedra al pecho (2013) y Las visitas de siempre (2014). Su poesí­a ha sido parcialmente traducida al inglés, al árabe y al italiano, e incluida en diversas antologí­as, entre otras Poesí­a ante la incertidumbre. Nuevos poetas en espaí±ol (2011), editada en Espaí±a y en distintos paí­ses de América Latina por Visor.



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