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La poesí­a, el arte de poner atención



Los poetas, de cuando en cuando, vuelven a preguntarse por qué es importante la poesí­a. Es una pregunta cuya respuesta obstinada intenta validar un quehacer aparentemente minoritario. La poesí­a es un oficio que, al menos desde la famosa expulsión de los poetas por parte de Platón, parece ver la necesidad de detenerse por momentos para justificar su importancia. Desde Grecia hasta acá, encontramos textos que la defienden: las artes poéticas de Aristóteles y Horacio, el texto Sobre lo sublime de Longino, An Apology for Poetry de Sir Philip Sidney, A Defence of Poetry de Shelley, las conferencias The Noble Rider and the Sound of Words de Wallace Stevens y Poesí­a y realidad de Roberto Juarroz e incluso, a su manera, El arco y la lira de Octavio Paz.

 

Yo pienso hacer, una vez más y en pocas palabras, el mismo ejercicio. No sé muy bien si la poesí­a es marginal; hay muchas posturas al respecto y, hasta donde entiendo, pocos estudios sistemáticos. Puedo decir —reconociendo el sesgo de esta anotación— que conozco pocas personas a las que les interesa. Puedo decir, también, que en el paí­s y en el continente en que nací­ hay una cantidad importante de personas que no leen por gusto (según la última Encuesta latinoamericana de hábitos y prácticas culturales, el 42 % de las personas que viven en esta región afirma que nunca o casi nunca lee por ocio o interés personal). Aunque el internet y la proliferación de festivales y maestrí­as en escritura creativa hayan cambiado un poco el panorama, puedo suponer por las cifras que no mucha gente lee poesí­a más allá de un reducido y visible número de personas intensamente motivadas por la literatura. Debo anotar que mi intención no es doctrinaria: no creo que todos deban leer poesí­a para construir un mundo mejor. Creo, claro está, que las artes (en el sentido amplio del término) enseñan a sentir, a sensibilizarse, a imaginar lo inverosí­mil y a materializarlo. En ese sentido, tienen un potencial cí­vico y humano inusitado —nos permiten imaginar y, así­, cuestionar— pero no pueden entenderse como un deber, pues de ese modo perderí­an su sentido y falsearí­an su naturaleza primordialmente crí­tica y juguetona. Mi objetivo, entonces, es simplemente mostrar y compartir por qué la poesí­a ha sido una herramienta, un placer, una forma de ver las cosas a lo largo de mi vida. Así­, tal vez al leer este texto, en alguien se despierte una inquietud por visitar este maravilloso género.

 

El encuentro de la poesí­a, en la adolescencia, me mostró un procedimiento mágico: una cosa puede ser otra. “Pan solar” dice Octavio Paz para referirse al pan que es sol y astro y, al mismo tiempo, a un sol que es alimento (34). La poesí­a enseña que los objetos y las emociones pueden tener uniones secretas, más allá o más acá de lo aparente. Existen concordancias que difí­cilmente expresa el lenguaje útil de todos los dí­as. Algunas posiciones se parecen misteriosamente. El pan puede ser también sol porque ambos son un centro: el sol reúne a los planetas en su torno y el pan, a los comensales. Las formas hacen eco en otras formas: “Playas paralelas, dunas de músculo y piel” (38) llama Rafael Courtoisie a la forma de los glúteos. Las metáforas son hilos que dan sentido, que enseñan equilibrios previos y posteriores a la razón. La poesí­a ofrece una forma del orden y, así­, sosiego.

 

Estos, pienso ahora, no son descubrimientos menores. Implicaron la posibilidad de poblar de fantasí­a el mundo desencantado de mi educación laica. Me explico: estoy muy lejos de haber querido una educación religiosa, pero considero que la magia de algún tipo —así­ se quede solamente en la imaginación— es importante. Un mundo desencantado es peligroso. Concuerdo, entonces, con Roberto Juarroz cuando sostiene, en su maravillosa conferencia Poesí­a y realidad que “[e]s impostergable resacralizar el mundo y devolverle a la vida su trascendencia originaria. Pero esa resacralización para algunos sólo puede hacerse ya laicamente, (sin dogmas, teologí­as o iglesias). La poesí­a es la verdadera resacralización laica del mundo” (32). La poesí­a, en ese sentido, enseña a dirigir la mirada hacia el mundo con un cuidado especial, como el que requiere una oración, y así­, al mirar el mundo no como si fuera simplemente el mundo sino algo más —el mundo—, le devuelve a este lugar su carácter trascendente. Quiero transcribir unos versos de “El dí­a de verano” (The Summer Day) de la poeta estadounidense Mary Oliver, quien, me parece, expresa esta idea mejor que nadie:

 

Yo no sé qué es un rezo exactamente. 

Sí­ sé cómo poner atención, 

cómo caer en el pasto, cómo arrodillarme en el pasto, 

cómo ser ociosa y bendita, cómo pasear por los campos, 

que es lo que he estado haciendo el dí­a entero. 

Dime, ¿qué más podrí­a haber hecho? 

¿No muere todo al final y muy pronto? 

Dime, ¿qué es lo que tú planeas hacer 

con tu única, salvaje y preciosa vida?

 

En este fragmento del poema, Oliver nos enseña de manera muy simple algo que a mi juicio es extraordinario: la poesí­a es, entre otras cosas, la actividad que exige más atención hacia el mundo y, en esa medida, es una actividad espiritual, como un rezo. Es una oración que genera un inmenso placer porque permite detenerse y volver a ver. Hacer poesí­a o mirar el mundo bajo el hechizo de la poesí­a es llevar a cabo un ejercicio de respeto extremo hacia todas las cosas. Implica mirar detenidamente, no copiando sino también mirando lo que una cosa no es o ha dejado de ser o incluso aquello en que se podrí­a llegar a convertir por medio de la imaginación.

Pero además del respeto y la observación, en la poesí­a también interviene, y de manera crucial, la capacidad de asombrarse. Creo, en esa medida, que la poesí­a es importante porque enseña que la mayorí­a de las situaciones a las que nos enfrentamos en la vida pueden ser disfrutadas estéticamente o, al menos, pueden ser exorcizadas por medio de la belleza. La poesí­a es, así­, una herramienta que ayuda a vadear las angustias de la vida. Tanto poner atención a las singularidades como la habilidad de asombrarse permiten desafiar la costumbre y el tedio, algunos de los fantasmas más terribles y constantes que acechan la vida del ser humano. Lo decí­a Novalis cuando afirmaba que la lí­rica “es un arma de defensa contra la vida cotidiana” (en Friedrich 35). También lo recordaba Coleridge cuando argumentaba que la poesí­a despierta la atención de la mente del letargo de la costumbre. La poesí­a permite vivir experiencias nuevas dentro de la regularidad porque enseña a observar con cuidado. Y aquella persona que observa con cuidado se da cuenta de que, si bien hay coherencias y ciclos, no existe tal cosa como una tediosa constancia. En ese sentido, pienso, la poesí­a es un antí­doto.

 

Estas ideas que he expuesto, me parece, concuerdan con un argumento planteado por Octavio Paz en El arco y la lira que descubrí­ tiempo después de encontrarme con la poesí­a, pero que me permitió conceptualizar algunas ideas que ya presentí­a. Según el poeta mexicano, hay una diferencia importante entre lo poético y el poema. Lo expresa de la siguiente manera: “Lo poético es poesí­a en estado amorfo; el poema es creación, poesí­a erguida. Sólo en el poema la poesí­a se aí­sla y revela plenamente” (14). Lo poético se manifiesta cuando la poesí­a sucede en el mundo sin la voluntad deliberada del poeta: Paz argumenta que hay paisajes, personas y hechos que suelen ser poéticos sin ser, evidentemente, poemas. El poema es el momento en que el poeta convierte la poesí­a en obra y, de ese modo, la potencia. Concuerdo, entonces, con Paz en la idea de que la poesí­a va más allá del poema y se puede extender al mundo. Es esto lo que en gran medida he tratado de demostrar hasta acá. Quien sabe ver con cuidado o, incluso, quien se atreve a volver a mirar, puede encontrar poesí­a en el mundo. No obstante, a mi juicio Paz oculta un hecho importante: es la sensibilidad del observador la que le permite concebir y sentir un hecho como poético. Una sensibilidad poética muy afinada puede encontrar placer real en las distintas tonalidades del pavimento. Es más, aunque creerí­amos que hay hechos universalmente poéticos, basta recordar que para los Emberá-chamí­ un atardecer demasiado rojo no manifiesta una particular belleza: es un presagio peligroso. Pienso, por esto, que la poesí­a permite abrir la percepción y afinar nuestra mirada para permitirnos encontrar —y disfrutar— lo poético, así­ no nos interese escribir un poema. La poesí­a no es sólo para quien quiere escribir, es especialmente para quien está dispuesto a disfrutar del mundo.

 

Me he referido constantemente a la relación de la poesí­a con el mundo casi como si olvidara su relación esencial con el lenguaje. La poesí­a, según lo planteado, no es solamente un género literario, es también una forma de sentir el mundo. No obstante, en ambos formatos el objetivo —o el requisito, porque, quizás, el objetivo no se conoce— es poner atención. En este caso, la atención de la poesí­a hacia el lenguaje es quizás aún más compleja pues no solo se encarga de encontrar y narrar coherencias que encuentra en el mundo. Claramente se ocupa de esto y expresa estas coherencias por medio de relaciones semánticas entre los significados de las palabras (tanto en términos estructurales como en términos de imágenes), pero también se encarga de poner atención a las relaciones entre los sonidos (los significantes) de las palabras. Es decir, se preocupa por la música, las cadencias, las rimas y los juegos entre los sonidos de un poema. Y la atención de la poesí­a hacia el lenguaje es tal, que inclusive da un paso más y busca entender y usar a su favor las influencias que los sonidos tienen sobre las connotaciones de las palabras. Como lo expresa Mary Oliver en su valioso texto A Poetry Handbook, no son lo mismo, aunque son sinónimos, la palabra stone —tan redonda y que nos trae a la mente un canto liso— que la palabra rock— tan áspera y nos hace pensar en una piedra angulosa— (24). Así­ como respeta al mundo, la poesí­a se dedica como ninguna otra actividad humana a respetar el lenguaje. Los poetas saben muy bien que ninguna palabra es igual a otra y honran a cada una en su singularidad: en su cadencia, en su sonido y en sus connotaciones. Borges, como muchos otros, lo expresa claramente en su conferencia Pensamiento y poesí­a: “el hecho de disponer de largos catálogos de palabras y definiciones nos lleva a pensar que las definiciones agotan las palabras, y que cualquiera de esas monedas, de esas palabras, puede ser cambiada por otra. Pero creo que sabemos –y el poeta deberí­a sentirlo– que cada palabra vale por sí­ misma, que cada palabra es única” (Borges 112-113). Pero el asunto va más allá: la poesí­a incluso se preocupa por aquellos espacios que en principio no significan, por los silencios. Muchos poemas son cercanos al silencio y lo utilizan para hablar. La poesí­a llena el silencio de significado, lo carga, y en algunas instancias incluso depende de él para sostenerse. A mi juicio, los poemas cortos son eficaces, en gran medida, por que están rodeados de silencio, de espacio en blanco, y al acabar las palabras, hacen visible el silencio y lo dejan retumbando. La poesí­a es una forma tan respetuosa de acercarse al mundo que incluso le da importancia y peso a lo más leve.

 

Considero, finalmente, que el cuidado de la poesí­a por el lenguaje en sus múltiples dimensiones enseña al lector atento a apreciar el lenguaje y a comprender su importancia. Y esto no es poco, pues las palabras son las herramientas básicas que tenemos para relacionarnos. No quiero, con esto, decir que el lenguaje poético es el mismo que el lenguaje cotidiano. Quiero decir que la poesí­a nos enseña a ponerle atención al lenguaje y, quizás así­, a preocuparnos más por aquello que decimos y, especialmente, por la forma en que lo decimos y en que lo callamos.

 

Hasta este punto he hablado acerca de la poesí­a en su carácter más conciliador. Pero el poner atención de la poesí­a también implica preguntarse por las contradicciones y las limitaciones del lenguaje como medio expresivo. El lenguaje, que ofrece muchas ventajas, tiene puntos en que no puede ceder, en que es poco maleable. En algunas ocasiones hacen falta los conceptos. En otras, los significantes no ofrecen el sonido deseado. La poesí­a juega con el lenguaje, le pregunta, lo trastoca, lo revierte y algunas veces se rinde y solo calla. La poesí­a puede ser también un espacio de pugna, un lugar en que el ser humano no se reconcilia con la realidad sino que la cuestiona, la insulta o se burla de ella. Es famoso el caso de Allen Ginsberg con su polémico Howl. Más allá del lenguaje, la poesí­a permite mirar con atención el mundo y descubrir no sólo las conexiones y coherencias que hay en este, sino también las ausencias, los vací­os, los desequilibrios. La poesí­a, al enseñar a poner atención, enseña también a hacer preguntas, que por más obvias o manidas que estas sean, nunca dejan de ser importantes. La poesí­a incluso, y especialmente, se atreve a insistir en aquellas preguntas fundamentales que no tienen respuesta.

 

La poesí­a es esto y muchas otras cosas, sirve para lo que he dicho y para mucho más. Mi intención no ha sido exponer un catálogo exhaustivo de los beneficios de la poesí­a. Creo que, de alguna manera, estos son infinitos. Quiero subrayar, sencillamente, que la poesí­a me ha mostrado, por medio del lenguaje, cómo puede exceder al lenguaje mismo y al texto. La poesí­a ofrece enseñanzas sutiles y complejas para la vida. Permite afinar la mirada y la sensibilidad. Permite, también, respetar el mundo y detenerse en lo mí­nimo y lo insignificante como si de ello, en ocasiones, dependieran todas las cosas. La poesí­a enseña a poner atención, a disfrutar de lo obvio. Invito a quien lea este texto a tomarse ese atrevimiento.

 

Bibliografí­a

Borges, Jorge Luis. Arte poética. Trad. Justo Navarro. Barcelona: Editorial Crí­tica, 2001.

Coleridge, Samuel Taylor. Biographia Literaria. ed. George Watson. Londres: Dent, 1965.

Courtoisie, Rafael. El lugar de los deseos. Valencia: Pre-textos, 2013.

Encuesta latinoamericana de hábitos y prácticas culturales 2013. Madrid: Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura, 2014.

Friedrich, Hugo. Estructura de la lí­rica moderna. Trad. Juan Petit. Barcelona: Seix Barral, 1959.

Juarroz, Roberto. Poesí­a y realidad. Valencia: Pre-textos, 1992.

Oliver, Mary. A Poetry Handbook. Orlando: Harcourt Brace & Company, 1994.

Paz, Octavio. El arco y la lira. 1956. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1979.


Noticia Biográfica


Juan Afanador es fundador, director y miembro del comité editorial de Otro páramo. Nació en Bogotá, Colombia, en el aí±o 1992. Estudió Antropologí­a con opción en Creación Literaria en la Universidad de los Andes. Desde el 2012 ha gestionado y participado en espacios de reflexión y creación literarias en contextos universitarios. Poemas suyos han aparecido en las revistas colombianas REC (revista de los estudiantes de Artes y Humanidades de la Universidad de los Andes) y Cabeza de gato, así­ como en la revista mexicana Ombligo.



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