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Los dos mensajeros de Fernando Vallejo



De lo que me contó en esos días ya di cuenta detallada en otro libro que titulé como éste. O al revés, éste lo titulo como aquél. Como prefieran. 

Barba Jacob el mensajero. Fernando Vallejo.

 

 

 

Fernando Vallejo dice que es dificilísimo aprender a escribir, con lo cual estoy en completo acuerdo, o encontrar quien le enseñe a uno a escribir, con lo cual estoy en parcial acuerdo, puesto que lo encontré a él. Estoy aprendiendo a escribir con dos libros de Vallejo. O mejor, con un libro que escribió dos veces: Barba Jacob el mensajero.

 

Vallejo cuenta que comenzó su aprendizaje de escritor cuando aún era un niño, estudiando gramática con las Apuntaciones de don Rufino José Cuervo; por ese camino, aunque evitaba escribir mal, no llegaba a hacerlo bien. Luego entró a estudiar filosofía y letras pero de nada sirvió porque sus profesores no sabían escribir «y nadie da lo que no tiene ni puede enseñar lo que no sabe». Entonces tuvo que enseñarse a sí mismo a escribir y lo consiguió: transcribiendo, escribiendo y reescribiendo. Transcribiendo Logoi. Escribiendo El río del tiempo. Y reescribiendo Barba Jacob el mensajero. Todo esto por los mismos años, diez según fechas de publicación (de 1983 a 1993). Y aprendió a escribir tan bien que de ahí en adelante pudo hacer un buen libro de cuanta cosa quiso: una casa blanca, una virgen, un gramático, un poeta, un político, la frase «me morí», en fin… la lista no está completa ni en orden.

 

En Logoi transcribió cientos de ejemplos de buen lenguaje literario y, lo que es más importante, creó el sistema de categorías para organizarlos. Por los mismos años en que reunía este tesoro le seguía el rastro a Barba Jacob por las hemerotecas de México, Centroamérica, Cuba y Colombia, siempre guiado por el olor a humo de marihuana que éste había dejado a su paso. Por eso, y por lo irresistible y ejemplar de la poesía del poeta, Vallejo lo cita a propósito respecto a prácticamente todas las categorías de su gramática del lenguaje literario. Por mi parte encuentro este método irrealizable: cada que me propongo fijarme en la sintaxis, la puntuación, las figuras o el léxico de un buen libro, termino hechizado por su ritmo y cuando menos lo pienso llego al final, sin haber sido capaz de penetrar en el mecanismo de las palabras mágicas que me transportaron hasta ahí. Para aprender a escribir con este método tendría que aplicarlo en libros malos y con esos, aunque aprendiera, me aburriría.

 

El río del tiempo comienza con una quebrada que se desborda, que de tener nombre de santa, Santa Elena, pasa a llamarse La Loca. Comienza pues mostrándonos lo que él mismo será después, después de cien, doscientas, trescientas, cuatrocientas, quinientas, seiscientas, setecientas páginas de correr el agua y el tiempo: un río ni el hijueputa. Un torrente que llega a tragarse incluso ese libro que se había quedado olvidado allá atrás en sus más remotos manantiales, en los días azules de 1984: Barba Jacob el mensajero.

 

En 1991 Editorial Planeta publica el segundo mensajero en Bogotá, siete años después de que la editorial Séptimo Círculo publicara el primer mensajero en México. El segundo mensajero es una corriente verbal imparable y compacta. Viéndolo fluir reconocemos al primer mensajero, que sale a flote aquí para luego ahogarse y volver a flotar más allá. Incluso los versos de Barba Jacob han sido arrasados y ya no son citados en estrofas separadas, con un renglón en blanco antes y otro después, sino incorporándolos a la prosa (de donde este aprendiz sacó un truco para confirmar que un poema tiene música: pasarlo a prosa, leerlo y sorprenderse porque se comienza a recitarlo mentalmente). Pero también es verdad que mucho se queda por fuera, muchos cuentos y detalles deliciosos que se ahogan y nunca ven la superficie en el segundo mensajero: el encuentro de Barba Jacob con Jorge Eliécer Gaitán; la vez que se arrodilló ante un ajiaco humeante diciendo que esa era la única forma digna de comerlo; la manera como consiguió su primer trabajo de periodista en un periódico de Monterrey, sentándose en la máquina de escribir del editor, que se había ausentado un momento, y terminando magistralmente el artículo que éste redactaba. A fin de cuentas, la mayoría del primer mensajero está vertido en el segundo, con modificaciones más o menos profundas de orden, ilación y fraseo. Las menos, le hacen ganar al libro en fluidez, amenidad y humor. Las más, lo hacen otro libro.

 

En 1984 Vallejo escribió una biografía o una novela de tercera persona de narrador omnisciente; en 1991 remedió ese error y nunca más lo volvió a cometer. De ser el portero que abre y cierra comillas y que a veces, como quien no quiere la cosa, mete la cucharada, pasa a ser señor del relato y a decidir quién entra, cuándo y cómo. «Pero no voy a permitir que el arquitecto Ruvalcaba o Henestrosa les presenten a Leopoldo. Lo presento yo: de traje negro y sombrero negro, gafitas redondas y bastón». «Lo presento yo», dice en 1991. El relato ya no es una biografía en tercera persona, es un diálogo entre Barba Jacob y yo, es decir, Fernando Vallejo. Vallejo escribe el mensajero por segunda vez porque asume de lleno lo que le promete a Barba Jacob al final de su primera escritura: «Por los caminos del idioma, por los caminos del afecto, por los caminos de la sangre. Iré a Santa Rosa de Osos a buscarte, a buscarme».

 

Para cumplir su promesa, Vallejo tuvo que hacer con Barba Jacob lo que él mismo dice que Cervantes tuvo que hacer con don Quijote: «Don Quijote sale solo y una veintena de páginas después Cervantes lo hace regresar… se le olvidó el interlocutor y sin interlocutor no hay Quijote». Pero si Cervantes se dio cuenta de que a don Quijote le faltaba un interlocutor después veinte páginas, Vallejo se dio cuenta de lo mismo después de cuatrocientas. Demasiado tarde para para hacer regresar a Barba Jacob, que después de tanto correr las páginas ya está en su lecho de muerte; en definitiva, hay que escribir el libro de nuevo. Y el libro reescrito deja muy en claro desde su primera oración que se trata de un dialogo entre Barba Jacob y yo: «Camino de la muerte, en México, conocí a Edmundo Báez que me habló de Barba Jacob». Un diálogo que, como es con un muerto, se da a través de la memoria de quienes le conocieron y todavía no han entrado del todo a la muerte o de los papeles que dejó escritos y que se han salvado de quedar sepultados por un terremoto o por las manos holgazanas de la burocracia. Así comienza el segundo mensajero (y también El río del tiempo), en cualquier parte, en donde y como se le da la gana a Vallejo. Al fin y al cabo cualquier comienzo da igual, porque todo está camino de la muerte y a ella tarde o temprano va a dar. El final es uno y se conoce de antemano, el comienzo es el que le dé la gana al que le dio la gana de contar el cuento. Y también así comienza el Quijote: con Cervantes diciendo que no quiere acordarse de un nombre. «¡Ah, cómo me gusta ese no quiero, cómo lo quiero! En él me reconozco y reconforto, yo que sólo he hecho lo que he querido y nunca lo que no he querido» dice Vallejo.

 

Con estas palabras comienza el relato del primer mensajero: «El doce de abril de 1927, tras un ir y venir incierto de veinte años por tierras de Centroamérica y de México y por islas del Caribe, regresó Barba Jacob a Colombia por el puerto de Buenaventura. Venía acompañado de un muchacho centroamericano, entre los diecisiete pasajeros de cubierta del barco Santa Cruz de la Grace Line. De este retorno, tan doloroso como el que canta uno de sus poemas, data el surgimiento de su leyenda». Aquí se condensa el libro completo y Vallejo no está por ningún lado. En cambio, desde la primera hasta la última línea del segundo mensajero la voz de Vallejo se oye clara; en estas líneas, por ejemplo, que encontramos cerca de final: «Casi veinte años después, el doce de abril de 1927, el que se fue regresaba a Colombia en el Santa Cruz de la Grace Line, que venía del Perú. Pero Colombia no es Antioquia. Colombia es la patria de muchos, y por supuesto de nadie. De suerte que el verdadero regreso de Barba Jacob, el que a mí me importa, el que empezó en Antioquia su leyenda, tiene lugar algo después, el quince de agosto de 1928 cuando desde Bogotá, de tren en tren, volvió a Antioquia, al pueblito de Copacabana donde vivía su querida tía Rosario». Cuando el relato gana un interlocutor —y no cualquiera, sino precisamente el que lo hace posible y lo cuenta—, además de recibir la infusión de esa voz, se trastoca en su orden. Los episodios se descarrilan de la línea recta de los meses y los años para pasar a transitar por los túneles inestables y discontinuos, pero ante todo maleables, de la memoria. El primer mensajero avanza a medida que se van rellenando las casillas del calendario con la información que el autor acumuló: nombres, lugares, cartas, recuerdos. El hilo del relato no se enreda, pero termina por volverse demasiado rígido: ni la vida del poeta ni la búsqueda del biógrafo pueden respirar atadas a él. Liberadas después de seis años, corren juntas como las aguas de un río, arremolinándose, cayendo en cascada, describiendo curvas y más curvas, calmándose en un remanso, bifurcándose, reunificándose… Si el tiempo es un río, la palabra que lo cuenta debe ser de agua.

 

El primer artículo que publicó William Ospina en su vida apareció en el Magazín dominical de El Espectador el 7 de abril de 1985: “El cazador de sombras (o la gran biografía de Barba-Jacob)”. En ese entonces, Fernando Vallejo no era el reconocido escritor de hoy, sino el desconocido autor de esa gran biografía, del que «sólo sabemos que (…) es antioqueño de 42 años, que vive hace mucho en México, es músico y cineasta y posee, como es fácil saberlo leyendo su libro, una sabiduría que excede en mucho a la información que dan los libros, una sabiduría nacida de la experiencia y la reflexión». Con la reseña confirmamos que el segundo mensajero se encuentra en germen en el primero y que Ospina es un lector inteligente, justamente porque consiguió adivinar el árbol en la semilla. Ospina entrevé en el libro lo que Vallejo vio tan claro y tan tarde que tuvo que reescribirlo: que casi más interesante que la biografía es lo que hizo el biógrafo para poder contarla. «Gradualmente sentimos que su tema central, el poeta desterrado que vagó sensual y triste por islas de su América, va cediendo su puesto en las últimas páginas a un protagonista más secreto, el propio autor», dice Ospina. Y va aún más lejos al intentar un retrato de ese protagonista secreto: «Vallejo es reflexivo, ingenioso, sabe admirar y aborrecer con justicia, prodiga a los hombres y a los países elogios y diatribas, sabe argumentar sus pasiones y, libre de todo formalismo, se permite cada vez que lo ordena el sentimiento interpolar en el relato (…) sus propias emociones». Todo esto es de una precisión admirable, pero no suena del todo convincente a propósito del mensajero de 1984, por lo menos para mí, que leí antes el del 1991. Me pregunto qué habría dicho Ospina si sólo se hubiera publicado éste. Por lo menos, algo así como lo que dijo veinticinco años después en otra reseña: «Cuando un país para insultar no tiene más que una palabra, más vale que alguien le enseñe a insultar con todo el diccionario. La obra de Vallejo es la más espléndida lección del arte de injuriar que haya conocido este país de reacciones primarias, que por falta de lenguaje tuvo que utilizar siempre el machete».

 

El primer mensajero no es en absoluto un mal libro: es el libro de un buen escritor que todavía no lo es del todo. La distancia que lo separa del segundo es muy poca, pero justamente en ese poco, que sólo se hace visible cuando el libro son dos, se cifran las claves del buen escribir. Descifrarlas es posible, pero inútil: aprender a escribir es imposible. El que no sabe escribir aprende escribiendo, es decir, haciendo justamente aquello que no sabe hacer. No en vano uno de los mejores elogios para una obra lo damos cuando el asombro nos obliga a dejar de leerla y pensamos: ¡imposible!


Noticia Biográfica


Pablo Miguel Román Osorio. Colaborador asiduo de Otro Páramo, nació en la capital de Estados Unidos pero creció en el español de Bogotá. Hoy por hoy se dedica a desaprender el pasado y a aprender a escribir.



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